martes, 10 de abril de 2012

Poema de Beirut


Manzana del mar, narciso de mármol,
mariposa de piedra, Beirut, imagen del alma en el espejo.
Descripción de la primera mujer, perfume de nubes.
Beirut, de fatiga y oro, de Alandalús y Damasco.
Plata, espuma, mandamientos de la tierra en plumas de palomas.
Muerte de una espiga, exilio de una estrella entre mi amada y yo, Beirut.
Jamás he oído a mi sangre pronunciar el nombre de una amante que duerme en mi sangre... duerme...

De una lluvia sobre el mar aprendimos el nombre. Y del sabor del otoño y
las naranjas de los que llegan del Sur, como nuestros antepasados,
venimos a Beirut para venir a Beirut...
De lluvia, hemos construido nuestra choza. El viento no corre y
nosotros tampoco. Cual clavo hincado en
la arcilla, el viento cava nuestro refugio y dormimos como hormigas en sus hormigueros.
Cantamos en secreto:

                                                  Beirut es nuestra jaima.
                                                  Beirut es nuestra estrella.

Estamos prisioneros en este tiempo lánguido.
Los invasores nos entregaron a nuestra gente
y apenas habíamos mordido la tierra cuando nuestro protector se abatió
sobre las bodas y el recuerdo. Y repartimos nuestras canciones entre los guardias.
De un rey en el trono
a un rey en un féretro.
Prisioneros en este tiempo lánguido,
no hemos hallado, casi definitivamente, más que nuestra sangre,
no hemos hallado lo que hace al sultán popular
ni al carcelero afable,
no hemos hallado nada que muestre nuestra identidad,
excepto nuestra sangre escalando los muros...
Cantamos en secreto:

                                                   Beirut es nuestra jaima.
                                                   Beirut es nuestra estrella.

Ventana abierta al plomo del mar,
una calle y una moaxaja nos roban.
Beirut es la imagen de la sombra.
Más bella que su poema, más sencilla que la charla.
Nos seduce con mil comienzos abiertos y alfabetos nuevos.

                                                   Beirut es nuestra única jaima.
                                                   Beirut es nuestra única estrella.

¿Nos hemos tendido en sus sauces para medir unos cuerpos que el mar ha borrado de nuestros cuerpos?
De nuestros primeros nombres hemos venido a Beirut
buscando los confines del Sur y un recipiente para el corazón
derretido...
¿Nos hemos tendido en las ruinas para pesar el Norte con la medida de las cadenas?
La sombra se ha inclinado hacia mí, me ha roto y me ha dispersado.
La sombra se prolonga...
Que los árboles que viajan de noche nos lleven de noche por el cuello
cual racimo de muertos abatidos sin razón...
Hemos venido de un país privado de su país,
de la mano del árabe literal y de una fatiga...
cual ruinas de esta tierra que se extiende del palacio del emir a nuestras celdas
y de nuestros primeros sueños a... leña.
Danos un muro para que podamos gritar: ¡Beirut!
Danos un muro para que podamos ver un horizonte y una ventana de llamas.
Danos un muro para que colguemos Sodoma,
dividida en veinte reinos
para vender petróleo... y árabes.
Danos un muro
para gritar en la península de Arabia:

                                                   Beirut es nuestra última jaima.
                                                   Beirut es nuestra última estrella.

Un horizonte emplomado se ha esparcido por el horizonte.
Senderos de conchas huecas... no caminos.
Del océano al infierno,
del infierno al Golfo,
de la derecha a la derecha y al centro
no he visto más que un patíbulo
con una cuerda
para dos millones de cuellos.
(…)

1984  
Mahmud Darwish
Traducción de María Luisa Prieto

miércoles, 4 de abril de 2012

Condenado a muerte [Fragmento]

Sobre mi pescuezo sin armadura y sin odio, mi pescuezo
Que mi mano más ligera y grave que una viuda
Acaricia bajo mi collar, sin que tu corazón se conmueva,
Deja a tus dientes depositar su sonrisa de lobo.

Oh ven mi bello sol, oh ven mi noche de España,
Alcanza mis ojos que mañana habrán muerto.
Alcanza, abre mi puerta, entrégame tu mano,
Llévame lejos de aquí hasta alcanzar nuestro campo.

Pueden despertar el cielo, florecer las estrellas,
No las flores suspirar, ni de los prados la hierba negra
Acoger el rocío donde la mañana va a beber,
La campana puede sonar: sólo yo voy a morir.

¡Oh ven mi cielo rosa, oh mi canasta rubia!
Visita en esta noche a tu condenado a muerte.
Arráncate la carne, mata, trepa, muerde,
¡Pero ven! Deposita tu mejilla junto a mi redonda cabeza.

No hemos acabado aún de hablarnos de amor.
No hemos acabado aún de fumar nuestros Gitanes.
Podemos preguntarnos por qué las Cortes condenan
A un asesino tan bello que hace el día palidecer.

¡Amor ven a mi boca! ¡Amor abre tus puertas!
Atraviesa los pasillos, baja, camina ligero,
Vuela en las escaleras más ágil que un pastor,
Más propicio al aire que un vuelo de hojas muertas.

Oh atraviesa los muros; si hace falta camina en el borde
De los techos, de los océanos; cúbrete de luz,
Usa la amenaza, usa la plegaria,
Pero ven, oh mi fragata, una hora antes de mi muerte.

Jean Genet

Evocación de Plenilunio

Las rutas vueltas a cruzar, el jardín esmaltado por las olaspájaros, el cielo apresado en la copa ¿no bastarían a formar tu país, sus calles de misterio que bajan hasta una dársena silenciosa?
    He aquí tu juego ganado a lo desconocido, tu posesión del azar.
    ¿Acaso todo ello no te haría creerte el visitante del ensueño, el viajero sin retorno?
    Imagínate ser el paseante de esa avenida de tilos que parecerían susurrar en la llama de tu lámpara decorada a corales, a resplandores purpúreos!
    Ah! El extraño huésped no responde a mis cavilaciones.
    Dime, solitario habitante de las quimeras ¿qué ves tú más allá del horizonte?
    "Veo las malvas libres, los palacios de platería bizantina, los castillos donde los peces y los pájaros juegan con los niños", me contesta inesperadamente mi empecinado soñador. "Veo la espuma del océano y bajo ella, tapizada en ámbar, una ciudad transparente y movediza, espléndida en amables sorpresas".
    Es allí donde las rutas detienen el ensueño.
    Es allí donde el misterio constituye una realidad y la realidad un cielo y el cielo un canto y el canto una floración milagrosa de la sangre.

 Carlos de Rokha
de Los Arcos Trémulos

Hora de cambio

    A la hora en que los pájaros se devoran las lilas, anhelo sentir tus pisadas, leves, graciosas pisadas de garza boreal, marcarse según tus sandalias hechas de linos sobre las transparentes arenas, que te anunciarían con su música de cabellera de las ondinas, en el mismo instante que en la selva resuena el tam-tam del gong. Y en que los siervos podrían servirnos de espléndidas presas de caza. Ningún hallazgo más, ni uno otro y el milagro sería completo. Porque capturar la melodía de la tarde en la hoja de bambú golpeada por el viento ¿significaría acaso, ver temblar en tus ojos el oasis prometido, el cisne segador surgiendo de las ondas?
    De todo ésto puedes deducir que yo marcho entre los buscadores de perlas preciosas, aunque sólo deseo un talismán prodigioso, que me indique tu avance por la playa bruñida de una misteriosa vegetación coral, tan plena de secretos como el de la más reciente ciudad de obreros y artesanos en busca de la magia.
    No menos que a la caída del abanico de sombras de tus pestañas sobre el cesto de peces y frutas, que guardan los signos de la última estación.
    He aquí ya el tapiz que ofrezco a tu asombro, sembrado por las semillas de la redención en los sueños. Allí, sólo allí podrías unirte a mí y ebrios más tarde de cantos marinos, cuyas sonoras reminiscencias vikingas nos disminuyen el eco de las olas al romperse en las rocas, iniciamos el viaje con la tribu de soñadores, de adoradores de la noche.
    ¿Hacia dónde? ¿Quién podría decirlo?
    ¿Podrías tú, tú misma, tú! bebedora de las azules emanaciones salinas, adivinar adonde nos llevaría nuestro común anhelo de infinito?
    Que el remero tatuado separe con sus manos las dificultades marítimas para que nuestra barca desafíe a la muerte.
    Cubre tus hombros con este ramo de rumorosos tulipanes, signos de la noche y del sueño, inclínate sobre las mallas aceradas que recogerán los secretos del océano.
    Tal vez, entonces, aparición misteriosa y desvelada, si pudieras comprender que mi amor es sólo el rito de un adorable crimen, saludarías los trofeos de la victoria al comienzo de la maravillosa aventura.
    ¡Oh, esfinge del silencio, sacudida de pequeños temblores como una flor de malva todavía acariciada por la tenue lluvia, es recién ahora, que prisionero de la red luminosa, conjurador del doble encantamiento, presiento tu avance −a la hora en que las lilas se devoran a los pájaros− entre las visiones que mi lámpara reproduce de mi sueño!

