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miércoles, 23 de mayo de 2012

El enamorado

Paseando al anochecer por una callejuela, hurté un melón. El frutero, que estaba escondido detrás de sus frutas, me atrapó por el brazo: “Señorita, me dijo, hace cuarenta años que espero una ocasión como ésta. Cuarenta años que me la paso escondido detrás de esta pila de naranjas con la esperanza de que alguien me arrebate una fruta. Y le digo por qué: necesito hablar, necesito contar mi historia. Si usted no me escucha, la entregaré a la policía.”
“Le escucho”, dije yo.
Me tomó del brazo y me llevó al interior de su tienda entre frutas y legumbres. Pasamos por una puerta, al fondo, y llegamos a un cuarto. Había allí un lecho en el que hacía una mujer inmóvil y probablemente muerta. Me pareció que debía estar allí desde hacía mucho tiempo pues el lecho estaba todo cubierto de hierbas crecidas. “Lo riego todos los días”, dijo el frutero con aire pensativo.
“En cuarenta años nunca he llegado a saber si estaba muerta o no. Nunca se ha movido, ni hablado, ni comido durante ese lapso; pero lo curioso es que sigue estando caliente. Si usted no me cree, mire”. Y entonces levantó un ángulo de la cobija, lo que me permitió ver muchos huevos y algunos polluelos recién nacidos. “Usted ve, es el modo que utilizo para incubar los huevos (también vendo huevos frescos)”.
Nos sentamos a cada lado del lecho y el frutero comenzó a hablar: “La quiero tanto, créame. La he querido siempre. Era tan dulce. Tenía unos piesecitos ágiles y blancos. ¿Quiere usted verlos?” “No”, dije yo.
“En fin”, continuó diciendo con un profundo suspiro, “era tan hermosa”. Yo tenía cabellos rubios, ella hermosos cabellos negros (ahora, los dos tenemos cabellos blancos). Su padre era un hombre extraordinario. Tenía una gran casa en el campo. Se dedicaba a coleccionar costillas de cordero. Por ese motivo llegamos a conocernos. Yo tengo una especialidad: sé desecar la carne con la mirada. El señor Pushfoot (ése era su nombre) oyó hablar de mí. Me invitó a su casa para desecar sus costillas a fin de que no se pudrieran. Agnes era su hija. Fue un amor a primera vista. Partimos juntos en barco por el Sena. Yo remaba. Agnes me hablaba así: “Te quiero tanto que vivo sólo para ti”. Y yo le decía lo mismo. Creo que es mi amor lo que la mantiene cálida; quizás está muerta, pero el calor persiste”.
–“El año próximo”, prosiguió con la mirada perdida, “sembraré algunos tomates; no me asombraría que se desarrollaran bien allí dentro.” – “Caía la noche y no se me ocurría dónde pasar nuestra primera noche de bodas; Agnes se había vuelto pálida, muy pálida por la fatiga. Finalmente, apenas salimos de París, vi una cantina que daba sobre la orilla. Aseguré el barco y penetramos por la galería negra y siniestra. Había allí dos lobos y un zorro que se paseaban a nuestro alrededor. No había nadie más”.
“Llamé, llamé a la puerta que encerraba un terrible silencio. “Agnes está muy fatigada, Agnes está muy fatigada”, gritaba yo lo más” fuerte que podía. Finalmente una vieja cabeza se asomó por la ventana y dijo: “No sé nada. Aquí el patrón es el zorro. Déjeme dormir: usted me fastidia.” Agnes se puso a llorar. No quedaba otro remedio: tenía que dirigirme al zorro. “¿Tiene usted camas?” le pregunté varias veces. No respondió nada: no sabía hablar. Y de nuevo la cabeza, más vieja que antes, que desciende suavemente desde la ventana, atada a un cordoncito: “Diríjase a los lobos; yo no soy el patrón aquí. Déjeme dormir, por favor”. Acabé por comprender que esa cabeza estaba loca y que no tenía sentido continuar. Agnes seguía llorando. Di varias vueltas alrededor de la casa y al fin pude abrir una ventana por la que entramos. Nos encontramos entonces en una cocina alta; sobre un gran horno enrojecido por el fuego había unas legumbres que se cocían solas y saltaban por sí mismas en el agua hirviendo; ese juego las divertía mucho. Comimos bien y después nos acostamos sobre el piso. Yo tenía a Agnes en mis brazos. No pudimos dormir ni un minuto. Esa terrible cocina contenía toda clase de cosas. Una enorme cantidad de ratas se había asomado al borde exterior de sus agujeros, y cantaban con vocecitas aflautadas y desagradables. Había olores inmundos que se inflaban y desinflaban uno tras otro, y corrientes de aire. Creo que fueron las corrientes de aire las que acabaron con mi pobre Agnes. Ya nunca más se recobró. Desde ese día habló cada vez menos”. Y el frutero estaba tan cegado por las lágrimas que no tuve dificultad en escaparme con mi melón. 

