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domingo, 27 de mayo de 2012

Estación muerta


El tiempo no vuelve atrás
y los muertos no vuelven a susurrar en mi oído
los que aquí estuvieron, se perdieron de mi tiempo
los que hoy están
huyen de mi
como huyen las aves del frío
no es el tiempo
no es el espacio
es la estación muerta
vivir
simplemente vivir
o morir, suicidándose
cada cuarto de hora
herir el pensamiento
con el filo de una lengua sangrienta
cobarde
dormir profundamente
con los ojos abiertos
para no perderse uno mismo
en el tedio de su propio silencio

Patricia Ardiles

[En un abrir y cerrar de sus ojos distintos]


[En un abrir y cerrar de sus ojos distintos]

“¿De qué sirven los polos, los ecuadores,
los trópicos, las zonas y los meridianos de Mercator?
Así gritaba el capitán. Y la tripulación respondía:
“¡No son más que signos convencionales!”
“Lewis Carroll – La caza del Snark”

Aún quedan fondos por recorrer
Olvidados por aquella costumbre a mirar dentro del abismo cotidiano…
Y despiertos,
soñamos esta negligente esperanza
Como el perdón de un manierista dios sin párpados
vigilando la noche eléctrica de los alucinados al nacer
<>
abre las cortinas
y deja que aquella retina
en su punto más feroz

Daniel Rojas Pachas

El hostal


Cómo es posible que exista un hostal en medio de los parajes abandonado de mi alma, que invite clientes desconocidos, pero alarmantes. Que entregue servicios sin mi consentimiento y se le olvide cobrar la renta a sus inquilinos. Cómo es posible que exista ese lugar, que se instaló en el submundo de los placeres humanos, de las inconsciencias del deseo y de los patrones de dependencia no resuelto. Cómo es posible que haya llegado un ser sin invitación, que venga a perturbar a sus inquilinos con falsas esperanzas, que creará el caos innecesario y causara estragos en el lugar, cómo es posible que haya llegado, tan tranquila, tan pasiva y esperando una habitación, cómo llegaste Paciencia, cómo lo hiciste.
Los inquilinos se perturban cuando se escucha el sonido de la puerta. Es un sonido fuerte, decidido, que no le importa nada. Alguien baja las escaleras para abrir, la buena Tolerancia, sale a ver quién molesta a tan altas horas de la noche. La Paciencia se presenta en forma tan impecable y cordial, que la Tolerancia la invita de inmediato a pasar, que tonta. Los cuchicheos se hacen presentes, mientras la nueva invitada camina por la sala de estar. La Rabia habla solo pesadeces de ella, la Ira la acompaña en sus comentarios. La Pena comienza llorar, nuevamente está deprimida y la Esperanza la consuela como siempre lo hace. La Mentira la mira de reojo, la examina cuidadosamente para ver si después podría conversar con ella, antes eran buenas amigas, pero ahora no se podían ver, ya no sé querían.
La Paciencia saluda a todos en el lugar, luego mira directamente a la Tolerancia y le explica el motivo de su visita. Al parecer, pasara la noche en este hostal, debido a que mañana debe partir nuevamente de viaje a los oscuros caminos del corazón. La Tolerancia solo sonríe y le entrega la llave de la habitación número 7, luego da media vuelta y se va a su habitación. Poco a poco, los demás inquilinos se marchan del lugar, ya es tarde y es hora de dormir, menos una, la Mentira sigue observando cautelosa para poder actuar.
Es el momento – se dice a sí misma, mientras se dispone a toparse con la Paciencia.
Un choque, una golpe, una mirada, unos recuerdos poco saludables, una sonrisa, quizás cínica para la Mentira, pero real para la Paciencia. Un saludo cordial, una bienvenida, una histeria colectiva, unos susurros en el aire, una despedida seca y tortuosa, una caminata burda y sin sentido hacia la habitación destinada.
Qué habrá pasado con ellas dos, solo se encuentran y hay un desequilibrio a su alrededor, que a veces la Paciencia deja que ocurre, pero que a veces se cansa de aguantar. Quizás es mejor que se alejen, que se destinen a no verse jamás, quizás deben ser las mejores amigas, pues no habrá nadie más como la Paciencia o solo deberían ser solos desconocidas afuera de este mundo, de este hostal tan desolado, tan devastado, pero intimas en las oscuridades tristes del mismo, del alma.
  
Franchesca Collao

quién?


quién se salvará  aire mío?


recé veinte besos

y un orgasmo


pero

quién   será   salvo

aire  grave


predicaste el  placer

todas las noches

y amaneciste  amarga de pies

penitente de ojos


¿quién ?

¿quién   será ?


la  apuesta

queda   abierta

en el aire de todos
  
Fernando Retuert

Caminantes


Una mañana de estío en una de las  empinadas calles del puerto, cuando el sol se atropellaba por todos los espacios,  pasaron frente a mi balcón dos hombres: uno alto y delgado y otro pequeñito, también delgado. Ellos  vestían religiosamente iguales, había dedicación en sus atuendos, pantalón de tela negro y chalecos de color verde, abajo,  camisa del mismo color. Era, seguramente,  su ropa dominguera. Uno, caminaba seguro y rápido paso tras paso sin dudar, en una dirección  programada, el otro, casi  corriendo a pasitos temerosos y cortitos. El primero ajeno a la angustia del segundo por no querer quedarse tan atrás y ser sometido al discurso de siempre, ¡apúrate, tan lento que caminas!
Dos o tres pasos de uno y un paso del otro, el hombre alto  avanzaba ajeno a la ansiedad y a las palabras que brotaban de los labios del hombre pequeñito quien,  seguramente, pensaba que era su gran oportunidad para contarle todas aquellas cosas que le habían sucedido durante la semana. No había nadie más, las calles vacías  de domingo en la mañana sirven para la complicidad,  eran solo ellos, ¡cómo no hablarle!, si las palabras se le atropellaban, no sabía que otras palabras usar para llamar lo suficiente su atención y que por una vez se diera vuelta y lo mirara, quizás ni siquiera había reparado en  que su ropa  era igual a  la que él llevaba, que hasta el jockey  era el mismo. Le hablaba fuerte.
El hombre alto, impasible, ajeno, no dimensionaba  lo difícil que le resultaba alcanzar sus pasos. Por instantes, el hombre pequeñito parecía cansado pero, seguramente, no quería defraudarlo ni parecer molestoso  y provocar su mal genio cuando era un gran día.
Sus palabras siguieron atropellándose y el  hombre alto siguió su camino… con sus pasos gigantes  y sus oídos ausentes. El pequeñito tratando de entrar en los oídos del hombre alto, en el corazón del hombre alto,  en el recuerdo del hombre alto…
Fueron desapareciendo y  siguieron siendo dos puntos totalmente identificables pues,  el hombre alto  continúo caminando rápido y ajeno a la ansiedad del hombre pequeñito,  hasta que sólo fueron eso, dos puntos que nunca se encontraron…

Oriana Mondaca