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lunes, 16 de julio de 2012

A Douglas Blazek, 6 de abril de 1966


Tú eres como yo, nene, la vida y el camino te están matando –puede que sea el pecho, el culo o la panza... pero algo GRITA... Kristo; me gustaría decir que el ALMA grita. ah, somos DeMop en el bote, grandes músculos anaranjados y mente y la sífilis del alma y nada que la cure. ¡ouch! tú y yo vimos suficientes fábricas y usurpadores y bestias y patrones y despidos y ollas populares y filas de desocupados y resacas y hospitales y cárceles y mujeres arruinadas como para que el estómago de cualquiera busque saltar y arrastrarse hasta un agujero sin pelo y esperar a que venga la bomba a que la deidad del whisky del amor y la calma (LA MUERTE) venga. esos dolores que tienes en el pecho son productos del trabajo los nervios y el sinsentido: tienes 2 agujas de relojes apuñalándote el corazón, y es un reloj feo, muy feo. necesitas más tiempo que las primeras 5000 personas que pasen en la calle, y lo sabes. yo también. no te engañes –mucha gente quiere la ESCLAVITUD, un trabajo, 2 trabajos, cualquier cosa que los mantenga en la jaula. Y cuando les piden que trabajen horas extras noche tras noche, chupándoles la sangre de su débil bravura, los ves sonreír, con esas sucias sonrisas de horas extras, les encanta, mi dios, tienen un dicho para eso donde yo trabajo. Una palabra. "¡CARNEROS!", dicen y lamen la grasa de sus labios cuando cae la palabra, mientras Dios se caga en nosotros desde los altoparlantes, que están tan ALTOS como la maquinaria lo permita: "SE REQUIERE", dice Dios, "QUE TRABAJEN UNA HORA EXTRA" esa palabra es nueva: requerir. Entonces haces esa hora y después Dios aúlla de nuevo, dos minutos antes que nos vayamos, que se REQUIERE que trabajemos otra hora, después el mismo plan: otra y otra, hasta que llegas a las podridas 12, está bien, 12 y 8 horas para dormir son 20, más la hora del almuerzo, 21. Desayuno, cena, viajar, cagar, afeitarse, vestirse, desvestirse, decirle algo a tus hijos, mirar un minuto la pared, y todas las otras cosas, peluquería, comprar zapatos, sacarse una muela, tratar de arrancar el auto, matar una mosca... 24 horas, y ya tienes que volver, más CARNEROS, tú sabes todo esto, creí que tenía que decirte que yo también lo sé, y nunca hay dinero, por todo eso, nunca hay dinero. Trabajas 40, 72 ó 32 horas a la semana, al final juntas la misma guita, extraño pero es verdad, tú tienes una familia, yo tengo una hija que mantener, no andamos mendigando, nos hacemos cargo de lo nuestro. Amo a mi chiquitita diez mil veces.
Bien, muy bien, pero también estamos locos, nos gusta caminar por la playa con la mochila a la espalda y una botella de vino barato, nos gusta mirar la luna durante 3 horas o simplemente sentarnos por ahí y percibir el hedor de los pescados muertos, de la muerte de otro, nos gusta sentarnos y hacerle cosquillas a la sombra de China a través de las olas, VVVASSSSH!!, nos gusta no hacer nada durante HORAS y HORAS y HORAS, no hacer nada, llenándonos como una pileta con agua caliente, sintiendo nuestros sesos de algodón allí arriba, sintiendo ratones entre nuestras orejas, incluso preguntándonos acerca de Cristo, o qué pasaría si hay 13 a la mesa, si alguien derramara vino en la ropa o se tirara un pedo, preguntándonos todas esas estupideces, comparando al sol con un limón, enamorándonos del color amarillo como si fuera una puta del culo grande. Amarillo, amarillo, ése soy yo, es mi color favorito, bien, afortunadamente conocí las trampas mirando a mi padre, estudiando a mi padre. Me fabriqué un montón de tiempo vacío. Siempre viví con mujeres viejas y borrachas, muy VIEJAS, porque yo no quería