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lunes, 16 de julio de 2012

Borrador II


Hay un cúmplase para el sueño del hombre
No es finiquito sino el comienzo
De toda precaria existencia humana
No solamente me remito a los seres antiguos
Me elevo sobre las mismas cumbres
Para sentir el olor de los espinos
Me hundo en lo más hondo
De las quebradas inaugurales
Y me remonto de repente como un caballo alado
Por sobre el más lúcido pensamiento del hombre
¿De qué hombre?

Pienso en Enrique Lihn, en Jorge, en Alfonso, en Rolando,
En todos los hombres que alguna vez me reconocieron,
Que reconocieron mis venas y mi saliva,
Pienso en lo que significó la estancia tan efímera
De mis camaradas, de mis compañeros,
Estancia tan efímera de la que soy una sobreviviente.
Quiero cruzar este río verde, más allá del río
Quiero estar en lo hondo del valle precedido,
Quiero estar también en la pequeña flor.

Yo sé que estoy en el gran temblor de la tierra
Para inaugurar los otoños, pero no las primaveras.

Stella Díaz Varín

miércoles, 4 de abril de 2012

Cantos de Anadir II [A modo de editorial]

Hoy he cruzado una calle, donde los niños huelen a viejos trapos en desuso y, donde cuya única bebida es el agua pútrida que almacena la calle incolora.
Las gentes seguían mi paso de sabio bailarín adolescente y miraban mi vestido… Una sensación de abandono y sueño se apoderó de mis ojos y no miraba ya, sino esas extrañas figuras fosforescentes que el párpado encierra en la obscuridad y que tan confidencialmente nos regala, como un presente de sombras.
Para ir a ver al herrero, muchas veces he cruzado la misma calle, y los niños y los perros me siguen, y los gatos abandonan su propio calor para excitarme con su morbidez las pantorrillas.
Y vi al herrero Anadir. Estaba él con su casaca de piel y su brazo, largo como un péndulo, oscilando el garfio de la fragua; sus ojos verdes tan grandes como su frente y oblicuos, miraban la llama roja que iluminaba su pecho y sus hombros. Es casi un niño y es alto y magro como un pobre árbol pobre.

El herrero es mudo Anadir, y no tiene sino, sus ojos para conversar, y como sus ojos son tristes y están siempre fijos en el fuego, yo creo que el herrero se quedó mudo voluntariamente, porque su mirada no juega ni parlotea como la mirada de los hombres vulgares que yo veo en las esquinas, a la salida de la iglesias, o en las tabernas, donde bebo mi vino por las noches.
Cuando él duerme con las manos bajo la nuca, sin sacarse la pelliza, sueña con sus grandes cuencas verdes, en las herraduras brillantes y blandas con que adorna los cascos de los potros voladores. Una cabalgata sonora lo lleva lejos y él va con su cuadriga, por los caminos estrellados, en busca del fuego que no se consume, más allá de la vida, a errar en la eternidad.

Stella Díaz Varín

domingo, 7 de agosto de 2011

Prólogo


Sí; también a vosotros,
amigos míos, os espantará
mi salvaje sabiduría y
acaso os pongáis en fuga con
mis enemigos.

(Así hablaba Zaratustra)
Federico Nietzsche

-La luz es cosmopolita, dijo mi proveedor. Y vertió su vino sobre mi falda azul. Pero era tarde, como suele ser cada vez que alguien trata de comprobar su pensamiento. Así fue cómo mi falda quedó siempre azul, de un tono mayor apagado.
 -Es usted inquebrantable, amigo mío. Vea cómo danzan esos cuatro tigres sin ninguna rebeldía sobre la alfombra del salón.
 -¿Quisiera usted dejar de dominarlos? Si dominara usted sus impulsos, si desistiera de demostrar la existencia universal de la luz, su sombra, dejaría de vagar alrededor de mí y, quizás, si me pareciera bello contemplarlo desde el fondo de mis ojos.
 -Haga usted el favor, alcánceme mis cigarrillos y deme otro topacio para saborear la médula de ese poeta recién muerto.
 -No por qué  no encuentro nada gustoso este extracto de médula de poeta, consagratorio... y consagrado.
 -La culpa es suya, querida Carot. Siempre quiere saborear extrañas combinaciones.
No puedo negar que me ha hecho usted  un honor al  nombrarme su proveedor principal. A pesar de que siempre me he distinguido por cumplir con verdadera eficiencia sus deseos, la verdad es que jamás usted ha quedado satisfecha.
 -Amigo mío, señor proveedor, podría influir en el ánimo de esos cuatro tigres para que abandonen la sala.
 Desde que abandoné la costa para venir a vivir entre sociedades secretas, no me siento bien, siento hasta pequeñas palpitaciones. Tal vez deberíamos dejar esta velada para otra ocasión.
 -Escuche, usted. Me parece que ahora es imposible, si no me equivoco, llaman a la puerta.
 -¿Quién es?
 -¡Oh! Prodigioso. ¿Cómo es que ha resuelto entrar en mi casa, señor merodeador nocturno? Me había acostumbrado a presentirlo. Cuando el sueño, a veces, me apremiaba y cambiaba de traje para dormir, creía presentirlo. Creía sentir sus uñas rasgueando la celosía. Dispuesta a encontrar su figura de fosforescencia verde clara, no encontraba nada más que sus dientes castañeteando en la ventana.
 -Vea. Aquí tengo un regalo para usted. Esta pequeña y aparentemente inofensiva arma infantil, un lanza piedras. Ahora que ha resuelto entrar en mi casa, no habrá necesidad de hacer uso de ella
 -Pero, ¿qué ha hecho usted de su ojo adicional? ¿No tenía usted un tercer ojo de emergencia?
 -No me interesan las manos superpuestas. Nunca olvidaré el agravio que me causa con sus descuidos.
 -Además, no ha llegado usted solo. ¿Se acompaña de jóvenes doncellas para impresionar?
 -¿Toma usted del jardín de cualquier casa una joven sentada entre los alhelíes y la lleva a


casa de sus conocidos? ¿Es ésta una actitud irreprochable?
-Me ha desilusionado usted. Tenga la bondad de retirarse.
-No.

