Dibujos interiores: Susana Wald y Ludwig Zeller
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jueves, 26 de marzo de 2015
viernes, 14 de octubre de 2011
Desde lo alto de Monserrat
Todo ha de tornar al fuego original
Tempestad
de llamas
Así
hablaba HERÁCLITO
Levante
y poniente del hombre lúcido y duro.
—Habrás
de ver el flujo y el reflujo
De las
pasiones despreciables.
—Aceptarás
la humedad al igual que se ama
A la
madre que nos engendró.
—Hombres
y mujeres abocados estáis al
Fuego de
lava inmaterial
Aquí y
allá ligera, arrolladora
Siempre
mortal
Viva
siempre
Que no
ama sino lo que vendrá.
Siempre
arrojados a los volcanes de vida y de muerte.
Y
paracelso: ambas manos apoyadas
En la
espada de la sabiduría
En
intimidad con los astros y las piedras
Enamorado
de las cavernas del hombre
Del
vientre del universo.
Y tú
ZARATUSTRA ojo de luz
En el
centro de un mundo terrible y alegre
Os
saludo desde lo alto
de
Monserrat.
Hasta
las botas en los ojos
hasta
las lágrimas del barro
hasta
las manos inflamadas de pus
conduce
el camino del desafío
de los
largos estertores de la tumba
donde
silbó una muerte sin aire
y de la
ausencia de esperanza
nace la
estrella de la nube
(Noviembre 43)
Georges Bataille
jueves, 20 de enero de 2011
El día de los difuntos (Fragmento de El Azul del Cielo)
Poco a poco, de noche, dejamos de distinguir los campanarios. Al pasar por un lindero, vimos una casa baja, pero amplia, abrigada por plantas trepadoras. Dorothea me habló de comprar aquella casa y de vivir allí conmigo. Entre nosotros ya no había más que un desencanto hostil. Lo sentíamos, éramos poca cosa el uno para el otro, al menos, desde el momento en que no nos encontrábamos sumidos en la angustia. Nos apresurábamos hacia una habitación de hotel, en una ciudad que no conocíamos la víspera. A veces, en la sombra, nos buscábamos. Nos mirábamos a los ojos: no sin temor. Estábamos ligados el uno al otro, pero carecíamos ya de la más ínfima esperanza. En una revuelta del camino se abrió un vacío por debajo de nosotros. Extrañamente, aquel vacío no era menos ilimitado, allí a nuestros pies, que un firmamento estrellado sobre nuestras cabezas. Un sin fin de lucecillas, balanceadas por el viento, celebraban en la noche una fiesta silenciosa, incomprensible. Aquellas estrellas, aquellas velas, se encontraban a centenares, en llamas, por el suelo: el suelo en el que se alineaba la multitud de tumbas iluminadas. Cogí a Dorothea del brazo. Estábamos fascinados por aquel abismo de fúnebres estrellas. Dorothea se pegó a mí. Me besó largamente en la boca. Me abrazó, estrechándome violentamente: era, desde hacía mucho tiempo, la primera vez que se arrebataba. Presurosamente, salimos del camino y, en la tierra labrada, dimos los diez pasos que suelen dar los amantes. Seguíamos estando sobre las tumbas. Dorothea se abrió, yo la desnudé hasta el sexo. Ella misma me desnudó a mí. Caímos sobre la tierra blanda y yo me hundí en su cuerpo húmedo como un arado bien manipulado se hunde en la tierra. Debajo de aquel cuerpo la tierra se abría como una tumba, su vientre desnudo se abrió a mí como una tumba reciente. Estábamos anonadados, haciendo el amor sobre un cementerio estrellado. Cada una de las lucecillas anunciaba un esqueleto en una tumba, formaban así un cielo vacilante, tan turbio como los movimientos de nuestros cuerpos entremezclados. Hacía frío, mis manos se hundían en la tierra: desabroché a Dorothea, ensucié su ropa y su pecho con la tierra fresca que se había quedado adherida a mis dedos. Sus senos, surgidos de la ropa, eran de una blancura lunar. De vez en cuando nos abandonábamos, permitiéndonos temblar de frío: nuestros cuerpos temblaban como pueden hacerlo dos filas de dientes castañeteando una con otra.
El viento hizo en los árboles un ruido salvaje. Yo le dije tartamudeando a Dorothea, yo tartamudeaba, hablaba como un salvaje:
-...mi esqueleto... estás temblando de frío... los dientes te castañetean...
Me había parado, pesaba sobre ella sin moverme, jadeaba como un perro. De pronto estreché sus riñones desnudos. Me dejé caer con todo mi peso. Ella profirió un grito terrible. Apreté los dientes con todas mis fuerzas. En aquel mismo momento resbalamos por un pequeño talud.
Más abajo había un trozo de roca que surgía sobre el vacío. Si no hubiese detenido aquel deslizamiento de una patada, habríamos caído en la noche, y yo bien pudiera haber creído, maravillado, que caíamos en el vacío del cielo.
Georges Bataille
sábado, 17 de julio de 2010
La literatura, la libertad y la experiencia mística.