Carlos de Rokha
de Los Arcos Trémulos

Baudelaire [Fragmento]

Esa ciudad está al borde del agua; dicen que está edificada en mármol y que el pueblo tiene tal odio al vegetal, que arranca todos los árboles. He aquí un paisaje a mi gusto: un paisaje hecho con luz y mineral, y líquido para reflejarlos.
George Blin dice muy bien que Baudelaire "teme a la Naturaleza como depósito de esplendor y de fecundidad y la sustituye por el mundo de su imaginación: universo metálico, es decir, fríamente estéril y luminoso".
 Es que el metal, y de un modo genérico, el mineral, le devuelven la imagen del espíritu. Como consecuencia de los límites de nuestra capacidad imaginativa, todo los que, para oponer el espíritu a la vida y al cuerpo, han llegado a formarse una imagen no biológica de él, necesariamente han recurrido al reino de lo inanimado: luz, frío, transparencia, esterilidad. Así como Baudelaire encuentra en las "bestias inmundas" sus malos pensamientos realizados y objetivados, el metal más brillante, el más pulido, el más difícil de asir, el acero, le aparecerá siempre la objetivación exacta de su pensamiento en general. Si siente ternura hacia el mar, es por ser éste un mineral móvil. Brillante, inaccesible y frío, con ese movimiento puro y como inmaterial, esas formas que se suceden, ese cambio sin nada que cambie y, a veces, con esa transparencia, ofrece la mejor imagen del espíritu, es el espíritu. De este modo, por odio a la vida, Baudelaire llega a elegir en la materialización pura símbolos de lo inmaterial.
 Sobre todo, le horroriza sentir en sí mismo esa enorme fecundidad blanda. Sin embargo, ahí está la naturaleza, ahí están las necesidades que lo ¨obligan¨ a saciarlas. Basta releer el texto que citábamos más arriba para ver que ante todo detesta esa violencia. Una joven rusa tomaba excitantes cuando tenías ganas de dormir; no podía tolerar dejarse invadir por esa solicitación solapada e irresistible, hundirse de golpe en el sueño, no ser ya sino una bestia que duerme. Tal es Baudelaire: cuando siente subir en él la naturaleza, la naturaleza de todo el mundo, como una inundación, se crispa y se pone rígido, mantiene la cabeza fuera del agua. Esa gran ola cenagosa es la vulgaridad misma: Baudelaire se irrita al sentir en sí esas ondas viscosas que tan poco se parecen a las sutiles disposiciones con que sueña; le irrita sobre todo sentir que esa fuerza irresistible y dulzona quiere doblegarlo a "hacer como todo el mundo". Pues la naturaleza en nosotros es lo opuesto a lo raro y a lo exquisito, es todo el mundo. Comer como todo el mundo, dormir como todo el mundo: ¡qué insensatez! Cada uno de nosotros elige en sí mismo, entre sus componentes, aquellos de los cuales dirá: soy yo. Los otros los ignora. Baudelaire eligió no ser naturaleza, ser esa negación perpetua y crispada de su "naturalidad", esa cabeza que se yergue fuera del agua y que mira subir la ola con una mezcla de desdén y de espanto.             

Jean-Paul Sartre           

Retrato de un viejo

Vaciador de tu cara aquí en el vino
derrochador de labios de experiencia,
necesitas la madre de la ciencia
para el goce frutal de tu camino.

Surcador de tu cara en caminatas
que a nada te llevaron, ahora aprendes
la senda verdadera entre las patas
animales que tú a este sol enciendes,

porque aprovechas bien el trajín sabio
de la vida que llévate, arrugada
de ser la bestia dulce hasta tu labio,

la sabia yegua nunca estacionada
que aprovecha la hierba de la senda
a trago bebedor, suelta la rienda.

Alberto Rubio
De Greda Vasija

Canto XVII

Así que las viñas revientan entre mis dedos
 Y las abejas pesadas de polen
Se mueven tardas en los retoños:
    chirr– chirr– chir-rik –un ronroneo,
Y los pájaros adormilados en las ramas.
    ¡ZAGREUS! ¡IO ZAGREUS!
Con el primer claror pálido del cielo
Y las ciudades encaramadas en sus cerros,
Y la diosa de las bellas rodillas
Andando allí, con los robledales detrás de ella,
La verde ladera, con galgos blancos
        saltando en torno de la diosa;
Y de allí cuesta abajo a la bocana del riachuelo, hasta
    el anochecer,
Agua lisa frente a mí,
    y los árboles en el agua,
Troncos de mármol en la quietud,
Más allá de los palazzi,
        en la quietud,
La luz ahora, no la del sol,
    Crisoprasa,
Y el agua verde claro, y azul claro;
Más a los grandes riscos de ámbar.
            Entre ellos,
Gruta de Nerea
    ella como una gran concha curvada,
Y la barca empujada en silencio,
Sin olor a brea,
Ni gritos de pájaro ni ningún ruido de ola moviéndose,
Ni chapoteo de delfín, ni ningún ruido de ola moviéndose,
Dentro de su gruta, Nerea,
        ella como una gran concha
    curvada
En la suavidad de la roca,
        risco verde-gris a lo lejos,
Cerca, el pórtico de los riscos de ámbar,
Y la ola
    verde claro , y azul claro,
Y la gruta blanca de sal, y púrpura encendida,
    fría, pulida como pórfido,
    la roca carcomida de mar.
Ni grito de gaviota, ni ruido de delfín,
Arena como malaquita, y nada de frío allí,
    la luz no del sol.

Zagreo, alimentando a sus panteras,
    el césped claro como en colinas con luz.
Y bajo los almendros, dioses,
    con ellos, choros nympaharum, Dioses,
Hermes y Atenea,
        Como aguja de compás,
Entre ellos, temblando–
A la izquierda el lugar de los faunos,
        sylva nimpharum;
El bosque en la bajura, maleza de pantano,
    la cierva, el venadito pinto,
    brincaban en las retamas,
        como hoja seca entre amarillas.
Y por un corte de los cerros,
        el gran callejón de los Memnones.
Más allá, el mar, crestas vistas sobre dunas
Mar nocturno batiendo piedrezuelas,
A la izquierda, el callejón de cipreses.
                    Una barca vino,
Un hombre solo manejando su vela,
Gobernándola con un remo enganchado en la borda,
    diciendo:
«        allá en el bosque de mármol,
«        los árboles de piedra –sobre el agua–
«        las parras de piedra–
«        hoja de mármol, sobre hoja,
«        plata, acero sobre acero,
«        espolones de plata alzándose y cruzándose,
«        proa enfilada contra proa,
«        piedra, capa sobre capa
«        la luz de rayos áureos de una tarde».
Borso, Carmagnola, los artífices, i vitrei,
Hacia allá en un tiempo, de tiempo en tiempo,
Y las aguas más ricas que el cristal,
Oro bronceado, el esplendor sobre la plata,
Tarros de pintura la luz de la antorcha,
el relumbre de olas bajo las proas,
y los espolones de plata alzándose y cruzándose.
    Arboles de piedra, blancos y rosi-blancos en
    la sombra,
Cipreses allá junto a las torres,
    Resbalar de la corriente bajo las quillas en la
    noche.
       
        «Entre la sombra el oro
recoge la luz a su alrededor…»

Y ahora supino en la cueva, mitad arqueada zarza,
Un ojo hacia el mar, por aquella mirilla,
Luz gris, con Atenea,
Zothar y su elefante, el taparrabo de oro,
El sistro, agitado, agitado,
            las cohortes de sus bailantes.
Y Aletha, por la concha de a costa,
            con sus ojos en el mar,
        y en sus manos algas de mar
Rebrillantes de sal con la espuma. 
Koré por entre el prado luminoso,
        con polvo verde-gris en la grama:
«Por esta hora, hermano de Circe.»
El brazo sobre mi hombro,
Vi el sol por tres días, el sol leonado,
Como león parado en un arenal;
                y ese día,
Y por tres días, y ni uno después,
Esplendor, como el esplendor de Hermes,
Y desde allí embarcado
            al lugar de piedra,
Blanco pálido, sobre el agua,
                agua conocida,
Y el blanco bosque de mármol, rama doblada sobre
    rama,
La parra tupida de piedra,
Hacía allí Borso, cuando le dispararon la flecha,
Y Carmagnola, entre las dos columnas,
Segismundo, después de aquel naufragio en Dalmacia.
    Crepúsculo como el vuelo del saltamontes. 

Ezra Pound

Cantos de Anadir II [A modo de editorial]

Hoy he cruzado una calle, donde los niños huelen a viejos trapos en desuso y, donde cuya única bebida es el agua pútrida que almacena la calle incolora.
Las gentes seguían mi paso de sabio bailarín adolescente y miraban mi vestido… Una sensación de abandono y sueño se apoderó de mis ojos y no miraba ya, sino esas extrañas figuras fosforescentes que el párpado encierra en la obscuridad y que tan confidencialmente nos regala, como un presente de sombras.
Para ir a ver al herrero, muchas veces he cruzado la misma calle, y los niños y los perros me siguen, y los gatos abandonan su propio calor para excitarme con su morbidez las pantorrillas.
Y vi al herrero Anadir. Estaba él con su casaca de piel y su brazo, largo como un péndulo, oscilando el garfio de la fragua; sus ojos verdes tan grandes como su frente y oblicuos, miraban la llama roja que iluminaba su pecho y sus hombros. Es casi un niño y es alto y magro como un pobre árbol pobre.

