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lunes, 15 de octubre de 2012

La muerte de Ulises



        Belano, nuestro querido Arturo Belano, vuelve a la Ciudad de México. Han pasado más de veinte años desde la última vez que estuvo allí. El avión sobrevuela el DF y Belano despierta de golpe. La sensación de malestar que lo ha acompañado durante todo el viaje se hace más aguda. En el aeropuerto del DF tiene que tomar un enlace para Guadalajara, para la Feria del Libro, adonde ha sido invitado. Belano es ahora un autor de cierto prestigio y suelen invitarlo a muchos lugares, aunque él no viaja mucho. Éste es el primer viaje a México en más de veinte años. El año pasado lo invitaron dos veces y a última hora decidió no asistir. El año antepasado lo invitaron cuatro veces y a última hora decidió no asistir. Hace tres años lo invitaron ya no recuerdo cuántas veces y a última hora decidió no asistir. Ahora, sin embargo, está en México, en el aeropuerto del DF, y camina tras la gente, unos perfectos desconocidos, que se dirigen a la zona de tránsito para tomar el avión que lo llevará a Guadalajara. El pasillo es un laberinto encristalado. Belano es el último de la fila. Sus pasos cada vez se hacen más lentos, más dubitativos. En una sala de espera divisa a un joven escritor argentino que también va hacia Guadalajara. De inmediato Belano se refugia tras una columna. El argentino está leyendo el periódico, posiblemente las páginas culturales, en donde sólo se habla de la Feria del Libro, y al cabo de unos instantes, como si se supiera observado, alza la vista y mira en todas las direcciones, pero no ve a Belano y vuelve a las páginas del periódico. Al cabo de un rato una mujer muy guapa se acerca al argentino y lo besa por detrás. Belano la conoce. Es la mujer del argentino, una mexicana nacida en Guadalajara. Ambos, el argentino y la mexicana, viven juntos en Barcelona y Belano es amigo de ellos. La mexicana y el argentino cruzan unas palabras. De alguna manera ambos se sienten observados. Belano intenta leerles los labios, pero resulta imposible descifrar nada. Escondido detrás de la columna, espera hasta que ellos le dan la espalda para salir de su escondite. Cuando por fin puede salir del pasillo la cola que se dirigía a tomar el enlace de Guadalajara ha desaparecido y Belano descubre, con una creciente sensación de alivio, que a él ya no le interesa viajar a Guadalajara ni participar en la Feria del Libro, sino quedarse en el DF. Y eso hace. Se dirige a la salida. Le miran el pasaporte y poco después está fuera, buscando un taxi.
                Otra vez en México, piensa. El taxista lo mira como si lo conociera desde siempre. Belano ha oído historias sobre los taxistas del DF y sobre los asaltos en los aledaños del aeropuerto. Pero todas esas historias ahora se desvanecen. ¿Adónde vamos a ir, joven?, dice el taxista, que es más joven que él. Belano le da la última dirección conocida de Ulises Lima. Órale, dice el taxista, y acelera y el coche se interna en la ciudad. Belano cierra los ojos, como cuando vivía allí y cerraba los ojos, pero ahora está tan cansado que los abre casi de inmediato y la ciudad, su vieja ciudad de la adolescencia, se despliega gratuitamente para él. Nada ha cambiado, piensa, aunque sabe que todo ha cambiado.
                La mañana es una mañana de camposanto. El cielo es de color amarillo terroso. Las nubes, que se mueven lentamente de sur a norte, parecen cementerios perdidos que por momentos se separan, permitiéndole ver fragmentos de cielo gris, y por momentos se funden con un chirrido de tierra seca que nadie, ni él, escucha, y que hace que le duela la cabeza, como cuando era adolescente y vivía en la colonia Lindavista o en la colonia Guadalupe-Tepeyac.
                La gente que camina por las aceras, sin embargo, es la misma, acaso más jóvenes, probablemente aún no habían nacido cuando él se marchó por última vez de allí, pero en el fondo son las mismas caras que vio en 1968, en 1974, en 1976. El taxista intenta entablar conversación, pero Belano no tiene ganas de hablar. Cuando por fin puede cerrar los ojos sólo ve su taxi que se desplaza por una avenida llena de coches, a toda velocidad, mientras otros taxis son asaltados y sus ocupantes mueren con expresiones de horror. Gestos y palabras que le son vagamente familiares. El miedo. Después ya no ve nada y cae en el sueño como una piedra en el interior de un pozo.
                Ya hemos llegado, dice el taxista.
                Belano mira por la ventana. Están en la calle donde vivía Ulises Lima. Paga y se baja. ¿Es su primera visita a México?, le pregunta el taxista. No, dice, hace tiempo yo viví aquí. ¿Es usted mexicano?, dice el taxista mientras le da el cambio. Más o menos, dice Belano.