Lo más notable en este impulso es que una enseñanza de este tipo no va dirigida, como la del cristianismo - o la de la religión antigua- a una colectividad ordenada, que se basaba precisamente en esa enseñanza. Se dirige por el contrario al individuo aislado y perdido y sólo le concede algo en el instante: es solamente literatura. Su única vía es la literatura libre e inorgánica. Por eso está menos obligada que la enseñanza pagana o la de la Iglesia a pactar con la necesidad social, que en muchos casos esta representada por convenciones (abusos), pero también por la razón. Únicamente la literatura podía poner al desnudo el mecanismo de la transgresión de la ley (sin transgresión, la ley no tendría finalidad), independientemente de un orden que hay que crear. La literatura no puede asumir la tarea de ordenar la necesidad colectiva. No le interesa concluir: "lo que yo he dicho nos compromete al respeto fundamental de las leyes de la ciudad"; o como hace el cristianismo: "lo que yo he dicho (la tragedia del Evangelio) nos compromete en el camino del Bien" (es decir, de hecho, en el de la razón). La literatura representa incluso, lo mismo que la transgresión de la ley moral, un peligro. Al ser inorgánica, es irresponsable. Nada pesa sobre ella. Puede decirlo todo.
O, más bien, supondría un peligro si no fuera (en conjunto, y en la medida en que es auténtica) la expresión de "aquellos en quienes los valores éticos están más profundamente anclados". Si esto no salta a la vista, es porque el aspecto de revuelta suele ser el que destaca, pero la tarea literaria auténtica no se puede concebir más que en el deseo de comunicación fundamental con el lector (no me refiero aquí a la masa de libros destinada a engañar al gran público).
En realidad, la literatura, unida desde el romanticismo a la decadencia de la religión (dado que, en forma menos importante, menos inevitable, tiende a reivindicar discretamente la herencia de la religión) está menos cerca del contenido de la religión que del contenido del misticismo, que es, en las márgenes de la religión, un aspecto suyo casi asocial. El misticismo está más cerca de la verdad que yo me esfuerzo por enunciar. Bajo el nombre de misticismo no designo los sistemas de pensamiento a los que se da ese nombre impreciso: pienso en la "experiencia mística", en los "estados místicos" experimentados en la soledad. En esos estados podemos conocer una verdad diferente de aquellas que están unidas con la percepción de los objetos (y, después, del sujeto; unidas por tanto a las consecuencias intelectuales de la percepción). Pero esta verdad no es formal. El discurso coherente no puede explicarla.
Sería incluso incomunicable si no tuviéramos la oportunidad de abordarla por dos caminos: la poesía y la descripción de las condiciones en las que es habitual a esos estados.
(…) Es siempre la muerte - o por lo menos la ruina del sistema del individuo aislado a la búsqueda de la dicha en la duración- la que introduce la ruptura, ruptura sin la cual nadie alcanza el estado de trance. En ese momento de ruptura y muerte, lo recobrado es siempre la inocencia y la embriaguez del ser. El ser aislado se pierde en algo distinto a él. Poco importa la representación que demos de esa "otra cosa". Es siempre una realidad que trasciende los límites comunes. Es incluso tan profundamente ilimitada que en realidad no es una cosa: es acula. "Dios es nada" enuncia Eckhart…
Georges Bataille
O, más bien, supondría un peligro si no fuera (en conjunto, y en la medida en que es auténtica) la expresión de "aquellos en quienes los valores éticos están más profundamente anclados". Si esto no salta a la vista, es porque el aspecto de revuelta suele ser el que destaca, pero la tarea literaria auténtica no se puede concebir más que en el deseo de comunicación fundamental con el lector (no me refiero aquí a la masa de libros destinada a engañar al gran público).
En realidad, la literatura, unida desde el romanticismo a la decadencia de la religión (dado que, en forma menos importante, menos inevitable, tiende a reivindicar discretamente la herencia de la religión) está menos cerca del contenido de la religión que del contenido del misticismo, que es, en las márgenes de la religión, un aspecto suyo casi asocial. El misticismo está más cerca de la verdad que yo me esfuerzo por enunciar. Bajo el nombre de misticismo no designo los sistemas de pensamiento a los que se da ese nombre impreciso: pienso en la "experiencia mística", en los "estados místicos" experimentados en la soledad. En esos estados podemos conocer una verdad diferente de aquellas que están unidas con la percepción de los objetos (y, después, del sujeto; unidas por tanto a las consecuencias intelectuales de la percepción). Pero esta verdad no es formal. El discurso coherente no puede explicarla.
Sería incluso incomunicable si no tuviéramos la oportunidad de abordarla por dos caminos: la poesía y la descripción de las condiciones en las que es habitual a esos estados.
(…) Es siempre la muerte - o por lo menos la ruina del sistema del individuo aislado a la búsqueda de la dicha en la duración- la que introduce la ruptura, ruptura sin la cual nadie alcanza el estado de trance. En ese momento de ruptura y muerte, lo recobrado es siempre la inocencia y la embriaguez del ser. El ser aislado se pierde en algo distinto a él. Poco importa la representación que demos de esa "otra cosa". Es siempre una realidad que trasciende los límites comunes. Es incluso tan profundamente ilimitada que en realidad no es una cosa: es acula. "Dios es nada" enuncia Eckhart…
Georges Bataille
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