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jueves, 11 de diciembre de 2014
martes, 17 de abril de 2012
13 consejos para escribir
Número Uno: Hace dos años,
cuando escribí las primeras de estas tareas, era más o menos el tiempo de mi
método de escritura “egg timer” (avisador). He aquí el método: cuando no
quieres escribir, pon en el avisador en una hora (o en media hora) y siéntate a
escribir hasta que el cronómetro suene. Si todavía odias escribir, eres libre
en una hora. Pero, normalmente, para cuando suene la alarma, estarás tan
involucrado en tu trabajo, disfrutándolo tanto, que seguirás adelante. En vez
de un avisador, puedes poner una lavadora, o secadora y úsalas para cronometrar
tu trabajo. Alternar la tarea mental que supone escribir con la física de hacer
la colada y lavar los platos, te proporcionará las pausas que necesitas para
que te lleguen nuevas ideas y percepciones. Si no sabes qué es lo siguiente que
va a ocurrir en la historia... limpia el baño. Cambia las sábanas. Por el amor
de Dios, quítale el polvo al ordenador. Una idea mejor llegará.
Número dos: Tu audiencia es más lista de lo que imaginas. No temas experimentar
con las formas de la historia ni con los cambios en el tiempo. Mi teoría
personal es que los lectores jóvenes se distancian de la mayoría de los libros
no porque esos lectores sean más tontos que los del pasado, sino porque el
lector de hoy es más listo. Las películas nos han hecho muy sofisticados para
la narración. Y tu audiencia es mucho más complicada de impactar de lo que
puedas imaginar.
Número tres: Antes de sentarte a escribir una escena, medítala y conoce el
propósito de dicha escena. ¿Qué situaciones establecidas en escenas anteriores
salda? ¿Qué establece para escenas posteriores? ¿Cómo activa tu trama? Cuando
estés trabajando, conduciendo, haciendo ejercicio, mantén sólo esta cuestión en
tu mente. Toma notas conforme tengas ideas. Y sólo cuando estés decidido acerca
de los huesos de la escena, entonces siéntate y escríbela. No vayas a ese
aburrido y polvoriento ordenador sin algo en la mente. Y no hagas que tu lector
camine trabajosamente a través de una escena en la que pasa muy poco o nada.
Número cuatro: Sorpréndete a ti mismo. Si puedes llevar la
historia –o dejarla que ella te lleve a ti– a un lugar que te asombre, entonces
puedes sorprender a tu lector. Cuando llegas a ver cualquier sorpresa bien
planeada, las posibilidades son que también la verá tu sofisticado lector.
Número cinco: Cuando te atasques, vuelve y lee los capítulos
anteriores, buscando personajes o detalles que puedas resucitar como “armas
enterradas”. Al final de estar escribiendo “El club de la lucha”, no tenía ni
idea de qué era lo que iba a hacer con el edificio de oficinas. Pero releyendo
el primer capítulo, encontré el comentario desperdiciado sobre mezclar nitro
con parafina y como eso era un método incierto para fabricar explosivos
plásticos. Esa tonta acotación (... la parafina nunca me ha funcionado...) fue
la perfecta “arma enterrada” para resucitarla al final y salvar mi culo de
narrador.
Número seis: Utiliza el escribir como una excusa para hacer una fiesta cada semana
–incluso aunque llames a esa fiesta un “taller”. Cada vez que pasas tiempo
entre otra gente que valora y apoya la escritura, eso compensará esas horas que
gastas a solas, escribiendo. Incluso si algún día vendes tu trabajo, ninguna
cantidad de dinero te compensará del tiempo que pasas a solas. Así coge tu
“cheque” por adelantado, haz de la escritura una excusa para estar con gente
alrededor. Cuando llegues al final de tu vida, confía en mí, no mirarás atrás y
saborearás los momentos que pasaste a solas.