Leonora Carrington

miércoles, 4 de abril de 2012

Lombrices y compañía

Un verano Sofía cogió miedo de pronto a los animales pequeños. Cuanto más pequeños, más miedo les tenía. Esto era completamente nuevo. Desde que cogió por primera vez una araña, guardándola en una caja de cerillas para ver si se domesticaba, sus veranos estaban llenos de orugas, renacuajos, gusanos, escarabajos y toda clase de animalitos de difícil compañía a los que ella daba cuanto pudieran apetecer, y a la larga hasta la libertad si notaba que la deseaban. Pero ahora todo había cambiado, y Sofía iba por ahí a pasos cautos y angustiados, mirando siempre a la tierra, por si veía arrastrarse algo. Los arbustos eran peligrosos, las algas eran peligrosas, hasta el agua de la lluvia era peligrosa. En cualquier sitio podía haber bichitos, hasta entre las tapas de un libro, aunque estuvieran muertos y aplanados, porque los animales que se arrastran, por muy muertos y hechos harina que estén, nos siguen por todas partes durante la vida entera, desde el principio hasta el fin. La abuela trató de razonar con ella, pero de nada sirvió. El terror es irracional, resulta dificilísimo de disipar.
Una mañana apareció en la orilla una extraña cebolla, depositada allí por las olas, y se decidió plantarla junto a la ventana de la habitación de invitados. Sofía hincó la azada en tierra para abrir un hoyo, y la espada cortó en dos una lombriz. Sofía tiró la azada y retrocedió hacia la pared del cuarto de invitados, gritando a todo gritar.
-Vuelven a crecer –dijo la abuela–, eso es seguro, te digo que vuelven a crecer, no les hace nada, créeme.
Metiendo la cebolla en el hoyo, la abuela siguió hablando de lombrices, y Sofía acabó por calmarse, pero seguía muy pálida. Se sentó y se quedó en la escalera de la terraza, con los brazos en torno a las rodillas y en silencio.
-Pienso –dijo la abuela– que nadie se interesa lo suficiente por las lombrices. Alguien que estuviera de veras interesado debería escribir un libro sobre ellas.
Por la noche, Sofía preguntó si "alguien" se escribía con u o sin u.
-Con u –dijo la abuela.
-No puedo escribir ese condenado libro –dijo Sofía, enfadada–, no se puede pensar si hay que estar pendiente todo el tiempo de la dichosa ortografía, porque, claro, pues se me olvida todo, y luego, pues, eso, que no me acuerdo de por dónde iba.
El libro tenía muchas páginas, cosidas todas juntas en el lomo. Sofía lo cogió y lo tiró al suelo.
-¿Cómo se titula? –preguntó la abuela.
-Tratado sobre Lombrices Partidas en Dos, pero no voy a poder terminar de escribirlo.
-Anda, mira, siéntate ahí y díctame –dijo la abuela–, yo escribo y tú me dices lo que tengo que escribir. Tenemos todo el tiempo que necesitemos. A ver, dónde habré metido las gafas.
Era una buena noche para empezar a escribir un libro. La abuela lo abrió por la primera página. Entraba mucha luz del sol poniente por la ventana abierta, y la abuela vio que Sofía ya había puesto allí un dibujo de una lombriz partida en dos. El cuarto de invitados era silencioso y fresco, y papá estaba sentado a su mesa de trabajo, al otro lado del tabique.
-Se está bien aquí cuando trabaja papá –observó Sofía–, porque entonces una sabe que está en casa. Bueno vamos a ver, léeme lo que está escrito.
-Primer capítulo –leyó la abuela–: "Hay Gente que Pesca con Lombrices".
-Punto y aparte  –dijo Sofía–. A ver, seguimos: no quiero decir cómo se llaman, pero mi papá no pesca con lombrices. Vamos a imaginarnos una lombriz que está asustada y se encoge del miedo que tiene. A ver, bueno, se encoge hasta medir... ¿Cuánto mide una lombriz cuando se encoge? Pues, por ejemplo, una séptima parte de su longitud normal. Y entonces se queda tan pequeña y tan gorda que resulta más fácil hincarle el anzuelo, y la pobre lombriz con eso no contaba. Pero si nos imaginamos una lombriz que es lista, pues lo que hace es alargarse tanto que no hay forma de hincarle ningún anzuelo porque, en cuanto lo hincas, pues ella va y se parte en dos. La ciencia no ha descubierto todavía si se parte de veras, así, sin más, o si lo que pasa es que nos está tomando el pelo, porque la verdad es que no hay forma de saberlo, pero...
-Un momento –dijo la abuela–, ¿te parece que lo ponga así: "si es porque la lombriz se estira demasiado o porque demuestra auténtica inteligencia"?
-Bueno, ponlo como quieras –dijo Sofía impaciente–, lo importante es que se entienda, pero hazme el favor de no interrumpirme. A ver, seguimos: la lombriz sabe perfectamente que, si se corta en dos, cada mitad seguirá creciendo por su cuenta. A ver, punto y aparte. Pero lo que no sabe es si le va a doler mucho. Y luego, pues, eso, que tampoco sabemos si la lombriz está asustada por si le va a doler. Pero, de todas formas, lo que sí sabe es que hay algo cortante que se le está acercando. Eso se llama instinto. Además, lo que yo digo es que no es verdad eso que dicen de que las lombrices son muy pequeñas, y que, después de todo, no tienen más que un canal digestivo, y por eso les hace daño, porque estoy segura de que sí que les hace daño, aunque no sea más que un segundo. Veamos, por ejemplo, la lombriz que es lista y se alarga y se parte por la mitad, y puede ser como cuando le arrancan a uno un diente, sólo que eso no le duele. Y luego, en cuanto se han calmado los nervios, pues la lombriz se da cuenta de que se ha vuelto más corta, y de que tiene otra mitad danzando por ahí, a su lado. Y para que todo esto que digo resulte más fácil de entender, pues diré que las dos mitades se caen al suelo, y el que llevaba el anzuelo, pues agarra y se va. Las dos mitades no pueden volver a crecer juntas porque están muy impresionadas, y, luego, también, porque no se les ocurre una cosa así. De modo que lo que ellas piensan es que ahora van a crecer solas, cada una por su lado lo más deprisa que pueden. Lo que yo pienso es que se miran y se encuentran muy feas, y en vista de ello, pues se va cada una por su lado lo más deprisa que pueden. Y luego se ponen a pensar. Se dan cuenta de que ahora su vida va ser muy distinta, pero sin saber a punto fijo cómo o de qué manera.
Sofía se echó de espaldas en la cama y se puso a pensar. En el cuarto de invitados empezaba a obscurecer, y la abuela se levantó para encender la luz.
-No, déjalo –dijo Sofía–, no enciendas la luz, enciende la linterna. Una cosa: ¿vale la palabra "presumiblemente"?
-Sí, claro que vale –respondió la abuela, que ya había dejado la linterna encendida sobre la mesita de noche y estaba esperando.