                Luego se queda solo en la acera contemplando la fachada del edificio.
                Belano lleva el pelo corto. Una calvicie redonda tonsura su coronilla. Ya no es el joven de pelo largo que una vez recorrió estas calles. Ahora se viste con una americana negra y pantalones grises y camisa blanca y usa zapatos Martinelli. Ha venido a México invitado a un congreso de escritores hispanoamericanos. En el congreso participan, por lo menos, dos amigos suyos. Sus libros se leen (aunque no mucho) en España y en Latinoamérica y están todos traducidos a varias lenguas. ¿Qué hago aquí?, piensa.
Camina hacia el portal del edificio. Saca su libreta de direcciones. Llama al piso en donde vivió Ulises Lima. Tres timbrazos largos. No le contesta nadie. Llama a otro departamento. Una voz de mujer pregunta quién es. Soy amigo de Ulises Lima, dice Belano. Cuelgan abruptamente. Llama a otro departamento. Una voz de hombre grita ¿quién es? Un amigo de Ulises Lima, dice Belano sintiéndose cada vez más ridículo. Con un chasquido eléctrico la puerta se abre y Belano empieza a subir por las escaleras hasta el tercer piso. Cuando alcanza el rellano se ha puesto a sudar por el esfuerzo. Hay tres puertas y un pasillo largo y mal iluminado. Aquí vivió Ulises sus últimos días, piensa, pero cuando toca el timbre tiene la irrazonable esperanza de oír al otro lado los pasos de su amigo que se acerca y luego ver su rostro sonriente asomándose a la puerta entreabierta.
Nadie contesta a su llamada.
                Belano vuelve a bajar las escaleras. Cerca, en la misma colonia Cuauhtémoc, encuentra un hotel. Durante mucho rato permanece sentado en la cama, mirando la televisión mexicana y sin pensar en nada. Ya no reconoce ningún programa, pero de alguna manera los viejos programas se infiltran en los nuevos y así Belano ve en la pantalla el rostro del Loco Valdés o cree oír su voz. Más tarde, mientras cambia de canal, encuentra una película de Tin-Tan y la deja hasta el final. Tin-Tan era el hermano mayor del Loco Valdés. Tin-Tan ya estaba muerto cuando él se vino a vivir a México. Posiblemente el Loco Valdés haya muerto también.
                Cuando la película acaba Belano se mete en la ducha y después, aún sin secarse, telefonea a un amigo. No hay nadie en casa. Sólo el contestador automático, pero Belano prefiere no dejar ningún mensaje.
                Cuelga. Se viste. Se acerca a la ventana y contempla la calle Río Pánuco. No ve gente ni coches ni árboles, sólo el pavimento gris y una calma que tiene algo de inmemorial. Después aparece un niño y una joven, tal vez su hermana mayor o su madre, que caminan por la acera de enfrente. Belano cierra los ojos.
                No tiene hambre, no tiene sueño, no tiene ganas de salir. Así que vuelve a sentarse en la cama y sigue viendo la televisión mientras fuma un cigarrillo detrás de otro, hasta que se le acaba el paquete. Entonces se pone su americana negra y sale a la calle.
                Inevitablemente, como si tarareara una canción de moda, vuelve a la casa de Ulises Lima.
Empieza a ponerse el sol en el DF cuando Belano consigue, tras varios intentos infructuosos, que un vecino le franquee el portal. Debo de estar volviéndome loco, piensa mientras sube las escaleras de dos en dos. La altura no me afecta. No comer no me afecta. Estar solo en el DF no me afecta. Durante unos segundos interminables y, a su manera, felices, permanece junto a la puerta de Ulises sin llamar. Toca el timbre tres veces. Cuando está dándose la vuelta, dispuesto a abandonar el edificio (aunque no para siempre, él lo sabe), la puerta de al lado se abre y una cabeza sin pelos, enorme, de color cobrizo pero en donde también se pueden adivinar algunos relámpagos rojos, como si hubiera estado pintando una pared o un cielo raso, se asoma y le pregunta a quién busca.
                Belano, al principio, no sabe qué contestar. No sirve de nada decir que busca a Ulises Lima. De pronto ya no tiene ganas de mentir. Así que se queda callado y observa a su interlocutor: la cabeza pertenece a un joven, no debe de tener más de veinticinco años, y por la manera en que lo mira deduce que está ofuscado o que vive en un permanente estado de ofuscación. Ese dep está vacío, dice el joven. Ya lo sé, dice Belano. ¿Entonces por qué tocas, buey?, dice el joven. Belano lo mira a los ojos y no contesta. La puerta se abre del todo y el joven sin pelos sale al pasillo. Es gordo y está vestido sólo con unos bluejeans muy anchos, sujetos con una correa antigua. La hebilla es grande, metálica, aunque la barriga del joven la oculta en parte. ¿Quiere pegarme?, piensa Belano. Durante un instante ambos se estudian. Nuestro Arturo Belano, queridos lectores, tiene ya cuarentaiséis años y está mal, como todos sabéis o deberíais saber, del