Número siete: Permítete mantenerte en el “No Saber”. Este pequeño
consejo viene a través de un centenar de gente famosa, a través de Tom
Spanbauer hasta mí y ahora, tú. Cuanto más tiempo puedas permitirle a una
historia que tome forma, mejor forma tendrá. No apresures o fuerces en final de
una historia o un libro. Todo lo que tienes que conocer es la próxima escena, o
unas pocas próximas escenas. No tienes que conocer cada momento hasta el final,
de hecho, si lo haces, será terriblemente aburrido de ejecutar.
Número ocho: Si necesitas más libertad en la historia, entre borrador y borrador,
cambia los nombres de los personajes. Los personajes no son reales, y ellos no
son tú. Por el hecho de cambiar sus nombres arbitrariamente, consigues la
distancia que necesitas para torturarlo de veras. O peor, bórralo, si eso es lo
que la historia necesita de verdad.
Número nueve: Hay tres tipos de discurso –no sé si esto es
VERDAD, pero lo oí en un seminario y tenía sentido. Estos tipos son:
Descriptivo, Imperativo y Expresivo. Descriptivo: “El sol se levantó alto...”
Imperativo: “Camina, no corras...” Expresivo: “¡Ay!” La mayoría de los
escritores de ficción utilizarán sólo uno –dos, todo lo más. Así que, usa los
tres. Mézclalos. Es como la gente habla.
Número diez: Escribe el libro que quieres leer.
Número once: Hazte ahora fotos de autor, con chaqueta, mientras eres joven. Y hazte
con los negativos y el copyright de esas fotos.
Número Doce: Escribe sobre los temas que realmente te preocupan. Esas son las únicas
cosas sobre las que merece la pena escribir. En su curso, llamado “Escritura
peligrosa”, Tom Spanbauer enfatiza que la vida es demasiado preciosa como para
desperdiciarla escribiendo historias insulsas y convencionales las cuales no
tienen ningún lazo personal contigo. Hay tantas cosas de las que Tom habló,
pero sólo puedo medio recordar: el arte de “manumisión” que no puedo deletrear,
pero que entendí que significaba el cuidado que utilizas al mover a un lector a
través de una historia. Y “sous conversation”, el cual me hice la idea de que
significaba el mensaje escondido, enterrado entre la historia obvia. Como no me
siento cómodo describiendo temas, sólo medio entiendo. […]
Número Trece: Otra historia de escaparates de navidad. Casi cada
mañana, desayuno en el mismo restaurante, y esta mañana un hombre estaba
pintando el escaparate con dibujos navideños. Hombres de nieve. Copos de nieve.
Campanas. Santa Claus. Él permanecía de pie, fuera, en la acera, pintando con
pinturas de diferentes colores. Dentro del restaurante, los clientes y los
camareros observaban como esparcía pintura roja y blanca y azul en el exterior
de la gran ventana. Tras él, la lluvia cambió a nieve, cayendo de un lado a
otro en el viento. El pelo del pintor era de todos los tonos de gris, y su
cara, flácida y arrugada como el culo vacío de sus vaqueros. Entre colores,
paró para beber algo de un vaso de papel. Observándolo desde el interior,
comiendo huevos y tostadas, alguien dijo que era triste. Este cliente dijo que
el hombre era, probablemente, un artista fracasado. Que lo del vaso de papel,
probablemente sería whisky. Que probablemente tenía un estudio lleno de
pinturas fracasadas y ahora vivía de decorar escaparates de restaurantes y
tiendas. Triste, triste, triste. Este pintor siguió poniendo colores. Todo el
blanco nieve primero. Entonces algunas extensiones de rojo y verde. Entonces
unas líneas de negro que delimitaban las formas de colores y las convertían en
paquetes y árboles. Un camarero caminó por el restaurante, sirviendo café a la
gente, y dijo, “Es tan bonito. Ojalá yo pudiera hacer algo así...” Y tanto si
envidiábamos como si nos daba pena el camarero en el frío, él siguió pintando.