-Pues a ver, presumiblemente todo lo que les sucedió o experimentaron después fue sólo a medias, pero también es cierto que, al mismo tiempo, se sintieron como aliviadas, y luego, pues también, eso, que les daba la impresión de que, hicieran lo que hiciesen, ya no era enteramente culpa suya. Se limitaban a echarse la culpa la una a la otra, o bien se decían que, después de una cosa así, uno ya no es el mismo de antes. Y hay una cosa que complica mucho este asunto, y es que hay mucha diferencia entre el extremo del principio y el del final. Los gusanos tienen principio y fin, nunca van para atrás, y ésa es la razón de que tengan sólo una cabeza en el extremo del principio, pero si Dios ha hecho a las lombrices de tal manera que se puedan partir en dos y volver a crecer como si nada, pues tiene que ser porque tienen algún nervio secreto en el trasero que les ayuda a pensar también por allí cuando llega el momento, porque, de otra forma, pues la pobre lombriz no podría arreglárselas sola, ¿no? Pero, aun así, el trasero no tiene más que un cerebro muy pequeño, y a lo mejor hasta puede acordarse y todo de la otra mitad que iba siempre por delante y lo decidía todo. Bueno, en fin, vamos a ver, y ahora –dijo Sofía, levantándose–, pues va el trasero y dice: "¿por qué lado voy a crecer?, ¿me va a salir una nueva cola o una nueva cabeza?, ¿y voy luego a seguir a la cabeza, como hacía antes, sin tomar ninguna decisión importante, o seré yo el que lo sepa todo mejor que nadie hasta que vaya y me parta otra vez en dos?". Eso sí que sería emocionante, pero también puede ocurrir que la lombriz esté tan acostumbrada a ser cola que prefiera dejarlo todo igual. Bueno, a ver, ¿lo has escrito todo tal y como lo he dicho?
-Exactamente igual –dijo la abuela.
-Pues ahora viene el final del capítulo: pero a lo mejor lo que pasa es que el trasero va y piensa que sería bonito no tener que tirar de nada, sino que sigan tirando de él, quién sabe, porque eso, la verdad, no es seguro. Bueno, nada es seguro del todo cuando está uno expuesto a que le partan en dos en el momento menos pensado. Pero, se mire como se mire, lo mejor será que la gente deje de pescar lombrices.
-Muy bien –dijo la abuela–, se terminó el tratado, y, menos mal, porque también se terminó el papel.
-No, qué se va a terminar –contestó Sofía–, ahora viene el segundo capítulo, pero ése lo pensaré mañana. ¿Qué tal te parece que me va quedando?
-Pues muy persuasivo.
-Sí, eso pienso yo también –dijo Sofía–, a lo mejor aprende algo la gente leyéndolo.
Siguieron igual la noche siguiente, y el capítulo segundo se titulaba: "Otros Animales que dan Pena".
-Dan mucha pena los animales pequeños. Yo querría que Dios no hubiese creado animales pequeños, o que los hubiese mandado hacer de tal manera que pudieran hablar, o que, por lo menos, les hubiese puesto unas caras mejores que las que tienen. A ver, punto y aparte. Pues si nos ponemos a pensar, por ejemplo, en las polillas, pues vemos que no hacen más que volar contra las lámparas, y claro, pues, eso, que se queman, pero ellas, nada, dale que te pego, y vuelan contra las lámparas. Esto no puede ser instinto, porque el instinto no funciona así, lo que pasa es que no entienden nada, y, eso, pues que siguen, dale que te pego, y luego se caen de espaldas, y se ponen a temblar con todas las patas al tiempo hasta que van y se mueren. ¿Has terminado de escribir?, a ver, dime, ¿queda bien?
-Queda estupendo –dijo la abuela.
Sofía se incorporó y gritó:
-¡Y ahora vas a poner que me cargan todos los que se mueren despacio!, ¡y pon que me cargan todos los que no le dejan a uno ayudarlos! ¿Lo has escrito todo tal y como te lo dije?
-Exactamente.
-Muy bien, así me gusta. Ahora vienen los mosquitos zancudos. A mí me caen muy bien los mosquitos esos, lo que pasa es que no hay manera de echarles una mano sin que se les rompan dos patas. ¿Por qué no pueden encogerlas, vamos a ver? Bueno, escribe que cuando los niños pequeños muerden al dentista es al dentista al que le duele, no a ellos. No, espera un poco –Sofía se quedó pensando, con la cabeza entre las manos–. A ver –añadió–, escribe: "Peces", y luego pones punto y aparte. Los peces pequeños mueren más despacio que los peces grandes, y, a pesar de todo, la gente no tiene ni la mitad de cuidado con los peces pequeños, sino que les dejan mucho tiempo tirados por las rocas, respirando aire que da pena verles, y es como cuando a la gente le meten la cabeza bajo el agua. Y luego, el gato –prosiguió Sofía–... ¿Cómo sabemos que empieza por la cabeza?, ¿por qué no se mata a los peces como es debido, en vez de dejarlos tirados por ahí? Bueno, el gato puede estar cansado, y a lo mejor los peces saben mal, y entonces empieza por la cola, y a mí eso me da ganas de ponerme a gritar. Yo grito cuando les echan sal a los peces, y cuando el agua está tan caliente que les hace saltar. ¡No como esos peces, no y no, que no los como, y a vosotros os está bien empleado!
-Dictas demasiado deprisa –dijo la abuela–, ¿escribo también eso de "os está bien empleado"?
-No, no eso no lo pongas, que esto es un tratado serio. Termina con "saltar" –se quedó un momento en silencio, luego prosiguió–. A ver, capítulo tercero, punto y aparte. Yo como cangrejos, pero no me gusta verlos hervir, porque entonces se ponen horrorosos, de modo que hay que tener mucho cuidado con ellos.
-Tienes razón –dijo la abuela, echándose a reír.
-¡Por Dios bendito, que estoy hablando en serio! –gritó Sofía–. Hazme el favor de callar y escribir. A ver, pon: me fastidian los ratones de campo. No, no pongas eso, pon: me fastidian los ratones de campo, pero, así y todo, no me gusta verlos morir. Hacen túneles en la tierra y se comen todas las cebollitas de mi papá. Enseñan a sus niños a hacer túneles y a comerse las cebollitas. Y de noche se duermen todos abrazados y hechos un rebaño. No saben lo desgraciados que son. ¿Queda bien eso de "desgraciados"?
-Estupendo –dijo la abuela, escribiendo a todo escribir.
-Y luego, pues, eso, que comen maíz envenenado, o se cogen las patas de atrás en una ratonera. ¿Está bien eso de que se cojan las patas o se les envenene la tripa y revienten!, porque es lo que yo digo, ¿qué otra cosa podemos hacer? A ver, escribe: ¿qué otra cosa podemos hacer si no les podemos castigar hasta después de que han hecho lo que han hecho, y entonces ya es demasiado tarde? Es un verdadero problema, no creas, porque, además, es que tienen niños como locos, a lo mejor un niño cada veinte minutos, y así, pues, claro, no se puede.
-Cada veinte días –murmuró la abuela.
-Y, después de tenerlos, pues, nada, que van y les enseñan, y ahora no me refiero sólo a los ratones de campo, sino a todos los animalitos que enseñan a sus niños, y son cada vez más, y todos enseñan a sus niños, y, claro, pues así salen ellos de mal educados. Y los peores son los que son tan pequeños que están por todas partes, y no se les ve hasta que se les ha pisado, y a veces ni siquiera entonces se les ve, pero una se queda con remordimiento de conciencia así y todo, y tampoco es cosa.
La verdad es que, se haga lo que se haga, pues la cosa queda igual de mal, y por eso me parece a mí que lo mejor va a ser no hacer nada, lo que se dice nada, o dejarlo y ponerse a pensar en otra cosa. A ver. Pon: Fin. ¿Queda sitio para una ilustración?
-Pues yo creo que sí –dijo la abuela.
-Hale, dibújala tú. ¿Qué tal ha quedado todo el libro?
-¿Quieres que te lo lea?
-No, deja –respondió Sofía–, no tengo tiempo ahora. Lo mejor será que lo guardes para que lo lean mis hijos.

