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miércoles, 23 de mayo de 2012

Sobre el suicidio

Antes de suicidarme quiero que se me asegure que así será, querría estar seguro de la muerte. La vida sólo se me aparece como un consentimiento a la legibilidad ilusoria de las cosas y a su vínculo con la mente. Ya no me siento como la encrucijada irreductible de las cosas, la muerte que cura, cura desligándonos de la naturaleza, pero ¿y si no fuera más que una suma de dolores donde no ocurren cosas?
Si me mato, no será para destruirme, sino para reconstituirme; el suicidio no será para mí más que un medio de reconquistarme violentamente, de hacer brutalmente irrupción en mi ser, de dejar atrás el incierto avance de Dios. Por medio del suicidio, reintroduzco mi diseño en la naturaleza, doy por primera vez a las cosas la forma de mi voluntad. Me libero del condicionamiento de mis órganos, tan mal adaptados a mi yo, y para mí la vida deja de ser un azar absurdo donde pienso lo que me dan a pensar. Elijo entonces mi pensamiento y la dirección de mis fuerzas, de mis tendencias, de mi realidad. Me coloco entre lo bello y lo feo, lo bueno y lo maligno. Me quedo suspendido, sin inclinación, neutro, presa del equilibrio de las buenas y las malas peticiones. 
Porque la vida en sí misma no es una solución, la vida no tiene ninguna clase de existencia elegida, consentida, determinada. No es más que una serie de apetitos y de fuerzas adversas, de pequeñas contradicciones que alcanzan su fin o abortan siguiendo las circunstancias de un azar odioso. El mal, como el genio, como la locura, se encuentra instalado de manera desigual en cada hombre. Tanto el bien como el mal son el producto de las circunstancias y de un sentimiento que se potencia hacia algo más o menos activo.
Es ciertamente abyecto ser creado, vivir y sentirse irreductiblemente determinado hasta en los menores reductos, hasta en las ramificaciones más impensadas de su ser. Después de todo no somos más que árboles y probablemente esté inscripto en un recodo cualquiera del árbol de mi raza que algún día me mataré. 
La idea misma de la libertad del suicidio cae como un árbol talado. No soy el creador del tiempo, ni del lugar, ni de las circunstancias de mi suicidio. Ni siquiera doy origen al pensamiento, ¿sentiré la arrancadura? 
Puede que en ese instante mi ser se disuelva, pero si permanece entero, ¿cómo reaccionarán mis órganos arruinados, con qué órganos imposibles registraré yo el desgarramiento? 
Siento la muerte sobre mí como un torrente, como el sacudón instantáneo de un rayo del que no alcanzo a imaginar la capacidad. Siento la muerte cargada de delicias, de dédalos en remolino. ¿Dónde está, en esto, el pensamiento de mi ser?
Pero he aquí de pronto a Dios como un puño, como una guadaña de luz cortante. Me he separado violentamente de la vida, ¡quise remontar mi destino! 
Dispuso de mí hasta el absurdo, este Dios; me ha mantenido vivo en un vacío de negaciones, de encarnizados renegares de mí mismo, ha destruido en mí hasta los menores empujes de vida pensante, de vida sentida. Me redujo a ser como un autómata que camina, pero un autómata que sintiera la ruptura de su inconsciencia. 
Y he aquí que quise dar pruebas de mi vida, que quise unirme a la resonante realidad de las cosas, que quise romper mi fatalidad. 
¿Y qué dice Dios? 
Yo no sentía ni la vida, la circulación de toda idea moral era para mí como un río reseco. La vida no era para mí un objeto, una forma; había devenido una serie de razonamientos. Pero razonamientos que daban vueltas en el vacío, razonamientos que no daban vueltas, que estaban en mí como esquemas posibles que mi voluntad no llega a fijar.
Para llegar al estado de suicidio, necesito el retorno de mi yo, necesito el libre juego de todas las articulaciones de mi ser. Dios me colocó en la desesperación como en una constelación de callejones sin salida cuya iluminación conduce hasta mí. No puedo ni morir, ni vivir, ni desear morir o vivir. Y todos los hombres son como yo. 

