martes, 10 de abril de 2012

Helena


Avanza ella en mí por las vías sin luz
Y el día lechoso se derrama de pronto
Su mano sutil enciende cada instante la varita escondida
Ah que yo amo a esta mujer y que el mundo es opaco
La verdad de las cosas crepita bajo las apariencias
Y pues el alma está tan lejos tapiada, se diría igual
Que las aguas secretas forjan dentro nuestro silencio
Ella avanza en mí yo en ella a saltos
Por herida por gozo por pulsación del aire
Por redoble de raíces por danza de las hojas
Pero es plena de espejos nuestra hondura
Es domesticación de nuestra hondura que no cede
ella avanza en mí herida yo en ella sin cabeza
yo en ella sin ojos sin rostro sin manos
habitamos el uno y el otro sin razón
Desnudos sin colores al término del viaje.

Pierre Morency

Camino al mar


Saltamos unos a otros, se volvió y se detuvo durante media hora,
luego se fue a su manera, 
Yo no hacía reír a otras mujeres,  
Pero ningún hombre puede mover mis montañas en un día. 
esto es algo muy difícil de  hacer.
Primero quiero tu vida: “ antes de que muera quiero ver 
el mundo que está detrás de la confusión de sus ojos, 
no hay nada lozano  o verde que descubrir, puede ser, 
sin embargo,  en los campos de color marrón se encuentre 
un temible flor violeta: ¿no hay algo en el cielo gris y en el mar gris? 
Yo quiero  el mundo que está  detrás de tus ojos, 
quiero tu vida y no me la darás.”
Ahora, si me veo, te veo caminando por los años,
los jóvenes, a través de los campos de agosto,
 un rostro, un pensamiento, un sueño oscilando sobre  un pistilo, 
me hubiera gustado (¡tan  mierda que somos!) enseñar las lágrimas 
pero lo más que han hecho es sonreír. 
Hoy no es suficiente, o ayer: Dios lo ve todo - 
La duración del sol en el césped, las noches lluviosas de vigilia - me dicen -
(cuán fútil de ordenar), pero no es una pregunta -es sólo una llamada -
Muéstrame entonces, sólo las cortaduras trepando por la pared del jardín, 
que gustan más cuando eran  pequeñas.
¿Es una tontería decir que no ha  pasado con ustedes ni un día? 
No importa, nunca se tocan.

Charlotte Mew

La máquina nocturna


Lentamente la noche se va cargando de luz en la ciudad.
Los botones de las estrellas titilan
y en la pantalla de la luna se ven las primeras imágenes.
Oh, me balanceo como en un vapor,
un pesado tren expreso a través de la oscuridad,
vuelo alto en la máquina nocturna.
Nubes de vapor de sueños
susurran blancamente a la tierra.
La máquina nocturna trabaja y absorbe las almas de la gente.
La oscuridad se llena de un runrún de energía…
Asisto a un concierto en la Máquina de Rock.
Los supervivientes de la semana se apretujan en torno al pequeño escenario
el aire arde de música.
Estamos en trance y con ganas
trascendiendo
las fronteras entre los sexos,
entre dimensiones de realidad,
danzando en formaciones en trance
en algún lugar de la ciudad dormida.
Somos niños angélicos perdidos
con alas de canción de futuro,
con el niño en la sangre y en el morro el pitillo.
Tenemos piel del sueño más frágil
y corazones que resplandecen más que el neón.
Estamos minusválidos por el brutal sonido del día,
sangrante nieve rosada,
clavados por los titulares de los periódicos.
Somos una parte de la Máquina nocturna
transformamos angustia en amistad.
Llevamos nuestros cerebros con orgullo
intercambiamos sueños y cigarrillos,
nos llenamos de embriaguez y música
cambiamos de sexo y máscaras
Luego nos vamos a casa cada uno por su lado
atravesando la Máquina nocturna con nuevas identidades
siguiendo rutas fijadas públicamente.
Nos caen negros pedazos de sueño
del cielo de petróleo en los ojos.
Nos dormimos como organismos unicelulares
de cuando la tierra era mar.                                                                   

1981
Michael Strunge

Los canallas (Capítulo 6)