Tove Jansson
De El libro del verano

Un jirón de vida

En la habitación contigua, Pavel Romanovich se desternillaba de risa, mientras contaba cómo le había abandonado su mujer.
Yo no podía soportar el ruido de aquella risa horrible y, sin siquiera consultar con mi espejo, tal y como estaba –con aquel traje todo arrugado con el que me había echado una perezosa siesta después del almuerzo, y sin duda todavía con las marcas de la almohada en la mejilla–, me dirigí a la habitación contigua (el comedor de mi casero), donde interrumpí la siguiente escena: mi casero, un individuo llamado Plekhanov (sin relación alguna con el conocido filósofo social), escuchaba solícito, enfrascado en llenar unos cigarrillos rusos con un inyector de tabaco, mientras Pavel Romanovich caminaba sin cesar en torno a la mesa, con un rostro que era una pura pesadilla, cuya palidez parecía extenderse por su cabeza entera, habitualmente bien parecida y rasurada: un tipo de limpieza muy específicamente ruso, que de ordinario te lleva a pensar en la tropa de un batallón de limpios ingenieros, pero que en el momento presente recordaba algo maligno, algo tan aterrador como el cráneo de un criminal.
Había venido, en realidad, con la esperanza de encontrar a mi hermano, que justamente acababa de marcharse, pero esa circunstancia no pareció importarle demasiado: su dolor tenía que encontrar sus palabras y su interlocutor: y lo encontró, un interlocutor bien dispuesto, en este personaje más bien antipático al que apenas conocía. Se reía, pero sus ojos contradecían sus carcajadas cuando contaba cómo su mujer había ido recogiendo sus cosas por todo el piso, cómo se había llevado sus gafas favoritas sin darse cuenta, cómo todos los parientes de su mujer estaban al corriente de lo que pasaba mientras él seguía en la inopia, cómo se había puesto a pensar que...
-Sí, una cuestión interesante –continuó, dirigiéndose ahora directamente a Plekhanov, un viudo temeroso de Dios (porque sus palabras hasta entonces habían sido más o menos una especie de arenga dirigida al espacio)–, una cuestión interesante, considerar. ¿Qué pasará en el más allá... vivirá entonces conmigo o con ese cerdo?
-Vayamos a mi habitación –dije en mi tono de voz más cristalino, y sólo entonces se dio cuenta de mi presencia. Yo me había quedado apoyada desmayadamente contra una esquina del aparador oscuro, que parecía fundirse con mi diminuta figura enfundada en un traje negro, sí, llevo luto, por todo el mundo, por todas las cosas, por mí misma, por Rusia, por los fetos que me han arrancado de mis entrañas. Él y yo pasamos a la habitación diminuta que yo alquilaba: apenas podía acomodar un sofá absurdamente grande cubierto de seda y junto a él, la mesa auxiliar donde se apoyaba una lámpara cuya base era una verdadera bomba de cristal grueso llena de agua –y en aquel ambiente de privada intimidad Pavel Romanovich se convirtió inmediatamente en un hombre diferente.
Se sentó en silencio, frotándose los ojos inflamados. Yo me acurruqué a su lado, acomodé unos cojines y me perdí en mis pensamientos, pensamientos femeninos que surgen cuando apoyamos la cabeza en la mano, y me puse a observarle, su cabeza turquesa, sus hombros poderosos, más bien hechos para enfundarse una casaca militar que la americana cruzada que llevaba. Le contemplaba y al hacerlo me asombraba al pensar cómo podía haberme vuelto loca por aquel tipo bajito, corpulento, de rasgos anodinos (excepto por los dientes... ¡Dios mío, qué dientes tan hermosos!); y sin embargo estuve loca por él apenas hace ahora dos años, al comienzo de mi vida de expatriada en Berlín, en una época en la que él sólo pensaba en casarse con su diosa –¡y qué loca estuve, cuánto lloré por él, y cómo me perseguía y dominaba mis sueños aquella delgada cadenilla de acero que él llevaba en la muñeca!
Sacó del bolsillo del pantalón su enorme pitillera de «batalla» (como él decía). Moviendo la cabeza abatido, empezó a dar golpecitos contra su tapa con el extremo sin filtro de su cigarrillo ruso varias veces, muchas más de lo que era habitual en él.
-Sí, María Vasilevna –dijo finalmente entre dientes mientras encendía el cigarrillo, arqueando con fuerza sus cejas triangulares–. Sí, nadie habría podido predecir semejante cosa. Yo creía en esa mujer, creía con toda mi fe, tenía una confianza absorta en ella.
Tras su reciente ataque de locuacidad repentina, se respiraba ahora una tranquilidad inquietante. Se oía el golpeteo de la lluvia contra el alféizar de la ventana, el clic del inyector de Plekhanov, los gemidos de un viejo perro neurótico encerrado en la habitación de mi hermano al otro lado del pasillo. No sé por qué –bien porque el tiempo estuviera tan gris, o quizá porque el tipo de desgracia que le había sucedido a Pavel Romanovich exigiera cierto tipo de reacción en el mundo circundante (disolución, eclipse)–, pero yo tenía la impresión de que era ya tarde, de que la noche se había echado encima, aunque en realidad eran sólo las tres de la tarde y yo tenía todavía que ir a la otra punta de Berlín para hacer un recado que mi encantador hermano habría muy bien podido hacer por sí mismo.
Pavel Romanovich retomó la palabra, ahora con tonos sibilantes: «Esa vieja puta maloliente», dijo, «ella, ella fue la que hizo de Celestina. Siempre la encontré repugnante y no se lo oculté a Lenochka. ¡Qué puta!
Ya la conoces, creo... unos sesenta años, teñida de rojo alazán brillante, gorda, tan gorda, que parece que tenga joroba. Es una pena que Nicolás haya salido. Dile que me llame en cuanto venga. Yo soy, como bien sabes, un hombre sencillo, que dice las verdades, y le llevo diciendo a Lenochka desde hace años que su madre es una bruja peligrosa. Y ahora escucha lo que tengo pensado: quizá tu hermano me pueda ayudar a pergeñar una carta para la vieja bruja, una especie de declaración formal explicando que sé perfectamente y que me doy cuenta de quién ha sido la instigadora de todo ello, quién ha empujado a mi mujer, sí, algo así, formulado evidentemente de forma educada, desde luego».
No dije nada. Estaba allí, visitándome por primera vez (sus visitas a Nicolás no contaban), por primera vez se sentaba en mi Kautsch, y por primera vez dejaba caer la ceniza en mis cojines policromos; sin embargo, este acontecimiento, que en otros tiempos me hubiera supuesto un placer divino, no me alegraba ahora en lo más mínimo. Las buenas gentes llevaban tiempo contándome que su matrimonio había sido un fracaso, que su mujer había resultado ser una loca barata, vulgar y frívola, y había rumores proféticos que hacía tiempo le habían otorgado un amante, en la persona misma que ahora había caído rendida ante su belleza vacuna. La noticia del desastre del matrimonio no me suponía, por tanto, una sorpresa; en realidad quizá esperara vagamente que algún día Pavel Romanovich fuera depositado a mis pies por una de las olas de la tormenta. Pero por más que escrutara en mi interior, no conseguía encontrar ni una brizna de alegría; al contrario, me sentía tan triste, mi corazón tan agobiado, no sabéis cuánto. Todos mis amores, por alguna especie de colusión entre sus héroes, han seguido invariablemente el mismo esquema preestablecido de mediocridad y de tragedia o, más precisamente, su mediocridad misma acababa imponiéndoles su vena trágica. Cuando pienso cómo empezaron, me lleno de vergüenza y, en cuanto a su desenlace, me produce repugnancia, mientras que la parte central, la parte que debería haber sido la esencia y el corazón de esta o aquella relación, mi mente la recuerda como una especie de ballet indolente entrevisto a través del agua derramada o de la niebla pegajosa. Mi enamoriscamiento de Pavel Romanovich tuvo al menos la maravillosa ventaja de no haber llegado a término y de haber sido algo bonito y fresco, diferente al resto, pero incluso aquel sentimiento, tan remoto, tan profundamente enterrado en mi pasado, adquiría en este momento los tintes del presente, tiñéndose, en sentido inverso, de desgracia, de fracaso, incluso de pura y simple mortificación, sólo porque me veía obligada a escuchar a aquel hombre que se quejaba de su mujer, de su suegra.
-Espero –dijo– que Nicky vuelva pronto. Tengo otro plan preparado, en reserva, y creo que es un buen plan. Y mientras tanto será mejor que me vaya.
Y yo seguía sin decir nada, mirándole con profunda tristeza, mis labios ocultos por el volante de mi chal negro. Se quedó un momento de pie junto a la ventana, por cuyo cristal subía una mosca apresurada, subía, se daba la vuelta, se golpeaba contra el cristal y volvía a subir para luego volverse a caer. Después él rozó con los dedos el dorso de los libros de mi biblioteca. Como la mayoría de la gente que lee poco, mostraba un afecto secreto por los diccionarios y ahora sacó un voluminoso volumen rosa en cuya portada estaban dibujadas una cabeza de dragón y una joven de rizos pelirrojos.
«Khoroshaya shtooka», dijo. Metió con dificultad el volumen en su sitio y rompió a llorar de repente. Lo senté junto a mí en el sofá y él se fue inclinando poco a poco a un lado sin dejar de sollozar violentamente y acabó escondiendo la cabeza en mi regazo. Acaricié ligeramente su cálida cabeza y su nuca robusta y rosada, cuya lisura siempre me ha resultado muy atractiva en los hombres. Poco a poco sus espasmos se fueron calmando. Me mordió con ternura por debajo de la falda y luego se incorporó.
-¿Sabes qué? –dijo Pavel Romanovich y mientras hablaba palmeó sonoramente con las palmas cóncavas de sus manos dispuestas horizontalmente (no pude evitar reírme porque me acordé de un tío mío, un terrateniente del Volga que solía imitar así el ruido de una procesión de dignas cabras que dejaban que sus ubres golpearan unas contra otras en su camino)–. ¿Sabes qué, cariño? Vayamos a mi casa. No aguanto estar solo en casa. Cenaremos allí, tomaremos unas copas de vodka y luego iremos al cine... ¿qué dices?