El herrero es mudo Anadir, y no tiene sino, sus ojos para conversar, y como sus ojos son tristes y están siempre fijos en el fuego, yo creo que el herrero se quedó mudo voluntariamente, porque su mirada no juega ni parlotea como la mirada de los hombres vulgares que yo veo en las esquinas, a la salida de la iglesias, o en las tabernas, donde bebo mi vino por las noches.
Cuando él duerme con las manos bajo la nuca, sin sacarse la pelliza, sueña con sus grandes cuencas verdes, en las herraduras brillantes y blandas con que adorna los cascos de los potros voladores. Una cabalgata sonora lo lleva lejos y él va con su cuadriga, por los caminos estrellados, en busca del fuego que no se consume, más allá de la vida, a errar en la eternidad.

Stella Díaz Varín

Lombrices y compañía

Un verano Sofía cogió miedo de pronto a los animales pequeños. Cuanto más pequeños, más miedo les tenía. Esto era completamente nuevo. Desde que cogió por primera vez una araña, guardándola en una caja de cerillas para ver si se domesticaba, sus veranos estaban llenos de orugas, renacuajos, gusanos, escarabajos y toda clase de animalitos de difícil compañía a los que ella daba cuanto pudieran apetecer, y a la larga hasta la libertad si notaba que la deseaban. Pero ahora todo había cambiado, y Sofía iba por ahí a pasos cautos y angustiados, mirando siempre a la tierra, por si veía arrastrarse algo. Los arbustos eran peligrosos, las algas eran peligrosas, hasta el agua de la lluvia era peligrosa. En cualquier sitio podía haber bichitos, hasta entre las tapas de un libro, aunque estuvieran muertos y aplanados, porque los animales que se arrastran, por muy muertos y hechos harina que estén, nos siguen por todas partes durante la vida entera, desde el principio hasta el fin. La abuela trató de razonar con ella, pero de nada sirvió. El terror es irracional, resulta dificilísimo de disipar.
Una mañana apareció en la orilla una extraña cebolla, depositada allí por las olas, y se decidió plantarla junto a la ventana de la habitación de invitados. Sofía hincó la azada en tierra para abrir un hoyo, y la espada cortó en dos una lombriz. Sofía tiró la azada y retrocedió hacia la pared del cuarto de invitados, gritando a todo gritar.
-Vuelven a crecer –dijo la abuela–, eso es seguro, te digo que vuelven a crecer, no les hace nada, créeme.
Metiendo la cebolla en el hoyo, la abuela siguió hablando de lombrices, y Sofía acabó por calmarse, pero seguía muy pálida. Se sentó y se quedó en la escalera de la terraza, con los brazos en torno a las rodillas y en silencio.
-Pienso –dijo la abuela– que nadie se interesa lo suficiente por las lombrices. Alguien que estuviera de veras interesado debería escribir un libro sobre ellas.
Por la noche, Sofía preguntó si "alguien" se escribía con u o sin u.
-Con u –dijo la abuela.
-No puedo escribir ese condenado libro –dijo Sofía, enfadada–, no se puede pensar si hay que estar pendiente todo el tiempo de la dichosa ortografía, porque, claro, pues se me olvida todo, y luego, pues, eso, que no me acuerdo de por dónde iba.
El libro tenía muchas páginas, cosidas todas juntas en el lomo. Sofía lo cogió y lo tiró al suelo.
-¿Cómo se titula? –preguntó la abuela.
-Tratado sobre Lombrices Partidas en Dos, pero no voy a poder terminar de escribirlo.
-Anda, mira, siéntate ahí y díctame –dijo la abuela–, yo escribo y tú me dices lo que tengo que escribir. Tenemos todo el tiempo que necesitemos. A ver, dónde habré metido las gafas.
Era una buena noche para empezar a escribir un libro. La abuela lo abrió por la primera página. Entraba mucha luz del sol poniente por la ventana abierta, y la abuela vio que Sofía ya había puesto allí un dibujo de una lombriz partida en dos. El cuarto de invitados era silencioso y fresco, y papá estaba sentado a su mesa de trabajo, al otro lado del tabique.
-Se está bien aquí cuando trabaja papá –observó Sofía–, porque entonces una sabe que está en casa. Bueno vamos a ver, léeme lo que está escrito.
-Primer capítulo –leyó la abuela–: "Hay Gente que Pesca con Lombrices".
-Punto y aparte  –dijo Sofía–. A ver, seguimos: no quiero decir cómo se llaman, pero mi papá no pesca con lombrices. Vamos a imaginarnos una lombriz que está asustada y se encoge del miedo que tiene. A ver, bueno, se encoge hasta medir... ¿Cuánto mide una lombriz cuando se encoge? Pues, por ejemplo, una séptima parte de su longitud normal. Y entonces se queda tan pequeña y tan gorda que resulta más fácil hincarle el anzuelo, y la pobre lombriz con eso no contaba. Pero si nos imaginamos una lombriz que es lista, pues lo que hace es alargarse tanto que no hay forma de hincarle ningún anzuelo porque, en cuanto lo hincas, pues ella va y se parte en dos. La ciencia no ha descubierto todavía si se parte de veras, así, sin más, o si lo que pasa es que nos está tomando el pelo, porque la verdad es que no hay forma de saberlo, pero...
-Un momento –dijo la abuela–, ¿te parece que lo ponga así: "si es porque la lombriz se estira demasiado o porque demuestra auténtica inteligencia"?
-Bueno, ponlo como quieras –dijo Sofía impaciente–, lo importante es que se entienda, pero hazme el favor de no interrumpirme. A ver, seguimos: la lombriz sabe perfectamente que, si se corta en dos, cada mitad seguirá creciendo por su cuenta. A ver, punto y aparte. Pero lo que no sabe es si le va a doler mucho. Y luego, pues, eso, que tampoco sabemos si la lombriz está asustada por si le va a doler. Pero, de todas formas, lo que sí sabe es que hay algo cortante que se le está acercando. Eso se llama instinto. Además, lo que yo digo es que no es verdad eso que dicen de que las lombrices son muy pequeñas, y que, después de todo, no tienen más que un canal digestivo, y por eso les hace daño, porque estoy segura de que sí que les hace daño, aunque no sea más que un segundo. Veamos, por ejemplo, la lombriz que es lista y se alarga y se parte por la mitad, y puede ser como cuando le arrancan a uno un diente, sólo que eso no le duele. Y luego, en cuanto se han calmado los nervios, pues la lombriz se da cuenta de que se ha vuelto más corta, y de que tiene otra mitad danzando por ahí, a su lado. Y para que todo esto que digo resulte más fácil de entender, pues diré que las dos mitades se caen al suelo, y el que llevaba el anzuelo, pues agarra y se va. Las dos mitades no pueden volver a crecer juntas porque están muy impresionadas, y, luego, también, porque no se les ocurre una cosa así. De modo que lo que ellas piensan es que ahora van a crecer solas, cada una por su lado lo más deprisa que pueden. Lo que yo pienso es que se miran y se encuentran muy feas, y en vista de ello, pues se va cada una por su lado lo más deprisa que pueden. Y luego se ponen a pensar. Se dan cuenta de que ahora su vida va ser muy distinta, pero sin saber a punto fijo cómo o de qué manera.
Sofía se echó de espaldas en la cama y se puso a pensar. En el cuarto de invitados empezaba a obscurecer, y la abuela se levantó para encender la luz.
-No, déjalo –dijo Sofía–, no enciendas la luz, enciende la linterna. Una cosa: ¿vale la palabra "presumiblemente"?
-Sí, claro que vale –respondió la abuela, que ya había dejado la linterna encendida sobre la mesita de noche y estaba esperando.
