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martes, 17 de abril de 2012

Los detectives salvajes [Fragmento]

Laura Jauregui, Tlalpan, Mexico DF, marzo de 1977. Antes de marcharse vino a mi casa. Debían de ser las siete de la tarde. Yo estaba sola, mi madre había salido. Arturo me dijo que se iba y que ya no iba a volver. Le dije que le deseaba suerte, pero ni siquiera le pregunté adonde se iba. Creo que él me preguntó por mis estudios, qué tal me iba en la universidad, en Biología. Le dije que estupendo. Me dijo: he estado en el norte de México, en Sonora, creo que también en Atizona, pero la verdad es que no lo sé. Eso dijo y luego se rió. Una risa corta y seca, como de conejo. Sí, parecía drogado, pero a mí me consta que él no se drogaba. Ulises Lima sí, ése tomaba lo que fuera y además, qué curioso, apenas se le notaba y una no podía nunca asegurar cuándo Ulises estaba drogado y cuándo no. Pero Arturo era muy distinto, él no se drogaba, si no lo sé yo quién lo va saber. Y después volvió a decirme que se iba. Y yo le dije, antes de que él siguiera, que me parecía magnífico, no hay nada como viajar y conocer mundo, ciudades distintas y cielos distintos, y él me dijo que el cielo era igual en todas partes, las ciudades cambiaban pero el cielo era el mismo, y yo le dije que eso no era verdad, que yo creía que no era verdad y que además él mismo tenía un poema en donde hablaba de los cielos pintados por el Dr. Atl, diferentes de otros cielos de la pintura o del planeta o algo así. La verdad es que ya no tenía ganas de discutir. Al principio había fingido que no me interesaban sus planes, su plática, todo lo que tuviera que decirme, pero luego descubrí que en realidad no me interesaba, que todo lo que tenía que ver con él me aburría sobremanera, que lo que verdaderamente quería era que se marchara y me dejara estudiar tranquila, esa tarde tenía mucho que estudiar. Y entonces él dijo que le daba tristeza viajar y conocer el mundo sin mí, que siempre había pensado que yo iría con él a todas partes, y nombró países como Libia, Etiopía, Zaire, y ciudades como Barcelona, Florencia, Avignon, y entonces yo no pude sino preguntarle qué tenían que ver esos países con esas ciudades, y él dijo: todo, tienen que ver en todo, y yo le dije que cuando fuera bióloga ya tendría tiempo y además dinero, porque no pensaba dar la vuelta al mundo en autostop ni durmiendo en cualquier sitio, de ver esas ciudades y esos países. Y él entonces dijo: no pienso verlos, pienso vivir  en ellos, tal como he vivido en México. Y yo le dije: pues allá tú, que seas feliz, vive en ellos y muérete en ellos si quieres, yo ya viajaré cuando tenga dinero. Entonces te faltará tiempo, dijo él. No me faltará tiempo, dije yo, al contrario, seré dueña de mi tiempo, haré con mi tiempo lo que me dé la gana. Y él dijo: ya no serás joven. Lo dijo casi a punto de llorar, y verlo así, tan amargado, me dio coraje y le grité: a ti qué te importa lo que haga con mi vida, con mis viajes o con mi juventud. Y él entonces me miró y se dejó caer en un asiento, como si de improviso se diera cuenta de que estaba muriéndose de cansancio. Murmuró que me amaba, que nunca me podría olvidar. Después se levantó (veinte segundos después de hablar, a lo sumo) y me dio una bofetada en la mejilla. El sonido resonó en toda la casa, estábamos en la primera planta pero yo oí cómo el sonido de su mano (cuando la palma de su mano ya no estaba en mi mejilla) subía por las escaleras y entraba en cada una de las habitaciones de la segunda planta, se descolgaba por las enredaderas, rodaba como muchas canicas de cristal por el jardín. Cuando reaccioné cerré el puño derecho y se lo estampé en la cara. Él apenas se movió. Pero su brazo fue lo suficientemente rápido como para propinarme otra bofetada. Hijo de puta, le dije, maricón, cobarde, y lancé un ataque descoordinado de puñetazos, arañazos y patadas. Él no hizo nada para esquivar mis golpes. ¡Masoca de mierda!, le grité y seguí golpeándolo y llorando, cada vez más fuerte, hasta que las lágrimas sólo me permitieron ver brillos y sombras, pero no una imagen determinada del bulto contra el que se estrellaban mis golpes. Después me senté en el suelo y seguí llorando. Cuando levanté la vista Arturo estaba junto a mí, la nariz le sangraba, lo recuerdo, un hilillo de sangre bajaba hasta el labio superior y de allí hasta la comisura y de allí hasta la barbilla. Me has hecho daño, dijo, esto duele. Lo miré y parpadeé varias veces. Esto duele, dijo él y suspiró. ¿Y tú a mí qué?, dije yo. Entonces él se agachó y quiso tocarme la mejilla. Yo di un salto. No me toques, le dije. Perdóname, dijo. Ojalá te mueras, dije. Ojalá me muera, dijo él, y luego dijo: seguro que me voy a morir. No estaba hablando conmigo. Yo me puse a llorar otra vez, y a medida que lloraba cada vez tenía más ganas de llorar, y lo único que era capaz de decir era que se fuera de mi casa, que desapareciera, que no volviera a poner los pies allí nunca más. Lo oí suspirar y cerré los ojos. La cara me ardía pero más que dolor lo que sentía era humillación, era como si hubiera recibido las dos bofetadas en mi orgullo, en mi dignidad de mujer. Supe que nunca se lo iba a perdonar. Arturo se levantó (estaba de rodillas a mi lado) y lo oí dirigirse al baño. Cuando volvió se enjugaba la sangre de la nariz con un trozo de papel higiénico. Le dije que se fuera, que ya no quería volver a verlo. Me preguntó si ya estaba más calmada. Contigo nunca voy a estar calmada, le dije. Entonces él se dio media vuelta, tiró el pedazo de papel manchado de sangre (como la compresa de una puta drogadicta) al suelo y se marchó. Aún permanecí unos minutos más llorando. Intenté pensar en todo lo que había pasado. Cuando me sentí mejor me levanté, fui al baño, me miré al espejo (tenía la mejilla izquierda enrojecida), me preparé un café, puse música, salí al jardín a comprobar que la puerta estuviera bien cerrada, luego fui a buscar algunos libros y me instalé en el salón. Pero no podía estudiar así que llamé por teléfono a una amiga de la facultad. Por suerte la encontré. Durante un rato estuvimos platicando de cualquier cosa, ya no me acuerdo de qué, de su novio, creo, y de repente, mientras ella hablaba vi el pedazo de papel higiénico que Arturo había utilizado para limpiarse la sangre. Lo vi tirado en el suelo, arrugado, blanco con pintas rojas, un objeto casi vivo, y sentí unas náuseas enormes. Como pude le dije a mi amiga que tenía que dejarla, que estaba sola en mi casa y que estaban llamando a la puerta. No abras, me dijo, puede ser un ladrón o un violador o más probablemente ambas cosas. No abriré, le dije, sólo voy a ir a ver quién es. ¿Tiene barda tu casa?, dijo mi amiga. Una barda enorme, dije. Luego colgué y atravesé el salón rumbo a la cocina. Allí no supe qué hacer. Fui al baño de abajo. Corté un trozo de papel higiénico y volví al salón. El papel ensangrentado seguía allí pero no me hubiera extrañado encontrarlo ahora debajo de un sillón o bajo la mesa del comedor. Con el papel que tenía en la mano cubrí el papel ensangrentado de Arturo y luego lo cogí todo con dos dedos, lo llevé al water y tiré de la cadena.