No pude declinar su invitación, aunque sabía que me arrepentiría. Mientras telefoneaba para cancelar mi visita al antiguo lugar de trabajo de Nick (necesitaba sus botas de goma que se había dejado allí), me vi en el espejo del vestíbulo como si fuera una pequeña monja triste de rostro cerúleo y adusto; pero un minuto más tarde, mientras me arreglaba y me ponía el sombrero, me sumergí por así decir en las profundidades de mis grandes ojos negros llenos de experiencias y encontré en ellos un reflejo que no tenía nada de conventual –¡brillaban a través del velo!, ¡Dios mío cómo brillaban!
En el tranvía, camino de su casa, Pavel Romanovich volvió a ponerse triste y distante: yo le contaba cosas del nuevo empleo de Nick en la biblioteca eclesiástica, pero mantenía una mirada huidiza, era evidente que no me escuchaba. Llegamos. El desorden de los tres cuartos más bien exiguos que había ocupado con su Lenochka era sencillamente increíble –como si sus cosas y las de ella hubieran librado una guerra sin cuartel. Para divertir a Pavel Romanovich empecé a hacer de doncella con un delantal diminuto que se había quedado perdido y olvidado en un rincón de la cocina, restablecí una cierta armonía en el desorden de los muebles, puse la mesa de forma aseada –tanto que Pavel Romanovich se puso a aplaudir de nuevo y decidió hacer borstch (estaba bastante orgulloso de sus dotes culinarias).
Después de dos o tres tragos de vodka entró en una fase enérgica y seudosuficiente, como si de verdad existiera algún tipo de proyecto que debiera ser puesto en práctica al momento. Soy incapaz de saber si es que se había visto afectado por la solemnidad teatral con la que los avezados borrachos gustan de decorar la ingesta de alcohol ruso, o si realmente creía que él y yo habíamos empezado, cuando todavía estábamos en mi habitación, a maquinar y a discutir una especie de plan, pero allí estaba, cargando la pluma y sacando con un gesto como de complicidad lo que él llamaba el dossier: cartas de su mujer recibidas la primavera pasada en Bremen, adonde había ido en representación de una compañía de seguros de exiliados para la que trabajaba. Empezó a citar pasajes de aquellas cartas en los que quedaba manifiesto que ella le quería a él y no al otro tipo. Entre medias insistía en repetir con fuerza pequeñas frases hechas, tales como: «Esto lo dice todo», «Claro está», «Y ahora veremos» –mientras seguía bebiendo. Su argumentación se reducía a la idea de que si Lenochka escribía: «Te acaricio mentalmente, Baboonovich, querido», no podía estar enamorada de otro hombre, y si ella creía que lo estaba había que explicarle pacientemente que estaba en un error. Después de unos cuantos tragos cambió de estrategia y su expresión se hizo más tosca y sombría. Sin razón aparente alguna, se quitó los zapatos y los calcetines, y luego empezó a sollozar y a caminar sollozando, de una punta a otra de su piso, ignorando por completo mi presencia y dando feroces puntapiés con su pie desnudo a la silla contra la que tropezaba una y otra vez en su deambular. De paso, se las arregló para acabar la botella y entonces entró en una tercera fase, la parte final de aquel ebrio silogismo que ya había unido, siguiendo las más estrictas reglas dialécticas, un espectáculo inicial de brillante eficacia y un período central de melancolía absoluta. En la fase actual, resultaba que él y yo habíamos llegado a algún tipo de conclusión (cuál fuera ella exactamente seguía siendo algo extremadamente dudoso) que mostraba al amante de su mujer como el mayor y más bajo de los villanos y el plan consistía en que yo fuera a ver a su mujer, por propia iniciativa, por decirlo de alguna manera, para «avisarla». Debía decirle asimismo que, por supuesto, Pavel Romanovich se oponía frontalmente a cualquier intrusión o presión y que sus sugerencias estaban marcadas por el más profundo y angélico desinterés. Antes de que yo pudiera recobrar el juicio que tenía perdido y prendido en la maraña de sus susurros pastosos (y mientras se ponía los zapatos a toda prisa), me encontré llamando a su mujer por teléfono y hasta que no oí su voz atiplada y estúpida no caí súbitamente en la cuenta de que estaba borracha y comportándome como una idiota. Colgué de golpe, pero empezó a besarme las manos frías y crispadas y la volví a llamar, fui identificada sin ningún entusiasmo, dije que tenía que verla para un asunto urgente y, tras una ligera duda, aceptó que fuera a verla en seguida. Para entonces, quiero decir para cuando estuve lista para salir, nuestro plan parecía haber madurado en todos sus detalles y resultaba increíblemente sencillo. Yo tenía que decirle a Lenochka que Pavel Romanovich tenía que comunicarle algo de excepcional importancia, algo que en modo alguno, de ninguna manera, tenía la más mínima relación con la ruptura de su matrimonio (él insistió en este punto con vehemencia, saboreando la perfección de su táctica) y que la estaría esperando en el bar de enfrente de su casa.
Me llevó una eternidad, una eternidad oscura, subir la escalera, y por alguna extraña razón me atormentaba el pensamiento de que la última vez que nos vimos, yo llevaba el mismo sombrero y los mismos zorros negros. Lenochka, por el contrario, apareció ante mí elegantemente vestida. Parecía que acabara de rizarse el pelo, aunque no era un peinado bonito, y en conjunto tenía un aspecto más bien vulgar; en torno a su boca pintada con esmero se veían unas pequeñas hinchazones que hacían que se perdiera todo posible chic que hubiera querido adornar su persona.
-No creo –me dijo, examinándome con curiosidad– que sea tan importante, pero si cree que todavía tenemos cosas que discutir, está bien, acepto ir a la cita, pero quiero que sea con testigos, me da miedo quedarme sola con él, ya he pasado lo mío, muchas gracias.
Cuando entramos en el bar, Pavel Romanovich estaba sentado con los codos apoyados en una mesa junto a la barra; con el dedo meñique se frotaba sus ojos rojos y desnudos, mientras impartía a discreción, en un tono monótono, su sabiduría acerca de un «jirón de vida», como le gustaba decir, a un completo desconocido sentado en la misma mesa, un alemán de estatura enorme, con raya en medio y el pelo engominado, pero con una nuca llena de vello oscuro y uñas mordidas.
-Sin embargo –decía Pavel Romanovich en ruso–, mi padre no quería tener problemas con las autoridades y por lo tanto decidió construir una valla alrededor. De acuerdo, ese problema quedó resuelto. Nuestra casa estaba tan lejos de la suya... –se volvió para mirar en torno suyo, saludó distraído a su mujer y continuó con expresión totalmente relajada–, como de aquí al tranvía, de forma que ya no podían tener más exigencias. Pero coincidirá conmigo en que pasar todo el otoño en Vilna sin electricidad no tiene nada de divertido. Bien, entonces, muy a disgusto...
Yo no conseguía entender de qué estaba hablando. El alemán escuchaba atento, con la boca medio abierta: sus conocimientos de ruso eran escasos, el mero proceso de intentar entenderle le proporcionaba placer. Lenochka, que estaba sentada tan cerca de mí que sentía su desagradable calor, empezó a buscar algo en su bolso.
-La enfermedad de mi padre  –seguía Pavel Romanovich– contribuyó a su decisión. Si usted realmente vivió allí, como dice, entonces se acordará perfectamente de aquella calle. Está oscuro, por allí, por la noche, y con frecuencia te enteras de que allí...
-Pavlik –dijo Lenochka–, aquí tengo tus gafas. Me las llevé en el bolso por equivocación.
-Está muy oscuro, allí, por la noche –repitió Pavel Romanovich, abriendo mientras hablaba la funda de las gafas que ella le había tirado por encima de la mesa. Se puso las gafas, sacó un revólver y empezó a disparar a su mujer.
Con un gran aullido, ella cayó bajo la mesa arrastrándome consigo, mientras que el alemán tropezó sobre nosotras uniéndose a nuestra caída, de forma que los tres nos encontramos revueltos en el suelo; pero yo tuve tiempo de ver cómo un camarero llegaba corriendo hasta el agresor por detrás y cómo le golpeaba con delectación y fuerza monstruosas en la cabeza con un cenicero de hierro, después todo ocurrió como suele ser habitual en casos como éste, el lento retorno al orden del mundo destrozado, con la participación de mirones, policías, ambulancias. Se llevaron al hospital a Lenochka, que se quejaba teatralmente (una bala se había limitado a atravesar su hombro bronceado) pero no sé por qué extraña razón me perdí la detención de Pavel Romanovich. Cuando terminó todo –esto es para cuando todo hubo recuperado su lugar en el mapa–: las farolas, las casas, las estrellas, me encontré paseando por una calle desierta en compañía de nuestro superviviente alemán: aquel inmenso hombre guapo, sin sombrero, con un impermeable voluminoso flotaba junto a mí y al principio pensé que me estaba acompañando a casa pero luego me di cuenta de que nos encaminábamos a su casa. Nos detuvimos delante de su portal y me explicó –despacio, ponderado, pero no sin una cierta poesía, y por alguna razón, en un francés muy malo– que no podía llevarme a su cuarto porque vivía con un colega que era como su padre, su hermano, o incluso su esposa. Sus excusas me parecieron tan insultantes que le ordené que llamara inmediatamente a un taxi para que me llevara a mi casa. Esbozó una sonrisa asustada y me dio con la puerta en las narices, y allí me encontré caminando por una calle que, a pesar de que hacía horas que había cesado de llover, seguía mojada todavía y como que desprendía un aire de humillación profunda, sí, allí estaba yo caminando completamente sola, como ha sido mi destino desde el comienzo de los tiempos, y ante mis ojos no veía sino a Pavel Romanovich que se levantaba una y otra vez y se quitaba la sangre y la ceniza de su pobre cabeza.