Cuando todo terminó, Jimbo tuvo la impresión de que la entrevista se había desarrollado dentro de sus previsiones, después de que les aclarara un par de cosillas.  El fiscal del estado de Michigan, Richard Corneale, participaba de la reunión, para evitar que Jimbo tuviera que declarar dos veces. También estaba el fiscal federal, John R. Drumwald, el dueño y señor, el que dirigía el espectáculo, a quien asistían dos lameculos a los que llamaba sus asesores. Jimbo, el centro de atención, se sentó en una cómoda silla de cuero, frente a la cual había una mesa con una grabadora y, a pocos metros, una estenógrafa con el pelo canoso matizado de azul. No dejaban nada al azar.
El salón era gigantesco, por cierto; el más grande que Jimbo había visto, con excepción  de algún almacén.  El techo tendría unos seis metros de alto, como mínimo, y las paredes estaban recubiertas de paneles de madera de cabo a rabo. Un escritorio monumental se apoyaba contra la pared, cerca de la ventana, para que Drumwald pudiese apoyar sus pies encima y contemplar el horizonte de rascacielos. Por lo que vio sobre el escritorio, no tenía
nada más que hacer: a excepción de un teléfono, estaba limpio. Corneale estaba sentado en algo parecido a las sillas tapizadas que se ven en las funerarias. El gran boss y sus asesores daban vueltas, se paseaban por la sala, y le hacían preguntas a bocajarro, que quedaban debidamente registradas, tanto por la grabadora como por la vieja funcionaria.
De vez en cuando, los tres se retiraban a un rincón para cotorrear, hablando con rápidos
susurros que Jimbo lograba oír, pero no entender.   Su primer problema fue que los tipos no querían oír nada sustancioso. Insistió en darles elementos para que comprendieran cómo funciona la mente criminal, pero lo único que les preocupaba era la legalidad de su trabajo. Habría preferido que fuera Chris Haney quien se hiciera cargo del interrogatorio. Chris le habría preguntado «¿Has cometido algún delito durante tu investigación?», a lo que Jimbo habría levantado una ceja, se habría encogido un poco de hombros y le habría contestado «Bueno, solo los imprescindibles, hay que ganarse la confianza de esos, ya sabes». Y luego le habría sonreído, a la espera de ver cómo se las apañaba Chris con aquella patata caliente.
 Pero no podía hacer eso con aquellos tipos. Lo mirarían raro y le dirían que contestara a las preguntas con frases cortas y claras. Sin adornos retóricos. Y así lo 1o había hecho, aunque tentado estuvo de mandarlos a la mierda. Sólo una vez se soltó de la lengua, cuando Drumwald se acarició el bigote y le preguntó si alguna vez había mantenido relaciones sexuales con alguna de las prostitutas de los gánsteres.
 –¿Qué entiende usted por relaciones sexuales?
 Corneale sofocó una carcajada, pero Drumwald se abalanzó sobre la grabadora y
la paró. Después, le dijo a la estenógrafa que eliminara el comentario. Se volvió hacia
Jimbo con el rostro rojo y descompuesto de ira.
 –¿Entiende el alcance de su investigación, detective Marino?
 –No se imagina lo jodidamente bien que entiendo el alcance de la investigación.
Era mi puto culo el que exponía. 
–Es una orden, Marino, escuche con atención. No debe responder a ninguna
pregunta con fanfarronadas ni volver a usar palabras malsonantes en esta sala. ¿Me ha entendido, Marino?
 –Detective sargento Marino, señor –contestó Jimbo. Y agregó–: Y quiero decirle algo. No tiene por qué meter las narices en mi vida sexual. Estoy aquí para dar cuenta
de mi trabajo. Si quiere ponérmelo difícil, me iré de paseo con el señor Corneale hasta el Ayuntamiento, le contaré todo a él, y usted tendrá que presentarse ante el Gran Jurado sin información.
 Volvió a sentarse en su silla de cuero y miró con rabia a los tres hombres  vestidos con sus ternos de Brooks Brothers, cuyos rostros estaban lívidos. Los tres se apiñaron para otra jadeante conferencia y Jimbo miró a Corneale, que hizo algo sorprendente. Le guiñó un ojo.
 Por fin, Drumwald volvió a la escena, paseándose de un extremo a otro por delante de la silla de Jimbo. 
 –Detective sargento Marino, cada pregunta que le hacemos está destinada a protegerlo a usted tanto como a nosotros. Los abogados defensores, en especial los abogados defensores que Barboza se puede pagar, no se detendrán ante nada si pueden difamarnos. Debemos saberlo todo. ¿Lo ha entendido?
 –Sí, señor.
 Drumwald se distendió un poco. Ya eran colegas. 
 –Después de todo, estamos del mismo lado.
 Jimbo tenía en la punta de la lengua la respuesta: «¡Qué coño vamos a estar del mismo lado!». Pero los fiscales federales tenían la mala costumbre de presentarse para gobernadores.
 –Sí, señor.
 Drumwald puso en marcha la grabadora.
 –Detective sargento Marino, durante el transcurso de sus investigaciones, ¿en algún momento mantuvo relaciones sexuales con las prostitutas de los gánsteres?
 –No, señor –respondió Jimbo, con la sensación haberse follado a sí mismo en ese instante.
 Respondió a las preguntas durante toda la mañana, relató con precisión los crímenes e insistió en la legalidad de los aparatos de escucha preparados por Gizmo, instalados con órdenes judiciales firmadas por el juez Chris Haney. Contestó a las preguntas que le hacían y dejó fuera todo la sustancia. Todos los descubrimientos de interés.
 Como cuando Barboza salía de copas con sus putas finas cubiertas de brillantes pagados por él, a las que les aguantaba todas las tonterías. Para luego volver a casa y tratar a su mujer peor que a un animal.
 O cuando tenía que escuchar veinte veces seguidas I Left My Heart in San Francisco en versión de Tony Bennett. Los gánsteres les daban monedas a sus amiguitas para que alimentaran la gramola y les decían que pasaran la misma canción una y otra vez. Siempre Sinatra o Bennett, a veces Louis Prima o Keely Smith.  O la noche en que Barboza, para tener contenta a una de sus putitas, le pidió que bailara con ella. Y cuando luego Jimbo la llevó de vuelta a la mesa, y le preguntó a Barboza por qué no había salido él a la pista y Barboza robó sin vergüenza una frase de Frank Costello: «Los hombres duros no bailan». Jimbo entonces se rió, el tipo era demasiado transparente. Y después le contó que James Cagney y George Raft eran capaces de gastar una buena alfombra. O Ray Danton. Barboza lo miró extrañado y le preguntó: «¿Ray qué?».
Mientras testificaba con soltura, casi de carrerrilla, pensaba en todo eso y se impacientaba por contar lo sustancial a alguien. A Chris, a Gizmo, incluso a Lettierri, si le mejoraba el humor y salía a tomar un par de copas con él, como acostumbraban a hacer antes. Antes de que Lettierri se volviera tan estrecho.
 No hubo recesos hasta el mediodía; hasta que los tres abogados estiraron los brazos sonriendo: un trabajo bien hecho, el de esa mañana. Con la grabadora apagada y la dama del estenógrafo en la puerta, yéndose a tomar su almuerzo, Drumwald dijo lo que provocó la segunda disputa del día.
 –Por supuesto, Marino, le pondremos agentes del servicio de seguridad para su
protección.
 Pero esa vez fue Jimbo quien ganó la discusión.
 Le dijeron que estuviera de vuelta a las dos en punto. Jimbo sintió cierta admiración por unos tipos que se tomaban dos horas para almorzar. ¡Joder!, cuando patrullaba las calles, se consideraba afortunado si podía comer una salchicha en el coche mientras vigilaba a algún descarriado. Se subió al ltd y condujo directamente hasta Morrie Mages Sports, entró, eligió lo que necesitaba y pagó con su visa. Guardó los paquetes en el maletero y después se comió un bocata de ternera empanada acompañado de coca-cola y patatas fritas en Tomanuchi’s.
 Se había habituado a vivir como ellos: dormía hasta que le daba la gana, pasaba la noche fuera, descansaba la mayor parte del día. Entró en un Walgreen’s y compró un paquete de No-Doz, esas píldoras que te despiertan. Habría preferido atiborrarse de cafeína con café de verdad, pero ya había irritado bastante a los poderosos y no quería pasarse la tarde yendo a los retretes. Aparcó y entró en el Edificio Federal, le compró el periódico a una ciega que tenía la concesión del kiosco, preguntándose cómo coño hacía para distinguir el valor del billete que uno le entregaba. Sin vacilar, ella le dio los setenta y cinco centavos de cambio. Asombroso. Subió en el ascensor hasta las oficinas del fiscal federal y se tragó, sin agua, tres pastillas de No-Doz. Se sentó en la silla que tenía asignada y empezó a leer el periódico. Buscó entre las noticias la que daría cuenta de los arrestos de la última noche en la obra en construcción de Beglund, pero no encontró nada. Era obvio que había ocurrido demasiado tarde para entrar en los titulares de la primera edición.
 A las dos menos diez, entró Corneale, sonriente, frotándose las manos, y le lanzó otro guiño. Jimbo asintió, cortés. Los fiscales estatales tenían la mala costumbre de hacerse alcaldes. Y los alcaldes dirigían los departamentos de policía.
 –Me gusta su estilo –dijo Corneale.
 –Gracias –contestó Jimbo.
 A Corneale le impresionaba que, antes del almuerzo, Jimbo hubiera acoquinado al político más influyente y poderoso del distrito. Pocos lo habían logrado antes y, menos, un poli.
 –Ya era hora de que alguien pusiera en su lugar a ese cretino que va de sobrado.
 Jimbo se inclinó hacia adelante en su silla hasta que escasos centímetros
separaron su cara de la de Corneale.
 –Señor Corneale…
 Y el tío volvió a sorprenderlo:
 –Llámeme Richie.
 –Richie. Oiga, en esta sala podría haber micrófonos.
 Corneale lo miró con extrañeza.
 –¡Qué dice! ¿No está usted un poco paranoico?
La sesión de la tarde fue breve y más política. De entrada, lo único que les interesaba era la validez de las órdenes judiciales. Jimbo repetía una y otra vez que el juez Chris Haney había estudiado personalmente cada una de las peticiones, las había aprobado, y ratificado la orden. Luego, se centraron en cómo Jimbo había logrado contactar con el hampa.  Todo había empezado –les contó– con Franchetti, un gánster que quiso
abuenarse con Dios en su lecho de muerte mientras le aplicaban la extremaunción. Con
su último aliento, le susurró a Barboza: «Jimbo es como un hijo para mí». 
 Drumwald asintió y aceptó la versión. Se podía sostener porque Franchetti era cadáver. Nadie podía ponerle pegas ni hacerle preguntas aunque hubiera cintas grabado el acontecimiento. Sólo él y Lettierri sabían lo que había pasado, y ninguno de los dos pensaba decir esta boca es mía.
 Fueron a ver a Franchetti con suficientes pruebas como para condenar al único hijo de Vinnie y dejarlo fuera de juego al menos quince años. Le preguntaron si quería que el chico se pudriera en la cárcel mientras su mujer y sus nietos se veían obligados a recurrir a los subsidios de la seguridad social. El único hijo, el que se haría cargo del negocio de la familia y aseguraría que la viuda de Vinnie pasara tranquila sus últimos años. Vinnie no había cedido ante incalculables argumentos; el viejo quería estirar la pata tan desalmado como había vivido, pero Jimbo y Lettierri por fin lo acorralaron y la presentación se hizo escasas semanas antes de que el viejo tuviera que rendir cuentas con su hacedor.
 Nada de todo esto se le podía escapar a Jimbo en la sala. Se lo podía contar a Chris, o a Gizmo. Pero los calzonazos que tenía delante no apreciarían la belleza de la historia. Eran miopes.
 Drumwald, de golpe, con la grabadora en marcha y la estenógrafa picoteando las teclas, le preguntó si por alguna razón creía que la investigación se había puesto en marcha como consecuencia de una estratagema política de la alcaldesa.  Jimbo casi se cae de la silla. Vio que Llámeme Richie Corneale se sobresaltaba y que la barbilla se le hundía en el pecho. Era demasiado, aun para los que estaban al corriente del odio amargo que se profesaban la alcaldesa y Drumwald. Jimbo le contestó que, en su opinión, la investigación se había iniciado solo para dejar fuera de juego a una piara de cerdos que hacía su agosto con el crimen. Había desprecio en su voz, el resentimiento de quien se siente utilizado como una herramienta política para sacarle punta a la carrera de algún gilipollas ambicioso.
 –Eso es todo, detective Marino –concluyó Drumwald.
 Jimbo miró el reloj: eran las dos y veintitrés minutos. ¿Veintitrés minutos para la
sesión de la tarde? De pronto, tuvo conciencia de que algo andaba mal, espantosamente
mal.
 Condujo hacia la central de policía, en 11 y State, preguntándose por qué coño se habían tomado dos horas para almorzar para después volver a trabajar menos de media hora. Algo apestaba, pero no tenía tiempo de pensar en eso. Oficialmente, no volvería a su trabajo hasta después de testificar ante el Gran Jurado, y faltaba casi una semana para el próximo lunes. Pero tenía que ir a la oficina, tenía que ponerse al corriente de los arrestos de la noche anterior. Su corona de gloria. 

