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domingo, 19 de abril de 2015
Revista Literaria Escarnio Nº50 - Marzo 2015 / Especial Trenes
Edición de lujo. Encuadernación artesanal. Incluye un directorio de la Feria del Libro de La Serena 2015
martes, 4 de noviembre de 2014
viernes, 12 de marzo de 2010
La terrible infancia
La primera mirada hacia la infancia hace surgir en el espejo encantado de la memoria el reino de la edad de oro, el paraíso perdido en donde llegan las voces que siempre deben escuchar aquellos que no tienen patria en el tiempo. El niño se vuelve prototipo de una condición inocente y primitiva que si se recuperara bastaría para ordenar el mundo en un diverso sentido del que la antropófaga lucha por la existencia le señala: recordemos el final del fellinesco "8 1/2", en donde el protagonista, de nuevo niño, vestido de blanco, al compás de una melancólica y festiva tocata, va dirigiendo a una feliz ronda a los otrora angustiados personajes.
Pero una segunda mirada descubre una imagen que suele permanecer escondida (porque el hombre necesita sueños y mitos para sobrellevar su vida cotidiana): que la infancia no es sólo el dominio de la pureza, sino que también allí los ángeles de las tinieblas extienden sus alas. Se ha dicho que la maldad está incluso en el átomo. Y uno de los testimonios que iluminan más claramente esta zona secreta infantil es un libro que termino de releer en una nueva edición española: Un ciclón en Jamaica, de Richard Hughes, especie de cuento de hadas, de terror, narrado por este extraño autor que en este mundo de la prisa demora veinte años en escribir una novela. Una novela en la que unos niños del siglo pasado, enviados en un velero de Jamaica a Inglaterra, sienten más pensar por la suerte de un gato favorito que por la separación de sus padres, y que –raptados por unos piratas pasan a transformarse en dueños del barco, hasta que al fin una niña del grupo comete un crimen por el cual ahorcan a los inocentes lobos de mar. Porque los adultos no comprenden a los niños, están separados de ellos por murallas de vidrio. El código de los mayores resulta incomprensible para los infantes. Ellos se someten a su propio código, secreto y despiadado, creado por sus coetáneos provistos de fuerza o de astucia, al que deben someterse los débiles y los tímidos. Todos hemos conocido en el colegio a esas víctimas condenadas a quedar solas en la sala de clase o a arrinconarse medrosas en un ángulo del patio durante los recreos: no
sólo los tímidos, los humildes, los débiles, sino los lisiados, los poseedores de cualquier defecto físico.
Es por eso que siempre hemos considerado con escepticismo los esfuerzos de los pedagogos que luchan por proscribir los elementos de violencia o terror en los cuentos para niños, reemplazándolos por cuentos blancos que no son tan apetecidos, porque –claro está– no tocan los más oscuros sentimientos de los niños, los más profundos también. Difícil será, asimismo, que toda campaña pacifista imaginable pueda suprimir el amor infantil por la fanfarria, los uniformes, las armas.
Sí, es preciso dudar ante la tentación de reconstruir o regresar al placentero reino de la infancia. También hay en él zonas negras, pantanos en donde no nos gustaría sumergirnos. De ellos hay buenos descriptores literarios. No está sólo, por cierto, Richard Hughes con su Ciclón en Jamaica. Para terminar este artículo con la seriedad que se le exige en nuestro acucioso medio a un investigador de la ya mentada "zona negra de la infancia", entrego una breve bibliografía del tema: El Señor de las Moscas, de Golding, con los correctos escolares ingleses que en una isla desierta vuelven al salvajismo (reverso del idilio de Dos años de vacaciones, de Julio Verne); Ray Bradbury con sus niños que crean leones que devoran en la TV a sus padres o se alían con los invasores de otros mundos; Vargas Llosa y el mundo concentracionario de La Ciudad y los Perros, naturalmente Jean Cocteau y Saki, y para finalizar, Leonora Carrington, la hechicera cuyos prohibidos sueños de Conejos Blancos nos entregara Braulio Arenas en una de sus casi secretas ediciones de hace algunos años.
Jorge Teillier
En Las Últimas Noticias, Santiago (13.11.1965), p.4.
