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miércoles, 4 de abril de 2012

Cantos de Anadir II [A modo de editorial]

Hoy he cruzado una calle, donde los niños huelen a viejos trapos en desuso y, donde cuya única bebida es el agua pútrida que almacena la calle incolora.
Las gentes seguían mi paso de sabio bailarín adolescente y miraban mi vestido… Una sensación de abandono y sueño se apoderó de mis ojos y no miraba ya, sino esas extrañas figuras fosforescentes que el párpado encierra en la obscuridad y que tan confidencialmente nos regala, como un presente de sombras.
Para ir a ver al herrero, muchas veces he cruzado la misma calle, y los niños y los perros me siguen, y los gatos abandonan su propio calor para excitarme con su morbidez las pantorrillas.
Y vi al herrero Anadir. Estaba él con su casaca de piel y su brazo, largo como un péndulo, oscilando el garfio de la fragua; sus ojos verdes tan grandes como su frente y oblicuos, miraban la llama roja que iluminaba su pecho y sus hombros. Es casi un niño y es alto y magro como un pobre árbol pobre.

El herrero es mudo Anadir, y no tiene sino, sus ojos para conversar, y como sus ojos son tristes y están siempre fijos en el fuego, yo creo que el herrero se quedó mudo voluntariamente, porque su mirada no juega ni parlotea como la mirada de los hombres vulgares que yo veo en las esquinas, a la salida de la iglesias, o en las tabernas, donde bebo mi vino por las noches.
Cuando él duerme con las manos bajo la nuca, sin sacarse la pelliza, sueña con sus grandes cuencas verdes, en las herraduras brillantes y blandas con que adorna los cascos de los potros voladores. Una cabalgata sonora lo lleva lejos y él va con su cuadriga, por los caminos estrellados, en busca del fuego que no se consume, más allá de la vida, a errar en la eternidad.

Stella Díaz Varín

lunes, 3 de octubre de 2011

En el Hayden-Planetarium [Fragmento]


Un día, así empiezan las bellas historias, me di cuenta que Nueva York no tiene cielo ni, por supuesto, luna. Ni estrellas, a no ser las de Hollywood. Muchas veces quise admirar la luna, por ejemplo, desde los jardines de  Riverside o del Central Park. Inútil. ¿A tanto ha  llegado el “materialismo”  de este pueblo que ha logrado pasarse sin la luna, aunque no sin las influencias lunáticas? Y la explicación es simple: la soberbia iluminación de los rascacielos y los avisos luminosos lo llenan todo y apenas si permiten en el cielo el paso de la sombra del zepelín gris cuya cinta giratoria anuncia una nueva marca de automóvil o una nueva pasta dentífrica. Los aviones se sienten, pero no se ven. La luz se comba y se oculta el cielo y mirar hacia arriba es como fijar la vista en el sol.
Y yo que quería luna. Me era imposible borrar la imagen de la luna chilena sobre las ciudades –terriblemente obscuras, por cierto–  y sobre los campos y llanuras donde las lágrimas celestes siguen siendo el pan nocturno de los románticos y de los otros. Si, yo quería luna. Era una necesidad, una sed, una obsesión. “¿Es que no hay luna en Nueva York?”, interrogué, a1 fin, a Miss Greta Lilenfield, en cuyos ojos hay una buena parte del firmamento. “iOh! the  moon, the moon... No sé. Vaya al Planetarium”. No quedé conforme. Recurrí, entonces, a Mlle. Claire Bouvier. Ella, como buena canadiense y de sangre francesa, algo debía saber de la luna. “iOh!” dijo. “Sigue usted tan fou como cuando llegó. Vaya a1 Planetarium”. Por ese entonces me encontré con el chileno Luis Enrique Délano y, por supuesto, entre grandes recuerdos sobre Chile, le deje caer mi preocupación por la luna neoyorquina. “Anda a New Jersey o a1 Planetarium”, fue su respuesta.
Y tuve que ir a1 Planetarium. Hasta ahí me había resistido a esa idea, porque imaginaba que allí se encontraría con una serie de aparatos técnicos, telescopios, astrolabios, planos celestes, descripciones de los textos de astronomía, etc. Es decir, todo eso que a menudo disminuye el encanto sideral e impide, en verdad, sentir la  proximidad de la “música de las esferas”. Pero yo estaba equivocado.
“Cincuenta céntimos por entrar al cielo”, me dije. “No está mal. En todas partes se paga mucho más por un cielo bastante problemático”. Y empecé a admirar las pinturas murales de Charles R. Knight. Estupendas, llenas de símbolos y mitos y en una de  las cuales el dios Sol cruza el cielo seguido de las diosas estrellas. Más allá están  los Seis Hermanos, que hoy llamamos las Pléyades o las Seis Hermanas, debido, tal vez, a nuestro afán por la verdad biológica. Y luego el Pájaro del Trueno,  a1 que los indios veían surgir del bosque  de la tempestad. Y  no  lejos de ahí la aurora, a cuyo alrededor los hombres danzan corriendo a la noche.
Naturalmente,  me  detengo también delante del gran retrato de  Mr. Charles  Hayden (1870- 1937), el generoso benefactor del Museo de Historia Natural de Nueva York y fundador del Planetarium. Y al instante me enfermo de Chile. ¿Cómo no veré allí, en alguna fundación “no practica”, el retrato de un compatriota  que se haya desprendido de  algunos millones, siquiera para no ser uno mas en el tránsito terrestre? Nunca. Y es lo que me duele. Pero... Yo  ando de visita a1 cielo. Quiero luna, quiero estrellas, quiero cometas, y no pensamientos infelices. No es, todavía, la hora del “show”, y la espero junto a las vitrinas donde funciona la mecánica celeste fantásticamente acondicionada por electricidad. Allí están, en función permanente, las fases de la luna, con su pie1 llena de cicatrices y viruelas; el recorrido de las estrellas y planetas; la vida, pasión y muerte de los cometas; el reino del sol, el de “la mirada terrible”; el nacimiento de las tempestades; la fuga errante de los meteoros; el proceso de los eclipses. Y, naturalmente, los astrolabios, los telescopios, los compases, los relojes de sol, la mecánica toda de que se sirve la astronomía para recordarle a1 hombre que es un pobre objeto en el vacío sin fin.
Y se abren las  puertas  mágicas para  entrar  a1 cielo. Y me deslizo entre un centenar de personas que, como yo, quieren olvidar la miseria terrestre y vivir un poco de eternidad en el único cielo posible.
Un anfiteatro, y en el centro un gran aparato proyector. Los asientos cómodos, demasiado cómodos para un viaje de esa naturaleza. De pronto resuena la música: un leve coro de Bach, un pasaporte para el cielo. De pronto vuelve la vista todo el mundo: ha entrado el profesor, un joven astrónomo de mirada vaga y lejana, a causa, sin duda, de una existencia habituada a los secretos caminos siderales. (…)