Roberto Bolaño

Los detectives salvajes [Fragmento]


Joaquin Font, Clinica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de Mexico DF, enero de 1977. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso.

Roberto Bolaño

martes, 10 de abril de 2012

Los canallas (Capítulo 6)


Cuando todo terminó, Jimbo tuvo la impresión de que la entrevista se había desarrollado dentro de sus previsiones, después de que les aclarara un par de cosillas.  El fiscal del estado de Michigan, Richard Corneale, participaba de la reunión, para evitar que Jimbo tuviera que declarar dos veces. También estaba el fiscal federal, John R. Drumwald, el dueño y señor, el que dirigía el espectáculo, a quien asistían dos lameculos a los que llamaba sus asesores. Jimbo, el centro de atención, se sentó en una cómoda silla de cuero, frente a la cual había una mesa con una grabadora y, a pocos metros, una estenógrafa con el pelo canoso matizado de azul. No dejaban nada al azar.
El salón era gigantesco, por cierto; el más grande que Jimbo había visto, con excepción  de algún almacén.  El techo tendría unos seis metros de alto, como mínimo, y las paredes estaban recubiertas de paneles de madera de cabo a rabo. Un escritorio monumental se apoyaba contra la pared, cerca de la ventana, para que Drumwald pudiese apoyar sus pies encima y contemplar el horizonte de rascacielos. Por lo que vio sobre el escritorio, no tenía
nada más que hacer: a excepción de un teléfono, estaba limpio. Corneale estaba sentado en algo parecido a las sillas tapizadas que se ven en las funerarias. El gran boss y sus asesores daban vueltas, se paseaban por la sala, y le hacían preguntas a bocajarro, que quedaban debidamente registradas, tanto por la grabadora como por la vieja funcionaria.
De vez en cuando, los tres se retiraban a un rincón para cotorrear, hablando con rápidos
susurros que Jimbo lograba oír, pero no entender.   Su primer problema fue que los tipos no querían oír nada sustancioso. Insistió en darles elementos para que comprendieran cómo funciona la mente criminal, pero lo único que les preocupaba era la legalidad de su trabajo. Habría preferido que fuera Chris Haney quien se hiciera cargo del interrogatorio. Chris le habría preguntado «¿Has cometido algún delito durante tu investigación?», a lo que Jimbo habría levantado una ceja, se habría encogido un poco de hombros y le habría contestado «Bueno, solo los imprescindibles, hay que ganarse la confianza de esos, ya sabes». Y luego le habría sonreído, a la espera de ver cómo se las apañaba Chris con aquella patata caliente.
 Pero no podía hacer eso con aquellos tipos. Lo mirarían raro y le dirían que contestara a las preguntas con frases cortas y claras. Sin adornos retóricos. Y así lo 1o había hecho, aunque tentado estuvo de mandarlos a la mierda. Sólo una vez se soltó de la lengua, cuando Drumwald se acarició el bigote y le preguntó si alguna vez había mantenido relaciones sexuales con alguna de las prostitutas de los gánsteres.
 –¿Qué entiende usted por relaciones sexuales?
 Corneale sofocó una carcajada, pero Drumwald se abalanzó sobre la grabadora y
la paró. Después, le dijo a la estenógrafa que eliminara el comentario. Se volvió hacia
Jimbo con el rostro rojo y descompuesto de ira.
 –¿Entiende el alcance de su investigación, detective Marino?
 –No se imagina lo jodidamente bien que entiendo el alcance de la investigación.
Era mi puto culo el que exponía. 
–Es una orden, Marino, escuche con atención. No debe responder a ninguna
pregunta con fanfarronadas ni volver a usar palabras malsonantes en esta sala. ¿Me ha entendido, Marino?
 –Detective sargento Marino, señor –contestó Jimbo. Y agregó–: Y quiero decirle algo. No tiene por qué meter las narices en mi vida sexual. Estoy aquí para dar cuenta
de mi trabajo. Si quiere ponérmelo difícil, me iré de paseo con el señor Corneale hasta el Ayuntamiento, le contaré todo a él, y usted tendrá que presentarse ante el Gran Jurado sin información.
 Volvió a sentarse en su silla de cuero y miró con rabia a los tres hombres  vestidos con sus ternos de Brooks Brothers, cuyos rostros estaban lívidos. Los tres se apiñaron para otra jadeante conferencia y Jimbo miró a Corneale, que hizo algo sorprendente. Le guiñó un ojo.
 Por fin, Drumwald volvió a la escena, paseándose de un extremo a otro por delante de la silla de Jimbo. 
 –Detective sargento Marino, cada pregunta que le hacemos está destinada a protegerlo a usted tanto como a nosotros. Los abogados defensores, en especial los abogados defensores que Barboza se puede pagar, no se detendrán ante nada si pueden difamarnos. Debemos saberlo todo. ¿Lo ha entendido?
 –Sí, señor.
 Drumwald se distendió un poco. Ya eran colegas. 
 –Después de todo, estamos del mismo lado.
 Jimbo tenía en la punta de la lengua la respuesta: «¡Qué coño vamos a estar del mismo lado!». Pero los fiscales federales tenían la mala costumbre de presentarse para gobernadores.
 –Sí, señor.
 Drumwald puso en marcha la grabadora.
 –Detective sargento Marino, durante el transcurso de sus investigaciones, ¿en algún momento mantuvo relaciones sexuales con las prostitutas de los gánsteres?
 –No, señor –respondió Jimbo, con la sensación haberse follado a sí mismo en ese instante.
 Respondió a las preguntas durante toda la mañana, relató con precisión los crímenes e insistió en la legalidad de los aparatos de escucha preparados por Gizmo, instalados con órdenes judiciales firmadas por el juez Chris Haney. Contestó a las preguntas que le hacían y dejó fuera todo la sustancia. Todos los descubrimientos de interés.
 Como cuando Barboza salía de copas con sus putas finas cubiertas de brillantes pagados por él, a las que les aguantaba todas las tonterías. Para luego volver a casa y tratar a su mujer peor que a un animal.
 O cuando tenía que escuchar veinte veces seguidas I Left My Heart in San Francisco en versión de Tony Bennett. Los gánsteres les daban monedas a sus amiguitas para que alimentaran la gramola y les decían que pasaran la misma canción una y otra vez. Siempre Sinatra o Bennett, a veces Louis Prima o Keely Smith.  O la noche en que Barboza, para tener contenta a una de sus putitas, le pidió que bailara con ella. Y cuando luego Jimbo la llevó de vuelta a la mesa, y le preguntó a Barboza por qué no había salido él a la pista y Barboza robó sin vergüenza una frase de Frank Costello: «Los hombres duros no bailan». Jimbo entonces se rió, el tipo era demasiado transparente. Y después le contó que James Cagney y George Raft eran capaces de gastar una buena alfombra. O Ray Danton. Barboza lo miró extrañado y le preguntó: «¿Ray qué?».