Antonin Artaud

Moriré de cáncer

Moriré de un cáncer en la columna vertebral
Sucederá en una noche horrible
Clara, caliente, perfumada y sensual
Moriré por emponzoñamiento
De ciertas células poco conocidas
Moriré por una pierna arrancada
Por una rata gigante salida de un agujero gigante
Moriré de cien heridas
Porque el cielo caerá sobre mí
Y se romperá igual que un vidrio
Moriré a causa de un grito
Que hará estallar mis tímpanos
Moriré por magullamiento
Apaleado a las dos de la madrugada
Por matones calvos, indecisos
Moriré sin darme cuenta
Que muero yo moriré
Enterrado bajo las ruinas secas 
De mil metros de algodón hundido
Moriré ahogado en aceite sucio
Pisoteado por bestias indiferentes
Y, poco después, por bestias diferentes 
Moriré desnudo, o vestido de tela roja
O metido en un saco lleno de hojas de afeitar
Moriré quizá sin haberme puesto 
Barniz en las uñas de los dedos de los pies
Y con las manos llenas de lágrimas
Y con las manos llenas de lágrimas
Moriré cuando me despeguen
Los párpados bajo un sol rabioso
Cuando lentamente se me digan
A la oreja maldades torcidas
Moriré de ver torturar a niños
Y a hombres asombrados y pálidos
Moriré roído vivo
Por los gusanos, moriré con las
Manos atadas bajo una cascada
Moriré ardiendo en un incendio triste
Moriré un poco, mucho
Sin pasión, pero con interés
Y luego, cuando todo haya terminado
Moriré. 

Boris Vian

De la isla de Ptyx


A Stéphane Mallarmé

La isla de Ptyx está hecha de un solo bloque de piedra de este nombre, la cual es muy estimable, pues se ha visto que sólo ella compone esta isla enteramente. Tiene la traslucidez serena del zafiro blanco y es la única gema cuyo contacto no produce frío sino que el fuego entra y se instala en ella, de la misma manera que en la digestión el vino. Las demás piedras son frías como el grito de las trompetas; ésta tiene el calor precipitado de la superficie de los timbales. Nosotros pudimos fácilmente abordarla, pues estaba tallada en forma de tabla y creímos poner pie en un sol purgado de las partes opacas o demasiado reflectantes de su llama, como las antiguas lámparas ardientes. En ella no se percibían ya los accidentes de las cosas, sino la sustancia del universo, por lo que no nos inquietamos si la superficie irreprochable era de un líquido equilibrado según las leyes eternas, o de un diamante impenetrable, salvo por la luz que cae vertical.
El señor de la isla vino hacia nosotros en un barco: la chimenea hacía redondas volutas azules detrás de su cabeza, ampliando el humo de su pipa e imprimiéndolo en el cielo. Y con el bamboleo alternativo, su silla basculante sacudía sus gestos de bienvenida.
De debajo de su manta de viaje sacó cuatro huevos con el cascarón pintado, que dio al doctor Faustroll, después de beber. A la luz de nuestro ponche la eclosión de los gérmenes ovales floreció sobre la orilla de la isla: dos columnas distantes, aislamiento de dos prismáticas trinidades de flautas de Pan, se abrieron en el chorro de sus cornisas, puño de mano cuadrigital de los cuartetos del soneto; y nuestro as meció su hamaca en el reflejo recién nacido del arco del triunfo. Dispersando la curiosidad velluda de los faunos y el encarnado de las ninfas desadormecidas por la melodiosa creación, el barco claro y mecánico hizo retroceder hacia el horizonte de la isla su aliento azulino y la silla movediza que decía adiós.

Alfred Jarry
Poema en prosa incluido en el libro Antología (Visor; Madrid, 1981).
Traducción: Manuel Álvarez Ortega.