Pero una segunda mirada descubre una imagen que suele permanecer escondida (porque el hombre necesita sueños y mitos para sobrellevar su vida cotidiana): que la infancia no es sólo el dominio de la pureza, sino que también allí los ángeles de las tinieblas extienden sus alas. Se ha dicho que la maldad está incluso en el átomo. Y uno de los testimonios que iluminan más claramente esta zona secreta infantil es un libro que termino de releer en una nueva edición española: Un ciclón en Jamaica, de Richard Hughes, especie de cuento de hadas, de terror, narrado por este extraño autor que en este mundo de la prisa demora veinte años en escribir una novela. Una novela en la que unos niños del siglo pasado, enviados en un velero de Jamaica a Inglaterra, sienten más pensar por la suerte de un gato favorito que por la separación de sus padres, y que –raptados por unos piratas pasan a transformarse en dueños del barco, hasta que al fin una niña del grupo comete un crimen por el cual ahorcan a los inocentes lobos de mar. Porque los adultos no comprenden a los niños, están separados de ellos por murallas de vidrio. El código de los mayores resulta incomprensible para los infantes. Ellos se someten a su propio código, secreto y despiadado, creado por sus coetáneos provistos de fuerza o de astucia, al que deben someterse los débiles y los tímidos. Todos hemos conocido en el colegio a esas víctimas condenadas a quedar solas en la sala de clase o a arrinconarse medrosas en un ángulo del patio durante los recreos: no
sólo los tímidos, los humildes, los débiles, sino los lisiados, los poseedores de cualquier defecto físico.
Es por eso que siempre hemos considerado con escepticismo los esfuerzos de los pedagogos que luchan por proscribir los elementos de violencia o terror en los cuentos para niños, reemplazándolos por cuentos blancos que no son tan apetecidos, porque –claro está– no tocan los más oscuros sentimientos de los niños, los más profundos también. Difícil será, asimismo, que toda campaña pacifista imaginable pueda suprimir el amor infantil por la fanfarria, los uniformes, las armas.
Sí, es preciso dudar ante la tentación de reconstruir o regresar al placentero reino de la infancia. También hay en él zonas negras, pantanos en donde no nos gustaría sumergirnos. De ellos hay buenos descriptores literarios. No está sólo, por cierto, Richard Hughes con su Ciclón en Jamaica. Para terminar este artículo con la seriedad que se le exige en nuestro acucioso medio a un investigador de la ya mentada "zona negra de la infancia", entrego una breve bibliografía del tema: El Señor de las Moscas, de Golding, con los correctos escolares ingleses que en una isla desierta vuelven al salvajismo (reverso del idilio de Dos años de vacaciones, de Julio Verne); Ray Bradbury con sus niños que crean leones que devoran en la TV a sus padres o se alían con los invasores de otros mundos; Vargas Llosa y el mundo concentracionario de La Ciudad y los Perros, naturalmente Jean Cocteau y Saki, y para finalizar, Leonora Carrington, la hechicera cuyos prohibidos sueños de Conejos Blancos nos entregara Braulio Arenas en una de sus casi secretas ediciones de hace algunos años.
Jorge Teillier
En Las Últimas Noticias, Santiago (13.11.1965), p.4.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Cuando yo no era poeta

Cuando yo no era poeta
por broma dije era poeta
aunque no había escrito un solo verso
pero admiraba el sombrero alón del poeta del pueblo.
Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Me preguntó si yo era poeta.
Ella tenía catorce años.
La primera vez que hablé con ella
llevaba un ramo de ilusiones.
La segunda vez una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor
y le pregunté el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme
ni tampoco mi profesora de botánica.
Ella había traducido para mí poemas de Christian Morgenstern.
A mí no se me ocurrió darle nada a cambio.
La vida era para mí muy dura.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.
Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.
Cuando salí la encontré en la plaza y no me saludó.
Yo volví a mi casa y escribí mi primer poema.
* Poema publicado en EL MOLINO Y LA HIGUERA, el año 1993.
por broma dije era poeta
aunque no había escrito un solo verso
pero admiraba el sombrero alón del poeta del pueblo.
Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Me preguntó si yo era poeta.
Ella tenía catorce años.
La primera vez que hablé con ella
llevaba un ramo de ilusiones.
La segunda vez una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor
y le pregunté el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme
ni tampoco mi profesora de botánica.
Ella había traducido para mí poemas de Christian Morgenstern.
A mí no se me ocurrió darle nada a cambio.
La vida era para mí muy dura.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.
Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.
Cuando salí la encontré en la plaza y no me saludó.
Yo volví a mi casa y escribí mi primer poema.
* Poema publicado en EL MOLINO Y LA HIGUERA, el año 1993.
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