chicos, no quería esa trampa. "Bukowski", me decían mis pocos amigos, "tú puedes conseguir algo mejor que ESO", "sshissh", les decía yo, "ahí trae el vino". Incluso me divertía cuando les presentaba a mi mujer. "Hey, ésta es Mary". "Mary, éste es Joe". Y yo miraba la cara de Joe mientras el miraba a la panzona, vieja y borracha vaca de Bukowski. Yo no tenía coartada, en realidad, la mayoría de mis vacas eran buenas mujeres, quiero decir, lo único que querían era a mí y algo para tomar, me imagino que eran cualidades bastante apreciables, mientras tanto, sin chicos, sin matrimonio, sin presiones, después de todo yo tampoco era más lindo ni estaba más en paz que muchas de mis vacas, claro que algunas de ellas eran viciosas, desprolijas, sucias y endurecidas como viejos trapos sin lavar, y así era yo también, sentía que podía putear todas las paredes, los caseros, la policía, los niños, las estrellas, los putos, los ladrones, y el hedor de la vida. Era una buena oferta: yo sabía donde pertenecía, yo era piola. Patiné una vez, más por compasión que por otra cosa, y encontré que tenía una esposa de 23 años, ella carecía de garra, de sabiduría, de capítulos de vida detrás de ella, era una agitadora una snob... hipersensible a la menor crítica, pero mientras tanto la miraban los grandes farsantes, los Románticos de película, los almamuerta falsificadores de la Gracia, bien, pero ridículo, por suerte para mí, la cosa no anduvo, sus pretendientes merodeaban y le decían lo bestia que era yo, o peor, fingiendo no ser bestias mostraban la bestia en mí, que estaba ahí, en verdad estaba ahí, por supuesto. Mierda. Así que me divorcié. escapé. me fui a la playa y traté de leer a Faulkner de nuevo, me tiré en la arena vestido y era mediodía, pero así no podían ver mis cicatrices. Una horrible enfermedad me dejó estas horribles cicatrices por toda la espalda. Ponerme al lado de algo y me lo agarro, nunca voy a saber por qué no me garré sífilis o gonorrea, sólo ladillas y me cogí las putas más asquerosas de los bares de costa a costa, deliberadamente. ¿Te conté de esa vez cuando me levanté una puta joven? en un bar, ella tenía 19 ó 20, una joyita, como dicen los muchachos, sólo que su madama, una vieja bruja de 55, insistía en venir a controlar que yo no le arruinara o mutilara su pedazo de carne fresca recién llegada. O.k., le dije, nos fuimos a mi casa y tomamos unos tragos, un poco más que unos tragos, el lugar estaba sobre una colina en el Gran Central Market, yo todavía creía que era escritor o algo así y me alimentaba a base de papas y pescado hervido, todo iba bien hasta que tomé otro trago y decidí que ya era tiempo de que el gran amante, Rupert Brooke Bukowski , se pusiera en acción, por costumbre, por instinto, por supuesto agarré a la vieja bruja de 55 años en vez de la joyita de 19, la costumbre se te hace carne, macho. Siempre me voy a acordar de esa vieja bruja con cara de asesina (no sé si usaba una boina verde) le faltaba una mano, y en su lugar le habían puesto algo metálico, brillante y plateado, lo recuerdo, era un GARFIO MUY GRANDE. Después de la primera agarrada consideré que no me la iba a poder montar, ella retrocedió y me sacudió con el garfio –SWISH!