Eugene Izzi

Poema de Beirut


Manzana del mar, narciso de mármol,
mariposa de piedra, Beirut, imagen del alma en el espejo.
Descripción de la primera mujer, perfume de nubes.
Beirut, de fatiga y oro, de Alandalús y Damasco.
Plata, espuma, mandamientos de la tierra en plumas de palomas.
Muerte de una espiga, exilio de una estrella entre mi amada y yo, Beirut.
Jamás he oído a mi sangre pronunciar el nombre de una amante que duerme en mi sangre... duerme...

De una lluvia sobre el mar aprendimos el nombre. Y del sabor del otoño y
las naranjas de los que llegan del Sur, como nuestros antepasados,
venimos a Beirut para venir a Beirut...
De lluvia, hemos construido nuestra choza. El viento no corre y
nosotros tampoco. Cual clavo hincado en
la arcilla, el viento cava nuestro refugio y dormimos como hormigas en sus hormigueros.
Cantamos en secreto:

                                                  Beirut es nuestra jaima.
                                                  Beirut es nuestra estrella.

Estamos prisioneros en este tiempo lánguido.
Los invasores nos entregaron a nuestra gente
y apenas habíamos mordido la tierra cuando nuestro protector se abatió
sobre las bodas y el recuerdo. Y repartimos nuestras canciones entre los guardias.
De un rey en el trono
a un rey en un féretro.
Prisioneros en este tiempo lánguido,
no hemos hallado, casi definitivamente, más que nuestra sangre,
no hemos hallado lo que hace al sultán popular
ni al carcelero afable,
no hemos hallado nada que muestre nuestra identidad,
excepto nuestra sangre escalando los muros...
Cantamos en secreto:

                                                   Beirut es nuestra jaima.
                                                   Beirut es nuestra estrella.

Ventana abierta al plomo del mar,
una calle y una moaxaja nos roban.
Beirut es la imagen de la sombra.
Más bella que su poema, más sencilla que la charla.
Nos seduce con mil comienzos abiertos y alfabetos nuevos.