hígado, del páncreas e incluso del colon, pero aún sabe boxear y sopesa con la mirada la figura voluminosa que tiene enfrente. Cuando vivió en México se peleó muchas veces y nunca perdió, lo que ahora le parece increíble. Peleas en la prepa y broncas tabernarias. Así que Belano ahora mira al joven gordo y calcula en qué momento embestirá y en qué momento pegarle y en dónde. Pero el gordo se lo queda mirando y luego mira hacia el interior de su propio departamento y entonces aparece otro joven, éste vestido con una sudadera marrón con un transfer en donde se ve a tres tipos en actitud desafiante, de pie en medio de una calle llena de basura, con una leyenda en letras rojas en la parte superior: Los Amos del Barrio.
El dibujo, por un instante, concita toda la atención de Belano. Esos tres tipos más bien patéticos de la camiseta le resultan familiares. O tal vez no. Tal vez es la calle la que le resulta familiar. Hace muchos años yo estuve allí, piensa, hace muchos años yo pasé por allí, sin prisas, mirándolo todo, inútilmente.
                El de la camiseta, que es casi tan gordo como el primero, le hace una pregunta que le suena a agua hirviendo y que no entiende. No es, sin embargo, de eso está seguro, una pregunta agresiva. ¿Qué?, dice Belano. ¿Eres fan de Los Amos del Barrio, buey?, repite el gordo de la camiseta.
                Belano sonríe. No yo no soy de aquí, dice.
                Entonces alguien empuja al segundo gordo y aparece un tercer gordo, éste muy moreno, una especie de gordo azteca con bigotito, y les pregunta a sus compañeros de departamento qué pasa. Tres contra uno, piensa Belano, es hora de marcharse. El gordo del bigotito lo mira y le pregunta qué quiere. Este pendejo estaba tocando el timbre en el departamento de Ulises Lima, dice el primer gordo. ¿Conociste a Ulises Lima?, dice el gordo del bigotito. Sí, dice Belano, fui su amigo. ¿Y tú cómo te llamas, cabrón?, dice el gordo de la camiseta. Entonces Arturo Belano dice su nombre y luego añade que se va a marchar, que siente haberlos molestado, pero esta vez los tres gordos lo miran con verdadero interés, como si lo vieran bajo otro prisma, y el gordo de la camiseta sonríe y dice no me vaciles, tú no te puedes llamar Arturo Belano, aunque por la forma como lo dice Belano se da cuenta de que el otro aunque no lo crea, quiere creerlo.
                Después se ve a sí mismo, como si estuviera contemplando una película tan triste que él jamás iría a ver, en el interior del departamento de los gordos, atendido por éstos, que le ofrecen cervezas, no gracias, ya no bebo, dice Belano, sentado en un sillón destartalado con un estampado de flores marchitas, y un vaso de agua en la mano que no se decide a probar, pues el agua del DF, se lo advirtieron y además siempre lo ha sabido, provoca gastroenteritis, mientras los gordos toman posiciones en las sillas que hay alrededor e incluso uno, el que lleva el torso desnudo, se sienta en el suelo, como si temiera romper con su peso otra silla o como si temiera la reacción de sus compañeros ante tal eventualidad.
                El gordo que lleva el torso desnudo se comporta de alguna forma como un esclavo, piensa Belano.
                Lo que sigue es caótico y sentimental: los gordos le informan de que ellos fueron los últimos discípulos de Ulises Lima (lo expresan así: discípulos). Le hablan de su muerte, atropellado por un coche misterioso, un Impala negro, y le hablan de su vida, una sucesión de borracheras sin cuento en las cuales fue dejando su impronta, como si los bares y los cuartos en donde Ulises Lima se sintió mal y vomitó fueran los diversos volúmenes de su obra completa. También, sobre todo, hablan de ellos mismos: tienen un grupo de rock llamado El Ojete de Morelos y tocan en discotecas de los suburbios del DF. Han grabado un disco que las emisoras de radio oficiales se niegan a poner debido al contenido de sus letras. Las pequeñas emisoras, por el contrario, están todo el día pinchando sus canciones. Somos cada día más famosos, dicen, pero seguimos siendo rebeldes. La senda de Ulises Lima, dicen, las balas trazadoras de Ulises Lima, la poesía del más grande poeta mexicano.
Luego pasan del dicho al hecho y ponen un compact disc con temas de El Ojete de Morelos que Belano escucha inmóvil, con la mano agarrotada sosteniendo el vaso de agua que aún no ha bebido y mirando el suelo, sucio, y las paredes, llenas de afiches de Los Amos del Barrio y de El Ojete de Morelos y de otros grupos que él desconoce o que tal vez sean formaciones musicales en donde antes tocaron Los Amos del barrio o El Ojete de Morelos, muchachos mexicanos que lo miran desde las fotos o desde el infierno esgrimiendo sus guitarras eléctricas como si fueran armas o como si se estuvieran muriendo de frío.