Añadiendo detalles y capas de color. Y no estoy seguro de cuándo pasó, pero en
algún momento ya no estaba allí. Las pinturas por sí mismas eran tan ricas,
llenaron tan bien la ventana, los colores tan brillantes, que el pintor se
había ido. Tanto si era un fracasado como un héroe. Él había desaparecido, se
había largado a donde fuera, y todo lo que estábamos viendo era su trabajo.
Chuck Palahniuk
viernes, 2 de diciembre de 2011
Tripas
Tomen aire.
Tomen tanto aire como puedan. Esta historia debería durar el tiempo que
logren retener el aliento, y después un poco más. Así que escuchen tan rápido
como les sea posible.
Cuando tenía trece años, un amigo mío escuchó hablar del “pegging”. Esto
es cuando a un tipo le meten un consolador por el culo. Si se estimula la
próstata lo suficientemente fuerte, el rumor dice que se logran explosivos
orgasmos sin manos. A esa edad, este amigo es un pequeño maníaco sexual.
Siempre está buscando una manera mejor de masturbarse. Se va a comprar una
zanahoria y un poco de jalea para llevar a cabo una pequeña investigación
personal. Después se imagina cómo se va a ver la situación en la caja del
supermercado, la zanahoria solitaria y la jalea moviéndose sobre la cinta de
goma. Todos los empleados en fila, observando. Todos viendo la gran noche que
ha planeado.
Entonces mi amigo compra leche y huevos y azúcar y una zanahoria, todos
los ingredientes para una tarta de zanahorias. Y vaselina.
Como si se fuera a casa a meterse una tarta de zanahorias por el culo.
En casa, talla la zanahoria hasta convertirla en una contundente
herramienta. La unta con grasa y se la mete en el culo. Entonces, nada. Ningún
orgasmo. Nada pasa, salvo que duele.
Entonces la madre del chico grita que es hora de la cena. Le dice que
baje inmediatamente.
Él se saca la zanahoria y entierra esa cosa resbaladiza y mugrienta entre
la ropa sucia debajo de su cama.
Después de la cena va a buscar la zanahoria, pero ya no está allí.
Mientras cenaba, su madre juntó toda la ropa sucia para lavarla. De ninguna
manera podía encontrar la zanahoria, cuidadosamente tallada con un cuchillo de
su cocina, todavía brillante de lubricante y apestosa.
Mi amigo espera meses bajo una nube oscura, esperando que sus padres lo
confronten. Y nunca lo hacen. Nunca. Incluso ahora, que ha crecido, esa
zanahoria invisible cuelga sobre cada cena de Navidad, cada fiesta de
cumpleaños. Cada búsqueda de huevos de Pascua con sus hijos, los nietos de sus
padres, esa zanahoria fantasma se cierne sobre ellos. Ese algo demasiado
espantoso como para ser nombrado.
Los franceses tienen una frase: “el ingenio de la escalera”. En francés,
esprit de l’escalier. Se
refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta, pero es demasiado
tarde. Digamos que usted está en una fiesta y alguien lo insulta. Bajo presión,
con todos mirando, usted dice algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta,
cuando baja la escalera, entonces, la magia. A usted se le ocurre la frase
perfecta que debería haber dicho. La perfecta réplica humillante. Ese es el
espíritu de la escalera.
El problema es que los franceses no tienen una definición para las cosas
estúpidas que uno realmente dice cuando está bajo presión. Esas cosas estúpidas
y desesperadas que uno en verdad piensa o hace.
Algunas bajezas no tienen nombre. De algunas bajezas ni siquiera se
puede hablar.
Mirando atrás, muchos psiquiatras expertos en jóvenes y psicopedagogos
ahora dicen que el último pico en la ola de suicidios adolescentes era de
chicos que trataban de asfixiarse mientras se masturbaban. Sus padres los
encontraban, una toalla alrededor del cuello, atada al ropero de la habitación,
el chico muerto. Esperma por todas partes. Por supuesto, los padres lo
limpiaban todo. Le ponían pantalones al chico. Hacían que se viera… mejor.