– "¡hey, este hijo de puta está LOCO!", gritó. Recuerdo ese garfio que iba y venía y yo esquivándolo por toda la habitación, mientras tanto, la pierna de 19 estaba muy asombrada, yo también, huí de la habitación y las dejé con mis cuentos inmortales, que los quemaran si querían, que se cogieran si querían... ¿por donde iba? ah, sí, en la playa leyendo a Faulkner, intentando otra vez, intentando convencerme de que él no era falso, había ganado todos los premios, incluso parecía un hombre en las fotos. ¿Qué andaba mal? sentía que era un vino demasiado suave, todavía estoy asombrado. Él no puede escribir, lo hace muy light, es celuloide, inteligente, lindo, ¿y yo que tenía de malo? algunos monos estaban jugando a la pelota y la tiraron cerca de mí, llenaron de arena a Faulkner, me llenaron a mí, a mi boca, a mis orejas, me quedé ahí, en el medio del juego, en el medio del juego de Faulkner mientras mi ex-esposa se iba con un idiota culturoso que usaba pisacorbatas púrpura y tenía acento de profesor, a lo Boyer, sabía como imitarlo, tenía un autocine.
¿De qué estoy hablando? principalmente de mi extrema sagacidad para mantenerme fuera de las trampas, así que me encuentro con esta mujer, ella tiene 42, yo tengo 44 ¿qué necesidad de preocuparse por los chicos? ¿qué responsabilidad? otro arreglo conveniente, ¡Por dios, cuando Bukowski vino al mundo debe haber estado primero en la fila para conseguirse cerebro!
Escúchame, Blaz, me hubiera gustado que alguien me sacara una foto en el instante en que me dijo que estaba embarazada, debo haber sido un monumento a la incredulidad, como si un tipo se despertara una mañana y se diera cuenta de que alguien le cortó las bolas durante la noche –quiero decir, ese PRIMER CONOCIMIENTO, esa PRIMERA MIRADA, bajando la mano hasta ahí y no he encontrado nada, escúchame, yo todavía tengo mis bolas.
Incluso escribí un poema acerca de un tipo al que le cortan las bolas, sólo trato de hacerte ver cómo es la cosa. 44 años de astucia planeada, deliberada, un disparo, bang. Así no más, terminado, me gustaría que tuvieras esa foto de la que hablo, porque así cuando te pones triste podrías mirarla y reírte durante horas, en fin, es una bella hija, un milagro, estoy feliz de tenerla, pero, cariño, dios o alguien apuró la cosa, bueno, pienso en todos los cuerpos jóvenes que pasé, ¡arrrrg!, cuando nazcan estúpidos mejores y más grandes, Bukowski todavía estará a la frente del desfile.
Me alegra oír que "Assholes" se va a convertir en un libro, se lo dediqué a Wantling, no por el libro sino para hacerle una dedicatoria, lo último que sé es que estaba trabajando en un lavadero de autos por $1.25 la hora, es duro para un casi genio, no quiero decir que deberían alimentarlo y adularlo como a Patchen, no es la miseria lo que importa, todos los hombres sufren, incluso los que no escriben poesía, y si vamos a ayudar a Patchen, también tenemos que ayudar a Joe Brown, o no sirve.
Webb, no sé. despilfarró miles de dólares viajando por el país en busca de una nueva Taos, una nueva Camel, un nuevo algo, mientras se apartaba de las áreas atómicas que indicaban los expertos, bueno, es su problema, pero viaja en trenes especiales con su esposa, 2 perros, la impresora, toneladas de cartón, de papel tipografía, libros; manuscritos. Se tuvieron que ir de New Orleans, no lo soportaron –los turistas, el Ku Klux Klan, los malandras, el mal clima para los pulmones de Lou. O.k. Recibo postales de alguna ciudad: "Creo que es acá. Está todo bien" (...)
Los Ángeles es un área atómica, San Francisco es un área atómica, y así fue, yo les había escrito tiempo atrás intentando decirles que no había ciudades, que la mierda cubría todo lugar habitado por humanos, pero no captaron el mensaje, así que cuando me escribían desde diferentes ciudades aquellos "ésta puede ser", yo les contestaba, bueno, bueno, qué bien. Ahora me llegó otra carta de Tucson, "Lou extraña New Orleans, le gustaría volver. Este pueblo es desagradable, los colectivos andan hasta las 6. Todos son viejos. Sólo ves gente vieja caminando. No nos hicimos amigos de nadie". (...)
En fin, les escribí unos poemas hace mucho, mucho tiempo. Mira que infeliz desagradecido que soy.