                                                   Beirut es nuestra única jaima.
                                                   Beirut es nuestra única estrella.

¿Nos hemos tendido en sus sauces para medir unos cuerpos que el mar ha borrado de nuestros cuerpos?
De nuestros primeros nombres hemos venido a Beirut
buscando los confines del Sur y un recipiente para el corazón
derretido...
¿Nos hemos tendido en las ruinas para pesar el Norte con la medida de las cadenas?
La sombra se ha inclinado hacia mí, me ha roto y me ha dispersado.
La sombra se prolonga...
Que los árboles que viajan de noche nos lleven de noche por el cuello
cual racimo de muertos abatidos sin razón...
Hemos venido de un país privado de su país,
de la mano del árabe literal y de una fatiga...
cual ruinas de esta tierra que se extiende del palacio del emir a nuestras celdas
y de nuestros primeros sueños a... leña.
Danos un muro para que podamos gritar: ¡Beirut!
Danos un muro para que podamos ver un horizonte y una ventana de llamas.
Danos un muro para que colguemos Sodoma,
dividida en veinte reinos
para vender petróleo... y árabes.
Danos un muro
para gritar en la península de Arabia:

                                                   Beirut es nuestra última jaima.
                                                   Beirut es nuestra última estrella.

Un horizonte emplomado se ha esparcido por el horizonte.
Senderos de conchas huecas... no caminos.
Del océano al infierno,
del infierno al Golfo,
de la derecha a la derecha y al centro
no he visto más que un patíbulo
con una cuerda
para dos millones de cuellos.
(…)

1984  
Mahmud Darwish
Traducción de María Luisa Prieto

miércoles, 4 de abril de 2012

Condenado a muerte [Fragmento]

Sobre mi pescuezo sin armadura y sin odio, mi pescuezo
Que mi mano más ligera y grave que una viuda
Acaricia bajo mi collar, sin que tu corazón se conmueva,
Deja a tus dientes depositar su sonrisa de lobo.

Oh ven mi bello sol, oh ven mi noche de España,
Alcanza mis ojos que mañana habrán muerto.
Alcanza, abre mi puerta, entrégame tu mano,
Llévame lejos de aquí hasta alcanzar nuestro campo.

Pueden despertar el cielo, florecer las estrellas,
No las flores suspirar, ni de los prados la hierba negra
Acoger el rocío donde la mañana va a beber,
La campana puede sonar: sólo yo voy a morir.

¡Oh ven mi cielo rosa, oh mi canasta rubia!
Visita en esta noche a tu condenado a muerte.
Arráncate la carne, mata, trepa, muerde,
¡Pero ven! Deposita tu mejilla junto a mi redonda cabeza.

No hemos acabado aún de hablarnos de amor.
No hemos acabado aún de fumar nuestros Gitanes.
Podemos preguntarnos por qué las Cortes condenan
A un asesino tan bello que hace el día palidecer.

¡Amor ven a mi boca! ¡Amor abre tus puertas!
Atraviesa los pasillos, baja, camina ligero,
Vuela en las escaleras más ágil que un pastor,
Más propicio al aire que un vuelo de hojas muertas.

Oh atraviesa los muros; si hace falta camina en el borde
De los techos, de los océanos; cúbrete de luz,
Usa la amenaza, usa la plegaria,
Pero ven, oh mi fragata, una hora antes de mi muerte.

Jean Genet

Evocación de Plenilunio

Las rutas vueltas a cruzar, el jardín esmaltado por las olaspájaros, el cielo apresado en la copa ¿no bastarían a formar tu país, sus calles de misterio que bajan hasta una dársena silenciosa?
    He aquí tu juego ganado a lo desconocido, tu posesión del azar.
    ¿Acaso todo ello no te haría creerte el visitante del ensueño, el viajero sin retorno?
    Imagínate ser el paseante de esa avenida de tilos que parecerían susurrar en la llama de tu lámpara decorada a corales, a resplandores purpúreos!
    Ah! El extraño huésped no responde a mis cavilaciones.
    Dime, solitario habitante de las quimeras ¿qué ves tú más allá del horizonte?
    "Veo las malvas libres, los palacios de platería bizantina, los castillos donde los peces y los pájaros juegan con los niños", me contesta inesperadamente mi empecinado soñador. "Veo la espuma del océano y bajo ella, tapizada en ámbar, una ciudad transparente y movediza, espléndida en amables sorpresas".
    Es allí donde las rutas detienen el ensueño.
    Es allí donde el misterio constituye una realidad y la realidad un cielo y el cielo un canto y el canto una floración milagrosa de la sangre.

 Carlos de Rokha
de Los Arcos Trémulos

Hora de cambio

    A la hora en que los pájaros se devoran las lilas, anhelo sentir tus pisadas, leves, graciosas pisadas de garza boreal, marcarse según tus sandalias hechas de linos sobre las transparentes arenas, que te anunciarían con su música de cabellera de las ondinas, en el mismo instante que en la selva resuena el tam-tam del gong. Y en que los siervos podrían servirnos de espléndidas presas de caza. Ningún hallazgo más, ni uno otro y el milagro sería completo. Porque capturar la melodía de la tarde en la hoja de bambú golpeada por el viento ¿significaría acaso, ver temblar en tus ojos el oasis prometido, el cisne segador surgiendo de las ondas?
    De todo ésto puedes deducir que yo marcho entre los buscadores de perlas preciosas, aunque sólo deseo un talismán prodigioso, que me indique tu avance por la playa bruñida de una misteriosa vegetación coral, tan plena de secretos como el de la más reciente ciudad de obreros y artesanos en busca de la magia.
    No menos que a la caída del abanico de sombras de tus pestañas sobre el cesto de peces y frutas, que guardan los signos de la última estación.
    He aquí ya el tapiz que ofrezco a tu asombro, sembrado por las semillas de la redención en los sueños. Allí, sólo allí podrías unirte a mí y ebrios más tarde de cantos marinos, cuyas sonoras reminiscencias vikingas nos disminuyen el eco de las olas al romperse en las rocas, iniciamos el viaje con la tribu de soñadores, de adoradores de la noche.
    ¿Hacia dónde? ¿Quién podría decirlo?
    ¿Podrías tú, tú misma, tú! bebedora de las azules emanaciones salinas, adivinar adonde nos llevaría nuestro común anhelo de infinito?
    Que el remero tatuado separe con sus manos las dificultades marítimas para que nuestra barca desafíe a la muerte.
    Cubre tus hombros con este ramo de rumorosos tulipanes, signos de la noche y del sueño, inclínate sobre las mallas aceradas que recogerán los secretos del océano.
    Tal vez, entonces, aparición misteriosa y desvelada, si pudieras comprender que mi amor es sólo el rito de un adorable crimen, saludarías los trofeos de la victoria al comienzo de la maravillosa aventura.
    ¡Oh, esfinge del silencio, sacudida de pequeños temblores como una flor de malva todavía acariciada por la tenue lluvia, es recién ahora, que prisionero de la red luminosa, conjurador del doble encantamiento, presiento tu avance −a la hora en que las lilas se devoran a los pájaros− entre las visiones que mi lámpara reproduce de mi sueño!