Mientras testificaba con soltura, casi de carrerrilla, pensaba en todo eso y se impacientaba por contar lo sustancial a alguien. A Chris, a Gizmo, incluso a Lettierri, si le mejoraba el humor y salía a tomar un par de copas con él, como acostumbraban a hacer antes. Antes de que Lettierri se volviera tan estrecho.
 No hubo recesos hasta el mediodía; hasta que los tres abogados estiraron los brazos sonriendo: un trabajo bien hecho, el de esa mañana. Con la grabadora apagada y la dama del estenógrafo en la puerta, yéndose a tomar su almuerzo, Drumwald dijo lo que provocó la segunda disputa del día.
 –Por supuesto, Marino, le pondremos agentes del servicio de seguridad para su
protección.
 Pero esa vez fue Jimbo quien ganó la discusión.
 Le dijeron que estuviera de vuelta a las dos en punto. Jimbo sintió cierta admiración por unos tipos que se tomaban dos horas para almorzar. ¡Joder!, cuando patrullaba las calles, se consideraba afortunado si podía comer una salchicha en el coche mientras vigilaba a algún descarriado. Se subió al ltd y condujo directamente hasta Morrie Mages Sports, entró, eligió lo que necesitaba y pagó con su visa. Guardó los paquetes en el maletero y después se comió un bocata de ternera empanada acompañado de coca-cola y patatas fritas en Tomanuchi’s.
 Se había habituado a vivir como ellos: dormía hasta que le daba la gana, pasaba la noche fuera, descansaba la mayor parte del día. Entró en un Walgreen’s y compró un paquete de No-Doz, esas píldoras que te despiertan. Habría preferido atiborrarse de cafeína con café de verdad, pero ya había irritado bastante a los poderosos y no quería pasarse la tarde yendo a los retretes. Aparcó y entró en el Edificio Federal, le compró el periódico a una ciega que tenía la concesión del kiosco, preguntándose cómo coño hacía para distinguir el valor del billete que uno le entregaba. Sin vacilar, ella le dio los setenta y cinco centavos de cambio. Asombroso. Subió en el ascensor hasta las oficinas del fiscal federal y se tragó, sin agua, tres pastillas de No-Doz. Se sentó en la silla que tenía asignada y empezó a leer el periódico. Buscó entre las noticias la que daría cuenta de los arrestos de la última noche en la obra en construcción de Beglund, pero no encontró nada. Era obvio que había ocurrido demasiado tarde para entrar en los titulares de la primera edición.
 A las dos menos diez, entró Corneale, sonriente, frotándose las manos, y le lanzó otro guiño. Jimbo asintió, cortés. Los fiscales estatales tenían la mala costumbre de hacerse alcaldes. Y los alcaldes dirigían los departamentos de policía.
 –Me gusta su estilo –dijo Corneale.
 –Gracias –contestó Jimbo.
 A Corneale le impresionaba que, antes del almuerzo, Jimbo hubiera acoquinado al político más influyente y poderoso del distrito. Pocos lo habían logrado antes y, menos, un poli.
 –Ya era hora de que alguien pusiera en su lugar a ese cretino que va de sobrado.
 Jimbo se inclinó hacia adelante en su silla hasta que escasos centímetros
separaron su cara de la de Corneale.
 –Señor Corneale…
 Y el tío volvió a sorprenderlo:
 –Llámeme Richie.
 –Richie. Oiga, en esta sala podría haber micrófonos.
 Corneale lo miró con extrañeza.
 –¡Qué dice! ¿No está usted un poco paranoico?
La sesión de la tarde fue breve y más política. De entrada, lo único que les interesaba era la validez de las órdenes judiciales. Jimbo repetía una y otra vez que el juez Chris Haney había estudiado personalmente cada una de las peticiones, las había aprobado, y ratificado la orden. Luego, se centraron en cómo Jimbo había logrado contactar con el hampa.  Todo había empezado –les contó– con Franchetti, un gánster que quiso
abuenarse con Dios en su lecho de muerte mientras le aplicaban la extremaunción. Con
su último aliento, le susurró a Barboza: «Jimbo es como un hijo para mí». 
 Drumwald asintió y aceptó la versión. Se podía sostener porque Franchetti era cadáver. Nadie podía ponerle pegas ni hacerle preguntas aunque hubiera cintas grabado el acontecimiento. Sólo él y Lettierri sabían lo que había pasado, y ninguno de los dos pensaba decir esta boca es mía.
 Fueron a ver a Franchetti con suficientes pruebas como para condenar al único hijo de Vinnie y dejarlo fuera de juego al menos quince años. Le preguntaron si quería que el chico se pudriera en la cárcel mientras su mujer y sus nietos se veían obligados a recurrir a los subsidios de la seguridad social. El único hijo, el que se haría cargo del negocio de la familia y aseguraría que la viuda de Vinnie pasara tranquila sus últimos años. Vinnie no había cedido ante incalculables argumentos; el viejo quería estirar la pata tan desalmado como había vivido, pero Jimbo y Lettierri por fin lo acorralaron y la presentación se hizo escasas semanas antes de que el viejo tuviera que rendir cuentas con su hacedor.
 Nada de todo esto se le podía escapar a Jimbo en la sala. Se lo podía contar a Chris, o a Gizmo. Pero los calzonazos que tenía delante no apreciarían la belleza de la historia. Eran miopes.
 Drumwald, de golpe, con la grabadora en marcha y la estenógrafa picoteando las teclas, le preguntó si por alguna razón creía que la investigación se había puesto en marcha como consecuencia de una estratagema política de la alcaldesa.  Jimbo casi se cae de la silla. Vio que Llámeme Richie Corneale se sobresaltaba y que la barbilla se le hundía en el pecho. Era demasiado, aun para los que estaban al corriente del odio amargo que se profesaban la alcaldesa y Drumwald. Jimbo le contestó que, en su opinión, la investigación se había iniciado solo para dejar fuera de juego a una piara de cerdos que hacía su agosto con el crimen. Había desprecio en su voz, el resentimiento de quien se siente utilizado como una herramienta política para sacarle punta a la carrera de algún gilipollas ambicioso.
 –Eso es todo, detective Marino –concluyó Drumwald.
 Jimbo miró el reloj: eran las dos y veintitrés minutos. ¿Veintitrés minutos para la
sesión de la tarde? De pronto, tuvo conciencia de que algo andaba mal, espantosamente
mal.
 Condujo hacia la central de policía, en 11 y State, preguntándose por qué coño se habían tomado dos horas para almorzar para después volver a trabajar menos de media hora. Algo apestaba, pero no tenía tiempo de pensar en eso. Oficialmente, no volvería a su trabajo hasta después de testificar ante el Gran Jurado, y faltaba casi una semana para el próximo lunes. Pero tenía que ir a la oficina, tenía que ponerse al corriente de los arrestos de la noche anterior. Su corona de gloria. 