Intencional, al menos. Un típico y triste suicidio adolescente.
Otro amigo mío, un chico de la escuela con su hermano mayor en la
Marina, contaba que los tipos en Medio Oriente se masturban distinto a como lo
hacemos nosotros. Su hermano estaba estacionado en un país de camellos donde
los mercados públicos venden lo que podrían ser elegantes cortapapeles. Cada
herramienta es una delgada vara de plata lustrada o latón, quizá tan larga como
una mano, con una gran punta, a veces una gran bola de metal o el tipo de mango
refinado que se puede encontrar en una espada. Este hermano en la Marina decía
que los árabes se empalman y después se insertan esta vara de metal dentro de
todo el largo de su erección. Y se masturban con la vara adentro, y eso hace
que masturbarse sea mucho mejor. Más intenso.
Es el tipo de hermano mayor que viaja por el mundo y manda a casa dichos
franceses, dichos rusos, útiles sugerencias para masturbarse. Después de esto,
un día el hermano menor falta a la escuela. Esa noche llama para pedirme que le
lleve los deberes de las próximas semanas. Porque está en el hospital.
Tiene que compartir la habitación con viejos que se atienden por sus
tripas. Dice que todos tienen que compartir la misma televisión. Su única
privacidad es una cortina. Sus padres no lo visitan. Por teléfono, dice que sus
padres ahora mismo podrían matar al hermano mayor que está en la Marina.
También dice que el día anterior estaba un poco drogado. En casa, en su
habitación, estaba tirado en la cama, con una vela encendida y hojeando
revistas porno, preparado para masturbarse. Todo esto después de escuchar la
historia del hermano en la Marina. Esa referencia útil acerca de cómo se
masturban los árabes. El chico mira alrededor para encontrar algo que podría
ayudarlo. Un bolígrafo es demasiado grande. Un lápiz, demasiado grande y duro.
Pero cuando la punta de la vela gotea, se logra una delgada y suave arista de
cera. La frota y la moldea entre las palmas de sus manos. Larga y suave y
delgada.
Drogado y caliente, se la introduce dentro, más y más profundo en la
uretra. Con un gran resto de cera todavía asomándose, se pone a trabajar.
Aun ahora, dice que los árabes son muy astutos. Que reinventaron por
completo la masturbación. Acostado en la cama, la cosa se pone tan buena que el
chico no puede controlar el camino de la cera. Está a punto de lograrlo cuando
la cera ya no se asoma fuera de su erección.
La delgada vara de cera se ha quedado dentro. Por completo. Tan adentro
que no puede sentir su presencia en la uretra.
Desde abajo, su madre grita que es hora de la cena. Dice que tiene que
bajar de inmediato. El chico de la cera y el chico de la zanahoria son personas
diferentes, pero tienen vidas muy parecidas.
Después de la cena, al chico le empiezan a doler las tripas. Es cera,
así que se imagina que se derretirá adentro y la meará. Ahora le duele la
espalda. Los riñones. No puede pararse derecho.
El chico está hablando por teléfono desde su cama de hospital, y de
fondo se pueden escuchar campanadas y gente gritando. Programas de juegos en
televisión.
Las radiografías muestran la verdad, algo largo y delgado, doblado
dentro de su vejiga. Esta larga y delgada V dentro suyo está almacenando todos
los minerales de su orina. Se está poniendo más grande y dura, cubierta con
cristales de calcio, golpea y desgarra las suaves paredes de su vejiga,
obturando la salida de su orina. Sus riñones están trabados. Lo poco que gotea
de su pene está rojo de sangre.
El chico y sus padres, toda la familia mirando las radiografías con el
médico y las enfermeras parados allí, la gran V de cera brillando para que
todos la vean: tiene que decir la verdad. La forma en que se masturban los
árabes. Lo que le escribió su hermano en la Marina. En el teléfono, ahora, se
pone a llorar.
