La primera mirada hacia la infancia hace surgir en el espejo encantado de la memoria el reino de la edad de oro, el paraíso perdido en donde llegan las voces que siempre deben escuchar aquellos que no tienen patria en el tiempo. El niño se vuelve prototipo de una condición inocente y primitiva que si se recuperara bastaría para ordenar el mundo en un diverso sentido del que la antropófaga lucha por la existencia le señala: recordemos el final del fellinesco "8 1/2", en donde el protagonista, de nuevo niño, vestido de blanco, al compás de una melancólica y festiva tocata, va dirigiendo a una feliz ronda a los otrora angustiados personajes.
Pero una segunda mirada descubre una imagen que suele permanecer escondida (porque el hombre necesita sueños y mitos para sobrellevar su vida cotidiana): que la infancia no es sólo el dominio de la pureza, sino que también allí los ángeles de las tinieblas extienden sus alas. Se ha dicho que la maldad está incluso en el átomo. Y uno de los testimonios que iluminan más claramente esta zona secreta infantil es un libro que termino de releer en una nueva edición española: Un ciclón en Jamaica, de Richard Hughes, especie de cuento de hadas, de terror, narrado por este extraño autor que en este mundo de la prisa demora veinte años en escribir una novela. Una novela en la que unos niños del siglo pasado, enviados en un velero de Jamaica a Inglaterra, sienten más pensar por la suerte de un gato favorito que por la separación de sus padres, y que –raptados por unos piratas pasan a transformarse en dueños del barco, hasta que al fin una niña del grupo comete un crimen por el cual ahorcan a los inocentes lobos de mar. Porque los adultos no comprenden a los niños, están separados de ellos por murallas de vidrio. El código de los mayores resulta incomprensible para los infantes. Ellos se someten a su propio código, secreto y despiadado, creado por sus coetáneos provistos de fuerza o de astucia, al que deben someterse los débiles y los tímidos. Todos hemos conocido en el colegio a esas víctimas condenadas a quedar solas en la sala de clase o a arrinconarse medrosas en un ángulo del patio durante los recreos: no
sólo los tímidos, los humildes, los débiles, sino los lisiados, los poseedores de cualquier defecto físico.
Es por eso que siempre hemos considerado con escepticismo los esfuerzos de los pedagogos que luchan por proscribir los elementos de violencia o terror en los cuentos para niños, reemplazándolos por cuentos blancos que no son tan apetecidos, porque –claro está– no tocan los más oscuros sentimientos de los niños, los más profundos también. Difícil será, asimismo, que toda campaña pacifista imaginable pueda suprimir el amor infantil por la fanfarria, los uniformes, las armas.
Sí, es preciso dudar ante la tentación de reconstruir o regresar al placentero reino de la infancia. También hay en él zonas negras, pantanos en donde no nos gustaría sumergirnos. De ellos hay buenos descriptores literarios. No está sólo, por cierto, Richard Hughes con su Ciclón en Jamaica. Para terminar este artículo con la seriedad que se le exige en nuestro acucioso medio a un investigador de la ya mentada "zona negra de la infancia", entrego una breve bibliografía del tema: El Señor de las Moscas, de Golding, con los correctos escolares ingleses que en una isla desierta vuelven al salvajismo (reverso del idilio de Dos años de vacaciones, de Julio Verne); Ray Bradbury con sus niños que crean leones que devoran en la TV a sus padres o se alían con los invasores de otros mundos; Vargas Llosa y el mundo concentracionario de La Ciudad y los Perros, naturalmente Jean Cocteau y Saki, y para finalizar, Leonora Carrington, la hechicera cuyos prohibidos sueños de Conejos Blancos nos entregara Braulio Arenas en una de sus casi secretas ediciones de hace algunos años.
Jorge Teillier
En Las Últimas Noticias, Santiago (13.11.1965), p.4.