Vladimir Nabokov

Aguas salobres

El feto apareció envuelto en trapos sucios y manchados de sangre. El Capitán ordenó que se lo dieran a los chanchos. Varios días después, ante la sorpresa general, vino el Jorobadito con la noticia de que el feto vivía y tenía los ojos abiertos. Herminia, la chancha más feroz, hirsuta y grosera, la menos sospechable de instinto maternal, lo defendió de nosotros con dientes y uñas. De algún modo se las había ingeniado para hacerlo vivir y ahora quería retenerlo. Se lo dejamos, no sin que antes el Jorobadito perdiera la mano derecha. Lo curamos como pudimos, porque allí no había médicos, y él juró vengarse. Le llevó varios meses, entre su curación y el trabajo práctico, obtener la caja obscura de torturar chanchos. El Capitán lo dejó hacer, a condición de que no se perdiera una gota de sangre: a nosotros nos gustaban mucho las morcillas, y por otra parte estábamos definitivamente hartos de comer pescado. Somos pescadores. Vivíamos de la pesca. Y como en la costa eran todos pescadores como nosotros, no había a quien venderle nuestra mercadería ni fórmulas posibles de intercambio: comíamos pescado... Por eso apreciábamos al Jorobadito, el único entre nosotros con talento para la cría de chanchos y fabricación de embutidos. Y la Gorda se ocupaba de los sembrados. Se pensó en la Gorda como origen del feto. No había pruebas, pero ella era la única mujer apropiada para disimular un embarazo entre tanta cantidad de grasa. Otros, y especialmente después de la historia de la supervivencia del nonato en manos de la chancha, hablaban de milagros. Pero había puntos dudosos en esta teoría: el milagro provendría del Cristo Atlante de Desdémona, ese cristo sonriente, irritante, con cabeza de pez, y por tanto poco inclinado a milagrear un feto enteramente humano. Si hubiese aparecido una sirena no habríamos tenido dudas. Yo no presté al principio mayor atención a estos sucesos. Me sentía perturbado y un poco, yo mismo, como una especie de feto mental, y quería nacer. Mi tendencia a la mutación se evidenciaba en un rechazo por lo salado: me asqueaba comer pescado, me asqueaba el gusto del sexo de Desdémona, me asqueaba el agua del mar, que trataba de no tragar cuando nadaba. Pero era verano. Un verano muy cálido. Abundaba el pescado, la necesidad sexual era intensa, y había que meterse en el mar. Yo corporizaba el rechazo a esta vida en la costa vomitando varias veces al día. Y me rompía la cabeza buscando una fórmula para alejarme de allí definitivamente, sin encontrar, en mi indigencia material y afectiva, ninguna solución. Por esa época apareció también el caballo blanco. Era una bestia llena de salud e inteligencia, que nadie, en mucho tiempo, pudo montar. Era joven. Tenía una mirada simpáticamente maligna; acostumbraba a mirarnos de reojo, como burlándose. No se nos ocurrió, entonces, relacionarlo con el feto, ni se habló de milagros. Yo no sostengo ninguna teoría: simplemente me limito a dar una información subjetivamente completa. No se tenía en cuenta, si bien luego pareció evidente, que la única ocupación de Tulio, el caballo blanco, era verificar día a día el rápido y desmesurado crecimiento del feto, siempre bajo el cuidado de Herminia. El Jorobadito acumulaba rencor y piecitas misteriosas que integrarían su caja obscura. Aunque sin acercarme a su eficacia y pulcritud en el manejo del chiquero, yo vi peligrosamente acrecentadas mis tareas al tener que sustituirlo en la suya: nunca más quiso saber de chanchos, excepto en aquel día señalado para el sacrificio de la chancha maternal. Mis otras tareas eran más bien agrícolas. Ayudaba a la Gorda en ciertas manipulaciones en los sembrados, y sobre todo me encargaban de mantener espantados del lugar a los gorriones. Cuando apareció Tulio tuve también que alimentarlo y cepillarlo. Me fastidiaba esa limitación de mi independencia, pero hice buenas migas con el caballo blanco y me gustaba atender sus reclamos. Lo del chiquero, en cambio, rebasó los límites. Hablé seriamente con el Capitán; él me pidió paciencia y se comprometió por su parte a meter en vereda al Jorobadito apenas lo viera recuperado. Los viernes eran mis días libres de las tareas, pero obligatoriamente destinados a la glorificación del Cristo-Pez. Desdémona, de caderas de yegua, rubia y alta, de larga melena, y a quien nadie le había podido ver los pechos que bajo la ropa aparentaban ser explosivamente exuberantes, Desdémona era la fundadora de una religión. Había ideado una cosmogonía perfecta, y perdía la vida en sus predicaciones: araba en el desierto. Yo era el único adepto fiel, y más bien por razones eróticas. El Capitán, controlado por su mujer, no podía ni soñar en acercarse al templete. Los otros varones eran tan poco deseables que Desdémona no ponía mucho entusiasmo: el Jorobadito, el Tuerto, el viejo Matías. Las mujeres más bien tendían a creer, pero el rito les estaba vedado por razones obvias, aunque tengo mis sospechas de que especialmente con Leonor, de aplastante virilidad, se celebraron secretamente algunas misas. Creo que mi afición por el dibujo, y un cierto talento desarrollado en ese sentido, se los debo a los pechos ocultos de Desdémona. El afán de concretizar las imaginerías me llevaba a llenar hojas y hojas con las formas posibles. Encontraba más verosímil que otras la de pera, abultada en la base, con unos pezones que no se decidían del todo a apuntar hacia abajo. En la religión de Desdémona había elementos muy atractivos. Se glorificaba el viernes en honor a Venus, planeta origen de los dioses que aposentaron sus reales en la Atlántida terrestre, hoy desaparecida a causa de una explosión atómica. Los dioses, de forma humana, crearon a los peces; del apareamiento de éstos con ciertos dioses enamorados de su propia obra, nació la raza de las sirenas. Había sirenas al derecho y al revés, es decir, con cola de pez o con piernas de gente. Cuando el Cristo Atlante vino a redimir a esta raza maldita, fue crucificado. Y la raza desapareció, al menos de la vista. Desdémona aseguraba que en sitios ocultos están todavía aguardando algunos de ellos. A las venus que andan por el mundo, antiguas reliquias a las que les falta algún pedazo, la cabeza, los brazos, las piernas, les falta, según Desdémona, porque eran partes de pescado. Y la Iglesia Católica, junto con los Masones y los Judíos, hicieron lo posible por borrar los rastros. Hubo un rastro que sin embargo no pudieron borrar. Está al alcance de todo el mundo. Un hueso de tiburón -producido mediante mutaciones genéticas de laboratorio, por la raza que quiso dejar su huella- representa a este Cristo-Pez crucificado. En nuestras costas abundan estos huesos, a los cuales los pescadores no dan ninguna importancia. Parece ser que cuando Desdémona, a los doce años, vio uno de ellos por primera vez, coincidiendo con su primer período menstrual, tuvo la revelación divina que la llevó a fabricar su religión sin la menor dificultad y, lo que es más interesante, sin necesidad de ocultar ningún texto. Por otra parte, ella nunca aprendió a leer. El icono es un hueso plano que de lejos parece un crucifijo común y corriente, de líneas curvas y elegantes, color marfil. Sobresaliendo de esta base achatada se distingue perfectamente una figura casi humana, de finos y largos brazos crucificados, de piernas también humanas, pero con cabeza de pez. Y sonríe. Sonríe con un aire de triunfo que no tiene en absoluto el Cristo de los católicos. Desdémona había fabricado un templete y un altar para el icono. Y sobre este altar alfombrado de terciopelo rojo celebraba cada viernes el rito de beber la sangre de su Señor, que venía a ser no otra cosa que mi propia esperma. El espermatozoide, forma acuática que luego perdemos por culpa de un pecado original de la raza de las sirenas, es el legado directo de los dioses venusinos. Desdémona, habiendo hecho voto de castidad desde la revelación, se mantuvo virgen. Sólo se permitía el alivio religioso de retribuirme con sus secreciones marinamente salobres para santificarme cada viernes, a cambio de mi savia. La única relación normal que yo había tenido alguna vez con una mujer, fue con la Gorda. No me gustó. Por estos motivos, por los ritos y el pescado y la arena y la sal, quería salir en busca de nuevos horizontes. Pasaban los días con la sola variante del rápido crecimiento del feto, quien ya amagaba pararse sobre sus piernitas endebles; todo lo demás seguía igual, hasta que al Capitán se le ocurrió fijar fecha para el sacrificio de Herminia, porque estaba a punto y porque se terminaba, ya, nuestra provisión de embutidos. Entonces el Jorobadito trabajó como negro, día y noche, con su única mano, para poder llegar a tiempo. Trabajaba secretamente en el taller; no quería que nadie se enterara de los detalles. Pero con todo se filtró el chisme de que había aparatos eléctricos. La caja estuvo terminada un día antes de la fecha fijada por el Capitán. Con su parche sobre el ojo izquierdo, su gorra marinera Y su pata de palo, la palabra del Capitán era ley. Por eso el Jorobadito, borracho de sueño y de cansancio, ni pensó en solicitar una postergación. La Gorda, siempre maternal, fabricó una jaula como de cotorra, pero más grande, y con una especie de nido de lanas y plumas. Cuando metimos a la chancha adentro de la caja obscura, la Gorda se llevó el feto a la jaula. Y cuando Herminia empezó a gritar, verdaderamente como una marrana, el feto, aferrado a los barrotes y con una mirada de loco impresionante se alzó por fin sobre sus piernitas chuecas y rechinó los dientes y dijo sus primeras palabras: -¡Hijos de puta! El suplicio no pudo prolongarse como habría querido el