-Pues a ver, presumiblemente todo lo que les sucedió o experimentaron después fue sólo a medias, pero también es cierto que, al mismo tiempo, se sintieron como aliviadas, y luego, pues también, eso, que les daba la impresión de que, hicieran lo que hiciesen, ya no era enteramente culpa suya. Se limitaban a echarse la culpa la una a la otra, o bien se decían que, después de una cosa así, uno ya no es el mismo de antes. Y hay una cosa que complica mucho este asunto, y es que hay mucha diferencia entre el extremo del principio y el del final. Los gusanos tienen principio y fin, nunca van para atrás, y ésa es la razón de que tengan sólo una cabeza en el extremo del principio, pero si Dios ha hecho a las lombrices de tal manera que se puedan partir en dos y volver a crecer como si nada, pues tiene que ser porque tienen algún nervio secreto en el trasero que les ayuda a pensar también por allí cuando llega el momento, porque, de otra forma, pues la pobre lombriz no podría arreglárselas sola, ¿no? Pero, aun así, el trasero no tiene más que un cerebro muy pequeño, y a lo mejor hasta puede acordarse y todo de la otra mitad que iba siempre por delante y lo decidía todo. Bueno, en fin, vamos a ver, y ahora –dijo Sofía, levantándose–, pues va el trasero y dice: "¿por qué lado voy a crecer?, ¿me va a salir una nueva cola o una nueva cabeza?, ¿y voy luego a seguir a la cabeza, como hacía antes, sin tomar ninguna decisión importante, o seré yo el que lo sepa todo mejor que nadie hasta que vaya y me parta otra vez en dos?". Eso sí que sería emocionante, pero también puede ocurrir que la lombriz esté tan acostumbrada a ser cola que prefiera dejarlo todo igual. Bueno, a ver, ¿lo has escrito todo tal y como lo he dicho?
-Exactamente igual –dijo la abuela.
-Pues ahora viene el final del capítulo: pero a lo mejor lo que pasa es que el trasero va y piensa que sería bonito no tener que tirar de nada, sino que sigan tirando de él, quién sabe, porque eso, la verdad, no es seguro. Bueno, nada es seguro del todo cuando está uno expuesto a que le partan en dos en el momento menos pensado. Pero, se mire como se mire, lo mejor será que la gente deje de pescar lombrices.
-Muy bien –dijo la abuela–, se terminó el tratado, y, menos mal, porque también se terminó el papel.
-No, qué se va a terminar –contestó Sofía–, ahora viene el segundo capítulo, pero ése lo pensaré mañana. ¿Qué tal te parece que me va quedando?
-Pues muy persuasivo.
-Sí, eso pienso yo también –dijo Sofía–, a lo mejor aprende algo la gente leyéndolo.
Siguieron igual la noche siguiente, y el capítulo segundo se titulaba: "Otros Animales que dan Pena".
-Dan mucha pena los animales pequeños. Yo querría que Dios no hubiese creado animales pequeños, o que los hubiese mandado hacer de tal manera que pudieran hablar, o que, por lo menos, les hubiese puesto unas caras mejores que las que tienen. A ver, punto y aparte. Pues si nos ponemos a pensar, por ejemplo, en las polillas, pues vemos que no hacen más que volar contra las lámparas, y claro, pues, eso, que se queman, pero ellas, nada, dale que te pego, y vuelan contra las lámparas. Esto no puede ser instinto, porque el instinto no funciona así, lo que pasa es que no entienden nada, y, eso, pues que siguen, dale que te pego, y luego se caen de espaldas, y se ponen a temblar con todas las patas al tiempo hasta que van y se mueren. ¿Has terminado de escribir?, a ver, dime, ¿queda bien?
-Queda estupendo –dijo la abuela.
Sofía se incorporó y gritó:
-¡Y ahora vas a poner que me cargan todos los que se mueren despacio!, ¡y pon que me cargan todos los que no le dejan a uno ayudarlos! ¿Lo has escrito todo tal y como te lo dije?
-Exactamente.
-Muy bien, así me gusta. Ahora vienen los mosquitos zancudos. A mí me caen muy bien los mosquitos esos, lo que pasa es que no hay manera de echarles una mano sin que se les rompan dos patas. ¿Por qué no pueden encogerlas, vamos a ver? Bueno, escribe que cuando los niños pequeños muerden al dentista es al dentista al que le duele, no a ellos. No, espera un poco –Sofía se quedó pensando, con la cabeza entre las manos–. A ver –añadió–, escribe: "Peces", y luego pones punto y aparte. Los peces pequeños mueren más despacio que los peces grandes, y, a pesar de todo, la gente no tiene ni la mitad de cuidado con los peces pequeños, sino que les dejan mucho tiempo tirados por las rocas, respirando aire que da pena verles, y es como cuando a la gente le meten la cabeza bajo el agua. Y luego, el gato –prosiguió Sofía–... ¿Cómo sabemos que empieza por la cabeza?, ¿por qué no se mata a los peces como es debido, en vez de dejarlos tirados por ahí? Bueno, el gato puede estar cansado, y a lo mejor los peces saben mal, y entonces empieza por la cola, y a mí eso me da ganas de ponerme a gritar. Yo grito cuando les echan sal a los peces, y cuando el agua está tan caliente que les hace saltar. ¡No como esos peces, no y no, que no los como, y a vosotros os está bien empleado!
-Dictas demasiado deprisa –dijo la abuela–, ¿escribo también eso de "os está bien empleado"?
-No, no eso no lo pongas, que esto es un tratado serio. Termina con "saltar" –se quedó un momento en silencio, luego prosiguió–. A ver, capítulo tercero, punto y aparte. Yo como cangrejos, pero no me gusta verlos hervir, porque entonces se ponen horrorosos, de modo que hay que tener mucho cuidado con ellos.
-Tienes razón –dijo la abuela, echándose a reír.
-¡Por Dios bendito, que estoy hablando en serio! –gritó Sofía–. Hazme el favor de callar y escribir. A ver, pon: me fastidian los ratones de campo. No, no pongas eso, pon: me fastidian los ratones de campo, pero, así y todo, no me gusta verlos morir. Hacen túneles en la tierra y se comen todas las cebollitas de mi papá. Enseñan a sus niños a hacer túneles y a comerse las cebollitas. Y de noche se duermen todos abrazados y hechos un rebaño. No saben lo desgraciados que son. ¿Queda bien eso de "desgraciados"?
-Estupendo –dijo la abuela, escribiendo a todo escribir.
-Y luego, pues, eso, que comen maíz envenenado, o se cogen las patas de atrás en una ratonera. ¿Está bien eso de que se cojan las patas o se les envenene la tripa y revienten!, porque es lo que yo digo, ¿qué otra cosa podemos hacer? A ver, escribe: ¿qué otra cosa podemos hacer si no les podemos castigar hasta después de que han hecho lo que han hecho, y entonces ya es demasiado tarde? Es un verdadero problema, no creas, porque, además, es que tienen niños como locos, a lo mejor un niño cada veinte minutos, y así, pues, claro, no se puede.
-Cada veinte días –murmuró la abuela.
-Y, después de tenerlos, pues, nada, que van y les enseñan, y ahora no me refiero sólo a los ratones de campo, sino a todos los animalitos que enseñan a sus niños, y son cada vez más, y todos enseñan a sus niños, y, claro, pues así salen ellos de mal educados. Y los peores son los que son tan pequeños que están por todas partes, y no se les ve hasta que se les ha pisado, y a veces ni siquiera entonces se les ve, pero una se queda con remordimiento de conciencia así y todo, y tampoco es cosa.
La verdad es que, se haga lo que se haga, pues la cosa queda igual de mal, y por eso me parece a mí que lo mejor va a ser no hacer nada, lo que se dice nada, o dejarlo y ponerse a pensar en otra cosa. A ver. Pon: Fin. ¿Queda sitio para una ilustración?
-Pues yo creo que sí –dijo la abuela.
-Hale, dibújala tú. ¿Qué tal ha quedado todo el libro?
-¿Quieres que te lo lea?
-No, deja –respondió Sofía–, no tengo tiempo ahora. Lo mejor será que lo guardes para que lo lean mis hijos.