Charles Bukowski

jueves, 4 de agosto de 2011

mis camaradas

             éste da clases
ése vive con su madre.
y a aquél lo mantiene un padre alcohólico de cara enrojecida
con el cerebro de un mosquito.
éste toma speed y lo ha estado manteniendo
la misma mujer durante 14 años.
aquél escribe una novela cada diez días
pero por lo menos se paga el alquiler.
éste va de un sitio a otro
durmiendo en sofás, bebiendo y repitiendo su
cantinela.
ése imprime sus propios libros en una
multicopista.
aquél vive en un vestuario abandonado
de un hotel de Hollywood.
éste otro parece como conseguir beca tras beca,
su vida es un rellenar solicitudes.
otro es sencillamente rico y vive en los mejores
sitios y llama a las mejores puertas.
aquél desayunó con William Carlos
Williams.
y éste da clases.
y ése da clases
y éste otro publica libros de textos de cómo dar clase
y habla en tono cruel y dominante.
están por todas partes.
todo el mundo es escritor.
y casi todos los escritores son poetas.
poetas poetas poetas   poetas poetas poetas
poetas poetas poetas   poetas poetas poetas

la próxima vez que suene el teléfono
será un poeta.
el próximo que llame a mi puerta
será un poeta.
éste da clases
y ése vive con su madre
y aquél está escribiendo la historia de
Ezra Pound.
ay, hermanos, somos los más enfermos y los

más rastreros de la especie.   

De El amor es un perro del infierno
Charles Bukowski                              

miércoles, 3 de agosto de 2011

un poema desagradable

             siguen escribiendo
bombeando poemas –
jóvenes y profesores universitarios
esposas que beben vino toda la tarde
mientras sus maridos trabajan,
siguen escribiendo
los mismos nombres las mismas revistas
todos escribiendo un poco peor cada año,
sacando una recopilación de poesías
y bombeando más poemas
es como un concurso
es un concurso
pero el premio es invisible.

no escribirán relatos ni artículos
ni novelas
sólo siguen
bombeando poemas
cada cual sonando más y más parecido a los otros
y menos y menos a sí mismos,
y algunos de los jóvenes se cansan y abandonan
pero los profesores nunca abandonan
y las esposas que beben vino por las tardes
nunca jamás abandonan
y llegan nuevos jóvenes con nuevas revistas
y hay algo de correspondencia entre poetas hombre o mujeres
y algunos polvos
y todo es exagerado y tedioso.

cuando les devuelven los poemas
los pasan a máquina de nuevo
y los mandan a la siguiente revista del directorio,
y dan recitales
todos los recitales que pueden
gratis la mayoría de las veces
esperando que alguien por fin comprenda
por fin los aplauda
por fin los felicite y reconozca su
talento
están todos tan seguros de su genio
dudan tan poco de sí mismos,
y la mayoría vive en North Beach o Nueva York,
y sus caras son como sus poemas:
parecidas,
y se conocen entre ellos y
se juntan y odian y admiran y eligen y descartan
y siguen bombeando más poemas
más poemas
más poemas
el concurso de los pelmazos:

tac tac tac, tac tac, tac tac tac, tac tac…

De El amor es un perro del infierno
Charles Bukowski

lunes, 23 de agosto de 2010

Lo haces mientras matas moscas

Bach, dije, tuvo 20 hijos.
apostaba a los caballos durante el dí­a.
jodía durante la noche
y bebía en las mañanas.
en el medio escribía música.

al menos es lo que le dije
cuando ella me preguntó,
cuándo es que
escribís?