-No se lleve a su joven acompañante, ella será testigo…
-Señor proveedor, haga salir de la habitación a esos cuatro tigres. Señorita, ponga en esa copa este trozo de topacio. Me parece marchito y ha perdido su sabor original.
 Ahora los fabricantes de pastillas han perdido su maestría igual que los antiguos fabricantes de bolitas de vidrio…
 -¿Recuerda usted cuando el arco iris se encerraba en un vidrio transparente y girando jugaba a que era agua redonda? Pues ahora, nadie quiere saber nada con el arco iris; vive en la tiniebla más absoluta, pasará mucho tiempo antes que alguien pueda desagraviarlo. Se ha sometido al exilio más doloroso; y es porque a nadie le interesa el color de la luz.
 De la misma manera, el agua miel y el topacio han desplazado al verdadero extracto de médula de poeta. Ya parece imposible vivir entre tantos falsificadores.
 -Desgraciadamente el don de la palabra, es ahora atributo de gentes menores. Reclame usted y la expulsarán de las sociedades secretas más irresponsables…
 -¡Mi querida Carot, si continúa comprometiéndome con sus inconformismos, no proveeré a usted de nada. No tendrá más tigres bailarines, ni topacios aunque desabridos. Me negaré a proveerla. Será expulsada violentamente de las sociedades secretas –“entidades respetables” –se apartarán de su ventana los merodeadores nocturnos; yo me encargaré que así suceda. Conocerá mi verdadero poder. Me ha humillado demasiado. Nadie quiere saber, por último, si carece de obligo; para eso se inventaron los cementerios. Cada cual tiene derecho a enterrar su vergüenza, su podredumbre!.
 -¿O acaso ha visto usted un cadáver entretenido mientras se le observa cómo se deshace?
 -Esto es sagrado. Digno de respeto.
 -¡Inaudito! Usted terminará mal. Yo se lo digo.
 -¡Fuera de aquí, usted y esos cuatro tigres!

de Tiempo, medida imaginaria
Stella Díaz Varín



miércoles, 13 de julio de 2011

Narciso

A Isidro
Estoy ausente de la risa
y de todo lo que los hombres felices poseen.
A medida que la sangre huye como corzo,
a través de todos los paisajes
sin motivo aparente,
como creyendo que las imágenes más remotas
nos silencian el pensamiento;
erguida aún, a pesar de los soles
tan opacos en su raíz.
Me aproximo a tu figura alada,
a tus pequeños vértigos;
y te enseño a mirar
como sólo pueden hacerlo los peces,
en órbitas que tus manos desconocían.
Emerjo -pequeño dios-
desde el vientre más recóndito
para unirte con la distancia, tan precisa.

Tenemos una mirada en común,
y una puerta abierta
para endilgar conversaciones,
apoyados en el dintel y recogidos
como suelen recogerse los abandonados,
dando el pecho a una música antigua
más aún que la vida y la muerte.
Y te rebelas sabido ángel en espera de la caída.

Es el comportamiento
que la verdad prefiere.
Y es así, como vienes y vas
y te envuelves en la luz de viejos astros
para que no pueda mirar tu esqueleto,
a sabiendas que no hay nada más hermoso
que el devenir de mar en huesos.

Uno al fin se acostumbra
a que nadie le diga adiós.
Y a percibir el sonido
en la palma de la mano
como los hipocampos
presienten el amor
acariciando sus espinas-vertebrales.

Embellecido en una gota de agua
mirada a través de la sed,
vienes a conocer mis primeras jornadas.
Las vertientes que indujeron a Dios
a unir nieve, corazón de árbol,
hiel, resina obscura,
vacilación, campana, eternidad,
y la noche por ojos.

Stella Díaz Varín
Del libro Tiempo, medida imaginaria

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Cuando la recién desposada

Cuando la recién desposada
desprovista de sinsabor
es sometida a la sombra.
Sí. A su sombra…
Enciende la bujía y lee.

¡Ah! Entonces no es nada
la venida del apocalipsis,
los hijos anteriores enterrados
y un hilo de sangre desprendido del techo.
No es nada ya el océano y su barco
ni la muerte que intuye la libélula
ni la desesperanza del leproso.

Cuando la recién desposada:
Ya no estaré tan sola desde hoy día.
He abierto una ventana a la calle.
Miraré el cortejo de los vivos
asomados a la muerte desde su infancia.
Y escogeré el momento oportuno
para enterrarla.**


Stella Díaz Varín
**Tiempo, medida imaginaria.

viernes, 12 de marzo de 2010

Promesa

No te preocupes
Querido niño ávido
Tendrás tu perro azul
Te lo prometo
Siempre que lo fabriquen.
Además
Te prometo un puro tiempo
para lanzar anillos de por vida
En la cercana sombra de los parques.

Stella Díaz Varín