Eugene Izzi

miércoles, 18 de enero de 2012

Las nieves del Kilimanjaro (fragmento)

   En su imaginación vio una estación de ferrocarril en Karagatch. Estaba de pie junto a su equipaje. La potente luz delantera del expreso Simplón-Oriente atravesó la oscuridad, y abandonó Tracia, después de la retirada. Ésta era una de las cosas que había reservado para escribir en otra ocasión, lo mismo que lo ocurrido aquella mañana, a la hora del desayuno, cuando miraba por la ventana las montañas cubiertas de nieve de Bulgaria y el secretario de Nansen le preguntó al anciano si era nieve. Éste lo miró y le dijo: «No, no es nieve. Aún no ha llegado el tiempo de las nevadas.» Entonces, el secretario repitió a las otras muchachas: «No. Como ven, no es nieve.» Y todas decían: «No es nieve. Estábamos equivocadas.» Pero era nieve, en realidad, y él las hacía salir de cualquier modo si se efectuaba algún cambio de poblaciones. Y ese invierno tuvieron que pasar por la nieve, hasta que murieron...
Y era nieve también lo que cayó durante toda la semana de Navidad, aquel año en que vivían en la casa del leñador, con el gran horno cuadrado de porcelana que ocupaba la mitad del cuarto, y dormían sobre colchones rellenos de hojas de haya. Fue la época en que llegó el desertor con los pies sangrando de frío para decirle que la Policía estaba siguiendo su rastro. Le dieron medias de lana y entretuvieron con la charla a los gendarmes hasta que las pisadas hubieron desaparecido.
En Schrunz, el día de Navidad, la nieve brillaba tanto que hacía daño a los ojos cuando uno miraba desde la taberna y veía a la gente que volvía de la iglesia. Allí fue donde subieron por la ruta amarillenta como la orina y alisada por los trineos que se extendían a lo largo del río, con las empinadas colinas cubiertas de pinos, mientras llevaban los esquíes al hombro. Fue allí donde efectuaron ese desenfrenado descenso por el glaciar, para ir a la Madlenerhaus. La nieve parecía una torta helada, se desmenuzaba como el polvo, y recordaba el silencioso ímpetu de la carrera, mientras caían como pájaros.
La ventisca los hizo permanecer una semana en la Madlenerhaus, jugando a los naipes y fumando a la luz de un farol. Las apuestas iban en aumento a medida que Herr Lent perdía. Finalmente, lo perdió todo. Todo: el dinero que obtenía con la escuela de esquí, las ganancias de la temporada y también su capital. Lo veía ahora con su nariz larga, mientras recogía las cartas y las descubría, Sans Voir. Siempre jugaban. Si no había nada de nieve, jugaban; y si había mucha también. Pensó en la gran parte de su vida que pasaba jugando.
Pero nunca había escrito una línea acerca de ello, ni de aquel claro y frío día de Navidad, con las montañas a lo lejos, a través de la llanura que había recorrido Gardner, después de cruzar las líneas, para bombardear el tren que llevaba a los oficiales austriacos licenciados, ametrallándolos mientras ellos se dispersaban y huían. Recordó que Gardner se reunió después con ellos y empezó a contar lo sucedido, con toda tranquilidad, y luego dijo: « ¡Tú, maldito! ¡Eres un asesino de porquería!»
Y con los mismos austriacos que habían matado entonces se había deslizado después en esquíes. No; con los mismos, no. Hans, con quien paseó con esquí durante todo el año, estaba en los Káiser-Jagers (Cazadores imperiales), y cuando fueron juntos a cazar liebres al valle pequeño, conversaron encima del aserradero, sobre la batalla de Pasubio y el ataque a Pertica y Asalone, y jamás escribió una palabra de todo eso. Ni tampoco de Monte Corno, ni de lo que ocurrió en Siete Commum, ni lo de Arsiero.
¿Cuántos inviernos había pasado en el Vorarlberg y el Arlberg? Fueron cuatro, y recordó la escena del pie a Bludenz, en la época de los regalos, el gusto a cereza de un buen kirsch y el ímpetu de la corrida a través de la blanda nieve, mientras cantaban: « ¡Hi! ¡Ho!, dijo Rolly.»
Así recorrieron el último trecho que los separaba del empinado declive, y siguieron en línea recta, pasando tres veces por el huerto; luego salieron y cruzaron la zanja, para entrar por último en el camino helado, detrás de la posada. Allí se desataron los esquíes y los arrojaron contra la pared de madera de la casa. Por la ventana salía la luz del farol y se oían las notas de un acordeón que alegraba el ambiente interior, cálido, lleno de humo y de olor a vino fresco. (…)