Tove Jansson
De El libro del verano

Un jirón de vida

En la habitación contigua, Pavel Romanovich se desternillaba de risa, mientras contaba cómo le había abandonado su mujer.
Yo no podía soportar el ruido de aquella risa horrible y, sin siquiera consultar con mi espejo, tal y como estaba –con aquel traje todo arrugado con el que me había echado una perezosa siesta después del almuerzo, y sin duda todavía con las marcas de la almohada en la mejilla–, me dirigí a la habitación contigua (el comedor de mi casero), donde interrumpí la siguiente escena: mi casero, un individuo llamado Plekhanov (sin relación alguna con el conocido filósofo social), escuchaba solícito, enfrascado en llenar unos cigarrillos rusos con un inyector de tabaco, mientras Pavel Romanovich caminaba sin cesar en torno a la mesa, con un rostro que era una pura pesadilla, cuya palidez parecía extenderse por su cabeza entera, habitualmente bien parecida y rasurada: un tipo de limpieza muy específicamente ruso, que de ordinario te lleva a pensar en la tropa de un batallón de limpios ingenieros, pero que en el momento presente recordaba algo maligno, algo tan aterrador como el cráneo de un criminal.
Había venido, en realidad, con la esperanza de encontrar a mi hermano, que justamente acababa de marcharse, pero esa circunstancia no pareció importarle demasiado: su dolor tenía que encontrar sus palabras y su interlocutor: y lo encontró, un interlocutor bien dispuesto, en este personaje más bien antipático al que apenas conocía. Se reía, pero sus ojos contradecían sus carcajadas cuando contaba cómo su mujer había ido recogiendo sus cosas por todo el piso, cómo se había llevado sus gafas favoritas sin darse cuenta, cómo todos los parientes de su mujer estaban al corriente de lo que pasaba mientras él seguía en la inopia, cómo se había puesto a pensar que...
-Sí, una cuestión interesante –continuó, dirigiéndose ahora directamente a Plekhanov, un viudo temeroso de Dios (porque sus palabras hasta entonces habían sido más o menos una especie de arenga dirigida al espacio)–, una cuestión interesante, considerar. ¿Qué pasará en el más allá... vivirá entonces conmigo o con ese cerdo?
-Vayamos a mi habitación –dije en mi tono de voz más cristalino, y sólo entonces se dio cuenta de mi presencia. Yo me había quedado apoyada desmayadamente contra una esquina del aparador oscuro, que parecía fundirse con mi diminuta figura enfundada en un traje negro, sí, llevo luto, por todo el mundo, por todas las cosas, por mí misma, por Rusia, por los fetos que me han arrancado de mis entrañas. Él y yo pasamos a la habitación diminuta que yo alquilaba: apenas podía acomodar un sofá absurdamente grande cubierto de seda y junto a él, la mesa auxiliar donde se apoyaba una lámpara cuya base era una verdadera bomba de cristal grueso llena de agua –y en aquel ambiente de privada intimidad Pavel Romanovich se convirtió inmediatamente en un hombre diferente.
Se sentó en silencio, frotándose los ojos inflamados. Yo me acurruqué a su lado, acomodé unos cojines y me perdí en mis pensamientos, pensamientos femeninos que surgen cuando apoyamos la cabeza en la mano, y me puse a observarle, su cabeza turquesa, sus hombros poderosos, más bien hechos para enfundarse una casaca militar que la americana cruzada que llevaba. Le contemplaba y al hacerlo me asombraba al pensar cómo podía haberme vuelto loca por aquel tipo bajito, corpulento, de rasgos anodinos (excepto por los dientes... ¡Dios mío, qué dientes tan hermosos!); y sin embargo estuve loca por él apenas hace ahora dos años, al comienzo de mi vida de expatriada en Berlín, en una época en la que él sólo pensaba en casarse con su diosa –¡y qué loca estuve, cuánto lloré por él, y cómo me perseguía y dominaba mis sueños aquella delgada cadenilla de acero que él llevaba en la muñeca!
Sacó del bolsillo del pantalón su enorme pitillera de «batalla» (como él decía). Moviendo la cabeza abatido, empezó a dar golpecitos contra su tapa con el extremo sin filtro de su cigarrillo ruso varias veces, muchas más de lo que era habitual en él.
-Sí, María Vasilevna –dijo finalmente entre dientes mientras encendía el cigarrillo, arqueando con fuerza sus cejas triangulares–. Sí, nadie habría podido predecir semejante cosa. Yo creía en esa mujer, creía con toda mi fe, tenía una confianza absorta en ella.
Tras su reciente ataque de locuacidad repentina, se respiraba ahora una tranquilidad inquietante. Se oía el golpeteo de la lluvia contra el alféizar de la ventana, el clic del inyector de Plekhanov, los gemidos de un viejo perro neurótico encerrado en la habitación de mi hermano al otro lado del pasillo. No sé por qué –bien porque el tiempo estuviera tan gris, o quizá porque el tipo de desgracia que le había sucedido a Pavel Romanovich exigiera cierto tipo de reacción en el mundo circundante (disolución, eclipse)–, pero yo tenía la impresión de que era ya tarde, de que la noche se había echado encima, aunque en realidad eran sólo las tres de la tarde y yo tenía todavía que ir a la otra punta de Berlín para hacer un recado que mi encantador hermano habría muy bien podido hacer por sí mismo.
Pavel Romanovich retomó la palabra, ahora con tonos sibilantes: «Esa vieja puta maloliente», dijo, «ella, ella fue la que hizo de Celestina. Siempre la encontré repugnante y no se lo oculté a Lenochka. ¡Qué puta!
Ya la conoces, creo... unos sesenta años, teñida de rojo alazán brillante, gorda, tan gorda, que parece que tenga joroba. Es una pena que Nicolás haya salido. Dile que me llame en cuanto venga. Yo soy, como bien sabes, un hombre sencillo, que dice las verdades, y le llevo diciendo a Lenochka desde hace años que su madre es una bruja peligrosa. Y ahora escucha lo que tengo pensado: quizá tu hermano me pueda ayudar a pergeñar una carta para la vieja bruja, una especie de declaración formal explicando que sé perfectamente y que me doy cuenta de quién ha sido la instigadora de todo ello, quién ha empujado a mi mujer, sí, algo así, formulado evidentemente de forma educada, desde luego».
No dije nada. Estaba allí, visitándome por primera vez (sus visitas a Nicolás no contaban), por primera vez se sentaba en mi Kautsch, y por primera vez dejaba caer la ceniza en mis cojines policromos; sin embargo, este acontecimiento, que en otros tiempos me hubiera supuesto un placer divino, no me alegraba ahora en lo más mínimo. Las buenas gentes llevaban tiempo contándome que su matrimonio había sido un fracaso, que su mujer había resultado ser una loca barata, vulgar y frívola, y había rumores proféticos que hacía tiempo le habían otorgado un amante, en la persona misma que ahora había caído rendida ante su belleza vacuna. La noticia del desastre del matrimonio no me suponía, por tanto, una sorpresa; en realidad quizá esperara vagamente que algún día Pavel Romanovich fuera depositado a mis pies por una de las olas de la tormenta. Pero por más que escrutara en mi interior, no conseguía encontrar ni una brizna de alegría; al contrario, me sentía tan triste, mi corazón tan agobiado, no sabéis cuánto. Todos mis amores, por alguna especie de colusión entre sus héroes, han seguido invariablemente el mismo esquema preestablecido de mediocridad y de tragedia o, más precisamente, su mediocridad misma acababa imponiéndoles su vena trágica. Cuando pienso cómo empezaron, me lleno de vergüenza y, en cuanto a su desenlace, me produce repugnancia, mientras que la parte central, la parte que debería haber sido la esencia y el corazón de esta o aquella relación, mi mente la recuerda como una especie de ballet indolente entrevisto a través del agua derramada o de la niebla pegajosa. Mi enamoriscamiento de Pavel Romanovich tuvo al menos la maravillosa ventaja de no haber llegado a término y de haber sido algo bonito y fresco, diferente al resto, pero incluso aquel sentimiento, tan remoto, tan profundamente enterrado en mi pasado, adquiría en este momento los tintes del presente, tiñéndose, en sentido inverso, de desgracia, de fracaso, incluso de pura y simple mortificación, sólo porque me veía obligada a escuchar a aquel hombre que se quejaba de su mujer, de su suegra.
-Espero –dijo– que Nicky vuelva pronto. Tengo otro plan preparado, en reserva, y creo que es un buen plan. Y mientras tanto será mejor que me vaya.
Y yo seguía sin decir nada, mirándole con profunda tristeza, mis labios ocultos por el volante de mi chal negro. Se quedó un momento de pie junto a la ventana, por cuyo cristal subía una mosca apresurada, subía, se daba la vuelta, se golpeaba contra el cristal y volvía a subir para luego volverse a caer. Después él rozó con los dedos el dorso de los libros de mi biblioteca. Como la mayoría de la gente que lee poco, mostraba un afecto secreto por los diccionarios y ahora sacó un voluminoso volumen rosa en cuya portada estaban dibujadas una cabeza de dragón y una joven de rizos pelirrojos.
«Khoroshaya shtooka», dijo. Metió con dificultad el volumen en su sitio y rompió a llorar de repente. Lo senté junto a mí en el sofá y él se fue inclinando poco a poco a un lado sin dejar de sollozar violentamente y acabó escondiendo la cabeza en mi regazo. Acaricié ligeramente su cálida cabeza y su nuca robusta y rosada, cuya lisura siempre me ha resultado muy atractiva en los hombres. Poco a poco sus espasmos se fueron calmando. Me mordió con ternura por debajo de la falda y luego se incorporó.
-¿Sabes qué? –dijo Pavel Romanovich y mientras hablaba palmeó sonoramente con las palmas cóncavas de sus manos dispuestas horizontalmente (no pude evitar reírme porque me acordé de un tío mío, un terrateniente del Volga que solía imitar así el ruido de una procesión de dignas cabras que dejaban que sus ubres golpearan unas contra otras en su camino)–. ¿Sabes qué, cariño? Vayamos a mi casa. No aguanto estar solo en casa. Cenaremos allí, tomaremos unas copas de vodka y luego iremos al cine... ¿qué dices?