Charles Bukowski

jueves, 19 de agosto de 2010

La venganza de los malditos

En aquella pensión de mala muerte los ronquidos, como siempre, eran escandalosos. Tom no podía dormir. Debía de haber 60 camas y todas ellas ocupadas. Los borrachos eran los que más alto roncaban, y la mayoría de los allí reunidos estaban borrachos. Tom se incorporó y observó la luz de la luna que entraba por las ventanas y caía sobre los hombres dormidos. Lió un cigarrillo, lo encendió. Volvió a mirar a los hombres otra vez. Vaya un puñado de tipos horribles inútiles y jodidos. ¿Jodidos? Ésos no jodían nada. Las mujeres no los querían. Nadie los quería. No valían ni un polvo, ja, ja, ja. Y él era uno de ésos. Sacó la botella de debajo de la almohada y dio un último trago. Aquella última cosa siempre era triste. Hizo rodar el casco vacío debajo de la cama y observó otra vez a aquellos hombres que roncaban. Ni siquiera valía la pena tirarles una bomba encima.
Tom miró a su amigo Max, que estaba en el catre contiguo. Max estaba allí tumbado con los ojos abiertos. ¿Estaría muerto?
-¡Eh, Max!
-¿Hmmm?
-No duermes.
-No puedo. ¿Te has dado cuenta? Hay muchos que roncan rítmicamente. ¿Por qué será?
-No lo sé, Max. Hay un montón de cosas que no sé.
-Yo tampoco, Tom. Supongo que soy un poco tonto.
-¿Lo supones? Si supieras que eres tonto, no lo serías.
Max se sentó en el borde de su catre.
-Tom, ¿Crees que alguna vez saldremos de este jaleo?
-Sólo de una forma…
-¿Sí?
-Sí…, fiambres.
Max lió un cigarrillo, lo encendió.
Max se sentía mal, siempre se sentía mal cuando pensaba en cosas. Lo que había que hacer era no pensar, desconectar.
-Oye, Max- Oyó decir a Tom.
-¿Sí?
-He estado pensando…
-Pensar no es bueno…
-Pero esto no puedo dejar de pensarlo.
-¿Te queda algo de beber?
-No. Lo siento. Pero escuchar…
-Mierda, ¡No quiero escuchar!
Max volvió a tumbarse en su catre. Hablar no servía para nada. Era una pérdida de tiempo.
-Te lo voy a decir de todas formas, Max.
-Está bien, joder, venga…
-¿Ves todos esos tipos? Hay un montón, ¿no? Vagabundos por todas partes.
-Ya, los veo hasta en la sopa…
-Por eso, Max, no hago más que pensar cómo podríamos hacer para utilizar esa mano de obra. Es que se está desaprovechando.
-Nadie quiere a esos vagabundos. ¿Qué puedes hacer tú con ellos?
Tom se sintió ligeramente entusiasmado.
-El hecho de que nadie quiera a esos tipos nos da ventaja.
-¿Tu crees?
-Claro. Mira, en las cárceles no lo quieren porque tendrían que darles alojamiento y comida. Y esos vagabundos no tienen ni un sitio adonde ir ni nada que perder.
-¿Y qué?
-He estado pensando mucho por las noches. Por ejemplo, si pudiéramos juntarlos a todos, como ganado, podríamos hacer que arrasaran ciertas cosas. Dominar temporalmente algunas situaciones…
-Estás loco- dijo Max.
Pero se incorporó en su cama.
-Sigue…
Tom se rió.
-Bueno, quizás esté loco, pero no puedo dejar de pensar en esa mano de obra desperdiciada. He estado tumbado aquí durante muchas noches soñando con las cosas que podrían hacerse con ella…
Ahora fue Max quién rió.
-¡Cómo qué, por el amor de Dios!
Nadie se inmutó por aquella conversación. Los ronquidos continuaban a su alrededor.
-Bueno, he estado dándole vueltas a la cabeza. Sí, tal vez sea una locura, pero…
-¿Qué?- preguntó Max.
-No te rías. Quizá el vino me haya destruido el cerebro.
-Intentaré no reírme.
Tom dio una calada a su cigarrillo, luego soltó el humo.
-Bueno, mira, yo tengo esta imagen de todos los vagabundos que podamos encontrar, bajando a pie por Broadway, aquí mismo en Los Ángeles, miles de ellos juntos, andando codo a codo…
-Bueno, ¿y…?
-Bueno, son un montón de tipos. Como una especie de venganza de los malditos. Un desfile de desechos. Es Casi como una película. Puedo ver las cámaras, las luces, el director. La Marcha de loa Fracasados. ¡La Resurrección de los Muertos! ¡Increíbles, hombre, increíble!
-Creo- respondió Max- que deberías dejar el oporto y volver al moscatel.
-¿De veras?
-Sí. Vale. Así que tenemos a todos esos vagabundos atravesando Broadway, digamos que al mediodía, ¿y después, qué?
-Bueno, los dirigimos hacia los almacenes más grandes y mejores de la cuidad…
-¿te refieres a Bowarms?
-Sí, Max. Bowarms tiene de todo: los mejores vinos, la ropa más elegante, relojes, radios, televisores; tu pide, que ellos lo tienen…
Justo entonces un viejo que estaba unos catres más allá se incorporó, abrió los ojos como platos y gritó: <<¡DIOS ES UNA NEGRA LESBIANA DE 180 KILOS!>>
Luego se desmoronó en su catre.
-¿Lo llevamos?- preguntó Max.
-Claro. Es uno de los mejores. ¿Qué cárcel lo querría?
-Vale, entramos a Bowards, y entonces, ¿qué?
-Imagínatelo. Será entrar y salir. Seremos demasiados como para que el servicio de seguridad pueda controlar el asunto. Imagínatelo: entras y coges. Cualquier cosa que se te antoje. Quizá hasta tocarle el culo a una dependienta. Cualquier parte de ese sueño que ya no tenemos, entras y lo coges, cualquier cosa, y después nos vamos.
-Tom, puede que vuelen muchas cabezas. No va a ser un picnic en el país de las maravillas…
-No, ¡pero tampoco lo es esta vida que llevamos! Esta forma de consentir que nos entierren, para siempre, sin protestar siquiera…
-Tom, chico, creo que no está bien lo que dices. Pero ¿cómo vamos a hacer para organizar este asunto?
-Bien, primero fijamos una fecha y una hora. Entonces, ¿conocemos a una docena de tipos que puedas reclutar?
-Creo que sí.
-Yo también conozco alrededor de una docena.
-Supón que alguien le da el soplo a los polis.
-No es probable. De todas formas, ¿qué podemos perder?
-Es verdad.