Pagaron la operación de vejiga con el dinero ahorrado para la
universidad. Un error estúpido, y ahora jamás será abogado. Meterse cosas
adentro. Meterse dentro de cosas. Una vela en la polla o la cabeza en una
horca, sabíamos que serían problemas grandes.
A lo que me metió en problemas a mí lo llamo “bucear por perlas”. Esto
significaba masturbarse bajo el agua, sentado en el fondo de la profunda
piscina de mis padres. Respiraba hondo, con una patada me iba al fondo y me
deshacía de mis shorts. Me quedaba sentado en el fondo dos, tres, cuatro
minutos.
Sólo por masturbarme tenía una gran capacidad pulmonar. Si hubiera
tenido una casa para mí solo, lo habría hecho durante tardes enteras.
Cuando finalmente terminaba de bombear, el esperma colgaba sobre mí en
grandes gordos globos lechosos.
Después había más buceo, para recolectarla y limpiar cada resto con una
toalla. Por eso se llamaba “bucear por perlas”. Aun con el cloro, me preocupaba
mi hermana. O –¡Por Dios!– mi madre.
Ese solía ser mi mayor miedo en el mundo: que mi hermana adolescente
virgen pensara que estaba engordando y diera a luz a un bebé retrasado de dos
cabezas. Las dos cabezas me mirarían a mí. A mí, el padre y el tío. Pero al
final, lo que te preocupa nunca es lo que te atrapa.
La mejor parte de bucear por perlas era el tubo para el filtro de la
piscina y la bomba de circulación. La mejor parte era desnudarse y sentarse
allí.
Como dicen los franceses, ¿a quién no le gusta que le chupen el culo? De
todos modos, en un minuto se pasa de ser un chico masturbándose a un chico que
nunca será abogado.
En un minuto estoy acomodado en el fondo de la piscina, y el cielo
ondula, celeste, a través de un metro y medio de agua sobre mi cabeza. El mundo
está silencioso salvo por el latido del corazón en mis oídos. Los shorts
amarillos están alrededor de mi cuello por seguridad, por si aparece un amigo,
un vecino o cualquiera preguntando por qué falté al entrenamiento de fútbol.
Siento la continua succión del tubo de la piscina, y estoy meneando mi culo
blanco y flaco sobre esa sensación. Tengo aire suficiente y la polla en la
mano. Mis padres se fueron a trabajar y mi hermana tiene clase de ballet. Se
supone que no habrá nadie en casa durante horas.
Mi mano me lleva casi al punto de acabar, y paro. Nado hacia la
superficie para tomar aire. Vuelvo a bajar y me siento en el fondo. Hago esto
una y otra vez.
Debe ser por esto que las chicas quieren sentarse sobre tu cara. La
succión es como una descarga que nunca se detiene. Con la polla dura, mientras
me chupan el culo, no necesito aire. El corazón late en los oídos, me quedo
abajo hasta que brillantes estrellas de luz se deslizan alrededor de mis ojos.
Mis piernas estiradas, la parte de atrás de las rodillas rozando fuerte el
fondo de cemento. Los dedos de los pies se vuelven azules, los dedos de los
pies y las manos arrugados por estar tanto tiempo en el agua.
Y después dejo que suceda. Los grandes globos blancos se sueltan. Las
perlas. Entonces necesito aire. Pero cuando intento dar una patada para
elevarme, no puedo. No puedo sacar los pies. Mi culo está atrapado.
Los enfermeros del servicio de urgencias dirán que cada año cerca de 150
personas se quedan atascadas de este modo, chupadas por la bomba de
circulación. Queda atrapado el pelo largo, o el culo, y se ahoga. Cada año,
cantidad de gente se ahoga. La mayoría en Florida.
Sólo que la gente no habla del tema. Ni siquiera los franceses hablan acerca
de TODO.
Con una rodilla arriba y un pie debajo de mi cuerpo, logro medio
incorporarme cuando siento el tirón en mi culo. Con el pie pateo el fondo. Me
estoy liberando pero sin tocar el suelo ni tampoco llegar al aire. Todavía
pateando bajo el agua, agitando los brazos, estoy a medio camino de la
superficie pero no llego más arriba. Los latidos en mi cabeza son fuertes y
rápidos.
