Mostrando entradas con la etiqueta 20° Edición. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 20° Edición. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de mayo de 2012

Clamor, vestigio y presagio


La soledad eximia de soledades
se arrima a la cabeza ecuménica de los individuos.
Somos la sal del mar, que sin nuestra carne espiritual,
las olas caerían desmayadas como gritos deslenguados,
de la vida que va más allá de parado haber nacido.

Porque en las huellas va el cáliz de las plantas,
y al abrir nuestros brazos
el sol fecunda árboles en las venas universales.

Entonces por la ruta del destino imaginario vamos descifrándonos,
torciendo el espacio, lanzando las piedras más tristes al éter,
gesticulando el carisma perdido, primario, ahora moderno,
de nuestros siglos que laten con la fuerza del HOMBRE
tendido en el horizonte como signo sagrado,
brillando con dioses de cuarzo, vastedades, premisas personales abiertas.

¡Hacer del nacimiento un saludo ajeno abierto!
Las cosas, gestos; a las muertes y danzas del pasado.

Tú, que te viste con temor en los espejos,
con los pies crujiendo atentos, en el desvarío de la tierra.
Deshace silencios y misterios,
que el jardín más noble viste las flores de la humana verdad.

Rubén Montaña

Cordura


Cordura, no me abandones  ahora, hoy no me apetece  flotar entre nubes,  Ni  quiero ser juguete   constante del miedo a despertar  y respirar  colores. Hoy no bebí  el café de la mañana, me sabía  a concreto. Los  pájaros en el marco  de la ventana me taladraron  las orejas. Este disfraz de piel ya no me permite esconderme. Espero  fugarme por el drenaje .Partiré en busca de la  luz proyectada al  interior de  mis fosas nasales. No quiero sentir  esos enormes grillos que raspan con su patas la punta de mi lengua. Por favor, No te rías, No seas  infame. Te suplico que no me dejes mirando por la fisura en la madera de la puerta.  Pues  ya no quiero volver  ahí, a la humedad, al goteo, a la angustia que genera el  pensar que el cielo  es el lavabo. No pretendo que la dolorosa luz  me sorprenda aferrada  a mis viejas sabanas. Imploro  que no me dejes  aquí,    intentado encontrarte en el espejo roto. ¿Es que no ves que  ya no quiero dialogar con el lápiz labial? Por favor, no permitas que le haga   al amor al papel  tapiz, ni que el piso me bese la espalda. Temo salir en tu búsqueda,  y extraviarme entre  botellas vacías o, en el intento de fumarte, descubrir  que te has marchado junto con el  humo muerto. No  me  impongas  al  olvido como   único compañero. Bien sabes que el silencio  pesa mucho más cuando  uno mismo es  ausencia. Hoy, le  temo  a la  ira que  habita  en  esas pausas, entre  la respiración. Por favor, que ya  voy sintiendo  como  mis párpados  se  secan. Y es que hoy estoy hecha de meros artificios.  Hoy  soy  muro. Hoy Soy  umbral. Te suplico  cordura,  que esta noche No  dejes  con esa otra yo. Esa, la que espera el momento oportuno para inhalarme a través de la pared.   

 Denisse J. Sánchez Erosa
 

Asedios Dos


( Novela en proceso, fragmentos)