No pude declinar su invitación, aunque sabía que me arrepentiría. Mientras telefoneaba para cancelar mi visita al antiguo lugar de trabajo de Nick (necesitaba sus botas de goma que se había dejado allí), me vi en el espejo del vestíbulo como si fuera una pequeña monja triste de rostro cerúleo y adusto; pero un minuto más tarde, mientras me arreglaba y me ponía el sombrero, me sumergí por así decir en las profundidades de mis grandes ojos negros llenos de experiencias y encontré en ellos un reflejo que no tenía nada de conventual –¡brillaban a través del velo!, ¡Dios mío cómo brillaban!
En el tranvía, camino de su casa, Pavel Romanovich volvió a ponerse triste y distante: yo le contaba cosas del nuevo empleo de Nick en la biblioteca eclesiástica, pero mantenía una mirada huidiza, era evidente que no me escuchaba. Llegamos. El desorden de los tres cuartos más bien exiguos que había ocupado con su Lenochka era sencillamente increíble –como si sus cosas y las de ella hubieran librado una guerra sin cuartel. Para divertir a Pavel Romanovich empecé a hacer de doncella con un delantal diminuto que se había quedado perdido y olvidado en un rincón de la cocina, restablecí una cierta armonía en el desorden de los muebles, puse la mesa de forma aseada –tanto que Pavel Romanovich se puso a aplaudir de nuevo y decidió hacer borstch (estaba bastante orgulloso de sus dotes culinarias).
Después de dos o tres tragos de vodka entró en una fase enérgica y seudosuficiente, como si de verdad existiera algún tipo de proyecto que debiera ser puesto en práctica al momento. Soy incapaz de saber si es que se había visto afectado por la solemnidad teatral con la que los avezados borrachos gustan de decorar la ingesta de alcohol ruso, o si realmente creía que él y yo habíamos empezado, cuando todavía estábamos en mi habitación, a maquinar y a discutir una especie de plan, pero allí estaba, cargando la pluma y sacando con un gesto como de complicidad lo que él llamaba el dossier: cartas de su mujer recibidas la primavera pasada en Bremen, adonde había ido en representación de una compañía de seguros de exiliados para la que trabajaba. Empezó a citar pasajes de aquellas cartas en los que quedaba manifiesto que ella le quería a él y no al otro tipo. Entre medias insistía en repetir con fuerza pequeñas frases hechas, tales como: «Esto lo dice todo», «Claro está», «Y ahora veremos» –mientras seguía bebiendo. Su argumentación se reducía a la idea de que si Lenochka escribía: «Te acaricio mentalmente, Baboonovich, querido», no podía estar enamorada de otro hombre, y si ella creía que lo estaba había que explicarle pacientemente que estaba en un error. Después de unos cuantos tragos cambió de estrategia y su expresión se hizo más tosca y sombría. Sin razón aparente alguna, se quitó los zapatos y los calcetines, y luego empezó a sollozar y a caminar sollozando, de una punta a otra de su piso, ignorando por completo mi presencia y dando feroces puntapiés con su pie desnudo a la silla contra la que tropezaba una y otra vez en su deambular. De paso, se las arregló para acabar la botella y entonces entró en una tercera fase, la parte final de aquel ebrio silogismo que ya había unido, siguiendo las más estrictas reglas dialécticas, un espectáculo inicial de brillante eficacia y un período central de melancolía absoluta. En la fase actual, resultaba que él y yo habíamos llegado a algún tipo de conclusión (cuál fuera ella exactamente seguía siendo algo extremadamente dudoso) que mostraba al amante de su mujer como el mayor y más bajo de los villanos y el plan consistía en que yo fuera a ver a su mujer, por propia iniciativa, por decirlo de alguna manera, para «avisarla». Debía decirle asimismo que, por supuesto, Pavel Romanovich se oponía frontalmente a cualquier intrusión o presión y que sus sugerencias estaban marcadas por el más profundo y angélico desinterés. Antes de que yo pudiera recobrar el juicio que tenía perdido y prendido en la maraña de sus susurros pastosos (y mientras se ponía los zapatos a toda prisa), me encontré llamando a su mujer por teléfono y hasta que no oí su voz atiplada y estúpida no caí súbitamente en la cuenta de que estaba borracha y comportándome como una idiota. Colgué de golpe, pero empezó a besarme las manos frías y crispadas y la volví a llamar, fui identificada sin ningún entusiasmo, dije que tenía que verla para un asunto urgente y, tras una ligera duda, aceptó que fuera a verla en seguida. Para entonces, quiero decir para cuando estuve lista para salir, nuestro plan parecía haber madurado en todos sus detalles y resultaba increíblemente sencillo. Yo tenía que decirle a Lenochka que Pavel Romanovich tenía que comunicarle algo de excepcional importancia, algo que en modo alguno, de ninguna manera, tenía la más mínima relación con la ruptura de su matrimonio (él insistió en este punto con vehemencia, saboreando la perfección de su táctica) y que la estaría esperando en el bar de enfrente de su casa.
Me llevó una eternidad, una eternidad oscura, subir la escalera, y por alguna extraña razón me atormentaba el pensamiento de que la última vez que nos vimos, yo llevaba el mismo sombrero y los mismos zorros negros. Lenochka, por el contrario, apareció ante mí elegantemente vestida. Parecía que acabara de rizarse el pelo, aunque no era un peinado bonito, y en conjunto tenía un aspecto más bien vulgar; en torno a su boca pintada con esmero se veían unas pequeñas hinchazones que hacían que se perdiera todo posible chic que hubiera querido adornar su persona.
-No creo –me dijo, examinándome con curiosidad– que sea tan importante, pero si cree que todavía tenemos cosas que discutir, está bien, acepto ir a la cita, pero quiero que sea con testigos, me da miedo quedarme sola con él, ya he pasado lo mío, muchas gracias.
Cuando entramos en el bar, Pavel Romanovich estaba sentado con los codos apoyados en una mesa junto a la barra; con el dedo meñique se frotaba sus ojos rojos y desnudos, mientras impartía a discreción, en un tono monótono, su sabiduría acerca de un «jirón de vida», como le gustaba decir, a un completo desconocido sentado en la misma mesa, un alemán de estatura enorme, con raya en medio y el pelo engominado, pero con una nuca llena de vello oscuro y uñas mordidas.
-Sin embargo –decía Pavel Romanovich en ruso–, mi padre no quería tener problemas con las autoridades y por lo tanto decidió construir una valla alrededor. De acuerdo, ese problema quedó resuelto. Nuestra casa estaba tan lejos de la suya... –se volvió para mirar en torno suyo, saludó distraído a su mujer y continuó con expresión totalmente relajada–, como de aquí al tranvía, de forma que ya no podían tener más exigencias. Pero coincidirá conmigo en que pasar todo el otoño en Vilna sin electricidad no tiene nada de divertido. Bien, entonces, muy a disgusto...
Yo no conseguía entender de qué estaba hablando. El alemán escuchaba atento, con la boca medio abierta: sus conocimientos de ruso eran escasos, el mero proceso de intentar entenderle le proporcionaba placer. Lenochka, que estaba sentada tan cerca de mí que sentía su desagradable calor, empezó a buscar algo en su bolso.
-La enfermedad de mi padre  –seguía Pavel Romanovich– contribuyó a su decisión. Si usted realmente vivió allí, como dice, entonces se acordará perfectamente de aquella calle. Está oscuro, por allí, por la noche, y con frecuencia te enteras de que allí...
-Pavlik –dijo Lenochka–, aquí tengo tus gafas. Me las llevé en el bolso por equivocación.
-Está muy oscuro, allí, por la noche –repitió Pavel Romanovich, abriendo mientras hablaba la funda de las gafas que ella le había tirado por encima de la mesa. Se puso las gafas, sacó un revólver y empezó a disparar a su mujer.
Con un gran aullido, ella cayó bajo la mesa arrastrándome consigo, mientras que el alemán tropezó sobre nosotras uniéndose a nuestra caída, de forma que los tres nos encontramos revueltos en el suelo; pero yo tuve tiempo de ver cómo un camarero llegaba corriendo hasta el agresor por detrás y cómo le golpeaba con delectación y fuerza monstruosas en la cabeza con un cenicero de hierro, después todo ocurrió como suele ser habitual en casos como éste, el lento retorno al orden del mundo destrozado, con la participación de mirones, policías, ambulancias. Se llevaron al hospital a Lenochka, que se quejaba teatralmente (una bala se había limitado a atravesar su hombro bronceado) pero no sé por qué extraña razón me perdí la detención de Pavel Romanovich. Cuando terminó todo –esto es para cuando todo hubo recuperado su lugar en el mapa–: las farolas, las casas, las estrellas, me encontré paseando por una calle desierta en compañía de nuestro superviviente alemán: aquel inmenso hombre guapo, sin sombrero, con un impermeable voluminoso flotaba junto a mí y al principio pensé que me estaba acompañando a casa pero luego me di cuenta de que nos encaminábamos a su casa. Nos detuvimos delante de su portal y me explicó –despacio, ponderado, pero no sin una cierta poesía, y por alguna razón, en un francés muy malo– que no podía llevarme a su cuarto porque vivía con un colega que era como su padre, su hermano, o incluso su esposa. Sus excusas me parecieron tan insultantes que le ordené que llamara inmediatamente a un taxi para que me llevara a mi casa. Esbozó una sonrisa asustada y me dio con la puerta en las narices, y allí me encontré caminando por una calle que, a pesar de que hacía horas que había cesado de llover, seguía mojada todavía y como que desprendía un aire de humillación profunda, sí, allí estaba yo caminando completamente sola, como ha sido mi destino desde el comienzo de los tiempos, y ante mis ojos no veía sino a Pavel Romanovich que se levantaba una y otra vez y se quitaba la sangre y la ceniza de su pobre cabeza.