Rosamel del Valle

viernes, 9 de septiembre de 2011

El testamento (Fragmentos)


XXI
Si Dios hubiese puesto en mi senda
a otro caritativo Alejandro
para que yo en la dicha entrara,
entonces, quien me viera condescender
al mal, también oiría juzgarme,
con mi propia voz, digno de arder y ser ceniza.
La necesidad confunde a la gente
y el hombre hace salir del bosque al lobo.

XXII
Echo de menos el tiempo de mi juventud
(en el cual me divertí más que ninguno,
hasta la entrada de la vejez)
que su partida me ocultó,
no se fue a caballo ni a pie:
¿cómo pudo , ¡ay!, entonces
desaparecer repentinamente
sin dejarme ningún bien?

XXIII
Partió, y yo me quedo
pobre de sentido y de saber,
triste, descorazonado, más negro que maduro,
sin producto ni renta;
de los míos cualquiera se apresura
en desconocerme, olvidando
natural deber
porque carezco de recursos.

XXIV
Si no temo haber gastado
para mi contento y deleite;
por demasiado amar nada he vendido
que mis amigos puedan reprocharme,
al menos nada que les cueste caro.
Tal digo y no creo equivocarme;
de todo esto puedo defenderme:
quien mal no ha hecho no debe acusarse.

François Villon

viernes, 11 de marzo de 2011

Prosa del transiberiano y de la pequeña Jeanne de Francia (fragmento)


         “Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?”
           Otra vez... déjame en paz... déjame tranquilo
Tienes las caderas angulosas
Tu vientre es agrio y padeces de sífilis
Eso es todo cuanto París ha puesto bajo tus faldas
También ha puesto un poco de espíritu... por eso eres desgraciada
Te compadezco te compadezco ven a mí ven a mi corazón
Las ruedas son los molinos de viento del país de Jauja
Y los molinos de viento son las muletas que un mendigo hace girar
Somos aquellos a quienes han amputado el espacio
Caminamos sobre nuestras cuatro heridas
Nos han cortado las alas
Las alas de nuestros siete pecados
Y todos los trenes son los juguetes del demonio
Un corral
El mundo moderno
La velocidad no puede remediarlo
El mundo moderno
Los horizontes están demasiado lejos
Y al cabo del viaje es terrible ser un hombre con una mujer...

“Blaise, dime, ¿estamos muy lejos de Montmartre?”

Te compadezco te compadezco ven a mí voy a contarte una historia
Ven a mi cama
Ven a mi corazón
Voy a contarte una historia...
¡Ven! ¡Ven!

