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lunes, 16 de julio de 2012

Desfavorable encantamiento del regreso


¿Y  ahora?  ¿Qué soy? ¿Qué eres? La iridiscente
pesadilla del hermoso infierno
inflamó la cicatriz. La luz amada y temida
floreció en el relámpago. Desnudo estamos
ante el universo crecido y hemos madurado antes de tiempo.
¿Qué es ese ojo que llaman sol? Creo en una bebida
de olvidado sabor en los huesos. Así se lustran la lengua
los que vuelven. Los que destapan el lecho donde durmió el
  cuerpo encantado por indescifrables artificios.
Di tú que sabes de artes comunicantes, fiel a tus amigos
  ventrílocuos y a magos amantes de rosas cultivadas en el
  jardín de las levitaciones,
Di tú, mujer y fidelidad –lo difícil–, grano dorado y estrella de
  corazón abierto,
¿Nos recibe el universo o nos rechaza? ¿Tienen alguna puerta las
  murallas que nos esperan?
Tú sabes, soy el escorpión de la duda y apenas si algo aprendí en
  La flagelante academia de las llamas.
Mi corazón estuvo vacío y tú eras la fabulosa leyenda de la haz
  Flotando sobre las aguas, la creación urdida, amada por mí en
  esa profundidad sin nombre.
Tú, fidelidad. Yo, escorpión. El signo está en las líneas centrales
  de mis manos y también en mi nombre.
************************************************************************
Era bello el infierno en la metamorfosis.
¿Entiendes? Animales y pájaros convertidos en países, en
  ciudades, en lenguajes.
La tempestad de cabellos plomizos no envejecía en los espejos,
Jóvenes huracanes se abrían en el cielo de la lengua
Entre tú y yo y esas llamas que me lamían desde lejos.
No cuchillos calientes sino tierna belladona
O miel en metamorfosis en varias clepsidras.
“El tiempo, tu tiempo”, decía el coro
                                                           Mientras
Tú que eras la inmensidad perdida entrabas
En frías mansiones por escalas líquidas,
Tal vez en el agua de la muerte en la ausencia.
Desposada entre hachas ardientes,
Con mi corazón puesto en el dedo como un anillo.
Sola, estrella perseguida por pájaros en invierno.
Y yo en la luminosidad para ciegos
                                                           Más solo
Que el dios dormido entre helechos sonrientes.                                  

Rosamel del Valle 

lunes, 3 de octubre de 2011

En el Hayden-Planetarium [Fragmento]


Un día, así empiezan las bellas historias, me di cuenta que Nueva York no tiene cielo ni, por supuesto, luna. Ni estrellas, a no ser las de Hollywood. Muchas veces quise admirar la luna, por ejemplo, desde los jardines de  Riverside o del Central Park. Inútil. ¿A tanto ha  llegado el “materialismo”  de este pueblo que ha logrado pasarse sin la luna, aunque no sin las influencias lunáticas? Y la explicación es simple: la soberbia iluminación de los rascacielos y los avisos luminosos lo llenan todo y apenas si permiten en el cielo el paso de la sombra del zepelín gris cuya cinta giratoria anuncia una nueva marca de automóvil o una nueva pasta dentífrica. Los aviones se sienten, pero no se ven. La luz se comba y se oculta el cielo y mirar hacia arriba es como fijar la vista en el sol.
Y yo que quería luna. Me era imposible borrar la imagen de la luna chilena sobre las ciudades –terriblemente obscuras, por cierto–  y sobre los campos y llanuras donde las lágrimas celestes siguen siendo el pan nocturno de los románticos y de los otros. Si, yo quería luna. Era una necesidad, una sed, una obsesión. “¿Es que no hay luna en Nueva York?”, interrogué, a1 fin, a Miss Greta Lilenfield, en cuyos ojos hay una buena parte del firmamento. “iOh! the  moon, the moon... No sé. Vaya al Planetarium”. No quedé conforme. Recurrí, entonces, a Mlle. Claire Bouvier. Ella, como buena canadiense y de sangre francesa, algo debía saber de la luna. “iOh!” dijo. “Sigue usted tan fou como cuando llegó. Vaya a1 Planetarium”. Por ese entonces me encontré con el chileno Luis Enrique Délano y, por supuesto, entre grandes recuerdos sobre Chile, le deje caer mi preocupación por la luna neoyorquina. “Anda a New Jersey o a1 Planetarium”, fue su respuesta.
Y tuve que ir a1 Planetarium. Hasta ahí me había resistido a esa idea, porque imaginaba que allí se encontraría con una serie de aparatos técnicos, telescopios, astrolabios, planos celestes, descripciones de los textos de astronomía, etc. Es decir, todo eso que a menudo disminuye el encanto sideral e impide, en verdad, sentir la  proximidad de la “música de las esferas”. Pero yo estaba equivocado.
“Cincuenta céntimos por entrar al cielo”, me dije. “No está mal. En todas partes se paga mucho más por un cielo bastante problemático”. Y empecé a admirar las pinturas murales de Charles R. Knight. Estupendas, llenas de símbolos y mitos y en una de  las cuales el dios Sol cruza el cielo seguido de las diosas estrellas. Más allá están  los Seis Hermanos, que hoy llamamos las Pléyades o las Seis Hermanas, debido, tal vez, a nuestro afán por la verdad biológica. Y luego el Pájaro del Trueno,  a1 que los indios veían surgir del bosque  de la tempestad. Y  no  lejos de ahí la aurora, a cuyo alrededor los hombres danzan corriendo a la noche.
Naturalmente,  me  detengo también delante del gran retrato de  Mr. Charles  Hayden (1870- 1937), el generoso benefactor del Museo de Historia Natural de Nueva York y fundador del Planetarium. Y al instante me enfermo de Chile. ¿Cómo no veré allí, en alguna fundación “no practica”, el retrato de un compatriota  que se haya desprendido de  algunos millones, siquiera para no ser uno mas en el tránsito terrestre? Nunca. Y es lo que me duele. Pero... Yo  ando de visita a1 cielo. Quiero luna, quiero estrellas, quiero cometas, y no pensamientos infelices. No es, todavía, la hora del “show”, y la espero junto a las vitrinas donde funciona la mecánica celeste fantásticamente acondicionada por electricidad. Allí están, en función permanente, las fases de la luna, con su pie1 llena de cicatrices y viruelas; el recorrido de las estrellas y planetas; la vida, pasión y muerte de los cometas; el reino del sol, el de “la mirada terrible”; el nacimiento de las tempestades; la fuga errante de los meteoros; el proceso de los eclipses. Y, naturalmente, los astrolabios, los telescopios, los compases, los relojes de sol, la mecánica toda de que se sirve la astronomía para recordarle a1 hombre que es un pobre objeto en el vacío sin fin.
Y se abren las  puertas  mágicas para  entrar  a1 cielo. Y me deslizo entre un centenar de personas que, como yo, quieren olvidar la miseria terrestre y vivir un poco de eternidad en el único cielo posible.
Un anfiteatro, y en el centro un gran aparato proyector. Los asientos cómodos, demasiado cómodos para un viaje de esa naturaleza. De pronto resuena la música: un leve coro de Bach, un pasaporte para el cielo. De pronto vuelve la vista todo el mundo: ha entrado el profesor, un joven astrónomo de mirada vaga y lejana, a causa, sin duda, de una existencia habituada a los secretos caminos siderales. (…)