Jorobadito porque los gritos nos ponían nerviosos. No tengo idea del método de tortura inventado por esa mente retorcida, pero creo que trascendía el mero electroshock. Don Matías se echó encima de la pierna un chorro de agua caliente del termo. La Gorda, siempre tan cuidadosa de su feminidad, tuvo la desgracia de dejar escapar públicamente un flato. Desdémona me llevó a un rincón, me mordió un hombro con furia, y aunque era jueves fuimos al templete. Cuando el Capitán sopló su pipa en vez de chuparla y el tabaco encendido casi le quema el ojo sano, decidió poner fin a la situación. Nos subimos a un árbol y abrimos la puerta de la caja obscura con un palo que tenía un gancho en la punta. Herminia salió en un galope demencial, no encontró a nadie a quien embestir, se revolcó en los sembrados y en los charcos, siempre gritando, y por fin se suicidó dándose de cabeza contra el ombú. El feto apartó los barrotes doblándolos sin dificultad con sus manitos, y cuando bajábamos del árbol nos estaba mirando y nos dimos cuenta que estábamos definitivamente bajo su dominio. Ante su mirada nos sentimos todos más que avergonzados; nos sentimos completamente desnudos en nuestro infantilismo cruel. El Jorobadito se metió solo adentro de la caja obscura. Estuvo gritando exactamente como Herminia durante tres días y tres noches que para nosotros fueron insoportables. Al tercer día no se oyó más nada, y le dimos cristiana sepultura cerca del pozo negro, sin abrir la caja. El feto volvió un tiempo a su jaula. Parecía calmado. Se desarrolló a su manera, y nunca pudimos ponerle un nombre. En pocos meses se hizo adulto. Alcanzó su estatura definitiva, unos ochenta centímetros, y era todo cabeza, de frente abultada y ojos chiquititos bajo párpados gruesos y pesados, y la cabeza era toda pelos y dientes: unos dientes siempre apretados y visibles, que los labios gruesos y curvados hacia abajo mostraban en una clara expresión de odio y disgusto. La Gorda le preparaba una papilla inmunda, y se la hacía sorber por medio de una bombilla. Algo como carne de pescado triturada, legumbres, etcétera. Tulio, el caballo blanco, se arrodillaba amorosamente para que él pudiera trepársele, agarrado a las crines, y allá salían los dos, en un galope furioso. Tulio, expresando su juventud y alegría de vivir; un galope vital que a veces parecía un vuelo. El feto, gritando y chillando, descargando su odio sobre las tierras, de la costa, histerizando a todo el mundo. Empezamos a tener mala fama en la zona. El Capitán perdía autoridad. Se ocupaba, ahora, él mismo de los chanchos. Sólo cuando salían de pesca en los frágiles botecitos, con el Tuerto, Leonor y el viejo Matías, yo me sentía un poco culpable y me hacía cargo del chiquero. Pasaba la mayor parte del tiempo tratando de comprobar una teoría que se me había ocurrido: de golpe se me metió en la cabeza que la Atlántida estaba por allí nomás, en algún charco o en la laguna, y que nadie la veía porque era muy chica. Pero me faltaban elementos técnicos, y no hacía más que bucear y chapotear sin otro resultado que el placer de mojarme. El feto se cansó de la papilla y por fin pude verle los pechos a Desdémona. La hizo desnudarse de la cintura para arriba, y como acunado en sus brazos empezó a mamar. Curiosamente, la virgen tenía leche. Un día formé un aparte con ella y llegué a probársela: era extremadamente dulce y tibia. De pronto algo me sacó de la embriaguez y vi al feto, allí parado con sus ojos fulminándome, y supe que estaba condenado a muerte. Esperé, sin poder moverme. Se interpuso Tulio. Pasó entre los dos, balanceándose con un relincho suave, y cuando terminó de pasar el feto me miraba de otra manera. No digo que con amor, pero de ahí en adelante quedé marginado de sus perrerías. Abandonó para siempre la jaula y se instaló en Desdémona. Ella dejó sus misas de los viernes, y Tulio me llevó a un poblado vecino donde logré hacer amistad con una niña más o menos de mi edad, no tan exuberante como Desdémona pero mucho menos loca. El feto ordenó destruir el templete. Se conservó, sin embargo, el icono del Cristo-Pez, colgando entre los pechos de Desdémona. Estos pechos, entre otras, tuvieron la virtud de privarnos para siempre de la presencia del viejo Matías: cuando la vio desnuda por primera vez le vino algo al corazón y se murió. La Gorda, que se sentía celosa y desplazada, tuvo la mala idea de pasearse desnuda entre nosotros para tentar al feto con su abundancia maternal. El se rió a carcajadas, francamente, creo que por única vez en su vida, y nosotros disimulábamos dando vuelta la cara o acomodando innecesariamente algunos implementos. Por fin la Gorda se consiguió un cachorro de lobo y nos dejó en paz. Tulio apareció un día con amigos equinos encontrados, no se sabe dónde; una tropilla joven y briosa, entre salvaje y amable al estilo de Tulio. Fue como una orden para que el feto se pusiera en marcha y comenzara a construir su imperio. Yo, por las dudas, me fui mudando de a poco al poblado de mi amiguita y después, también por las dudas, un poco más lejos, a la ciudad. Pero fue un proceso lento y disimulado, y en verdad nunca logré irme del todo. Algo me tenía atado a la pequeña comunidad pesquera. La construcción del imperio fue desordenada. El feto parecía saber lo que quería, pero tal vez no lograba aún controlar bien las cosas o, tal vez, al mismo tiempo quería divertirse. Lo cierto es que todo empezó con las tropelías. Al frente iba él, agarrado a las crines de Tulio, chillando y gritando; casi a su lado Desdémona, sobre un caballo parecido, con pantalones de montar que se fabricó ella misma y con los pechos desnudos saltando pesadamente junto con el crucifijo. Detrás el Capitán, armado hasta los dientes, y su oscura mujer, y Leonor, que parecía nacida sobre un caballo, elegante y lésbica, vestida toda de negro con un traje ajustado de solapas brillantes, y el Tuerto, y la Gorda, buen jinete a pesar de los kilos. Mataban y saqueaban, incendiaban y destruían innecesariamente. Sembraban el terror. Después empezaron a traerse niños y mujeres, y algunos homúnculos con vocación de esclavos. Se formó a nuestro alrededor una especie de colonia que crecía rápidamente. Todos trabajaban como locos, fustigados con ferocidad por el feto lleno de odio y delirios de grandeza. Su radio de acción se fue extendiendo. Las tropelías contaban con más gente. Yo, contrariamente a lo que podría suponerse, abandoné mis pretensiones de alejarme y me instalé con mi mujer otra vez en la costa. Nuestro lugar, en sí mismo, no había cambiado mucho. Me dediqué a observar el proceso sin intervenir, y como por deporte -cuando ya hasta Desdémona había olvidado su religión, y el Crucifijo se había desprendido de su cuello en alguna correría y perdido para siempre-, yo seguía buscando la Atlántida en los charcos que todavía quedaban y buceando en la laguna. Una vez creí ver algo en el fondo, pero me di cuenta que estaba a punto de ahogarme, lleno de placer, y con un tremendo esfuerzo de voluntad salí a la superficie. El feto cambió a Desdémona por un grueso habano, y se hizo hacer una capa dorada y roja y un trono de emperador. Envejecía a ojos vistas. El pelo hirsuto se le volvió blanco casi de un día para otro. Una vez que fui a verlo ya tenía una corona de oro sobre su cabezota, Y los ojos le refulgían malignamente entre el humo del cigarro. Comenté con el Capitán que todo aquello era ridículo. Y la repetición de las tropelías, una cierta mecanización donde el único que gozaba era el feto, siempre histérico como el primer día, nos estaba mortificando a todos. Aun Tulio tenía la mirada tristona. - Habría que hacer algo - le dije al Capitán. - Quién le pone cascabel al gato - respondió. Al fin, como la furia del Emperador había llegado ya a los alrededores de la ciudad, las autoridades comenzaron a dar crédito a los rumores y se decidieron a tornar cartas en el asunto. Primero aparecieron unos funcionarios grises, de bigote fino, que se destacaban groseramente entre nosotros aunque no hicieron nada. Luego mandaron un contingente armado. Era muy pequeño, y en una batalla memorable donde el feto brilló como nunca y hasta alcanzó el heroísmo, el Gobierno fue ominosamente derrotado. A los pocos días Desdémona se sintió mal. Se revolcaba en la cama, agarrándose el vientre y chillando como Herminia y el Jorobadito adentro de la caja obscura. Al mismo tiempo, el feto empezó a sudar y temblar y se le cayó el pelo, junto con la piel y los dientes. Todos corríamos de un lado a otro, entrechocándonos e impartiendo órdenes imprecisas, realmente sin saber qué hacer. De pronto se hizo un silencio total, una pausa que fue rota de inmediato por un llanto de bebé. Era un bebé gordito y rosado, rozagante y hermoso, que la Gorda llevó a una Desdémona pálida, ya aliviada y casi sonriente. Se lo puso junto al pecho y Desdémona lo sostenía con un brazo y Io miraba amorosamente mientras le buscaba, a ciegas, el pezón. Era el fin de ese tiempo tan apretado de cosas y lleno de tanto sufrimiento: el feto había nacido. Cuando las tropas gubernistas volvieron en serio, con tanques, cañones y metralletas, se llevaron una desilusión. Ya que estaban fusilaron a dos o tres tipos, y bombardearon algunos edificios, entre ellos un rascacielos que recién empezaba a construirse por orden del Emperador en su último delirio. Se fueron con las manos vacías, sin encontrar resistencia y sin comprender. La vida en la costa tomó otras formas. A veces me gusta pasearme entre las ruinas del rascacielos frustrado, unas ruinas musgosas y grises, de aspecto milenario a la luz de la luna, de aspecto atlante, verdoso y mágico a la luz de la luna. 