Era mediodía.
Tom y Max iban a la cabeza de todo este grupo. Iban bajando por Broadway, en Los Ángeles. Había más de 50 vagabundos andando alrededor detrás de Tom y Max. Cincuenta vagabundos o más pestañeando asombrados, tambaleándose, no muy seguros de lo que estaba sucediendo. Los ciudadanos corrientes que iban por la calle estaban atónitos. Paraban, se hacían a un lado y observaban. Algunos estaban asustados, otros se reían. A otros les parecía una broma o la filmación de una película. El maquillaje era perfecto: los actores parecían vagabundos. Pero ¿dónde estaban las cámaras?
Tom y Max dirigían la marcha.
-Oye, Max, yo se lo dije solamente a 8. ¿A cuántos avisaste tú?
-A 9, quizás.
-Me pregunto qué demonios habrá pasado.
-Se lo habrán dicho unos a otros…
Seguían marchando. Era como un sueño enloquecido que no podía detenerse. En la esquina de la Séptima Avenida el semáforo se puso rojo. Tom y Max se pararon y los vagabundos se apiñaron detrás de ellos, esperando. El olor a ropa interior y calcetines sucios, a alcohol y mal aliento, se extendió por el aire. El dirigible de Goodyear volaba en inútiles círculos por encima de sus cabezas. La contaminación, de un gris azulado, se posaba en la calle.
Entonces el semáforo se puso verde. Tom y Max siguieron andando. Los vagabundos los siguieron.
-Aunque fui yo quien imaginó esto- dijo Tom-, no puedo creer que esté pasando de verdad.
-Pués está pasando- dijo Max.
Había unos vagabundos detrás de ellos que algunos aún estaban cruzando la calle cuando el semáforo volvió a ponerse rojo.
Pero siguieron cruzando, deteniendo el tráfico, algunos abrazados a sus botellas de vino o bebiendo de ellas. Iban marchando juntos pero no había ninguna canción para aquella marcha. Sólo el silencio, a no ser por el ruido del arrastre de zapatos viejos sobre el pavimento. Sólo de vez en cuando hablaba alguien.
-Eh, ¿adónde coño vamos?
-¡Dame un trago de eso!
-¡A tomar por el culo!
El sol pegaba fuerte.
-¿Tú crees que debemos continuar con esto?- preguntó Max.
-Me sentiría bastante mal si ahora nos volviéramos- afirmó Tom.
Entonces llegaron frente a Bowarms.
Tom y Max se detuvieron un momento.
Después empujaron juntos las impresionantes puertas de cristal. El montón de vagabundos entró tas ellos en una fila larga y deshilachada. Avanzaban por los elegantes pasillos. Los dependientes los miraban sin comprender del todo.
El departamento de Caballeros estaba en la primera planta.
-Ahora- dijo Tom- tenemos que dar ejemplo.
-Sí- dijo Max vacilante.
-Huy, huy, huy…
Los vagabundos se habían parado y los miraban. Tom dudó un instante, luego se dirigió a un colgador de abrigos, descolgó el primero, un modelo de cuero amarillo con cuello de piel. Tiró al suelo su abrigo viejo y se deslizó dentro del nuevo. Un dependiente, un hmobrecillo pulcro con bigote bien cuidado, se acercó.
-¿Qué desea señor?
-Me gusta éste y me lo quedo. Cárguelo a mi cuenta.
-¿American Express, señor?
-No, China Express.
-Y yo me llevo ésta- dijo Max, metiéndose dentro de una cazadora de piel de lagarto con bolsillos laterales y una capucha bordeada de piel contra las inclemencias del tiempo.
Tom cogió un sombrero de la estantería, un modelo de cosaco, un poco ridículo, pero con cierto encanto.
-Éste le va bien a mi color de piel; me lo llevo.
Aquello puso a los vagabundos en marcha. Avanzaron y comenzaron a ponerse abrigos y sombreros, bufandas, gabardinas, botas, jerséis, guantes, diferentes accesorios.
-¿Al contado o a plazos, señor?- preguntó una voz asustada.
-Cóbraselo a mi agujero del culo, gilipollas.
O en otro mostrador:
-Creo que ésa es su talla, señor.
-¿Lo puedo cambiar dentro de los primeros 14 días si no estoy conforme?
-Claro, señor.
-Pero puede que dentro de 14 días usted esté muerto.