IV


Ophelinha:

Para mostrarme su desprecio, o al menos su absoluta indiferencia, no era menester el disfraz transparente de un discurso tan largo, ni esa serie de “razones” tan poco sinceras como convincentes que me ha escrito. Bastaba con decírmelo. Tal como lo hizo, lo entiendo del mismo modo, pero me duele más.
Si antes que a mí prefiere al joven que la corteja, y que evidentemente le gusta mucho, ¿cómo podría tomármelo mal? Usted, Ophelina, puede preferir a quien quiera: no tiene obligación, creo yo, de amarme, ni debe (a no ser que quiera divertirse) fingir que me ama.
Quien ama de verdad no escribe cartas que parecen requerimientos de abogado. El amor no examina tanto las cosas, ni trata a los demás como reos a quienes es necesario “comprometer”.
¿Por qué no es sincera conmigo? ¿Qué empeño tiene en hacer sufrir a quien no le ha hecho daño, ni a usted ni a nadie; a quien tiene por peso y dolor suficiente la propia vida aislada y triste, y que no precisa que nadie venga a aumentárselos creándole falsas esperanzas, mostrándole afectos fingidos? Con qué interés, incluso si fuera por diversión; con qué provecho, incluso si fuera por burla.
Admito que todo esto resulta cómico, y que la parte más cómica de todo esto soy yo.
Yo mismo lo encontraría gracioso si no la amase tanto, si tuviera tiempo para pensar en otra cosa que no fuese en el dolor que usted tiene el gusto de provocarme, sin que yo, a no ser por el hecho de amarla, lo haya merecido, y creo que amarla no es razón suficiente para merecerlo. En fin...
Ahí va el “documento escrito” que me pide. Reconoce mi firma el notario público Eugenio Silva.

Fernando Pessoa
Extraída de: Fernando Pessoa. Cartas a Ophélia. Barcelona: Libros del zorro rojo, 2010. (Carta escrita por el autor el 1 de marzo de 1920, a requerimiento de su enamorada Ophélia, quien quería una prueba escrita en la que Pessoa declarase que era su pretendiente y que sus intenciones eran serias.)

Leda


Donde el río lento
se mezcla con la marea,
un cisne rojo alza sus alas rojas
y un pico oscuro,
y bajo el púrpura
de la parte baja de su pecho suave
extiende sus pies de coral.
.
A través del púrpura profundo
del calor que muere
del sol y la niebla,
a ras el rayo de sol
acaricia
el lirio de pecho oscuro
y empluma con oro más rico
su cresta dorada.
.
Donde el lento alzarse
de la marea
entra en el río
y lentamente vaga a la deriva
entre los juncos
y alza las banderas amarillas
él flota
donde se encuentran el río y la marea.

Ah beso real–
no más pena
ni viejas profundas memorias
que arruinen la dicha;
donde la juncia baja crece espesa,
la azucena amarilla
se despliega y reposa
abajo el suave temblor
de alas rojas de cisne
y el tibio estremecerse
del pecho rojo del cisne.

Hilda Dolittle

La casa en mitad del camino

I

Nuestra casa está en mitad del camino
Que une el primer sol con el último

Nuestra negra suerte de doradas manos
Fue nuestro único arquitecto

Imaginó parece un puente celestial
Una balanza de sol quizás
Y resultó una casa

II

Desde entonces surgen espectros en el camino
Y seres peligrosos y altisonantes
Y comerciantes de sol

Desaparecen las casas hermosas
En la lucha entre cielo y tierra
En el rechinar de la oscuridad
En el grito de socorro de la luz
En el pataleo de los cascos sobre el techo

III

Cada tanto el cielo se separa de la tierra
La casa aparece de nuevo en mitad del camino
Aparece hermosa

Sí como un puente celestial
Como una balanza de sol

IV

El camino sigue ocupado en sus cosas
Une el primer sol con el último

Sólo los vientos
Que sirven en torno a la casa
Dispersan el hedor de los cuernos ardidos
  
Vasko Popa
de Sal lobuna. 1975