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miércoles, 4 de abril de 2012

Condenado a muerte [Fragmento]

Sobre mi pescuezo sin armadura y sin odio, mi pescuezo
Que mi mano más ligera y grave que una viuda
Acaricia bajo mi collar, sin que tu corazón se conmueva,
Deja a tus dientes depositar su sonrisa de lobo.

Oh ven mi bello sol, oh ven mi noche de España,
Alcanza mis ojos que mañana habrán muerto.
Alcanza, abre mi puerta, entrégame tu mano,
Llévame lejos de aquí hasta alcanzar nuestro campo.

Pueden despertar el cielo, florecer las estrellas,
No las flores suspirar, ni de los prados la hierba negra
Acoger el rocío donde la mañana va a beber,
La campana puede sonar: sólo yo voy a morir.

¡Oh ven mi cielo rosa, oh mi canasta rubia!
Visita en esta noche a tu condenado a muerte.
Arráncate la carne, mata, trepa, muerde,
¡Pero ven! Deposita tu mejilla junto a mi redonda cabeza.

No hemos acabado aún de hablarnos de amor.
No hemos acabado aún de fumar nuestros Gitanes.
Podemos preguntarnos por qué las Cortes condenan
A un asesino tan bello que hace el día palidecer.

¡Amor ven a mi boca! ¡Amor abre tus puertas!
Atraviesa los pasillos, baja, camina ligero,
Vuela en las escaleras más ágil que un pastor,
Más propicio al aire que un vuelo de hojas muertas.

Oh atraviesa los muros; si hace falta camina en el borde
De los techos, de los océanos; cúbrete de luz,
Usa la amenaza, usa la plegaria,
Pero ven, oh mi fragata, una hora antes de mi muerte.

Jean Genet

Evocación de Plenilunio

Las rutas vueltas a cruzar, el jardín esmaltado por las olaspájaros, el cielo apresado en la copa ¿no bastarían a formar tu país, sus calles de misterio que bajan hasta una dársena silenciosa?
    He aquí tu juego ganado a lo desconocido, tu posesión del azar.
    ¿Acaso todo ello no te haría creerte el visitante del ensueño, el viajero sin retorno?
    Imagínate ser el paseante de esa avenida de tilos que parecerían susurrar en la llama de tu lámpara decorada a corales, a resplandores purpúreos!
    Ah! El extraño huésped no responde a mis cavilaciones.
    Dime, solitario habitante de las quimeras ¿qué ves tú más allá del horizonte?
    "Veo las malvas libres, los palacios de platería bizantina, los castillos donde los peces y los pájaros juegan con los niños", me contesta inesperadamente mi empecinado soñador. "Veo la espuma del océano y bajo ella, tapizada en ámbar, una ciudad transparente y movediza, espléndida en amables sorpresas".
    Es allí donde las rutas detienen el ensueño.
    Es allí donde el misterio constituye una realidad y la realidad un cielo y el cielo un canto y el canto una floración milagrosa de la sangre.