Desde el ojo, perversa convulsiona la imagen del arquetipo, opuesta al daño y contrapuesto sus deseos, él arranca con violencia el sujetador y bebe del contenido su fragancia. La mujer se desmorona. Caen ambos sobre el embaldosado negro.
Él aprieta sus caderas contra los hombros y con los dientes arranca el pequeño encaje. Enroscada su lengua tarda los agitados movimientos y hace abundante, justo allí, la fluida nariz y la boca sobre los párpados. La pupila intacta sobre el cierre eclair ebulle y agita el movimiento de los peces. Una brisa de mar parpadea, una vez abierto el sexo su fragancia. Entumecidos de vencer el pulso encabritados, nos vamos haciendo cuenca, pedazo de párpado henchido.
Él la toma entre su brazos enclavando especias sobre ese torso que es tan nuestro y somete la delicada forma, mordiendo casi por devorar el bocado delicioso, jugoso el fruto del llanto salado y de brisa descompuesta. La mujer, deja caer su cabeza hacia atrás.
Ella no opone resistencia. Entra, sale la lengua al cántaro, cuando toda ella expande sus pociones de magia. Carnívora recupera fuerzas y como un insecto lo atrapa, vacía contra forma de un manantial que no resiste su hermetismo y es él quien a la vez huye y abatido cae, cuando su bestia arremete con fuerza.
Sobre la mesa, el par de especias perfumadas, frente a la pantalla, la gran madre vigorosa, toda ella replegada de puntas, la mujer se desliza y arranca sus prendas inferiores. Él, lloriquea a pedacitos sangrando boca abajo cuando se erecta de pliegues. Sus dientes blancos brillan hasta aturdir. Su boca lame la sangre a pequeños sorbos y rompe más debajo de la piel.
Frente al cuerpo derrumbado la mujer no contiene su vulgaridad. Enteramente expuesto él cae de rodillas. Ambos lloran. Expandidas sus musculaturas como animales de cualquier especie, abiertos sus tejidos laten y envueltos gimen rozándose las partes.
Esta noche, tan noche, y en este olor húmedo y sin desórdenes, él aja la piel del vestido, aja los últimos pedazos de la tela. Ella no se defiende cuando muchos de esos hombres tiñen sus musculaturas de dorados ungüentos y ellas, muchas a la vez que una, se enjambran en los sonidos de alcoba.
Como amantes jalan agitando sus imágenes furiosas entre los dedos, como si fuesen simple pluma de pájaros. Hasta que finalmente desaparecen los gemidos, el sudor empaña el vidrio y gotas frías resbalan sobre la superficie.
Puedo distinguir sus cuerpos forzados a una estética asfixiante, despojados de particularidades específicas van perdiendo sus condiciones indispensables, sus inigualables materias. Nada más exquisito que verlos pasear en estado de alerta, imaginarlos de varias formas. Extendido, abiertos, zigzagueantes y medio vueltos hacia atrás, escondiendo más de algún secreto entre los pliegues de un vestido que se aprieta o dibujar espuma con las manos. La mayor parte de las veces se pasean en manadas, oscilantes van y vienen por los bordes, zarandeando con orgullo sus grandes plumas. De goces arden simultáneamente entre los enjambres, algunos se revuelcan, otros palpitan su desesperación.
-No hay tiempo. Dicen.

Eugenia Prado Bassi

Sirenas serpientes


Ciertas sirenas serenas
suelen sentarse cerca
siempre sonrientes, sensuales,
sosteniéndose en su sangre sombría,
semicimentadas, semisonrosadas,
sus sombras soleadas
son sólo sellos solapados
sin cerrojos.
Sus sonetos sin sonidos
siembran sus sentidos socorros
salameros, suplicantes, silbadores.
Santas cínicas,
sobrestimadas sinvergüenzas sobadoras.
Sólo surgen en zozobra,
cerniéndose sobre sus cimas
sadomasoquistas
sus santificadas siluetas serpientes.
Sofocan a su silente servidor
sentado sobre su solipsismo
secante, sediento, sedentario;
Siempre,
siempre surcando su semblante solace,
sus sinceros sueños,
salpicados sinsabores, 
su sarcasmo
sacado sin subterfugios
sin certeza, sumisa sin corteza
sobre el soma.

 Saco sonrisas ciegas
cerrando salidas.
Sonrisas selenas, salivales,
cifradas sin sembrar.
Siento sangrar los soles,
sin saciar su sufrimiento,
sabiendo suturada su sed.
¿Lo sientes?
¿Lo sientes?
¿Ese silbido incesante
saliendo como seda?

“Somos sumisas, soñadores señoriales.
Sabemos soportar sobrias el sudor.
¿Sufres sabio samaritano?
Síguenos sumergiéndote
suavemente en el sopor”.

¿Cesaría el silencio en su seno?
¿Cicatrizaría la sal
separando su sabor salino
del desabrido suelo
sabiéndose salvada su semilla?
No necesito navegar neciamente,
ni nadar negándome en la nada.
Nimio nido nodular en entraña,
nuez de nácar inconsciente.
No nací en vano,
nací siendo niño
y digo No.
¡Salgan!
(“Si, si, si”)
resuenan silbidos
(“Si, Si, Si”)
surcando mi sien
(“SI, SI , SI”)
sibarita serpenteante

Santiago A veces