Vladimir Nabokov

Aguas salobres

El feto apareció envuelto en trapos sucios y manchados de sangre. El Capitán ordenó que se lo dieran a los chanchos. Varios días después, ante la sorpresa general, vino el Jorobadito con la noticia de que el feto vivía y tenía los ojos abiertos. Herminia, la chancha más feroz, hirsuta y grosera, la menos sospechable de instinto maternal, lo defendió de nosotros con dientes y uñas. De algún modo se las había ingeniado para hacerlo vivir y ahora quería retenerlo. Se lo dejamos, no sin que antes el Jorobadito perdiera la mano derecha. Lo curamos como pudimos, porque allí no había médicos, y él juró vengarse. Le llevó varios meses, entre su curación y el trabajo práctico, obtener la caja obscura de torturar chanchos. El Capitán lo dejó hacer, a condición de que no se perdiera una gota de sangre: a nosotros nos gustaban mucho las morcillas, y por otra parte estábamos definitivamente hartos de comer pescado. Somos pescadores. Vivíamos de la pesca. Y como en la costa eran todos pescadores como nosotros, no había a quien venderle nuestra mercadería ni fórmulas posibles de intercambio: comíamos pescado... Por eso apreciábamos al Jorobadito, el único entre nosotros con talento para la cría de chanchos y fabricación de embutidos. Y la Gorda se ocupaba de los sembrados. Se pensó en la Gorda como origen del feto. No había pruebas, pero ella era la única mujer apropiada para disimular un embarazo entre tanta cantidad de grasa. Otros, y especialmente después de la historia de la supervivencia del nonato en manos de la chancha, hablaban de milagros. Pero había puntos dudosos en esta teoría: el milagro provendría del Cristo Atlante de Desdémona, ese cristo sonriente, irritante, con cabeza de pez, y por tanto poco inclinado a milagrear un feto enteramente humano. Si hubiese aparecido una sirena no habríamos tenido dudas. Yo no presté al principio mayor atención a estos sucesos. Me sentía perturbado y un poco, yo mismo, como una especie de feto mental, y quería nacer. Mi tendencia a la mutación se evidenciaba en un rechazo por lo salado: me asqueaba comer pescado, me asqueaba el gusto del sexo de Desdémona, me asqueaba el agua del mar, que trataba de no tragar cuando nadaba. Pero era verano. Un verano muy cálido. Abundaba el pescado, la necesidad sexual era intensa, y había que meterse en el mar. Yo corporizaba el rechazo a esta vida en la costa vomitando varias veces al día. Y me rompía la cabeza buscando una fórmula para alejarme de allí definitivamente, sin encontrar, en mi indigencia material y afectiva, ninguna solución. Por esa época apareció también el caballo blanco. Era una bestia llena de salud e inteligencia, que nadie, en mucho tiempo, pudo montar. Era joven. Tenía una mirada simpáticamente maligna; acostumbraba a mirarnos de reojo, como burlándose. No se nos ocurrió, entonces, relacionarlo con el feto, ni se habló de milagros. Yo no sostengo ninguna teoría: simplemente me limito a dar una información subjetivamente completa. No se tenía en cuenta, si bien luego pareció evidente, que la única ocupación de Tulio, el caballo blanco, era verificar día a día el rápido y desmesurado crecimiento del feto, siempre bajo el cuidado de Herminia. El Jorobadito acumulaba rencor y piecitas misteriosas que integrarían su caja obscura. Aunque sin acercarme a su eficacia y pulcritud en el manejo del chiquero, yo vi peligrosamente acrecentadas mis tareas al tener que sustituirlo en la suya: nunca más quiso saber de chanchos, excepto en aquel día señalado para el sacrificio de la chancha maternal. Mis otras tareas eran más bien agrícolas. Ayudaba a la Gorda en ciertas manipulaciones en los sembrados, y sobre todo me encargaban de mantener espantados del lugar a los gorriones. Cuando apareció Tulio tuve también que alimentarlo y cepillarlo. Me fastidiaba esa limitación de mi independencia, pero hice buenas migas con el caballo blanco y me gustaba atender sus reclamos. Lo del chiquero, en cambio, rebasó los límites. Hablé seriamente con el Capitán; él me pidió paciencia y se comprometió por su parte a meter en vereda al Jorobadito apenas lo viera recuperado. Los viernes eran mis días libres de las tareas, pero obligatoriamente destinados a la glorificación del Cristo-Pez. Desdémona, de caderas de yegua, rubia y alta, de larga melena, y a quien nadie le había podido ver los pechos que bajo la ropa aparentaban ser explosivamente exuberantes, Desdémona era la fundadora de una religión. Había ideado una cosmogonía perfecta, y perdía la vida en sus predicaciones: araba en el desierto. Yo era el único adepto fiel, y más bien por razones eróticas. El Capitán, controlado por su mujer, no podía ni soñar en acercarse al templete. Los otros varones eran tan poco deseables que Desdémona no ponía mucho entusiasmo: el Jorobadito, el Tuerto, el viejo Matías. Las mujeres más bien tendían a creer, pero el rito les estaba vedado por razones obvias, aunque tengo mis sospechas de que especialmente con Leonor, de aplastante virilidad, se celebraron secretamente algunas misas. Creo que mi afición por el dibujo, y un cierto talento desarrollado en ese sentido, se los debo a los pechos ocultos de Desdémona. El afán de concretizar las imaginerías me llevaba a llenar hojas y hojas con las formas posibles. Encontraba más verosímil que otras la de pera, abultada en la base, con unos pezones que no se decidían del todo a apuntar hacia abajo. En la religión de Desdémona había elementos muy atractivos. Se glorificaba el viernes en honor a Venus, planeta origen de los dioses que aposentaron sus reales en la Atlántida terrestre, hoy desaparecida a causa de una explosión atómica. Los dioses, de forma humana, crearon a los peces; del apareamiento de éstos con ciertos dioses enamorados de su propia obra, nació la raza de las sirenas. Había sirenas al derecho y al revés, es decir, con cola de pez o con piernas de gente. Cuando el Cristo Atlante vino a redimir a esta raza maldita, fue crucificado. Y la raza desapareció, al menos de la vista. Desdémona aseguraba que en sitios ocultos están todavía aguardando algunos de ellos. A las venus que andan por el mundo, antiguas reliquias a las que les falta algún pedazo, la cabeza, los brazos, las piernas, les falta, según Desdémona, porque eran partes de pescado. Y la Iglesia Católica, junto con los Masones y los Judíos, hicieron lo posible por borrar los rastros. Hubo un rastro que sin embargo no pudieron borrar. Está al alcance de todo el mundo. Un hueso de tiburón -producido mediante mutaciones genéticas de laboratorio, por la raza que quiso dejar su huella- representa a este Cristo-Pez crucificado. En nuestras costas abundan estos huesos, a los cuales los pescadores no dan ninguna importancia. Parece ser que cuando Desdémona, a los doce años, vio uno de ellos por primera vez, coincidiendo con su primer período menstrual, tuvo la revelación divina que la llevó a fabricar su religión sin la menor dificultad y, lo que es más interesante, sin necesidad de ocultar ningún texto. Por otra parte, ella nunca aprendió a leer. El icono es un hueso plano que de lejos parece un crucifijo común y corriente, de líneas curvas y elegantes, color marfil. Sobresaliendo de esta base achatada se distingue perfectamente una figura casi humana, de finos y largos brazos crucificados, de piernas también humanas, pero con cabeza de pez. Y sonríe. Sonríe con un aire de triunfo que no tiene en absoluto el Cristo de los católicos. Desdémona había fabricado un templete y un altar para el icono. Y sobre este altar alfombrado de terciopelo rojo celebraba cada viernes el rito de beber la sangre de su Señor, que venía a ser no otra cosa que mi propia esperma. El espermatozoide, forma acuática que luego perdemos por culpa de un pecado original de la raza de las sirenas, es el legado directo de los dioses venusinos. Desdémona, habiendo hecho voto de castidad desde la revelación, se mantuvo virgen. Sólo se permitía el alivio religioso de retribuirme con sus secreciones marinamente salobres para santificarme cada viernes, a cambio de mi savia. La única relación normal que yo había tenido alguna vez con una mujer, fue con la Gorda. No me gustó. Por estos motivos, por los ritos y el pescado y la arena y la sal, quería salir en busca de nuevos horizontes. Pasaban los días con la sola variante del rápido crecimiento del feto, quien ya amagaba pararse sobre sus piernitas endebles; todo lo demás seguía igual, hasta que al Capitán se le ocurrió fijar fecha para el sacrificio de Herminia, porque estaba a punto y porque se terminaba, ya, nuestra provisión de embutidos. Entonces el Jorobadito trabajó como negro, día y noche, con su única mano, para poder llegar a tiempo. Trabajaba secretamente en el taller; no quería que nadie se enterara de los detalles. Pero con todo se filtró el chisme de que había aparatos eléctricos. La caja estuvo terminada un día antes de la fecha fijada por el Capitán. Con su parche sobre el ojo izquierdo, su gorra marinera Y su pata de palo, la palabra del Capitán era ley. Por eso el Jorobadito, borracho de sueño y de cansancio, ni pensó en solicitar una postergación. La Gorda, siempre maternal, fabricó una jaula como de cotorra, pero más grande, y con una especie de nido de lanas y plumas. Cuando metimos a la chancha adentro de la caja obscura, la Gorda se llevó el feto a la jaula. Y cuando Herminia empezó a gritar, verdaderamente como una marrana, el feto, aferrado a los barrotes y con una mirada de loco impresionante se alzó por fin sobre sus piernitas chuecas y rechinó los dientes y dijo sus primeras palabras: -¡Hijos de puta! El suplicio no pudo prolongarse como habría querido el Jorobadito