Roberto Bolaño
del libro El Secreto del mal

domingo, 7 de octubre de 2012

El verdadero detective


Su verdadero nombre fue José Alfredo Zandejas, nació en México en 1953 y murió en la misma ciudad 35 años más tarde, después de un agitado y famélico periplo por Barcelona, París y Tel Aviv. Desde muy joven adoptó el nombre de Mario Santiago, al que más tarde agregaría el apellido Papasquiaro (en homenaje al político y revolucionario José Revueltas, cuya localidad natal se denomina Santiago Papasquiaro). Ni su nombre de nacimiento ni el alias que escogió le dieron tanta celebridad como el que le puso Roberto Bolaño en Los detectives salvajes (1998): Ulises Lima. En efecto, Mario Santiago fue quien, en 1975, fundó junto a Bolaño -y otros poetas cuyo número y nombre siguen siendo materia de controversia- el movimiento denominado "infrarrealismo" en la realidad y "real visceralismo" en Los detectives salvajes, la novela que, veinte años más tarde, lo convirtió en leyenda. El movimiento formó parte del ímpetu de rebelión que dominaba la época, desde el Mayo Francés a los grupos revolucionarios en América Latina y las últimas reverberaciones de la vanguardia artística y poética. La irreverencia estaba de moda, pero no en México, donde el sistema intelectual mantenía una visible sujeción al estamento político oficial. Los infrarrealistas rechazaban el papado poético y cultural de Octavio Paz, en quien veían al intelectual orgánico de un sistema político inmóvil y falaz. En su lugar reivindicaban la actitud del estridentismo, el movimiento poético mexicano que emuló el espíritu del surrealismo francés. Según cuenta el infrarrealista José Vicente Anaya, una de las más sonadas performances del grupo consistió en provocar la expulsión de varios de sus miembros de una lectura de Octavio Paz y David Huerta. Precisamente Anaya publicó recientemente un estudio sobre Concha Urquiza (Brota la vida en el abrazo, Cuadernos de Veracruz, 2007), personaje fascinante y poeta de un peculiar y grandioso misticismo, que en la novela de Bolaño inspira la figura de Cesárea Tinajero, a quien los "detectives salvajes" van a buscar a Sonora (aunque, en realidad, Urquiza había muerto ahogada en Baja California muchos años antes,en 1945).