Ernest Hemingway

sábado, 19 de febrero de 2011

Las Once mil vergas (Capítulo III)


Algunos días después de la sesión, que el cochero del vehículo 3.269 y el agente de policía habían acabado de manera tan singular, el príncipe Vibescu apenas se había respuesto de sus emociones. Las marcas de la flagelación habían cicatrizado y él estaba desmayadamente tendido en un sofá de una habitación del Grand-Hótel. Para excitarse leía la sección de sucesos del Journal. Le apasionaba una historia. El crimen era espantoso. El lavaplatos de un restaurante había hecho asar el culo de un joven pinche, luego, aún caliente y sangrante, lo había enculado y comido los trozos asados que se desprendían del trasero del efebo. Los vecinos habían acudido a los gritos del Vatel y habían detenido al sádico lavaplatos. La historia estaba contada con todos los detalles y el príncipe la saboreaba masturbándose lentamente el miembro que se había sacado.
En ese momento, llamaron. Una criada complaciente, fresca y muy bonita con su cofia y su delantal, entró con el permiso del príncipe. Sostenía una carta y enrojeció viendo el aspecto descompuesto de Mony que se volvió a poner los pantalones:
–No se vaya, bella y rubia señorita, tengo que decirle unas palabras.
Al mismo tiempo, cerró la puerta y, agarrando a la preciosa Mariette por la cintura, la besó vorazmente en la boca. Al principio ella se defendió, apretando fuertemente los labios, pero pronto, bajo el abrazo, comenzó a abandonarse, luego su boca se abrió. La lengua del príncipe penetró en ella, siendo mordida inmediatamente por Mariette cuya hábil lengua empezó a cosquillear la punta de la de Mony.
Con una mano, el joven le rodeaba la cintura; con la otra le levantaba las faldas. No llevaba bragas. Su mano se colocó rápidamente entre dos muslos redondos y grandes que nadie le hubiera supuesto, pues era alta y delgada. Tenía un coño muy peludo. Estaba muy enardecida, y la mano estuvo muy pronto en el interior de una húmeda grieta, mientras que Mariette se abandonaba avanzando el vientre. Su mano se paseaba por encima de la bragueta de Mony que al fin consiguió desabrochar. Extrajo el soberbio florete que al entrar sólo había podido entrever. Se masturbaban mutua y suavemente; él le pellizcaba el clítoris; ella, apretando su pulgar sobre el orificio del pene. Él le levantó las piernas y se las puso sobre los hombros, mientras ella se desabrochaba para hacer surgir dos soberbios pechos erectos que él se puso a chupar alternativamente, haciendo penetrar su ardiente miembro en el coño. Inmediatamente ella se echó a gritar:
–¡Qué bueno, qué bueno... qué bien lo haces!
En aquel momento ella dio unas desordenadas culadas, luego él la sintió descargar diciendo:
–Toma... qué gusto... toma... tómalo todo.
Inmediatamente después, le agarró bruscamente el miembro diciendo:
–Por aquí ya hay bastante.
Lo sacó del coño y se lo introdujo en otro agujero completamente redondo situado un poco más abajo, como un ojo de cíclope entre dos globos carnosos, blancos y vigorosos. El miembro, lubrificado por los licores femeninos, penetró fácilmente y, tras haber vivamente culeado, el príncipe soltó todo su esperma en el culo de la preciosa camarera. Enseguida sacó su miembro que hizo: “floc”, como cuando se descorcha una botella y sobre la punta aún quedaba algo de semen mezclado con un poco de mierda. En este momento, en el corredor sonó una llamada y Mariette dijo: “Debo ir a ver”. Y se largó después de besar a Mony que le puso dos luises en la mano. Cuándo hubo salido, él se lavó la cola, luego abrió la carta que contenía esto:
“Mi hermoso rumano:
“¿Qué es de ti? Debes haberte repuesto de tus fatigas. Pero recuerda lo que me dijiste: Si no hago el amor veinte veces seguidas, que once mil vergas me castiguen. No lo hiciste veinte veces, peor para ti.
“El otro día fuiste recibido en el picadero de Alexine, en la calle Duphot. Ahora que te conocemos, puedes venir a mi casa. No puedes ir a casa de Alexine. No puede recibirme ni siquiera a mí. Por eso tiene un picadero. Su senador es demasiado celoso. A mí me da lo mismo; mi amante es explorador, debe estar a punto de enfilar perlas con las negras de Costa de Marfil. Puedes venir a mi casa, el 214 de la calle de Prony. Te esperamos a las cuatro.
Culculine d'Ancóne.”
Tan pronto leyó esta carta, el príncipe miró la hora. Eran las once de la mañana. Llamó para hacer subir al masajista que le masajeó y le enculó limpiamente. Esta sesión le vivificó. Tomó un baño y se sentía fresco y dispuesto al llamar al peluquero que le peinó y le enculó artísticamente. El pedicuro-manicura subió inmediatamente. Le hizo las uñas y le enculó vigorosamente. El príncipe, entonces, se sintió completamente a gusto. Bajó a los bulevares, desayunó copiosamente, luego tomó un fiacre que le condujo a la calle de Prony. Era un hotelito, habitado exclusivamente por Culculine. Una vieja sirvienta le franqueó la entrada. La habitación estaba amueblada con un gusto exquisito.
Enseguida le hicieron entrar en un dormitorio cuya cama, muy baja y de cobre, era enorme. El entarimado estaba cubierto con pieles de animales que ahogaban el ruido de las pisadas. El príncipe se desvistió rápidamente y quedó completamente desnudo cuando entraron Alexine y Culculine enfundadas en unos maravillosos deshabillés. Se echaron a reír y lo besaron. Él empezó por sentarse, luego colocó a cada una de las muchachas encima de una de sus piernas, pero lo hizo levantándoles la falda, de manera que ellas permanecían decentemente vestidas y él sentía sus culos desnudos sobre los muslos. Luego empezó a masturbar a cada una con una mano, mientras ellas le cosquilleaban el miembro. Cuando sintió que estaban completamente excitadas les dijo:
–Ahora vamos a dar clase.