Entonces comenzó a sonar una alarma general. Alguien se había dado cuando de que la tienda estaba siendo invadida. Los clientes, que habían estado observando con desconfianza, se apartaron.
Llegaron tres hombres corriendo, vestidos con unos trajes grises de muy mal corte. Eran hombres voluminosos pero tenían más grasa que músculos. Se abalanzaron sobre los vagabundos para echarles de la tienda. Sólo que había demasiados vagabundos. Y desaparecieron entre aquella muchedumbre. Pero mientras peleaban, maldiciendo y amenazando, uno de los guardias echó mano a la pistola. Hubo un disparo, pero fue un gesto estúpido o inútil, y el tipo se fue rápidamente desarmado.
De pronto, un vagabundo apareció en la parte superior de las escaleras mecánicas. Tenía la pistola. Estaba borracho. Nunca había tenido una pistola. Pero le gustaba. Apuntó y apretó el gatillo. Le dio a un maniquí. La bala le atravesó el cuello. La cabeza cayó al suelo: la muerte de un esquiador de Aspen.
La muerte de ese objeto pareció despertar a los vagabundos. Hubo una ruidosa ovación. Se esparcieron escaleras arriba y por toda la tienda. Gritaban incoherentemente. Por un momento toda la frustración y el fracaso desaparecieron. Les brillaban los ojos y sus movimientos eran rápidos y llenos de seguridad. Era una escena curiosa, rara, desagradable.
Se movían rápidamente de un piso a otro, de una zona a otra. Tom y Max ya no dirigían, eran arrastrados con los demás. Ahora saltaban por encima de los mostradores, rompían cristales. En el mostrador de los cosméticos una jovencita rubia dio un grito a la vez que levantaba los brazos. Eso atrajo la atención fe uno de los vagabundos más jóvenes, que le levantó el vestido y gritó: <<¡HALA!>>
Otro vagabundo se acercó y agarró a la chica. Entonces vino otro corriendo. Pronto hubo un montón alrededor de ella, arrancándole la ropa. Era muy desagradable. Sin embargo, inspiró a otros vagabundos. Empezaron a correr tras las dependientas.
Tom buscó un mostrador que todavía estuviera entero, se subió encima y empezó a gritar.
<<¡NO! ¡ESTO NO! ¡PARAD! ¡NO ERA ESTO A LO QUE ME REFERÍA!>>
Max estaba de pie junto a Tom.
-Ah, mierda- dijo en voz baja.
Los vagabundos no se calmaban. Arrancaban cortinas, volcaban las mesas. Continuaban destrozando los mostradores de cristal. También había un gran griterío.
Algo se rompió con enorme estruendo.
Después se inició un fuego, pero aquellos hombres seguían con el saqueo.
Tom se bajó del mostrador. Todo aquel episodio no había durado más de cinco minutos. Miró a Max.
-¡Vámonos cagando leches!
Otro sueño que se había ido a la mierda, otro perro muerto en la carretera, más pesadillas de miseria.
Tom empezó a correr y Max le siguió. Bajaron por las escaleras mecánicas. Mientras bajaban, la policía subía corriendo por la escalera contigua. Tom y Max seguían llevando sus abrigos nuevos. Si no hubiese sido por sus rostros colorados y sin afeitar, su aspecto habría sido casi respetable. En la primera planta se mezclaron con el gentío. Había policías en las puertas. Dejaban salir a la gente, pero no dejaban entrar a nadie.
Tom había robado un puñado de puros. Le dio uno a Max.
-Toma, enciéndelo. Trata de parecer respetable.
Tom encendió uno para él.
-Ahora vamos a ver si logramos salir de aquí.
-¿Crees que podremos engañarles, Tom?
-No sé. Intenta parecer un corredor de bolsa o un médico…
-¿Qué aspecto tienen?
-Satisfecho y estúpido.
Fueron hacia la salida. No hubo problemas. Fueron conducidos hacia el exterior con otros. Oyeron disparos dentro del edificio. Miraron hacia arriba. Se veían llamas en una de las ventanas superiores. En seguida oyeron acercarse las sirenas de los bomberos.
Giraron hacia el sur y regresaron a los barrios bajos.