El narrador de Los detectives salvajes -un chico de 17 años que escribe sus primeros versos- dice: "Belano y Lima me miraron y dijeron que sin duda yo era un real visceralista y que juntos íbamos a cambiar la poesía latinoamericana". Y también, con el mismo tono de cándida ironía, al intentar responder a una compleja cuestión de métrica clásica: "El único poeta mexicano que sabe de memoria estas cosas es Octavio Paz (nuestro gran enemigo)". Pero en aquellos años setenta los realvisceralistas o infrarrealistas se tomaban muy en serio su credo, que queda resumido en buena medida en el título del prólogo de Jeta de santo, firmado por Mario Raúl Guzmán: 'La bendición de la insensatez'. La poesía de Mario Santiago es vitalista, juvenil hasta el final, hirviente de la romántica fascinación del poeta por sí mismo. Se abre con un festejo fervoroso de los procedimientos característicos de la vanguardia: el cultivo de la imagen audaz -"acampados en los párpados magnéticos del aire", "nubes de preguntas patean casas"- y de la invención neológica -"callejón de muervida", "estetoscopiando el polen". Y va hacia un aliento más ambicioso, que aglutina la influencia del surrealismo con la de Allen Ginsberg, con versos como consignas que parecen empezar en Baudelaire, Juan Ramón Jiménez y Ezra Pound, y terminar en un delirio lisérgico rico en erotismo y escatología: "En mi breve Paraíso no crecen básculas ni encíclicas" (el poema se titula 'Saliva de San Juan Autista'), "en la cima de simia sima"; "Ojos de muerto en vida / Olor a isla infartada yema a yema / Puente roto entre la lágrima & la peste / Luna de miel de los mocos & el esperma". El último largo poema de este libro, 'Consejos de un 1 discípulo de Marx a 1 fanático de Heidegger' -que, obviamente, nada tiene que ver con ninguno de esos ínclitos nombres-, muestra el máximo soplo de esa flama verbal que quiere fundir todas las cosas del mundo, donde "el gordo & el flaco" bailan con Guido Cavalcanti y Huckleberry Finn. Jeta de santo es el documento de una época del que conocíamos sus derivados ficcionales y ahora tenemos su primigeniomagmalírico.
Edgardo Dobry
Publicado en suplemento Babelia de El País.
10 de enero del 2009.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Testimonio de escritura


“Hay un momento en que no tienes nada en que apoyarte, ni amigos, ni mucho menos maestros, ni hay nadie que tienda la mano, las publicaciones, los premios, las becas son para los otros, los que han dicho “sí, señor”, repetidas veces, o que han alabado a los mandarines de la literatura, una horda inacabable cuya única virtud es su sentido policial de la vida, a ésos nada se les escapa, nada perdonan”.

Roberto Bolaño

Mi proceso de escritura ha sido breve, pero con momentos de gran vehemencia creativa. En un comienzo la soledad y luego las lecturas me hicieron adquirir ciertas preferencias literarias. Recuerdo muy bien como al inicio me deslumbró Edgar Allan Poe con su lúcida ebriedad, su teoría estética y principalmente sus cuentos. Ligeia mi favorito: el amor que triunfa sobre la muerte. Lo que en vida no pudo lograr el gran Edgar con su esposa Virginia, su difunta consorte.

Luego Henry Miller me “mostró” sus cien libros predilectos. Allí conocí a los grandes: Lautreamont, Artaud, Rimbaud, Baudelaire. Obviamente, la tradición de la poesía chilena, la leía con circunspección nerudiana.

Un largo periodo de lecturas, afiebradas lecturas. Los Cantos del Maldoror, la poesía maldita francesa en general. Pero siempre la poesía chilena al frente, la gran poesía chilena.

Pasé tres largos años en San Juan Argentina, leyendo y releyendo. Aún no llegaba, la poesía. Pero, si bien es cierto, leía con fruición de novato, había algo que no me complacía del todo, la sospecha de más de algún paraíso perdido. No encontraba 100% lo que buscaba. Recolecté frutos carnosos no sólo en la poesía, sino también en la novela, el teatro ,Borges con su occidental galería de espejos, Cortázar en un ómnibus, ensayos, textos sagrados, sectas, prácticas ancestrales, espiritismo, rituales primitivos y todavía nada. Me adelante y entendí el mensaje. No debía buscar más, porque no me llenaba del todo ninguna propuesta por exótica o exquisita que fuera. Y allí estalló: lo que buscaba realmente sólo mi propia mano podría escribirlo, la propia ubre poética ordeñada por mi mano. Las formas deseadas, el tamaño deseado, las licencias deseadas, no a las ataduras como enseñara Henry Miller. El tratamiento de lo repugnante estéticamente, lo prohibido literariamente, la sensibilidad de la cloaca, ¡oh apasionados baudelerianos, Oh artaudianos!...

Y acaso había que llenarse de algo, preguntaba presuroso mi propio yo orientalista. Acaso más bien, no había que despojarse de las ideologías, estéticas, preferencias u opiniones, según Krishnamurti, Zen y compañía...