Las hizo sentar en una silla enfrente suyo y, después de reflexionar un instante, les dijo:
–Señoritas, acabo de notar que no llevan bragas. Deberían avergonzarse. Corran a ponerse una.
Cuando volvieron, comenzó la clase.
–Señorita Alexine Mangetout, ¿cómo se llama el rey de Italia?
–Si crees que me importa, ¡no tengo ni idea! –dijo Alexine.
–Tiéndase en la cama –gritó el profesor.
La hizo colocar de rodillas y de espaldas sobre la cama, le hizo levantar las faldas y abrir la raja de los calzones de los que emergieron los globos radiantes de blancura de las nalgas. Entonces empezó a golpearlas con la palma de la mano; pronto el trasero empezó a enrojecer. Esto excitaba a Alexine que hacía muy buen culo, pero enseguida el mismo príncipe no pudo contenerse. Pasando sus manos alrededor del busto de la joven, le agarró los pechos por debajo del peinador, luego haciendo descender una mano, le acarició el clítoris y notó lo mojado que tenía el coño.
Las manos de ella no permanecían inactivas; habían agarrado el miembro del príncipe conduciéndolo por el angosto sendero de Sodoma. Alexine se inclinaba para que su culo sobresaliera mejor y para facilitar la entrada a la verga de Mony.
El glande estuvo dentro muy pronto, el resto le siguió y los testículos iban a pegar contra la base de las nalgas de la joven. Culculine, que se aburría, también se echó sobre la cama y lamió el coño de Alexine que, festejada por los dos lados, gozaba hasta llorar. Su cuerpo sacudido por la voluptuosidad se retorcía como si estuviera sufriendo atrozmente. Estertores voluptuosos se escapaban de su garganta. El enorme instrumento le llenaba el culo y yendo hacia delante y hacia atrás, chocaba contra la membrana que lo separaba de la lengua de Culculine que recogía el líquido provocado por este pasatiempo. El vientre de Mony embestía el culo de Alexine. Luego el príncipe culeó más deprisa. Empezó a morder el cuello de Alexine. El miembro se hinchó. Alexine no pudo soportar tanta felicidad; se dejó caer sobre la cara de Culculine que no cesó en sus lameteos, mientras que el príncipe la seguía en su caída, la verga introducida en su culo. Unas arremetidas más, luego Mony soltó su semen. Ella permaneció tendida en la cama mientras Mony iba a lavarse y Culculine se levantaba para orinar. Ella tomó un cubo, se sentó a horcajadas en él, las piernas muy separadas, se levantó la falda y orinó copiosamente, luego, para quitarse las últimas gotas que habían quedado entre los pelos, soltó un pedo pequeño, tierno y discreto que excitó considerablemente a Mony.
¡Cágate en mis manos, cágate en mis manos! –exclamaba.
Ella sonrió; él se colocó detrás de ella, que bajaba un poco el culo y empezaba a hacer esfuerzos. Llevaba unos diminutos calzones de batista transparente a través de los cuales se entreveían sus bellos y vigorosos muslos. Unas medias negras le llegaban hasta por encima de la rodilla y moldeaban dos maravillosas pantorrillas de silueta incomparable, ni demasiado gruesas ni demasiado delgadas. En esta posición el culo resaltaba, admirablemente encuadrado por la abertura de los calzones. Mony observaba atentamente las dos morenas y rosadas nalgas, vellosas, regadas por una sangre generosa. Advertía la extremidad de la espina dorsal, algo salida y, debajo, el comienzo de la raya del culo. Primero ancha, luego estrechándose y haciéndose más profunda a medida que aumentaba el espesor de las nalgas; se llegaba así hasta el orificio obscuro y redondo, completamente arrugado. Los primeros esfuerzos de la joven consiguieron dilatar el agujero del culo y hacer salir un poco de la piel lisa y rosada que se encuentra en su interior y que parece un labio remangado.
¡Caga ya! –gritaba Mony.
Enseguida apareció una puntita de mierda, picuda e insignificante, que mostró la cabeza y se retiró inmediatamente a su caverna. Seguidamente reapareció, seguida lenta y majestuosamente por el resto del salchichón que constituía uno de los más bellos cagajones que un intestino haya producido jamás.
La mierda salía untuosa e ininterrumpidamente, hilada con cuidado como un cable de navío. Oscilaba graciosamente entre las bellas nalgas que se separaban cada vez más. Pronto se balanceó más briosamente. El culo se dilató aún más, se agitó un poco y la mierda cayó, caliente y humeante toda ella, en las manos de Mony que se tendían para recibirla. Entonces él grito: “ ¡No te muevas! “, y, agachándose, le lamió cuidadosamente el orificio del culo, amasando el cagajón con sus manos. Luego lo aplastó con voluptuosidad y se embadurnó todo el cuerpo con él. Culculine se desvestía para imitar a Alexine que se había desnudado y mostraba a Mony su voluminoso y transparente culo de rubia: “¡Cágame encima!”, gritó Mony a Alexine arrojándose al suelo. Ella se acuclilló encima, pero no del todo. Él podía gozar del espectáculo que ofrecía su ano. Los primeros esfuerzos consiguieron hacer salir un poco del semen que Mony había depositado allí; luego salió la mierda, amarilla y blanda, que cayó en varias veces y, como ella reía y se meneaba, la mierda se desparramaba por todo el cuerpo de Mony que pronto tuvo el vientre adornado con muchas de estas fragantes babosas.
Al mismo tiempo Alexine había orinado y el chorro, muy caliente, al caer sobre el miembro de Mony, había despertado sus instintos animales. Poco a poco el pendolón se iba irguiendo, hinchándose hasta que, alcanzado su volumen normal, el glande se atirantó, colorado como una enorme ciruela, ante los ojos de la joven que, acercándose, se agachó cada vez más, haciendo penetrar la verga en erección por entre los bordes peludos del coño ampliamente abierto. Mony gozaba con el espectáculo. El culo de Alexine, al descender, mostraba cada vez más a las claras su apetitosa rotundidad. Sus escalofriantes redondeces imponían y la separación de las nalgas se acusaba cada vez más. Cuando el culo hubo descendido completamente, cuando el miembro fue totalmente engullido, el culo se levantó de nuevo y comenzó un bonito movimiento de vaivén que modificaba su volumen en proporciones notables, y era un espectáculo delicioso. Mony, lleno de mierda, gozaba profundamente: al cabo de poco tiempo sintió como se apretaba la vagina y Alexine dijo con voz estrangulada:
¡Puerco, ya viene... estoy gozando!
Y dejó escapar su chorro. Pero Culculine, que había asistido a esta operación y parecía acalorada, la extrajo brutalmente del palo y, abalanzándose sobre Mony sin preocuparse de la mierda que la ensució también, se introdujo la cola en el coño exhalando un suspiro de satisfacción. Comenzó a dar terribles culadas mientras decía: “ ¡Han!” a cada arremetida. Pero Alexine, despechada por haber sido desposeída de su bien, abrió un cajón y sacó de él unos zorros hechos con tiras de cuero. Comenzó a azotar el culo de Culculine cuyos saltos se hicieron aún más apasionados. Alexine, excitada por el espectáculo, golpeaba dura y vigorosamente. Los golpes llovían sobre el soberbio trasero. Mony, ladeando ligeramente la cabeza, veía, en un espejo que tenía enfrente, subir y bajar el gran culo de Culculine. Al subir las nalgas se entreabrían y la roseta aparecía por un breve instante para desaparecer al bajar cuando las bellas nalgas mofletudas se estrechaban de nuevo. Debajo, los labios peludos y distendidos del coño devoraban la enorme verga que, al subir, se veía mojada y salía casi totalmente. En un momento los golpes de Alexine habían enrojecido completamente el pobre culo que ahora se estremecía de voluptuosidad. Pronto un golpe dejó una marca sangrienta. Las dos, la que golpeaba y la azotada, estaban frenéticas como bacantes y parecían gozar con idéntica intensidad. El mismo Mony empezó a compartir su furor y sus uñas surcaron la espalda satinada de Culculine. Alexine, para  golpear cómodamente  a  Culculine,  se arrodilló junto al grupo. Su mofletudo culazo, sacudiéndose a cada golpe que daba, quedó a dos dedos de la boca de Mony.
Su lengua no tardó en introducirse allí dentro, luego animado por un furor voluptuoso, empezó a morder la nalga derecha. La joven lanzó un grito de dolor. Los dientes habían penetrado en su carne y la sangre roja y fresca vino a aliviar el gaznate reseco de Mony. La bebió a lengüetadas, apreciando su sabor de hierro ligeramente salado. En este momento los saltos de Culculine eran ya completamente incontrolados. Sus ojos estaban en blanco. Su boca, manchada por la mierda acumulada sobre el cuerpo de Mony. Lanzó un gemido y descargó al mismo tiempo que Mony. Alexine cayó sobre ellos, agonizante y rechinando los dientes, y Mony que colocó la boca en su coño no tuvo que dar más que dos o tres lengüetazos para obtener una descarga. Luego, tras algunos sobresaltos, los nervios se relajaron y el trío se tendió sobre la mierda, la sangre y el semen. Se durmieron sin darse cuenta y se despertaron cuando las doce campanadas de medianoche sonaron en el reloj de péndulo de la habitación.
–No nos movamos, he oído ruido –dijo Culculine–, y no es mi criada, está acostumbrada a no preocuparse por mí. Debe estar acostada.
Un sudor frío bañaba las frentes de Mony y de las jóvenes. Sus cabellos se pusieron de punta y los escalofríos recorrían sus cuerpos desnudos y merdosos.
¡Hay alguien! –añadió Alexine.
¡Hay alguien! –confirmó Mony.
En este mismo momento se abrió la puerta y la poca luz que llegaba desde la nocturna calle permitió vislumbrar dos sombras humanas envueltas en abrigos con el cuello alzado y cubiertos con sombreros hongo.
Bruscamente, el primero de ellos hizo centellear una linterna que llevaba en la mano. El resplandor iluminó la habitación, pero en el primer momento los asaltantes no advirtieron el grupo tendido en el suelo.
¡Esto huele muy mal! –dijo el primero.
–Entremos de todos modos, ¡debe haber guita en los cajones! –replicó el segundo.
Entonces, Culculine, que se había arrastrado hasta el interruptor de la luz, iluminó bruscamente la habitación.
Los asaltantes quedaron boquiabiertos ante las desnudeces:
¡Mierda! –dijo el primero–, a fe de Cornaboeux, tenéis buen gusto.
Era un coloso moreno cuyas manos eran extraordinariamente velludas. Su barba enmarañada le hacía aún más feo de lo que era.
–Qué coña –dijo el segundo–, a mí me va la mierda, trae buena suerte.
Era un bribón macilento y tuerto que mascaba una apagada colilla.
–Tienes razón, Chalupa –dijo Comaboeux–, ahora mismo acabo de pisarla y para primera felicidad creo que voy a ensartar a la señorita. Pero primero pensemos en el joven.
Y abalanzándose sobre el aterrorizado Mony, los asaltantes le amordazaron y le ataron brazos y piernas. Luego volviéndose hacia las dos trémulas mujeres, algo divertidas no obstante, Chalupa dijo:
–Y vosotras, muñecas, intentad ser amables; si no se lo diré a Prosper.
Llevaba un bastoncillo en la mano y se lo dio a Culculine ordenándole golpear a Mony con todas sus fuerzas. Luego colocándose a su espalda, sacó un pene delgado como un meñique, pero muy largo. Chalupa comenzó palmeándole las nalgas al tiempo que decía:
¡Bien!, mi grueso carigordo, vas a tocar la flauta, me gusta la tierra amarilla.
Sobaba y palpaba ese culazo suave y, pasando una mano por delante, manoseaba el clítoris, luego bruscamente introdujo el delgado y largo pene. Culculine empezó a menear el culo mientras golpeaba a Mony que, al no poder gritar ni defenderse, se convulsionaba como un gusano a cada bastonazo, que le dejaba una marca roja que pronto se volvía violácea. Luego, a medida que la enculada avanzaba, Culculine, excitada, golpeaba más fuerte gritando:
    –Puerco, toma, por tu sucia basura... Chalupa, éntrame tu palillo hasta el fondo.
El cuerpo de Mony quedó ensangrentado en un momento.
