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jueves, 24 de noviembre de 2011

La flauta espinazo


 II
El cielo,
olvidando su azul entre los humos,
las nubes, prófugas en jirones,
amanecen en mi último amor,
animado como el carmín de un tísico.
Gustoso cubriré el rugido
de la multitud,
olvidados hogar y bienestar.
¡Escuchad!
¡Salid de las trincheras!
ya seguiréis luchando.
Aun si
revolcándose en sangre, como un Baco,
cunde la batalla ebria,
aun entonces no están gastadas las palabras del amor.
¡Queridos alemanes!
Yo sé
que está en vuestros labios
la Gretchen de Goethe.
El francés
sonriendo muere en la bayoneta,
el aviador también sonríe y se desploma
si recuerdan
en el beso la boca
tuya, Traviata.
Mas no estoy para esa pulpa de rosas
que siglos han mascado.
¡Hoy, caer a nuevos pies!
A ti te canto,
pintada,
pelirroja.
Tal vez de estos días,
dolorosos, filo de bayoneta,
cuando a los siglos les blanqueen las barbas,
sólo quedaremos
y yo,
lanzado tras de ti de ciudad en ciudad.

 Entregada más allá del mar,
oculta en la madriguera de la noche,
entre las nieblas de Londres
te buscaré con labios lucientes de faroles.
En el ardor del desierto,
donde acechan leones extenderás caravanas
y tú,
bajo el polvo que levanta el viento
sentirás mi quemante mejilla de Sahara.
Sonriendo
mirarás:
-¡Qué gran torero!
Y yo de pronto
alzaré mis celos hasta el palco
desde el ojo moribundo del toro.
Si te lleva al puente tu paso perdido
y piensas
que el río es hermoso,
yo,
Sena colmado debajo del puente,
llamaré
con una mueca de dientes cariados.
Yendo con otro encienden los caballos
la Strelka, el Sokol'niki:
yo, desde arriba,
como la luna impero, esperando y desnudo.
Soy fuerte;
me necesitan
para mandarme:
-¡Muere en la guerra!
Lo último será
tu nombre
cuajado en el labio deshecho por la bala.
¿Acabaré en un trono?
¿Santa Elena?
Montando las oleadas de la vida en tormenta
voy, igual aspirante
al dominio del mundo
y
al grillete.
Me tocará ser zar:
tu perfil
en el oro solar de las monedas
ordenaré a mi pueblo:
-¡Estampadlo!

Pero allá,
donde el mundo se disuelve en tundra,
donde con el viento norte trafica el río,
en la cadena rasguñaré un nombre: ¡Lilia!
para besarlo en la tiniebla del forzado.
¡Escuchen pues, los que olvidan que el cielo es azul,
erizados
como fieras!
Éste, acaso,
es el amor último del mundo,
amaneciendo como el carmín de un tísico.

Vladímir Mayakovski

miércoles, 3 de agosto de 2011

La Flauta Espinazo


I
 
Estrujo apresurado verstas de calles.
¿Adónde ir, consumiendo este infierno?
¿Qué celeste Hoffmann
te inventó, maldita?
A la borrasca del gozo las calles son estrechas.
Del día festivo salen y salen, acicalados todos.
Yo pienso.
Pensamientos, coágulos,
malsanos, espesos, me escurren del cráneo.
Yo,
prodigioso de todo lo festivo,
yo no tengo con quien ir a celebrar.
Ahora mismo me caeré de espaldas,
me saltarán los sesos en las piedras del Nevski.
He blasfemado, sí,
voceado que no hay Dios;
pero Dios, de las honduras infernales sacó a una,
ante quien la montaña se echa a temblar, vacila;
ordenó:
¡Quiérela!
Dios está contento.
Bajo el cielo, en un candil,
un hombre agotado se hizo fiera, se apaga.
Dios se frota las manos.
Piensa Dios:
-¡Espera, VIadímir!
A él, sí, a él,
para que no adivinase quién eras,
se le ocurrió darte marido de verdad
y en el piano poner humanas notas.
Si alguien se deslizara de pronto a la puerta de la alcoba,
si hiciera el signo de la cruz sobre la colcha y tú y él,
lo sé:
olería a lana quemada,
como azufre humearía la carne del diablo.
Pero en vez de eso, hasta que fue mañana,
de horror, que te llevaban a quererte,
anduve errante,
y gritos en líneas tallaba,
 joyero loco a medias ya.

¡Jugar con los naipes!
¡Con vino
enjuagarte el gaznate al corazón devuelto en un suspiro!
¡No me haces falta!
¡No quiero!
Da igual;
que pronto me iré al carajo.
Si es verdad que existes tú,
Dios,
Dios mío;
si la alfombra de estrellas por ti fue tejida;
si este dolor
multiplicado cada día
es la tortura que mandas, Señor,
cuélgate la cadena de juez.
Espera mi visita.
Soy puntual,
no tardo nada.
¡Escucha,
supremo inquisidor!
Me sellaré la boca;
ni un grito escapará de mis labios deshechos con los dientes.
Átame a cometas como a colas caballunas,
y que me arrastren
desgarrándome en dientes de estrellas.
O sí no, esto:
cuando mi alma se vaya
y llegue al juicio tuyo,
frunciendo el entrecejo,
alza la Vía Láctea como una horca,
préndeme y cuélgame: delincuente.
Haz lo que quieras.
Si quieres, descuartízame.
Yo mismo a ti, justiciero, las manos te lavaré.
Pero
-¿me oyes?-
¡llévate a la maldita esa
que has hecho mi amada!

Estrujo apresurado verstas de calles.
¿Adónde ir, consumiendo este infierno?
¿Qué celeste Hoffmann
te inventó, maldita?.

de La flauta espinazo y otros poemas
Vladimir Maiakovski