domingo, 11 de septiembre de 2011

Hambre (Fragmento)


Al día siguiente, me desperté sudoroso con todo el cuerpo mojado; presa de violenta fiebre. Al pronto, no tuve clara conciencia de lo que me había ocurrido; miré en torno a mí con extrañeza, me sentí completa­mente transformado, no me reconocí a mí mismo. Tocaba mis brazos y mis piernas, me quedé estupe­facto al ver la ventana en aquella pared y no en la otra; oí el piafar de los caballos en el patio como si proce­diera de arriba. Realmente, estaba enfermo.
Mis cabellos, mojados y fríos, me caían por la frente; me levanté, apoyándome en un codo y miré la almohada; también en ella había muchos cabellos mojados. Durante la noche, se me habían  hinchado los pies dentro de los zapatos, pero no me dolían; sólo no podía mover los dedos.
Como decaía el día y empezaba a menguar la cla­ridad, me levanté y empecé a andar por la habitación. Intenté andar a pasos pequeños, cuidando de guardar el equilibrio separando mis pies lo más posible. No sufría mucho y no lloraba, ni, a pesar de todo, estaba triste; por el contrario, me sentía maravillosamente satisfecho; en aquel momento no se me ocurría que nada pudiera ser distinto de lo que era.
Después salí.
Lo único que me molestaba un poco era, a pesar de mi repugnancia por la comida, el hambre que tenía. Comencé a sentir de nuevo un apetito escandaloso, un profundo y feroz deseo de comer, que aumentaba sin cesar. Me roía implacablemente el estómago, donde se realizaba un trabajo silencioso, extraño. Me parecía llevar en él una veintena de gusanos que volvían la cabeza a un lado y roían un poco, volvían la cabeza al otro lado y roían otro poco, permanecían un instante tranquilos, volvían a su trabajo y se abrían un camino sin ruido y sin prisa, dejando espacios vacíos por donde pasaban...
No estaba enfermo, sino agotado, y comencé a trans­pirar. Me dirigía al Gran Mercado, a descansar un poco; pero el camino era largo y difícil. Por fin llegué a una esquina de la plaza y de la calle del Mercado. El sudor me corría por los ojos empañando mis gafas, segándome. Detuve mis pasos para enjuagarme un poco. No sabía a punto fijo dónde me hallaba, ni pensaba en nada; a mi alrededor había un alboroto espantoso.
De pronto, suena un grito a mi lado, una adver­tencia fría, cortante. Oigo el aviso, adivino su signifi­cado; nerviosamente doy un salto de costado, un paso, tan rápido como lo permiten mis flacas piernas. Un monstruo, que no es más que el carro de un pana­dero, pasa a mi lado, y su rueda roza mi americana; si me hubiera apresurado más, habría salido completa­mente indemne. Hubiera podido ir más listo, hacien­do un poco de esfuerzo; ya no había remedio; sentí dolor en uno de mis pies, como si me rompieran los dedos; por decirlo así, los sentí apretados dentro del zapato.
El panadero detuvo a los caballos con todas sus fuerzas y se volvió en su asiento, preguntando ate­rrado qué me ha sucedido. ¡Oh! Podía haber sido algo peor... Aquello no era grave..., no creía haberme roto nada... ¡Oh! Por favor.
Me arrastré hasta un banco como pude. El grupo de curiosos que me rodeó, manteniendo la vista fija en mí, me desconcertaba. Realmente, no era un golpe mortal; dentro de todo estuve de suerte, ya que era necesario que ocurriese la desgracia. Lo peor era que mi zapato se había estropeado, tenía la suela comple­tamente arrancada. Levanté el pie, y vi sangre por la hendidura. ¡Bah! Nadie tenía la culpa de aquello; el hombre no se había propuesto agravar mi triste estado; se le veía muy apesadumbrado. Hasta creo que me habría dado uno de los panecillos que llevaba en el carro si se lo hubiera pedido. De seguro me lo hubiera dado con alegría. ¡Que Dios le conceda la dicha en recompensa, adonde quiera que vaya!
Tenía un hambre cruel, y no sabía cómo poner tér­mino a mi feroz apetito. Me senté de un lado y luego del otro, en el banco, y apoyé el pecho en las rodillas. Cuando oscureció, me arrastré hacia el Depósito.
Dios sabe cómo llegué hasta allí... y me senté en la esquina de la balaustrada. Arranqué uno de los bolsillos de mi americana, y empecé a masticarlo -sin ninguna idea fija, desde luego- con aspecto sombrío, con la mirada fija ante mí, sin ver; aparte esto, no advertía nada.
De repente se me ocurrió bajar a los puestos del Mercado de la Carne, que estaba cerca, para procu­rarme un pedazo de carne cruda. Me levanté, salvé la balaustrada, fui hasta el otro extremo del tejado del Mercado y bajé al nivel de los mostradores, grité al pie de la escalera, haciendo un ademán de amenaza, como si hablara con un perro que se quedaba arriba, detrás de mí. Descaradamente me dirigí al primer depen­diente que encontré.
Tenga usted la amabilidad de darme un hueso para mi perro -dije-. Nada más que un hueso, aunque esté bien pelado; es sólo para que tenga algo que llevarse a la boca.
Me dio un hueso, un magnífico hueso, al que se adhería algo de carne, y me lo guardé en el bolsillo. Di las gracias al hombre tan calurosamente, que me miró asombrado.
-No hay de qué -me dijo.
-No diga usted eso -balbucí-; es usted muy amable.
Subí. Mi corazón latía con fuerza.
Me metí en el callejón de los Herreros, tan lejos como pude ocultarme, y me detuve ante la puerta car­comida de un patio sin luz. Completa oscuridad rei­naba a mí alrededor; empecé a morder la carne del hueso.
No era agradable, despedía un nauseabundo olor de sangre vieja, y me dio vómito en seguida. Hice una nueva tentativa. Si pudiera retener un trocito de carne, produciría su efecto. Probé de nuevo, pero me dieron bascas. Me enfurecí, mordí violentamente la carne, arranqué un pedacito y lo tragué a la fuerza. De nada me sirvió. Tan pronto los pedazos se calentaban en mi estómago, ascendían. Apreté locamente los puños, lloré de desesperación, y mordí como un poseído; tanto lloré, que el hueso se mojó de lágrimas; vomité, juré y mordí cada vez más fuerte; oré como si mi corazón fuera a romperse, y vomité otra vez. En voz alta amenacé a todas las potencias del mundo con las penas del infierno.
Silencio. Ni un ser humano en las cercanías, ni una luz, ni un ruido. Llego al colmo de la sobreexcitación, respiro pesada y ruidosamente, lloro y rechino los dientes cada vez que tengo que devolver los trozos de carne que quizá me hubieran reanimado un poco. No consiguiendo nada, a pesar de todas mis tentativas, arrojo el hueso contra la puerta. Lleno del más impo­tente odio, transportado de furor, dirijo violentamente al cielo peticiones y amenazas.
Nadie me contesta.

Knut Hamsun