Mario Levrero

viernes, 20 de enero de 2012

El soldadito de plomo


Érase una vez un niño que tenía muchísimos juguetes. Los guardaba todos en su habitación y, durante el día, pasaba horas y horas felices jugando con ellos.
Uno de sus juegos preferidos era el de hacer la guerra con sus soldaditos de plomo. Los ponía enfrente unos de otros, y daba comienzo a la batalla. Cuando se los regalaron, se dio cuenta de que a uno de ellos le faltaba una pierna a causa de un defecto de fundición.
No obstante, mientras jugaba, colocaba siempre al soldado mutilado en primera línea, delante de todos, incitándole a ser el más aguerrido. Pero el niño no sabía que sus juguetes durante la noche cobraban vida y hablaban entre ellos, y a veces, al colocar ordenadamente a los soldados, metía por descuido el soldadito mutilado entre los otros juguetes.
Y así fue como un día el soldadito pudo conocer a una gentil bailarina, también de plomo. Entre los dos se estableció una corriente de simpatía y, poco a poco, casi sin darse cuenta, el soldadito se enamoró de ella. Las noches se sucedían deprisa, una tras otra, y el soldadito enamorado no encontraba nunca el momento oportuno para declararle su amor. Cuando el niño lo dejaba en medio de los otros soldados durante una batalla, anhelaba que la bailarina se diera cuenta de su valor por la noche, cuando ella le decía si había pasado miedo, él le respondía con vehemencia que no.
Pero las miradas insistentes y los suspiros del soldadito no pasaron inadvertidos por el diablejo que estaba encerrado en una caja de sorpresas. Cada vez que, por arte de magia, la caja se abría a medianoche, un dedo amonestante señalaba al pobre soldadito.
Finalmente, una noche, el diablo estalló.

-¡Eh, tú!, ¡Deja de mirar a la bailarina!
El pobre soldadito se ruborizó, pero la bailarina, muy gentil, lo consoló:
-No le hagas caso, es un envidioso. Yo estoy muy contenta de hablar contigo.
Y lo dijo ruborizándose.
¡Pobres estatuillas de plomo, tan tímidas, que no se atrevían a confesarse su mutuo amor!
Pero un día fueron separados, cuando el niño colocó al soldadito en el alféizar de una ventana.
-¡Quédate aquí y vigila que no entre ningún enemigo, porque aunque seas cojo bien puedes hacer de centinela!-

El niño colocó luego a los demás soldaditos encima de una mesa para jugar.
Pasaban los días y el soldadito de plomo no era relevado de su puesto de guardia.
Una tarde estalló de improviso una tormenta, y un fuerte viento sacudió la ventana, golpeando la figurita de plomo que se precipitó en el vacío. Al caer desde el alféizar con la cabeza hacia abajo, la bayoneta del fusil se clavó en el suelo. El viento y la lluvia persistían. ¡Una borrasca de verdad! El agua, que caía a cántaros, pronto formó amplios charcos y pequeños riachuelos que se escapaban por las alcantarillas. Una nube de muchachos aguardaba a que la lluvia amainara, cobijados en la puerta de una escuela cercana. Cuando la lluvia cesó, se lanzaron corriendo en dirección a sus casas, evitando meter los pies en los charcos más grandes. Dos muchachos se refugiaron de las últimas gotas que se escurrían de los tejados, caminando muy pegados a las paredes de los edificios.
Fue así como vieron al soldadito de plomo clavado en tierra, chorreando agua.

-¡Qué lástima que tenga una sola pierna! Si no, me lo hubiera llevado a casa -dijo uno.
-Cojámoslo igualmente, para algo servirá -dijo el otro, y se lo metió en un bolsillo.
Al otro lado de la calle descendía un riachuelo, el cual transportaba una barquita de papel que llegó hasta allí no se sabe cómo.
-¡Pongámoslo encima y parecerá marinero! -dijo el pequeño que lo había recogido.

Así fue como el soldadito de plomo se convirtió en un navegante. El agua vertiginosa del riachuelo era engullida por la alcantarilla que se tragó también a la barquita. En el canal subterráneo el nivel de las aguas turbias era alto.
Enormes ratas, cuyos dientes rechinaban, vieron como pasaba por delante de ellas el insólito marinero encima de la barquita zozobrante. ¡Pero hacía falta más que unas míseras ratas para asustarlo, a él que había afrontado tantos y tantos peligros en sus batallas!
La alcantarilla desembocaba en el río, y hasta él llegó la barquita que al final zozobró sin remedio empujada por remolinos turbulentos.
Después del naufragio, el soldadito de plomo creyó que su fin estaba próximo al hundirse en las profundidades del agua. Miles de pensamientos cruzaron entonces por su mente, pero sobre todo, había uno que le angustiaba más que ningún otro: era el de no volver a ver jamás a su bailarina...
De pronto, una boca inmensa se lo tragó para cambiar su destino. El soldadito se encontró en el oscuro estómago de un enorme pez, que se abalanzó vorazmente sobre él atraído por los brillantes colores de su uniforme.
Sin embargo, el pez no tuvo tiempo de indigestarse con tan pesada comida, ya que quedó prendido al poco rato en la red que un pescador había tendido en el río.
Poco después acabó agonizando en una cesta de la compra junto con otros peces tan desafortunados como él. Resulta que la cocinera de la casa en la cual había estado el soldadito, se acercó al mercado para comprar pescado.

-Este ejemplar parece apropiado para los invitados de esta noche -dijo la mujer contemplando el pescado expuesto encima de un mostrador.
El pez acabó en la cocina y, cuando la cocinera la abrió para limpiarlo, se encontró sorprendida con el soldadito en sus manos.

-¡Pero si es uno de los soldaditos de...! -gritó, y fue en busca del niño para contarle dónde y cómo había encontrado a su soldadito de plomo al que le faltaba una pierna.
-¡Sí, es el mío! -exclamó jubiloso el niño al reconocer al soldadito mutilado que había perdido.
-¡Quién sabe cómo llegó hasta la barriga de este pez! ¡Pobrecito, cuantas aventuras habrá pasado desde que cayó de la ventana!- Y lo colocó en la repisa de la chimenea donde su hermanita había colocado a la bailarina.

Un milagro había reunido de nuevo a los dos enamorados. Felices de estar otra vez juntos, durante la noche se contaban lo que había sucedido desde su separación.
Pero el destino les reservaba otra malévola sorpresa: un vendaval levantó la cortina de la ventana y, golpeando a la bailarina, la hizo caer en el hogar.
El soldadito de plomo, asustado, vio como su compañera caía. Sabía que el fuego estaba encendido porque notaba su calor. Desesperado, se sentía impotente para salvarla.

¡Qué gran enemigo es el fuego que puede fundir a unas estatuillas de plomo como nosotros! Balanceándose con su única pierna, trató de mover el pedestal que lo sostenía. Tras ímprobos esfuerzos, por fin también cayó al fuego. Unidos esta vez por la desgracia, volvieron a estar cerca el uno del otro, tan cerca que el plomo de sus pequeñas peanas, lamido por las llamas, empezó a fundirse. El plomo de la peana de uno se mezcló con el del otro, y el metal adquirió sorprendentemente la forma de corazón. A punto estaban sus cuerpecitos de fundirse, cuando acertó a pasar por allí el niño. Al ver a las dos estatuillas entre las llamas, las empujó con el pie lejos del fuego. Desde entonces, el soldadito y la bailarina estuvieron siempre juntos, tal y como el destino los había unido: sobre una sola peana en forma de corazón.

Hans Christian Andersen