Mientras tanto, Cornaboeux había agarrado a Alexine y la había tirado encima de la cama. Comenzó por mordisquearle los pechos que empezaron a endurecerse. Luego descendió hasta el coño y lo cubrió completamente con su boca, mientras tironeaba los preciosos pelos rubios y rizados de la mota. Se incorporó y sacó su miembro enorme, pero corto, con la cabeza violeta. Volteando a Alexine, empezó a golpear su culazo rosado; de vez en cuando pasaba la mano por el surco del culo. Luego se puso a la joven debajo del brazo izquierdo de manera que el coño quedara al alcance de su mano derecha. Con la izquierda la agarraba por la barba del coño... lo que le hacía daño. Ella se echó a llorar y sus gemidos aumentaron cuando Cornaboeux empezó a pegarle en las posaderas con todas sus fuerzas. Sus gruesos muslos rosados se estremecían y el culo temblaba cada vez que se abatía sobre él la enorme manaza del salteador. Con sus manecitas libres empezó a arañar la cara barbuda. Le estiraba los pelos del rostro igual que él le estiraba los mechones del coño:
¡Esto funciona! –dijo Cornaboeux, y le dio la vuelta.
En este preciso instante, ella se dio cuenta del espectáculo formado por Chalupa enculando a Culculine que golpeaba a Mony, completamente ensangrentado, y esto la excitó. La enorme verga de Cornaboeux chocaba contra su trasero, pero erraba el golpe, pegando a derecha y a izquierda o bien algo más arriba o algo más abajo, luego cuando encontró el agujero, colocó sus manos sobre las caderas tersas y redondeadas de Alexine y la atrajo hacia sí con todas sus fuerzas. El dolor que le causó ese enorme miembro que le desgarraba el culo la hubiera hecho aullar de dolor si no hubiera estado tan excitada por todo lo que acababa de pasar. Inmediatamente de haber entrado el miembro en el culo, Cornaboeux volvió a sacarlo, luego volteando a Alexine encima de la cama le hundió su instrumento en el vientre. El útil entró a duras penas a causa de su enormidad, pero desde que estuvo dentro, Alexine cruzó las piernas en torno a las caderas del asaltante y lo mantuvo tan apretado contra sí que si él hubiera querido escaparse no hubiera podido. Las culadas se encarnizaron. Cornaboeux le chupaba los pechos y su barba le raspaba, excitándola; ella introdujo una mano dentro de los pantalones e introdujo un dedo en el ojo del culo del asaltante. Enseguida empezaron a morderse como bestias salvajes, pegando culadas. Descargaron frenéticamente. Pero el miembro de Cornaboeux, constreñido en la vagina de Alexine, se endureció de nuevo. Alexine cerró los ojos para saborear mejor este segundo abrazo. Descargó catorce veces mientras Cornaboeux lo hacía tres. Cuando volvió en sí, se dio cuenta de que su coño y su culo estaban ensangrentados. Habían sido heridos por la enorme verga de Cornaboeux. Vio a Mony convulsionándose en el suelo.
Su cuerpo no era más que una llaga.
Culculine, por mandato del tuerto Chalupa, le chupaba la cola, arrodillada ante él:
¡Vamos, de pie, golfa!–gritó Cornaboeux.
Alexine obedeció y él le pegó una patada en el culo que la hizo caer sobre Mony. Cornaboeux la ató de brazos y piernas y la amordazó sin tener en cuenta sus súplicas y, tomando el bastoncillo, empezó a rayarle a golpes su bonito cuerpo falsamente enjuto. El culo se estremecía a cada bastonazo, luego fue la espalda, el vientre, los muslos, los senos, quienes recibieron la paliza. Pataleando y debatiéndose, Alexine dio con el miembro de Mony que se erguía como el de un cadáver. Se acopló por casualidad al coño de la joven y se metió en él.
Cornaboeux redobló sus golpes que cayeron indistintamente sobre Mony y sobre Alexine que gozaban de una manera atroz. Al poco rato la bonita piel rosada de la rubia joven ya no era visible bajo los latigazos y la sangre que chorreaba. Mony se había desmayado, ella lo hizo un instante después. Cornaboeux, cuyo brazo empezaba a cansarse, se volvió hacia Culculine que intentaba que Chalupa descargara en su boca. Pero el tuerto no podía hacerlo.
Cornaboeux ordenó a la bella morena que separara los muslos. Tuvo grandes dificultades para ensartarla a la manera de los perros. Ella sufría mucho pero estoicamente, sin soltar la verga de Chalupa que continuaba chupando. Cuando Cornaboeux tomó posesión del coño de Culculine, le hizo levantar el brazo derecho y le mordisqueó el pelo de los sobacos donde tenía unos mechones muy tupidos. Cuando llegó el goce, fue tan intenso que Culculine se desvaneció mordiendo violentamente la verga de Chalupa. Él lanzó un terrible grito de dolor, pero el glande ya estaba separado del cuerpo. Cornaboeux, que acababa de descargar, sacó bruscamente su machete del coño de Culculine que, desvanecida, cayó al suelo. Chalupa, desmayado, perdía toda su sangre. –Pobre Chalupa –dijo Cornaboeux–, estás jodido, es mejor morir deprisa.
Y sacando un cuchillo, asestó un golpe mortal a Chalupa sacudiendo las últimas gotas de semen que colgaban de su miembro sobre el cuerpo de Culculine. Chalupa murió sin decir ni “uf”.
Cornaboeux se volvió a poner los pantalones con todo cuidado, vació todo el dinero de los cajones y de los vestidos; también se llevó los relojes, las joyas. Luego miró a Culculine que yacía, desvanecida, en tierra.
–He de vengar a Chalupa –pensó.
Y sacando de nuevo su cuchillo, asestó un terrible golpe entre las dos nalgas de Culculine que continuó desmayada. Cornaboeux dejó el cuchillo en el culo. En los relojes sonaron las tres de la madrugada. Entonces se marchó como había entrado, dejando cuatro cuerpos tendidos en el suelo de la habitación llena de sangre, de semen y de un desorden sin nombre.
Ya en la calle, se dirigió alegremente hacia Ménilmontant cantando: Un culo debe oler a culo
Y no como agua de Colonia... y también:
Luz de gas Luz de gas Alumbra, alumbra, a mi pimpollo.

Guillaume Apollinaire