Con chispas de luz brillante cruzando ante mis ojos me doy vuelta para
mirar… pero no tiene sentido. Esta soga gruesa, una especie de serpiente azul
blancuzca trenzada con venas, ha salido del desagüe y está agarrada a mi culo.
Algunas de las venas gotean rojo, sangre roja que parece negra bajo el agua y
se desprende de pequeños rasguños en la pálida piel de la serpiente. La sangre
se disemina, desaparece en el agua, y bajo la piel delgada azul blancuzca de la
serpiente se pueden ver restos de una comida a medio digerir.
Esa es la única forma en que tiene sentido. Algún horrible monstruo
marino, una serpiente del mar, algo que nunca vio la luz del día, se ha estado
escondido en el oscuro fondo del desagüe de la piscina, y quiere comerme.
Así que la pateo, pateo su piel resbalosa y gomosa y llena de venas,
pero cada vez sale más del desagüe. Ahora quizá sea tan larga como mi pierna,
pero aún me retiene el culo. Con otra patada estoy a unos dos centímetros de
lograr tomar aire. Todavía sintiendo que la serpiente tira de mi culo, estoy a
un centímetro de escapar.
Dentro de la serpiente se pueden ver granos de maíz y cacahuetes. Se puede
ver una brillante bola anaranjada. Es la vitamina para caballos que mi padre me
hace tomar para que gane peso. Para que consiga una beca gracias al fútbol. Con
hierro extra y ácidos grasos omega tres. Ver esa pastilla me salva la vida.
No es una serpiente. Es mi largo intestino, mi colon, arrancado de mi
cuerpo. Lo que los doctores llaman prolapso. Mis tripas chupadas por el
desagüe.
Los expertos dirán que una bomba de agua de piscina larga 360 litros de
agua por minuto. Eso son unos 200 kilos de presión. El gran problema es que por
dentro estamos interconectados. Nuestro culo es sólo la parte final de nuestra
boca. Si me suelto, la bomba sigue trabajando, desenredando mis entrañas hasta
llegar a mi boca. Imaginen cagar 200 kilos de mierda y podrán apreciar cómo eso
puede destrozarte.
Lo que puedo decir es que las entrañas no sienten mucho dolor. No de la
misma manera que duele la piel. Los doctores llaman materia fecal a lo que uno
digiere. Más arriba es quimo, bolsones de una mugre delgada y corrediza
decorada con maíz, cacahuetes y guisantes.
Eso es la sopa de sangre y maíz, mierda y esperma y cacahuetes que flota
a mi alrededor. Aún con mis tripas saliendo del culo, conmigo sosteniendo lo
que queda, aún entonces mi prioridad era volver a ponerme el short. Dios no
permita que mis padres me vean la polla.
Una de mis manos está apretada en un puño alrededor de mi culo, la otra
arranca el short amarillo del cuello. Pero ponérmelos es imposible.
Si quieren saber cómo se sienten los intestinos, compren uno de esos
condones de piel de cabra. Saquen y desenrollen uno. Llénenlo con mantequilla
de cacahuete, cúbranlo con lubricante y sosténganlo bajo el agua. Después
traten de rasgarlo. Traten de abrirlo en dos. Es demasiado duro y gomoso. Es
tan resbaladizo que no se puede sostener. Un condón de piel de cabra, eso es un
intestino común.
Pueden ver contra lo que estoy luchando.
Si me dejo ir por un segundo, me destripo.
Si nado hacia la superficie para buscar una bocanada de aire, me
destripo.
Si no nado, me ahogo.
Es una decisión entre morir ya mismo o dentro de un minuto. Lo que mis
padres encontrarán cuando vuelvan del trabajo es un gran feto desnudo,
acurrucado sobre sí mismo. Flotando en el agua sucia de la piscina del patio.