Carlos de Rokha
de Los Arcos Trémulos

Baudelaire [Fragmento]

Esa ciudad está al borde del agua; dicen que está edificada en mármol y que el pueblo tiene tal odio al vegetal, que arranca todos los árboles. He aquí un paisaje a mi gusto: un paisaje hecho con luz y mineral, y líquido para reflejarlos.
George Blin dice muy bien que Baudelaire "teme a la Naturaleza como depósito de esplendor y de fecundidad y la sustituye por el mundo de su imaginación: universo metálico, es decir, fríamente estéril y luminoso".
 Es que el metal, y de un modo genérico, el mineral, le devuelven la imagen del espíritu. Como consecuencia de los límites de nuestra capacidad imaginativa, todo los que, para oponer el espíritu a la vida y al cuerpo, han llegado a formarse una imagen no biológica de él, necesariamente han recurrido al reino de lo inanimado: luz, frío, transparencia, esterilidad. Así como Baudelaire encuentra en las "bestias inmundas" sus malos pensamientos realizados y objetivados, el metal más brillante, el más pulido, el más difícil de asir, el acero, le aparecerá siempre la objetivación exacta de su pensamiento en general. Si siente ternura hacia el mar, es por ser éste un mineral móvil. Brillante, inaccesible y frío, con ese movimiento puro y como inmaterial, esas formas que se suceden, ese cambio sin nada que cambie y, a veces, con esa transparencia, ofrece la mejor imagen del espíritu, es el espíritu. De este modo, por odio a la vida, Baudelaire llega a elegir en la materialización pura símbolos de lo inmaterial.
 Sobre todo, le horroriza sentir en sí mismo esa enorme fecundidad blanda. Sin embargo, ahí está la naturaleza, ahí están las necesidades que lo ¨obligan¨ a saciarlas. Basta releer el texto que citábamos más arriba para ver que ante todo detesta esa violencia. Una joven rusa tomaba excitantes cuando tenías ganas de dormir; no podía tolerar dejarse invadir por esa solicitación solapada e irresistible, hundirse de golpe en el sueño, no ser ya sino una bestia que duerme. Tal es Baudelaire: cuando siente subir en él la naturaleza, la naturaleza de todo el mundo, como una inundación, se crispa y se pone rígido, mantiene la cabeza fuera del agua. Esa gran ola cenagosa es la vulgaridad misma: Baudelaire se irrita al sentir en sí esas ondas viscosas que tan poco se parecen a las sutiles disposiciones con que sueña; le irrita sobre todo sentir que esa fuerza irresistible y dulzona quiere doblegarlo a "hacer como todo el mundo". Pues la naturaleza en nosotros es lo opuesto a lo raro y a lo exquisito, es todo el mundo. Comer como todo el mundo, dormir como todo el mundo: ¡qué insensatez! Cada uno de nosotros elige en sí mismo, entre sus componentes, aquellos de los cuales dirá: soy yo. Los otros los ignora. Baudelaire eligió no ser naturaleza, ser esa negación perpetua y crispada de su "naturalidad", esa cabeza que se yergue fuera del agua y que mira subir la ola con una mezcla de desdén y de espanto.             

Jean-Paul Sartre           

Retrato de un viejo

Vaciador de tu cara aquí en el vino
derrochador de labios de experiencia,
necesitas la madre de la ciencia
para el goce frutal de tu camino.

Surcador de tu cara en caminatas
que a nada te llevaron, ahora aprendes
la senda verdadera entre las patas
animales que tú a este sol enciendes,

porque aprovechas bien el trajín sabio
de la vida que llévate, arrugada
de ser la bestia dulce hasta tu labio,

la sabia yegua nunca estacionada
que aprovecha la hierba de la senda
a trago bebedor, suelta la rienda.

Alberto Rubio
De Greda Vasija

Canto XVII

Así que las viñas revientan entre mis dedos
 Y las abejas pesadas de polen
Se mueven tardas en los retoños:
    chirr– chirr– chir-rik –un ronroneo,
Y los pájaros adormilados en las ramas.
    ¡ZAGREUS! ¡IO ZAGREUS!
Con el primer claror pálido del cielo
Y las ciudades encaramadas en sus cerros,
Y la diosa de las bellas rodillas
Andando allí, con los robledales detrás de ella,
La verde ladera, con galgos blancos
        saltando en torno de la diosa;
Y de allí cuesta abajo a la bocana del riachuelo, hasta
    el anochecer,
Agua lisa frente a mí,
    y los árboles en el agua,
Troncos de mármol en la quietud,
Más allá de los palazzi,
        en la quietud,
La luz ahora, no la del sol,
    Crisoprasa,
Y el agua verde claro, y azul claro;
Más a los grandes riscos de ámbar.
            Entre ellos,
Gruta de Nerea
    ella como una gran concha curvada,
Y la barca empujada en silencio,
Sin olor a brea,
Ni gritos de pájaro ni ningún ruido de ola moviéndose,
Ni chapoteo de delfín, ni ningún ruido de ola moviéndose,
Dentro de su gruta, Nerea,
        ella como una gran concha
    curvada
En la suavidad de la roca,
        risco verde-gris a lo lejos,
Cerca, el pórtico de los riscos de ámbar,
Y la ola
    verde claro , y azul claro,
Y la gruta blanca de sal, y púrpura encendida,
    fría, pulida como pórfido,
    la roca carcomida de mar.
Ni grito de gaviota, ni ruido de delfín,
Arena como malaquita, y nada de frío allí,
    la luz no del sol.