Los primeros dos años de escritura poética sólo fueron experimentos, injertos, monstruos contrahechos. También algo de vicio con mis propias criaturas. Poemas crípticos, poesía difícil, no me lo proponía, pero con todo y a la larga una estética caótica y experimental irrumpía irremediablemente.
De vuelta ya en Chile, La Serena, el insecto de la poesía me dijo: “Haz una revista. Rescata a los maestros franceses y chilenos. Muestra tu poesía”. Allí surgió en un lejano 1991 la revista de poesía MUSARAÑA. Y sí, allí sí sentí lo que afirma la cita de Bolaño. Sentí una marginalidad literaria, un abandono, una desprotección. La edición de la Musaraña fue y es subterránea, humilde. Marginado de antologías, de ferias del libro, de eventos de la oficialidad provinciana. Detestado por las autoridades que veían en esta disidencia libertina amenazadas sus cabezas, pues el discurso poético es intrínsecamente opuesto al poder en todas sus formas. Salvo en lo que se refiere al verdadero poder que sólo lo da, sólo lo insufla la eterna y diabla poesía.

Desde ese instante he tomado partido por los locos, pues los cuerdos no me quieren, mis palabras le suenan a veneno, mis ademanes a pantomima bárbara, un bárbaro con Rimbaud en el pecho y en la frente.

Sí, la Poesía chilena hizo todo el resto: Gabriela, cómo no amar su Tala enorme en pleno valle fisurado del corazón; Neruda eterno e indiscutible en la Isla negra de tu propia escritura y muy a pesar de su fundación, De Rokha cosmócrator, titán, mesiánico, tiránico, único sentado como satán entre los dos hemisferios; Huidobro con todo su oxígeno de mago, frenético vanguardista pidiéndole el trono y el rayo Guillermo Apollinaire. Rosamel, Humberto, Eduardo, Gonzalo, Jorge y como no Enrique, el gran Enrique.

En el cuento Encuentro con Enrique Lihn Roberto Bolaño muestra una superposición realidad vigilia versus realidad onírica, así que cuando se lo encuentra en el sueño le parece familiar, pero a la vez extraño y diferente, “más apuesto” dice Bolaño, tal vez acicalado simbólicamente por la crítica. Este gran Enrique, el estupendo poeta de Porqué escribí, de La Pieza oscura, del terrible Diario de Muerte ya había dado su veredicto: Los seis tigres de la poesía chilena del año 2000.

Este era el mandala de tigres. Primer tigre: El desgarbado y maltrecho Rodrigo Lira. Líder en ese momento ( lo vine a leer en serio muy tardíamente en su Proyecto de obras completas). Segundo tigre: Claudio Bertoni, lo conocí personalmente en La Universidad de La Serena; me pareció deslavado y abúlico. Tercer tigre: Diego Maquieira, brillante en La Tirana y su new age Sea Harrier . Cuarto tigre: Gonzalo Muñoz, jamás lo leí. Quinto tigre: Juan Luis Martínez, espléndido; en rigor más que poesía, un taller de poesía con sus máximos próceres... La Nueva Novela. Sexto tigre: Bolaño, debo confesar que lo descubrí primero como notable narrador y muy postreramente reparé en sus poco conocidos y menos difundidos trabajos poéticos. El séptimo Tigre seguramente era Raúl Zurita, Bolaño evita nombrarlo. Precisamente porque representa la oficialidad literaria. El poeta que vende su libertad al poder político imperante. Nada nuevo bajo el sol. El poeta oficial. El nuevo Neruda.
¿Cómo nace un poeta? ¿Cómo muere? Baudelaire temblando con sífilis, Rimbaud grangrenado, Lautreamont consorte novillo del vicio. Lo verdaderamente triste es el poeta que muere antes de morir: morir como poeta, creativamente hablando. Sin ese llamado “delirio poético huidobriano”, que sí, no podemos negarlo, alguna vez lo tuvo este séptimo o casi séptimo tigre de Lihn.

Así es amigos míos, nada nuevo bajo el sol. La literatura, la poesía chilena es la historia de un grupo de enemigos, que se soporta por culpa de la civilización, pero en verdad lo único que desean es eliminar a los “otros” y dominar sempiternamente el panorama poético-literario: culpa del gen egoísta, culpa de la especie, volcada en su dimensión estética fónica y representativa simbólica de lo lírico, sin embargo, con esa voracidad carnívora mejor digo antropófaga; síntoma inequívoco de la tradicional guerrilla literaria. Además reflejo y reflujo de la soberbia de nuestros cuatros padremadres violentos de la lírica nacional.