 Carlos de Rokha
de Los Arcos Trémulos

Hora de cambio

    A la hora en que los pájaros se devoran las lilas, anhelo sentir tus pisadas, leves, graciosas pisadas de garza boreal, marcarse según tus sandalias hechas de linos sobre las transparentes arenas, que te anunciarían con su música de cabellera de las ondinas, en el mismo instante que en la selva resuena el tam-tam del gong. Y en que los siervos podrían servirnos de espléndidas presas de caza. Ningún hallazgo más, ni uno otro y el milagro sería completo. Porque capturar la melodía de la tarde en la hoja de bambú golpeada por el viento ¿significaría acaso, ver temblar en tus ojos el oasis prometido, el cisne segador surgiendo de las ondas?
    De todo ésto puedes deducir que yo marcho entre los buscadores de perlas preciosas, aunque sólo deseo un talismán prodigioso, que me indique tu avance por la playa bruñida de una misteriosa vegetación coral, tan plena de secretos como el de la más reciente ciudad de obreros y artesanos en busca de la magia.
    No menos que a la caída del abanico de sombras de tus pestañas sobre el cesto de peces y frutas, que guardan los signos de la última estación.
    He aquí ya el tapiz que ofrezco a tu asombro, sembrado por las semillas de la redención en los sueños. Allí, sólo allí podrías unirte a mí y ebrios más tarde de cantos marinos, cuyas sonoras reminiscencias vikingas nos disminuyen el eco de las olas al romperse en las rocas, iniciamos el viaje con la tribu de soñadores, de adoradores de la noche.
    ¿Hacia dónde? ¿Quién podría decirlo?
    ¿Podrías tú, tú misma, tú! bebedora de las azules emanaciones salinas, adivinar adonde nos llevaría nuestro común anhelo de infinito?
    Que el remero tatuado separe con sus manos las dificultades marítimas para que nuestra barca desafíe a la muerte.
    Cubre tus hombros con este ramo de rumorosos tulipanes, signos de la noche y del sueño, inclínate sobre las mallas aceradas que recogerán los secretos del océano.
    Tal vez, entonces, aparición misteriosa y desvelada, si pudieras comprender que mi amor es sólo el rito de un adorable crimen, saludarías los trofeos de la victoria al comienzo de la maravillosa aventura.
    ¡Oh, esfinge del silencio, sacudida de pequeños temblores como una flor de malva todavía acariciada por la tenue lluvia, es recién ahora, que prisionero de la red luminosa, conjurador del doble encantamiento, presiento tu avance −a la hora en que las lilas se devoran a los pájaros− entre las visiones que mi lámpara reproduce de mi sueño!

Carlos de Rokha
de Los Arcos Trémulos

Baudelaire [Fragmento]

Esa ciudad está al borde del agua; dicen que está edificada en mármol y que el pueblo tiene tal odio al vegetal, que arranca todos los árboles. He aquí un paisaje a mi gusto: un paisaje hecho con luz y mineral, y líquido para reflejarlos.
George Blin dice muy bien que Baudelaire "teme a la Naturaleza como depósito de esplendor y de fecundidad y la sustituye por el mundo de su imaginación: universo metálico, es decir, fríamente estéril y luminoso".
 Es que el metal, y de un modo genérico, el mineral, le devuelven la imagen del espíritu. Como consecuencia de los límites de nuestra capacidad imaginativa, todo los que, para oponer el espíritu a la vida y al cuerpo, han llegado a formarse una imagen no biológica de él, necesariamente han recurrido al reino de lo inanimado: luz, frío, transparencia, esterilidad. Así como Baudelaire encuentra en las "bestias inmundas" sus malos pensamientos realizados y objetivados, el metal más brillante, el más pulido, el más difícil de asir, el acero, le aparecerá siempre la objetivación exacta de su pensamiento en general. Si siente ternura hacia el mar, es por ser éste un mineral móvil. Brillante, inaccesible y frío, con ese movimiento puro y como inmaterial, esas formas que se suceden, ese cambio sin nada que cambie y, a veces, con esa transparencia, ofrece la mejor imagen del espíritu, es el espíritu. De este modo, por odio a la vida, Baudelaire llega a elegir en la materialización pura símbolos de lo inmaterial.
 Sobre todo, le horroriza sentir en sí mismo esa enorme fecundidad blanda. Sin embargo, ahí está la naturaleza, ahí están las necesidades que lo ¨obligan¨ a saciarlas. Basta releer el texto que citábamos más arriba para ver que ante todo detesta esa violencia. Una joven rusa tomaba excitantes cuando tenías ganas de dormir; no podía tolerar dejarse invadir por esa solicitación solapada e irresistible, hundirse de golpe en el sueño, no ser ya sino una bestia que duerme. Tal es Baudelaire: cuando siente subir en él la naturaleza, la naturaleza de todo el mundo, como una inundación, se crispa y se pone rígido, mantiene la cabeza fuera del agua. Esa gran ola cenagosa es la vulgaridad misma: Baudelaire se irrita al sentir en sí esas ondas viscosas que tan poco se parecen a las sutiles disposiciones con que sueña; le irrita sobre todo sentir que esa fuerza irresistible y dulzona quiere doblegarlo a "hacer como todo el mundo". Pues la naturaleza en nosotros es lo opuesto a lo raro y a lo exquisito, es todo el mundo. Comer como todo el mundo, dormir como todo el mundo: ¡qué insensatez! Cada uno de nosotros elige en sí mismo, entre sus componentes, aquellos de los cuales dirá: soy yo. Los otros los ignora. Baudelaire eligió no ser naturaleza, ser esa negación perpetua y crispada de su "naturalidad", esa cabeza que se yergue fuera del agua y que mira subir la ola con una mezcla de desdén y de espanto.             