Zagreo, alimentando a sus panteras,
    el césped claro como en colinas con luz.
Y bajo los almendros, dioses,
    con ellos, choros nympaharum, Dioses,
Hermes y Atenea,
        Como aguja de compás,
Entre ellos, temblando–
A la izquierda el lugar de los faunos,
        sylva nimpharum;
El bosque en la bajura, maleza de pantano,
    la cierva, el venadito pinto,
    brincaban en las retamas,
        como hoja seca entre amarillas.
Y por un corte de los cerros,
        el gran callejón de los Memnones.
Más allá, el mar, crestas vistas sobre dunas
Mar nocturno batiendo piedrezuelas,
A la izquierda, el callejón de cipreses.
                    Una barca vino,
Un hombre solo manejando su vela,
Gobernándola con un remo enganchado en la borda,
    diciendo:
«        allá en el bosque de mármol,
«        los árboles de piedra –sobre el agua–
«        las parras de piedra–
«        hoja de mármol, sobre hoja,
«        plata, acero sobre acero,
«        espolones de plata alzándose y cruzándose,
«        proa enfilada contra proa,
«        piedra, capa sobre capa
«        la luz de rayos áureos de una tarde».
Borso, Carmagnola, los artífices, i vitrei,
Hacia allá en un tiempo, de tiempo en tiempo,
Y las aguas más ricas que el cristal,
Oro bronceado, el esplendor sobre la plata,
Tarros de pintura la luz de la antorcha,
el relumbre de olas bajo las proas,
y los espolones de plata alzándose y cruzándose.
    Arboles de piedra, blancos y rosi-blancos en
    la sombra,
Cipreses allá junto a las torres,
    Resbalar de la corriente bajo las quillas en la
    noche.
       
        «Entre la sombra el oro
recoge la luz a su alrededor…»

Y ahora supino en la cueva, mitad arqueada zarza,
Un ojo hacia el mar, por aquella mirilla,
Luz gris, con Atenea,
Zothar y su elefante, el taparrabo de oro,
El sistro, agitado, agitado,
            las cohortes de sus bailantes.
Y Aletha, por la concha de a costa,
            con sus ojos en el mar,
        y en sus manos algas de mar
Rebrillantes de sal con la espuma. 
Koré por entre el prado luminoso,
        con polvo verde-gris en la grama:
«Por esta hora, hermano de Circe.»
El brazo sobre mi hombro,
Vi el sol por tres días, el sol leonado,
Como león parado en un arenal;
                y ese día,
Y por tres días, y ni uno después,
Esplendor, como el esplendor de Hermes,
Y desde allí embarcado
            al lugar de piedra,
Blanco pálido, sobre el agua,
                agua conocida,
Y el blanco bosque de mármol, rama doblada sobre
    rama,
La parra tupida de piedra,
Hacía allí Borso, cuando le dispararon la flecha,
Y Carmagnola, entre las dos columnas,
Segismundo, después de aquel naufragio en Dalmacia.
    Crepúsculo como el vuelo del saltamontes. 

Ezra Pound

Cantos de Anadir II [A modo de editorial]

Hoy he cruzado una calle, donde los niños huelen a viejos trapos en desuso y, donde cuya única bebida es el agua pútrida que almacena la calle incolora.
Las gentes seguían mi paso de sabio bailarín adolescente y miraban mi vestido… Una sensación de abandono y sueño se apoderó de mis ojos y no miraba ya, sino esas extrañas figuras fosforescentes que el párpado encierra en la obscuridad y que tan confidencialmente nos regala, como un presente de sombras.
Para ir a ver al herrero, muchas veces he cruzado la misma calle, y los niños y los perros me siguen, y los gatos abandonan su propio calor para excitarme con su morbidez las pantorrillas.
Y vi al herrero Anadir. Estaba él con su casaca de piel y su brazo, largo como un péndulo, oscilando el garfio de la fragua; sus ojos verdes tan grandes como su frente y oblicuos, miraban la llama roja que iluminaba su pecho y sus hombros. Es casi un niño y es alto y magro como un pobre árbol pobre.

El herrero es mudo Anadir, y no tiene sino, sus ojos para conversar, y como sus ojos son tristes y están siempre fijos en el fuego, yo creo que el herrero se quedó mudo voluntariamente, porque su mirada no juega ni parlotea como la mirada de los hombres vulgares que yo veo en las esquinas, a la salida de la iglesias, o en las tabernas, donde bebo mi vino por las noches.
Cuando él duerme con las manos bajo la nuca, sin sacarse la pelliza, sueña con sus grandes cuencas verdes, en las herraduras brillantes y blandas con que adorna los cascos de los potros voladores. Una cabalgata sonora lo lleva lejos y él va con su cuadriga, por los caminos estrellados, en busca del fuego que no se consume, más allá de la vida, a errar en la eternidad.