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viernes, 12 de marzo de 2010
jueves, 12 de noviembre de 2009
La maldad y la poesía

En la saga de La Profecía, Sam Neill en su papel de Damián le comenta a su amigo “El mal, en su forma mas pura, es tan simple y poderoso como el bien”, pero como la mayoría de los escritores dados a la fantasía y el ingenio, poco sabia David Seltzer que las nociones del bien y el mal son un invento relativamente reciente (si pensamos, claro, que el Hombre lleva sobre la tierra algo así como un millón setecientos mil años). Aunque no podemos tener certeza acerca de la fecha, ya en el siglo VI A. de C. Zaratustra (que pudieron ser dos o mas), le dio forma a la dualidad bien/mal, y es difícil pensar hoy, en que estas nociones se encuentran tan entronizadas incluso en nuestra vida diaria, que antes de ese hecho, ambas no existían ni se usaban. Y no es menos cierto que tremendo hallazgo no podía dejarse pasar de lado por uno de los filósofos mas influyentes de la era moderna: El filósofo alemán Friedrich Nietzsche (uno de los tres Maestros de la sospecha), en una de sus obras fundamentales, La genealogía de la moral, examina los términos alemanes gut («bueno»), schlecht («malo») y böse («malvado») desde el punto de vista etimológico, llegando a la conclusión de que la distinción entre “el bien” y “el mal” es en origen meramente descriptiva, o sea, una referencia amoral a aquéllos que eran privilegiados (los amos), en contraste con los que eran inferiores (los esclavos). El contraste bueno/malvado surge precisamente cuando los esclavos se vengan convirtiendo los atributos de la supremacía en vicios. De ahí vendría en último término la llamativa coincidencia u homonimia entre el mal, como dolencia o enfermedad, y el mal en sentido moral, los cuales, en apariencia, nada tienen que ver entre sí. Un poco más cercano a nosotros quizá sea el caso del maestro Panero, arquetipo del malditismo, que pasó por la prisión y quizá por que clase de drogas, nos escribió alguna vez que “La Maldad nace de la Supresión hipócrita del Gozo”: “Una cucaracha recorre el jardín húmedo / de mi chambre y circula por entre las botellas / vacías: / la miro a los ojos y veo tus dos ojos / azules, madre mía./ Y cantas, cantas por las noches parecida a la locura, / velas/ con tu maldición para que no me caiga dormido,/ para que no me olvide / y esté despierto para siempre frente a tus / dos ojos / azules, madre mía.”, estremeciéndonos, desde el corazón y el alma de un hombre que ha estado entrando y saliendo de sanatorios mentales desde la década de los setentas. Y sin embargo, Manuel Altolaguirre, otro español malagueño de la Generación del 27, considerado el más espiritual e intimista, no tuvo miedo de ver el otro lado del amor, y escribió el poema “Maldad”; “El silencio eres tú./ Pleno como lo oscuro,/ incalculable/ como una gran llanura/ desierta, desolada,/ sin palmeras de música,/ sin flores, sin palabras./ Para mi oído atento/ eres noche profunda/ sin auroras posibles./ No oiré la luz del día,/ porque tu orgullo terco,/ rubio y alto, lo impide./ El silencio eres tú:/ cuerpo de piedra.”, pero es, para mi humilde gusto, Svetlana Makarovič, poeta nacida en eslovenia y quien pensaba que el pecado original de la humanidad no es sólo la falta o la incapacidad de amar, sino el don particular del hombre para la maldad, escribió algunos de los poemas mas estremecedores que he leído recientemente, donde la maldad se vuelve real a través de una carga de pasmosa hermosura, porque sabemos, que lo hermoso no es sino finalmente el argumento de la existencia: si algo es hermoso, entonces debe ser, de alguna manera, real. Y Makarovič ejecuta ese plan con estremecedora belleza. Son muchos los poemas que logra construir bajo ese discurso y que la convierten, probablemente, en un interesante hallazgo a pesar de haber nacido por allá por 1939. Leamos entonces, en traducción de Damjana Pintarič, el poema “La Caza”, que pudiera ser, quizás, una escaramuza de guerra, o de la simple vida cotidiana:
Hueles a semilla caliente, ciervo.
A ti huele todo el bosque, y yo.
El cuchillo ya está afilado para ti, ciervo.
Lo presiente el bosque, y lo sé yo.
Pasarás el claro de luna, ciervo,
mi ciervo con ojos de zarzamora.
Olerá profundamente a sangre, ciervo.
De pronto sabrás adónde vas y quién eres.
A ti huele todo el bosque, y yo.
El cuchillo ya está afilado para ti, ciervo.
Lo presiente el bosque, y lo sé yo.
Pasarás el claro de luna, ciervo,
mi ciervo con ojos de zarzamora.
Olerá profundamente a sangre, ciervo.
De pronto sabrás adónde vas y quién eres.
Jorge Alberto Collao
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