Jean-Paul Sartre           

Retrato de un viejo

Vaciador de tu cara aquí en el vino
derrochador de labios de experiencia,
necesitas la madre de la ciencia
para el goce frutal de tu camino.

Surcador de tu cara en caminatas
que a nada te llevaron, ahora aprendes
la senda verdadera entre las patas
animales que tú a este sol enciendes,

porque aprovechas bien el trajín sabio
de la vida que llévate, arrugada
de ser la bestia dulce hasta tu labio,

la sabia yegua nunca estacionada
que aprovecha la hierba de la senda
a trago bebedor, suelta la rienda.

Alberto Rubio
De Greda Vasija

Canto XVII

Así que las viñas revientan entre mis dedos
 Y las abejas pesadas de polen
Se mueven tardas en los retoños:
    chirr– chirr– chir-rik –un ronroneo,
Y los pájaros adormilados en las ramas.
    ¡ZAGREUS! ¡IO ZAGREUS!
Con el primer claror pálido del cielo
Y las ciudades encaramadas en sus cerros,
Y la diosa de las bellas rodillas
Andando allí, con los robledales detrás de ella,
La verde ladera, con galgos blancos
        saltando en torno de la diosa;
Y de allí cuesta abajo a la bocana del riachuelo, hasta
    el anochecer,
Agua lisa frente a mí,
    y los árboles en el agua,
Troncos de mármol en la quietud,
Más allá de los palazzi,
        en la quietud,
La luz ahora, no la del sol,
    Crisoprasa,
Y el agua verde claro, y azul claro;
Más a los grandes riscos de ámbar.
            Entre ellos,
Gruta de Nerea
    ella como una gran concha curvada,
Y la barca empujada en silencio,
Sin olor a brea,
Ni gritos de pájaro ni ningún ruido de ola moviéndose,
Ni chapoteo de delfín, ni ningún ruido de ola moviéndose,
Dentro de su gruta, Nerea,
        ella como una gran concha
    curvada
En la suavidad de la roca,
        risco verde-gris a lo lejos,
Cerca, el pórtico de los riscos de ámbar,
Y la ola
    verde claro , y azul claro,
Y la gruta blanca de sal, y púrpura encendida,
    fría, pulida como pórfido,
    la roca carcomida de mar.
Ni grito de gaviota, ni ruido de delfín,
Arena como malaquita, y nada de frío allí,
    la luz no del sol.