Stella Díaz Varín

Lombrices y compañía

Un verano Sofía cogió miedo de pronto a los animales pequeños. Cuanto más pequeños, más miedo les tenía. Esto era completamente nuevo. Desde que cogió por primera vez una araña, guardándola en una caja de cerillas para ver si se domesticaba, sus veranos estaban llenos de orugas, renacuajos, gusanos, escarabajos y toda clase de animalitos de difícil compañía a los que ella daba cuanto pudieran apetecer, y a la larga hasta la libertad si notaba que la deseaban. Pero ahora todo había cambiado, y Sofía iba por ahí a pasos cautos y angustiados, mirando siempre a la tierra, por si veía arrastrarse algo. Los arbustos eran peligrosos, las algas eran peligrosas, hasta el agua de la lluvia era peligrosa. En cualquier sitio podía haber bichitos, hasta entre las tapas de un libro, aunque estuvieran muertos y aplanados, porque los animales que se arrastran, por muy muertos y hechos harina que estén, nos siguen por todas partes durante la vida entera, desde el principio hasta el fin. La abuela trató de razonar con ella, pero de nada sirvió. El terror es irracional, resulta dificilísimo de disipar.
Una mañana apareció en la orilla una extraña cebolla, depositada allí por las olas, y se decidió plantarla junto a la ventana de la habitación de invitados. Sofía hincó la azada en tierra para abrir un hoyo, y la espada cortó en dos una lombriz. Sofía tiró la azada y retrocedió hacia la pared del cuarto de invitados, gritando a todo gritar.
-Vuelven a crecer –dijo la abuela–, eso es seguro, te digo que vuelven a crecer, no les hace nada, créeme.
Metiendo la cebolla en el hoyo, la abuela siguió hablando de lombrices, y Sofía acabó por calmarse, pero seguía muy pálida. Se sentó y se quedó en la escalera de la terraza, con los brazos en torno a las rodillas y en silencio.
-Pienso –dijo la abuela– que nadie se interesa lo suficiente por las lombrices. Alguien que estuviera de veras interesado debería escribir un libro sobre ellas.
Por la noche, Sofía preguntó si "alguien" se escribía con u o sin u.
-Con u –dijo la abuela.
-No puedo escribir ese condenado libro –dijo Sofía, enfadada–, no se puede pensar si hay que estar pendiente todo el tiempo de la dichosa ortografía, porque, claro, pues se me olvida todo, y luego, pues, eso, que no me acuerdo de por dónde iba.
El libro tenía muchas páginas, cosidas todas juntas en el lomo. Sofía lo cogió y lo tiró al suelo.
-¿Cómo se titula? –preguntó la abuela.
-Tratado sobre Lombrices Partidas en Dos, pero no voy a poder terminar de escribirlo.
-Anda, mira, siéntate ahí y díctame –dijo la abuela–, yo escribo y tú me dices lo que tengo que escribir. Tenemos todo el tiempo que necesitemos. A ver, dónde habré metido las gafas.
Era una buena noche para empezar a escribir un libro. La abuela lo abrió por la primera página. Entraba mucha luz del sol poniente por la ventana abierta, y la abuela vio que Sofía ya había puesto allí un dibujo de una lombriz partida en dos. El cuarto de invitados era silencioso y fresco, y papá estaba sentado a su mesa de trabajo, al otro lado del tabique.
-Se está bien aquí cuando trabaja papá –observó Sofía–, porque entonces una sabe que está en casa. Bueno vamos a ver, léeme lo que está escrito.
-Primer capítulo –leyó la abuela–: "Hay Gente que Pesca con Lombrices".
-Punto y aparte  –dijo Sofía–. A ver, seguimos: no quiero decir cómo se llaman, pero mi papá no pesca con lombrices. Vamos a imaginarnos una lombriz que está asustada y se encoge del miedo que tiene. A ver, bueno, se encoge hasta medir... ¿Cuánto mide una lombriz cuando se encoge? Pues, por ejemplo, una séptima parte de su longitud normal. Y entonces se queda tan pequeña y tan gorda que resulta más fácil hincarle el anzuelo, y la pobre lombriz con eso no contaba. Pero si nos imaginamos una lombriz que es lista, pues lo que hace es alargarse tanto que no hay forma de hincarle ningún anzuelo porque, en cuanto lo hincas, pues ella va y se parte en dos. La ciencia no ha descubierto todavía si se parte de veras, así, sin más, o si lo que pasa es que nos está tomando el pelo, porque la verdad es que no hay forma de saberlo, pero...
-Un momento –dijo la abuela–, ¿te parece que lo ponga así: "si es porque la lombriz se estira demasiado o porque demuestra auténtica inteligencia"?
-Bueno, ponlo como quieras –dijo Sofía impaciente–, lo importante es que se entienda, pero hazme el favor de no interrumpirme. A ver, seguimos: la lombriz sabe perfectamente que, si se corta en dos, cada mitad seguirá creciendo por su cuenta. A ver, punto y aparte. Pero lo que no sabe es si le va a doler mucho. Y luego, pues, eso, que tampoco sabemos si la lombriz está asustada por si le va a doler. Pero, de todas formas, lo que sí sabe es que hay algo cortante que se le está acercando. Eso se llama instinto. Además, lo que yo digo es que no es verdad eso que dicen de que las lombrices son muy pequeñas, y que, después de todo, no tienen más que un canal digestivo, y por eso les hace daño, porque estoy segura de que sí que les hace daño, aunque no sea más que un segundo. Veamos, por ejemplo, la lombriz que es lista y se alarga y se parte por la mitad, y puede ser como cuando le arrancan a uno un diente, sólo que eso no le duele. Y luego, en cuanto se han calmado los nervios, pues la lombriz se da cuenta de que se ha vuelto más corta, y de que tiene otra mitad danzando por ahí, a su lado. Y para que todo esto que digo resulte más fácil de entender, pues diré que las dos mitades se caen al suelo, y el que llevaba el anzuelo, pues agarra y se va. Las dos mitades no pueden volver a crecer juntas porque están muy impresionadas, y, luego, también, porque no se les ocurre una cosa así. De modo que lo que ellas piensan es que ahora van a crecer solas, cada una por su lado lo más deprisa que pueden. Lo que yo pienso es que se miran y se encuentran muy feas, y en vista de ello, pues se va cada una por su lado lo más deprisa que pueden. Y luego se ponen a pensar. Se dan cuenta de que ahora su vida va ser muy distinta, pero sin saber a punto fijo cómo o de qué manera.
Sofía se echó de espaldas en la cama y se puso a pensar. En el cuarto de invitados empezaba a obscurecer, y la abuela se levantó para encender la luz.
-No, déjalo –dijo Sofía–, no enciendas la luz, enciende la linterna. Una cosa: ¿vale la palabra "presumiblemente"?
-Sí, claro que vale –respondió la abuela, que ya había dejado la linterna encendida sobre la mesita de noche y estaba esperando.