Esa noche eran dos vagabundos mejor vestidos de aquella pensión de mala muerte. Max había robado incluso un reloj. Sus manecillas brillaban en la oscuridad. La noche acababa de empezar. Se tumbaron en sus catres mientras comenzaban los ronquidos.
La pensión estaba de nuevo repleta, a pesar de los arrestos en masa de aquella tarde. Siempre había suficientes vagabundos para llenar cualquier vacante.
Tom sacó dos puros, le pasó uno a Max. Los encendieron y fumaron en silencio durante un rato. Pasaron unos minutos, habló Tom.
-Eh, Max…
-¿Si?
-Yo no quería que fuese de esa forma.
-Ya lo sé. No te preocupes.
Los ronquidos iban subiendo gradualmente de volumen. Tom sacó una botella de vino sin abrir de debajo de su almohada. La destapó, echó un trago.
-¿Max?
-¿Si?
-¿Un trago?
-Claro.
Tom pasó la botella. Max echó un trago y se la devolvió.
-Gracias.
Tom deslizó la botella debajo de su almohada.
Era moscatel.

Charles Bukowski

jueves, 26 de noviembre de 2009

Conocí a un genio


" Hoy
conocí a un genio en el tren
como de seis años de edad;
se sentó a mi lado y,
mientras el tren
corría por la costa,
llegamos al océano.
el niño me miró y me dijo:
el mar no es nada bonito.

fue la primera vez
que me di cuenta
de ello. "

Charles Bukowski