Zagreo, alimentando a sus panteras,
    el césped claro como en colinas con luz.
Y bajo los almendros, dioses,
    con ellos, choros nympaharum, Dioses,
Hermes y Atenea,
        Como aguja de compás,
Entre ellos, temblando–
A la izquierda el lugar de los faunos,
        sylva nimpharum;
El bosque en la bajura, maleza de pantano,
    la cierva, el venadito pinto,
    brincaban en las retamas,
        como hoja seca entre amarillas.
Y por un corte de los cerros,
        el gran callejón de los Memnones.
Más allá, el mar, crestas vistas sobre dunas
Mar nocturno batiendo piedrezuelas,
A la izquierda, el callejón de cipreses.
                    Una barca vino,
Un hombre solo manejando su vela,
Gobernándola con un remo enganchado en la borda,
    diciendo:
«        allá en el bosque de mármol,
«        los árboles de piedra –sobre el agua–
«        las parras de piedra–
«        hoja de mármol, sobre hoja,
«        plata, acero sobre acero,
«        espolones de plata alzándose y cruzándose,
«        proa enfilada contra proa,
«        piedra, capa sobre capa
«        la luz de rayos áureos de una tarde».
Borso, Carmagnola, los artífices, i vitrei,
Hacia allá en un tiempo, de tiempo en tiempo,
Y las aguas más ricas que el cristal,
Oro bronceado, el esplendor sobre la plata,
Tarros de pintura la luz de la antorcha,
el relumbre de olas bajo las proas,
y los espolones de plata alzándose y cruzándose.
    Arboles de piedra, blancos y rosi-blancos en
    la sombra,
Cipreses allá junto a las torres,
    Resbalar de la corriente bajo las quillas en la
    noche.
       
        «Entre la sombra el oro
recoge la luz a su alrededor…»

Y ahora supino en la cueva, mitad arqueada zarza,
Un ojo hacia el mar, por aquella mirilla,
Luz gris, con Atenea,
Zothar y su elefante, el taparrabo de oro,
El sistro, agitado, agitado,
            las cohortes de sus bailantes.
Y Aletha, por la concha de a costa,
            con sus ojos en el mar,
        y en sus manos algas de mar
Rebrillantes de sal con la espuma. 
Koré por entre el prado luminoso,
        con polvo verde-gris en la grama:
«Por esta hora, hermano de Circe.»
El brazo sobre mi hombro,
Vi el sol por tres días, el sol leonado,
Como león parado en un arenal;
                y ese día,
Y por tres días, y ni uno después,
Esplendor, como el esplendor de Hermes,
Y desde allí embarcado
            al lugar de piedra,
Blanco pálido, sobre el agua,
                agua conocida,
Y el blanco bosque de mármol, rama doblada sobre
    rama,
La parra tupida de piedra,
Hacía allí Borso, cuando le dispararon la flecha,
Y Carmagnola, entre las dos columnas,
Segismundo, después de aquel naufragio en Dalmacia.
    Crepúsculo como el vuelo del saltamontes. 

Ezra Pound

Cantos de Anadir II [A modo de editorial]

Hoy he cruzado una calle, donde los niños huelen a viejos trapos en desuso y, donde cuya única bebida es el agua pútrida que almacena la calle incolora.
Las gentes seguían mi paso de sabio bailarín adolescente y miraban mi vestido… Una sensación de abandono y sueño se apoderó de mis ojos y no miraba ya, sino esas extrañas figuras fosforescentes que el párpado encierra en la obscuridad y que tan confidencialmente nos regala, como un presente de sombras.
Para ir a ver al herrero, muchas veces he cruzado la misma calle, y los niños y los perros me siguen, y los gatos abandonan su propio calor para excitarme con su morbidez las pantorrillas.
Y vi al herrero Anadir. Estaba él con su casaca de piel y su brazo, largo como un péndulo, oscilando el garfio de la fragua; sus ojos verdes tan grandes como su frente y oblicuos, miraban la llama roja que iluminaba su pecho y sus hombros. Es casi un niño y es alto y magro como un pobre árbol pobre.

El herrero es mudo Anadir, y no tiene sino, sus ojos para conversar, y como sus ojos son tristes y están siempre fijos en el fuego, yo creo que el herrero se quedó mudo voluntariamente, porque su mirada no juega ni parlotea como la mirada de los hombres vulgares que yo veo en las esquinas, a la salida de la iglesias, o en las tabernas, donde bebo mi vino por las noches.
Cuando él duerme con las manos bajo la nuca, sin sacarse la pelliza, sueña con sus grandes cuencas verdes, en las herraduras brillantes y blandas con que adorna los cascos de los potros voladores. Una cabalgata sonora lo lleva lejos y él va con su cuadriga, por los caminos estrellados, en busca del fuego que no se consume, más allá de la vida, a errar en la eternidad.

Stella Díaz Varín