Sostenido por atrás por una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas. El
opuesto de un adolescente que se ahorca cuando se masturba. Este es el bebé que
trajeron del hospital trece años atrás. Este es el chico para el que deseaban
una beca deportiva y un título universitario. El que los cuidaría cuando fueran
viejos. Aquí está el que encarnaba todas sus esperanzas y sueños. Flotando,
desnudo y muerto. Todo alrededor, grandes lechosas perlas de esperma
desperdiciadas.
Eso, o mis padres me encontrarán envuelto en una toalla ensangrentada, desmayado
a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, mis desgarradas
entrañas todavía colgando de la pierna de mis shorts amarillos. Algo de lo que
ni los franceses hablarían.
Ese hermano mayor en la Marina nos enseñó otra buena frase. Rusa. Cuando
nosotros decimos: “Necesito eso como necesito un agujero en la cabeza”, los
rusos dicen: “Necesito eso como necesito un diente en el culo”. Mne eto nado
kak zuby v zadnitse. Esas historias sobre cómo los animales capturados por
una trampa se mastican su propia pierna; cualquier coyote puede decir que un
par de mordiscos son mucho mejores que morir.
Mierda… aunque seas ruso, algún día podrías querer esos dientes. De otra
manera, lo que tienes que hacer es retorcerte, dar vueltas. Enganchar un codo detrás
de la rodilla y tirar de esa pierna hasta la cara. Morder tu propio culo. Uno
se queda sin aire y mordería cualquier cosa con tal de volver a respirar.
No es algo que te gustaría contarle a una chica en la primera cita. No
si quieres besarla antes de ir a dormir. Si les cuento qué gusto tenía, nunca
jamás volverían a comer calamares.
Es difícil decir qué les disgustó más a mis padres: cómo me metí en el
problema o cómo me salvé. Después del hospital, mi madre dijo: “No sabías lo
que hacías, amor. Estabas en estado de shock”. Y aprendió a cocinar huevos
pasados por agua.
Toda esa gente asqueada o que me tiene lástima… la necesito como
necesito dientes en el culo.
Hoy en día, la gente me dice que soy demasiado delgado. En las cenas, la
gente se queda silenciosa o se enoja cuando no como la carne asada que
prepararon. La carne asada me mata. El jamón cocido. Todo lo que se queda en
mis entrañas durante más de un par de horas sale siendo todavía comida. Judías
blancas o atún en lata, me levanto y me los encuentro allí en el inodoro.
Después de sufrir una disección radical de los intestinos, la carne no
se digiere muy bien. La mayoría de la gente tiene un metro y medio de intestino
grueso. Yo tengo la suerte de conservar mis quince centímetros. Así que nunca
obtuve una beca deportiva, ni un título. Mis dos amigos, el chico de la cera y
el de la zanahoria, crecieron, se pusieron grandotes, pero yo nunca llegué a
pesar un kilo más de lo que pesaba cuando tenía trece años. Otro gran problema
es que mis padres pagaron un montón de dinero por esa piscina. Al final mi
padre le dijo al tipo de la piscina que fue el perro. El perro de la familia se
cayó al agua y se ahogó. El cuerpo muerto quedó atrapado en el desagüe. Aun
cuando el tipo que vino a arreglar la piscina abrió el filtro y sacó un tubo
gomoso, un acuoso resto de intestino con una gran píldora naranja de vitaminas
aún dentro, mi padre sólo dijo: “Ese maldito perro estaba loco”. Desde la
ventana de mi habitación en el primer piso podía escuchar a mi papá decir: “No
se podía confiar un segundo en ese perro…”.
Después mi hermana tuvo un retraso en su período menstrual.
Aun cuando cambiaron el agua de la piscina, aun después de que vendieran
la casa y nos mudáramos a otro estado, aun después del aborto de mi hermana, ni
siquiera entonces mis padres volvieron a mencionarlo.
Esa es nuestra zanahoria invisible.
Ustedes, tomen aire ahora.
Yo aún no lo hago.
Chuck Palahniuk
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