porque los gritos nos ponían nerviosos. No tengo idea del método de tortura inventado por esa mente retorcida, pero creo que trascendía el mero electroshock. Don Matías se echó encima de la pierna un chorro de agua caliente del termo. La Gorda, siempre tan cuidadosa de su feminidad, tuvo la desgracia de dejar escapar públicamente un flato. Desdémona me llevó a un rincón, me mordió un hombro con furia, y aunque era jueves fuimos al templete. Cuando el Capitán sopló su pipa en vez de chuparla y el tabaco encendido casi le quema el ojo sano, decidió poner fin a la situación. Nos subimos a un árbol y abrimos la puerta de la caja obscura con un palo que tenía un gancho en la punta. Herminia salió en un galope demencial, no encontró a nadie a quien embestir, se revolcó en los sembrados y en los charcos, siempre gritando, y por fin se suicidó dándose de cabeza contra el ombú. El feto apartó los barrotes doblándolos sin dificultad con sus manitos, y cuando bajábamos del árbol nos estaba mirando y nos dimos cuenta que estábamos definitivamente bajo su dominio. Ante su mirada nos sentimos todos más que avergonzados; nos sentimos completamente desnudos en nuestro infantilismo cruel. El Jorobadito se metió solo adentro de la caja obscura. Estuvo gritando exactamente como Herminia durante tres días y tres noches que para nosotros fueron insoportables. Al tercer día no se oyó más nada, y le dimos cristiana sepultura cerca del pozo negro, sin abrir la caja. El feto volvió un tiempo a su jaula. Parecía calmado. Se desarrolló a su manera, y nunca pudimos ponerle un nombre. En pocos meses se hizo adulto. Alcanzó su estatura definitiva, unos ochenta centímetros, y era todo cabeza, de frente abultada y ojos chiquititos bajo párpados gruesos y pesados, y la cabeza era toda pelos y dientes: unos dientes siempre apretados y visibles, que los labios gruesos y curvados hacia abajo mostraban en una clara expresión de odio y disgusto. La Gorda le preparaba una papilla inmunda, y se la hacía sorber por medio de una bombilla. Algo como carne de pescado triturada, legumbres, etcétera. Tulio, el caballo blanco, se arrodillaba amorosamente para que él pudiera trepársele, agarrado a las crines, y allá salían los dos, en un galope furioso. Tulio, expresando su juventud y alegría de vivir; un galope vital que a veces parecía un vuelo. El feto, gritando y chillando, descargando su odio sobre las tierras, de la costa, histerizando a todo el mundo. Empezamos a tener mala fama en la zona. El Capitán perdía autoridad. Se ocupaba, ahora, él mismo de los chanchos. Sólo cuando salían de pesca en los frágiles botecitos, con el Tuerto, Leonor y el viejo Matías, yo me sentía un poco culpable y me hacía cargo del chiquero. Pasaba la mayor parte del tiempo tratando de comprobar una teoría que se me había ocurrido: de golpe se me metió en la cabeza que la Atlántida estaba por allí nomás, en algún charco o en la laguna, y que nadie la veía porque era muy chica. Pero me faltaban elementos técnicos, y no hacía más que bucear y chapotear sin otro resultado que el placer de mojarme. El feto se cansó de la papilla y por fin pude verle los pechos a Desdémona. La hizo desnudarse de la cintura para arriba, y como acunado en sus brazos empezó a mamar. Curiosamente, la virgen tenía leche. Un día formé un aparte con ella y llegué a probársela: era extremadamente dulce y tibia. De pronto algo me sacó de la embriaguez y vi al feto, allí parado con sus ojos fulminándome, y supe que estaba condenado a muerte. Esperé, sin poder moverme. Se interpuso Tulio. Pasó entre los dos, balanceándose con un relincho suave, y cuando terminó de pasar el feto me miraba de otra manera. No digo que con amor, pero de ahí en adelante quedé marginado de sus perrerías. Abandonó para siempre la jaula y se instaló en Desdémona. Ella dejó sus misas de los viernes, y Tulio me llevó a un poblado vecino donde logré hacer amistad con una niña más o menos de mi edad, no tan exuberante como Desdémona pero mucho menos loca. El feto ordenó destruir el templete. Se conservó, sin embargo, el icono del Cristo-Pez, colgando entre los pechos de Desdémona. Estos pechos, entre otras, tuvieron la virtud de privarnos para siempre de la presencia del viejo Matías: cuando la vio desnuda por primera vez le vino algo al corazón y se murió. La Gorda, que se sentía celosa y desplazada, tuvo la mala idea de pasearse desnuda entre nosotros para tentar al feto con su abundancia maternal. El se rió a carcajadas, francamente, creo que por única vez en su vida, y nosotros disimulábamos dando vuelta la cara o acomodando innecesariamente algunos implementos. Por fin la Gorda se consiguió un cachorro de lobo y nos dejó en paz. Tulio apareció un día con amigos equinos encontrados, no se sabe dónde; una tropilla joven y briosa, entre salvaje y amable al estilo de Tulio. Fue como una orden para que el feto se pusiera en marcha y comenzara a construir su imperio. Yo, por las dudas, me fui mudando de a poco al poblado de mi amiguita y después, también por las dudas, un poco más lejos, a la ciudad. Pero fue un proceso lento y disimulado, y en verdad nunca logré irme del todo. Algo me tenía atado a la pequeña comunidad pesquera. La construcción del imperio fue desordenada. El feto parecía saber lo que quería, pero tal vez no lograba aún controlar bien las cosas o, tal vez, al mismo tiempo quería divertirse. Lo cierto es que todo empezó con las tropelías. Al frente iba él, agarrado a las crines de Tulio, chillando y gritando; casi a su lado Desdémona, sobre un caballo parecido, con pantalones de montar que se fabricó ella misma y con los pechos desnudos saltando pesadamente junto con el crucifijo. Detrás el Capitán, armado hasta los dientes, y su oscura mujer, y Leonor, que parecía nacida sobre un caballo, elegante y lésbica, vestida toda de negro con un traje ajustado de solapas brillantes, y el Tuerto, y la Gorda, buen jinete a pesar de los kilos. Mataban y saqueaban, incendiaban y destruían innecesariamente. Sembraban el terror. Después empezaron a traerse niños y mujeres, y algunos homúnculos con vocación de esclavos. Se formó a nuestro alrededor una especie de colonia que crecía rápidamente. Todos trabajaban como locos, fustigados con ferocidad por el feto lleno de odio y delirios de grandeza. Su radio de acción se fue extendiendo. Las tropelías contaban con más gente. Yo, contrariamente a lo que podría suponerse, abandoné mis pretensiones de alejarme y me instalé con mi mujer otra vez en la costa. Nuestro lugar, en sí mismo, no había cambiado mucho. Me dediqué a observar el proceso sin intervenir, y como por deporte -cuando ya hasta Desdémona había olvidado su religión, y el Crucifijo se había desprendido de su cuello en alguna correría y perdido para siempre-, yo seguía buscando la Atlántida en los charcos que todavía quedaban y buceando en la laguna. Una vez creí ver algo en el fondo, pero me di cuenta que estaba a punto de ahogarme, lleno de placer, y con un tremendo esfuerzo de voluntad salí a la superficie. El feto cambió a Desdémona por un grueso habano, y se hizo hacer una capa dorada y roja y un trono de emperador. Envejecía a ojos vistas. El pelo hirsuto se le volvió blanco casi de un día para otro. Una vez que fui a verlo ya tenía una corona de oro sobre su cabezota, Y los ojos le refulgían malignamente entre el humo del cigarro. Comenté con el Capitán que todo aquello era ridículo. Y la repetición de las tropelías, una cierta mecanización donde el único que gozaba era el feto, siempre histérico como el primer día, nos estaba mortificando a todos. Aun Tulio tenía la mirada tristona. - Habría que hacer algo - le dije al Capitán. - Quién le pone cascabel al gato - respondió. Al fin, como la furia del Emperador había llegado ya a los alrededores de la ciudad, las autoridades comenzaron a dar crédito a los rumores y se decidieron a tornar cartas en el asunto. Primero aparecieron unos funcionarios grises, de bigote fino, que se destacaban groseramente entre nosotros aunque no hicieron nada. Luego mandaron un contingente armado. Era muy pequeño, y en una batalla memorable donde el feto brilló como nunca y hasta alcanzó el heroísmo, el Gobierno fue ominosamente derrotado. A los pocos días Desdémona se sintió mal. Se revolcaba en la cama, agarrándose el vientre y chillando como Herminia y el Jorobadito adentro de la caja obscura. Al mismo tiempo, el feto empezó a sudar y temblar y se le cayó el pelo, junto con la piel y los dientes. Todos corríamos de un lado a otro, entrechocándonos e impartiendo órdenes imprecisas, realmente sin saber qué hacer. De pronto se hizo un silencio total, una pausa que fue rota de inmediato por un llanto de bebé. Era un bebé gordito y rosado, rozagante y hermoso, que la Gorda llevó a una Desdémona pálida, ya aliviada y casi sonriente. Se lo puso junto al pecho y Desdémona lo sostenía con un brazo y Io miraba amorosamente mientras le buscaba, a ciegas, el pezón. Era el fin de ese tiempo tan apretado de cosas y lleno de tanto sufrimiento: el feto había nacido. Cuando las tropas gubernistas volvieron en serio, con tanques, cañones y metralletas, se llevaron una desilusión. Ya que estaban fusilaron a dos o tres tipos, y bombardearon algunos edificios, entre ellos un rascacielos que recién empezaba a construirse por orden del Emperador en su último delirio. Se fueron con las manos vacías, sin encontrar resistencia y sin comprender. La vida en la costa tomó otras formas. A veces me gusta pasearme entre las ruinas del rascacielos frustrado, unas ruinas musgosas y grises, de aspecto milenario a la luz de la luna, de aspecto atlante, verdoso y mágico a la luz de la luna. 

Mario Levrero