-Pues a ver, presumiblemente todo lo que les sucedió o experimentaron después fue sólo a medias, pero también es cierto que, al mismo tiempo, se sintieron como aliviadas, y luego, pues también, eso, que les daba la impresión de que, hicieran lo que hiciesen, ya no era enteramente culpa suya. Se limitaban a echarse la culpa la una a la otra, o bien se decían que, después de una cosa así, uno ya no es el mismo de antes. Y hay una cosa que complica mucho este asunto, y es que hay mucha diferencia entre el extremo del principio y el del final. Los gusanos tienen principio y fin, nunca van para atrás, y ésa es la razón de que tengan sólo una cabeza en el extremo del principio, pero si Dios ha hecho a las lombrices de tal manera que se puedan partir en dos y volver a crecer como si nada, pues tiene que ser porque tienen algún nervio secreto en el trasero que les ayuda a pensar también por allí cuando llega el momento, porque, de otra forma, pues la pobre lombriz no podría arreglárselas sola, ¿no? Pero, aun así, el trasero no tiene más que un cerebro muy pequeño, y a lo mejor hasta puede acordarse y todo de la otra mitad que iba siempre por delante y lo decidía todo. Bueno, en fin, vamos a ver, y ahora –dijo Sofía, levantándose–, pues va el trasero y dice: "¿por qué lado voy a crecer?, ¿me va a salir una nueva cola o una nueva cabeza?, ¿y voy luego a seguir a la cabeza, como hacía antes, sin tomar ninguna decisión importante, o seré yo el que lo sepa todo mejor que nadie hasta que vaya y me parta otra vez en dos?". Eso sí que sería emocionante, pero también puede ocurrir que la lombriz esté tan acostumbrada a ser cola que prefiera dejarlo todo igual. Bueno, a ver, ¿lo has escrito todo tal y como lo he dicho?
-Exactamente igual –dijo la abuela.
-Pues ahora viene el final del capítulo: pero a lo mejor lo que pasa es que el trasero va y piensa que sería bonito no tener que tirar de nada, sino que sigan tirando de él, quién sabe, porque eso, la verdad, no es seguro. Bueno, nada es seguro del todo cuando está uno expuesto a que le partan en dos en el momento menos pensado. Pero, se mire como se mire, lo mejor será que la gente deje de pescar lombrices.
-Muy bien –dijo la abuela–, se terminó el tratado, y, menos mal, porque también se terminó el papel.
-No, qué se va a terminar –contestó Sofía–, ahora viene el segundo capítulo, pero ése lo pensaré mañana. ¿Qué tal te parece que me va quedando?
-Pues muy persuasivo.
-Sí, eso pienso yo también –dijo Sofía–, a lo mejor aprende algo la gente leyéndolo.
Siguieron igual la noche siguiente, y el capítulo segundo se titulaba: "Otros Animales que dan Pena".
-Dan mucha pena los animales pequeños. Yo querría que Dios no hubiese creado animales pequeños, o que los hubiese mandado hacer de tal manera que pudieran hablar, o que, por lo menos, les hubiese puesto unas caras mejores que las que tienen. A ver, punto y aparte. Pues si nos ponemos a pensar, por ejemplo, en las polillas, pues vemos que no hacen más que volar contra las lámparas, y claro, pues, eso, que se queman, pero ellas, nada, dale que te pego, y vuelan contra las lámparas. Esto no puede ser instinto, porque el instinto no funciona así, lo que pasa es que no entienden nada, y, eso, pues que siguen, dale que te pego, y luego se caen de espaldas, y se ponen a temblar con todas las patas al tiempo hasta que van y se mueren. ¿Has terminado de escribir?, a ver, dime, ¿queda bien?
-Queda estupendo –dijo la abuela.
Sofía se incorporó y gritó:
-¡Y ahora vas a poner que me cargan todos los que se mueren despacio!, ¡y pon que me cargan todos los que no le dejan a uno ayudarlos! ¿Lo has escrito todo tal y como te lo dije?
-Exactamente.
-Muy bien, así me gusta. Ahora vienen los mosquitos zancudos. A mí me caen muy bien los mosquitos esos, lo que pasa es que no hay manera de echarles una mano sin que se les rompan dos patas. ¿Por qué no pueden encogerlas, vamos a ver? Bueno, escribe que cuando los niños pequeños muerden al dentista es al dentista al que le duele, no a ellos. No, espera un poco –Sofía se quedó pensando, con la cabeza entre las manos–. A ver –añadió–, escribe: "Peces", y luego pones punto y aparte. Los peces pequeños mueren más despacio que los peces grandes, y, a pesar de todo, la gente no tiene ni la mitad de cuidado con los peces pequeños, sino que les dejan mucho tiempo tirados por las rocas, respirando aire que da pena verles, y es como cuando a la gente le meten la cabeza bajo el agua. Y luego, el gato –prosiguió Sofía–... ¿Cómo sabemos que empieza por la cabeza?, ¿por qué no se mata a los peces como es debido, en vez de dejarlos tirados por ahí? Bueno, el gato puede estar cansado, y a lo mejor los peces saben mal, y entonces empieza por la cola, y a mí eso me da ganas de ponerme a gritar. Yo grito cuando les echan sal a los peces, y cuando el agua está tan caliente que les hace saltar. ¡No como esos peces, no y no, que no los como, y a vosotros os está bien empleado!
-Dictas demasiado deprisa –dijo la abuela–, ¿escribo también eso de "os está bien empleado"?
-No, no eso no lo pongas, que esto es un tratado serio. Termina con "saltar" –se quedó un momento en silencio, luego prosiguió–. A ver, capítulo tercero, punto y aparte. Yo como cangrejos, pero no me gusta verlos hervir, porque entonces se ponen horrorosos, de modo que hay que tener mucho cuidado con ellos.
-Tienes razón –dijo la abuela, echándose a reír.
-¡Por Dios bendito, que estoy hablando en serio! –gritó Sofía–. Hazme el favor de callar y escribir. A ver, pon: me fastidian los ratones de campo. No, no pongas eso, pon: me fastidian los ratones de campo, pero, así y todo, no me gusta verlos morir. Hacen túneles en la tierra y se comen todas las cebollitas de mi papá. Enseñan a sus niños a hacer túneles y a comerse las cebollitas. Y de noche se duermen todos abrazados y hechos un rebaño. No saben lo desgraciados que son. ¿Queda bien eso de "desgraciados"?
-Estupendo –dijo la abuela, escribiendo a todo escribir.
-Y luego, pues, eso, que comen maíz envenenado, o se cogen las patas de atrás en una ratonera. ¿Está bien eso de que se cojan las patas o se les envenene la tripa y revienten!, porque es lo que yo digo, ¿qué otra cosa podemos hacer? A ver, escribe: ¿qué otra cosa podemos hacer si no les podemos castigar hasta después de que han hecho lo que han hecho, y entonces ya es demasiado tarde? Es un verdadero problema, no creas, porque, además, es que tienen niños como locos, a lo mejor un niño cada veinte minutos, y así, pues, claro, no se puede.
-Cada veinte días –murmuró la abuela.
-Y, después de tenerlos, pues, nada, que van y les enseñan, y ahora no me refiero sólo a los ratones de campo, sino a todos los animalitos que enseñan a sus niños, y son cada vez más, y todos enseñan a sus niños, y, claro, pues así salen ellos de mal educados. Y los peores son los que son tan pequeños que están por todas partes, y no se les ve hasta que se les ha pisado, y a veces ni siquiera entonces se les ve, pero una se queda con remordimiento de conciencia así y todo, y tampoco es cosa.
La verdad es que, se haga lo que se haga, pues la cosa queda igual de mal, y por eso me parece a mí que lo mejor va a ser no hacer nada, lo que se dice nada, o dejarlo y ponerse a pensar en otra cosa. A ver. Pon: Fin. ¿Queda sitio para una ilustración?
-Pues yo creo que sí –dijo la abuela.
-Hale, dibújala tú. ¿Qué tal ha quedado todo el libro?
-¿Quieres que te lo lea?
-No, deja –respondió Sofía–, no tengo tiempo ahora. Lo mejor será que lo guardes para que lo lean mis hijos.

Tove Jansson
De El libro del verano