Blaise Cendrars

martes, 13 de julio de 2010

Editorial EscarniO N°7

El primer paso es querer ver, mirar con otros ojos el mar taciturno que nos ahoga, junto al fantasma de la pregunta sumergida. La realidad cambia constantemente,  como las olas del mar (Jodorowsky) y no podemos ser espectadores de la misma pintura, que siempre nos seduce con tanta belleza, pero esa fascinación a los mismos cuadros es el pintor de las heridas morales o las modas sucias. Si, reconocemos que nuestra raza produce tantas atrocidades, pero no podemos ser las lenguas del desastre, nuestro objetivo es ser la boca que susurra una melodía, sobre la rueda, en donde el animal amarillo escucha con otros oídos los diferentes cambios de los rostros, de los ojos.
Es pensar que todo tiene una quinta estación, lleno de mares bajo la tierra y sobre el cielo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Editorial

Recuerdos algo sumamente extraño para el ser humano, tan extraño que nace en nuestras mentes sin un lenguaje, incluso nos preguntamos ¿Será el lenguaje correcto que ocupamos? Será necesario buscar en el fondo de esa caverna o túnel esa cosa que un día tuvimos y que ahora es tan codiciado, que seres más raros somos, las personas nos dicen que miremos el futuro pero a cambio buscamos lo que perdimos en el camino, pero somos obligados a guiarnos por eso perdido, por eso desconocido, que nos asusta, que nos hace recordar…. ¡Ven! Allí esta de nuevo, ansiamos tenerlo junto a nosotros pero al mismo tiempo alejarlo, no queremos subir el cerro que subía Miguel Serrano en su infancia, el pueblo al que siempre regreso Jorge Teillier. Oh patria mía, porque le diste la fuerza a Cronos (“O a otro dios”) de expatriarme, es él, es ella POESIA!!!! , POESIA!!!! Ayúdame a recuperar lo perdido, déjame romper la muralla de vidrio, o sólo mirar por un instante, quiero saborear en mis labios el primer trago de vino, la primera lectura ajena, el comienzo del límite, los límites, ese límite. Es curioso señalar que en la víspera de nuestro nacimiento las cosas parecían nuevas a nuestras perspectivas, soñamos con eso, un sueño que es amenazado por los eones, por las continuas amenazas del medio, el obligar a crecer, ¿Cuestionamos esto? Preguntamos ¿Para qué crecer? Esto no es una apología de la infancia, de la inocencia en su aspecto más puro, no, esto es reconocer en ella su valor y sus dificultades, el pasado (pecando de ubi sunt) no siempre ha sido el mejor pero su valor radica en vivirlo en inocencia, la literatura se inflige golpeando sus miembros, llorando por volver, en Juan Ramón Jiménez la primera poesía se le adviene desnuda, ¡desnuda! (condénenlo) luego con ropas extravagantes, y como en un círculo, desnuda, ¡Gracia de las Gracias! Que tormento para las nuevas generaciones el vivir la poesía desnuda, honesta, que sus ojos acostumbrados al tosco cuerpo sicalíptico se queden aquella tarde de la quinta estación mirando como la primavera cae en el jardín donde juegan los niños como llamados a salir de Hamelín.

domingo, 3 de enero de 2010

Editorial

Una vez más los silencios se confunden en uno sólo, la condena eterna de querer ser uno en la dualidad, las fantasiosas ideas de querer ser leído, de ser manoseado por manos ajenas, Dios y su Biblia, uno el masoquista y otro el sado..., Como un hijo que no desea volver a su casa (las letras) que el Hado lo condena a latigazos a comunicarse con palabras ya usadas en tantos poemas, la eterna búsqueda de la palabra perdida que con los siglos fue oculta por los hierofantes, por los sacerdotes, los filisteos, diría Nietzsche, nuestro propósito es devolverle al hijo pródigo su arbitrio, que sea capaz de entender que el lenguaje ha sido trasladado hacia los lares arcaicos de la mente, ya nada soporta nuestro peso de humano, somos los seres más horribles e inermes que han pisado la tierra; Los gigantes que todas las civilizaciones han comentado son los primigenios dormidos entre reglón y reglón, aquí debió Serrano buscar las respuestas, esta es la antártica, el poema ártico que puso en práctica Huidobro y lograremos producir el insomnio (Omar Cáceres) y más tarde soñarán que estamos allí , a su lado, leyendo para ustedes, encontrando el tesoro que Stella Díaz Varín quiso hallar, rememoramos a los antiguos, a los nuevos, nuestro siglo es el siglo del fin del siglo (los puntos cardinales de Huidobro), no somos Quebrantahuesos, no buscamos el sentimentalismo, las necesidades primordiales de cada individuo son efímeras, somos más que uno, ellos para nosotros no sirven, nos unimos en el círculo Hermético del EscarniO, latigazos de nuestras mentes para la monotonía, el repetir el vocablo y producir en el hombre la maldita y horripilante igualdad, ningún escritor es igual al lector, el escritor es siempre más que él, duele el decirlo, pero ¿Podrá comprenderme?...esta palabra que buscamos es el verbo creador, el lloriqueo de pájaros carroñeros son para ellos mismos, para nadie más, ¡eso es egoísmo! Y además que me interesa su vida personal y sentimental, como si fuéramos Freudianos.
¡Querido lector, destrúyeme, disecciona, se el Dios (nosotros crearemos como Dios), usad el sadomasoquismo y te seré eternamente agradecido!
Editores