Rosamel del Valle

martes, 10 de agosto de 2010

Puertas para no pasar

Un día que habían venido los relámpagos. Un día que el amor salía de ti en una lámpara.

Todo iba de un lado a otro. Los árboles habían entrado en la casa a dormir.

Mañana habrá un ojo en mi mano derecha. En mi izquierda, dirán, una lágrima.

Y diré: no eres sino lo que veré cuando despierte. Oh, como se desencadenan las cosas.

¿Recuerdas? Si llovía, era que tú regabas la higuera para la danza del tiempo.

Si había sol, era que sonaban las campanas del alba por la muerte de Rimbaud.

Si estaba nublado, era que pasaba Gerardo de Nerval junto al Angel de la Melancolía.

Si todo era blanco, era que MaIlarmé escribía arrodillado sobre el césped,

Si caía la nieve, era que Edgar Poe se paseaba de noche por las calles de Baltimore.

Si todo estaba lleno de perfumes, era que Baudelaire destapaba el frasco de las flores del mal.

Si el viento estremecía el jardín. era que William Blake estaba espiado por los ángeles.

Si el olor a azufre venía del jardín, era que Lucifer llegaba de visita a la casa de Swedenborg.

Si las charcas se movían, era que Lautréamont las alumbraba con su lámpara.

Si cantaban los coros de la noche, era que Novalis soñaba en su noche sin sueño.

Si todo era silencio, era que Holderlin hablaba con el zapatero en la bohardilla.

Si los gendarmes dispersaban a la multitud en la plaza, era que Shakespeare llegaba a la ciudad.

Si el trueno pasaba por detrás de las torres, era que Edouard Young mostraba su libro al Eterno.

Si la luna se enredaba en las lilas, era Leopardi que abría una puerta.

Si pasaba una mujer, era que Dante guardaba una corona en el séptimo cuarto de los ángeles.

Si el ciego tocaba la ocarinc en Ia Catedral, era Milton cortando una flor en el Paraíso.

Si los cisnes morían al borde de la fuente, era Rubén Darío en busca de la cítara.

Si hacían ruido los telares. era Verhaeren de vuelta del paseo por los suburbios.

Si había un desfile de banderas enlazadae, era Walt Whitman en una calle de Brooklyn.

Y si la noche caía de pronto junto a tu sueño, ¿recuerdas? era que la muerte cantaba afuera en el árbol de mañana.

Rosamel del Valle

domingo, 3 de enero de 2010

Estación de los peces(1926)



Por seguir tu perfume sin atención de cuerda
De torre a torre el espectáculo cada minuto como oso menos pesado ni intruso
Aparentas la nube sentada con los ojos en el vacío
Detrás de tus ojos las murallas suspendidas con la voz
De flor abriéndose por cada estrella en el mejor movimiento del sonido suspenso
O como las espadas de pie debajo del agua con su hoja afuera
Rama cimbrándose en la boca de los túneles desde lejos
Frente tan sencilla de arena de ola con dos ruedas
Obscuras en la mancha de las palomas evasivas
Más bien las olas paradas en el lomo del cielo como un canto de estrella de cien pies
El perfume admirable sin anochecer en las astas de la ciudad otras veces en los rieles tibios de mis dedos
Hacia el viento y su sombrero de hojas al lado de las nubes humedeciendo tu estatura viva de abeja en el cielo.