martes, 11 de octubre de 2011

Himno a Satán

Tú que eres tan sólo
una herida en la pared
y un rasguño en la frente
que induce suavemente
a la muerte.
Tú ayudas a los débiles
mejor que los cristianos
tú vienes de las estrellas
y odias esta tierra
donde moribundos descalzos
se dan la mano día tras día
buscando entre la mierda
la razón de su vida;
yo que nací del excremento
te amo
y amo posar sobre tus
manos delicadas mis heces.
Tu símbolo es el ciervo
y el mío la luna
que caiga la lluvia sobre
nuestras faces
uniéndonos en un abrazo
silencioso y cruel en que
como el suicidio, sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina
y sangre
las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.

Leopoldo María Panero

lunes, 10 de octubre de 2011

El amante de Lady Chatterley [Fragmento del capítulo decimocuarto]


Te lo diré –dijo–. Con la primera chica que tuve empecé cuando yo tenía dieciséis años. Era la hija de un maestro de Ollerton, bonita, realmente preciosa. Se suponía que yo era una especie de joven tipo inteligente de la escuela secundaria de Sheffield, con un poco de francés y alemán, muy por encima. Ella era de ese tipo romántico que detesta todo lo vulgar. Me empujó a la poesía y a la lectura: en una palabra, hizo un hombre de mí. Leía y pensaba como acuciado por el fuego, a causa de ella. Y entré a trabajar en las oficinas de Butterley, era un tipo delgado y pálido que echaba humo con todo lo que leía. Y de todo le hablaba a ella: pero de todo. Hablábamos como metiéndonos en Persépolis y Tombuctú. Éramos la pareja literariamente más culturalizada de diez condados. Me sentía arrebatado, absolutamente arrebatado por ella. Sencillamente, es que me elevaba como el humo. Y ella me adoraba. La serpiente oculta en la hierba fue el sexo. De alguna manera ella carecía de él; o al menos no lo tenía donde se supone que está. Fui adelgazando y enloqueciendo. Le dije entonces que teníamos que ser amantes. La incité a hablar de aquello, como de costumbre. Y me dejó a hacer. Yo me excitaba, y ella no quería jamás. Sencillamente es que no quería. Me adoraba, le gustaba que le hablase y la besase: en ese sentido estaba apasionada por mí. Pero lo otro es que sencillamente no quería. Y hay momentos de mujeres así. Y era precisamente lo otro lo que yo quería. Así que nos separamos. Cometí esa crueldad de dejarla. Entonces me lié con otra chica, una maestra, que había provocado un escándalo al tener relaciones con un hombre casado y que casi le había vuelto loco. Era suave, de piel muy blanca, ese tipo de mujer suave, mayor que yo, y tocaba el violín. Y era un diablo. Le gustaba todo en el amor, salvo el sexo. Se pegaba, te acariciaba, te adulaba hasta meterse dentro de uno de todas las formas posibles; pero si la forzabas al sexo propiamente, es que le rechinaban los dientes y te largaba su odio. Yo la forzaba y ella casi me paralizaba de odio por eso. Así que me vi frustrado otra vez. Aborrecía todo aquello. Quería una mujer que me quisiera y que quisiera
 »Entonces apareció Bertha Coutts. Eran vecinos nuestros siendo yo un chico, así que los conocía perfectamente. Y eran gente vulgar. Pero Bertha se fue a no sé qué sitio de Birmingham; según ella, como dama de compañía; lo que decía todo el mundo es que como camarera o algo así de un hotel. El caso es que justo cuando estaba harto de aquella otra chica, teniendo ya los veintiún años, vuelve Bertha, con aires, y gracias y vestidos de moda, y hecha una frescura, como una floración sensual que se puede ver a veces en una mujer, o en una ramera. Bien, yo estaba como para asesinar. Largué mi trabajo en Butterley porque pensaba que era nefasto trabajar allí de empleado; y me metí de herrero en Tevershall: a herrar caballos mayormente. Mi padre había tenido ese empleo, y yo siempre había estado con él. Era un empleo que me gustaba: manejar caballos; y me iba, naturalmente. Así que dejé de hablar “fino”, como lo llaman, a hablar el inglés propiamente, y volví a hablar dialecto. Seguí leyendo libros en mi casa: pero trabajaba de herrero y tenía mi propio cochecillo, y era mi propio Señor Pata de Pato. Mi padre me dejó trescientas libras al morir. Así que me lié con Bertha, y me alegraba que fuese vulgar. Yo quería que fuese vulgar. Yo mismo quería ser vulgar. Bueno, el caso es que me casé con ella, y que ella no era mala. Todas aquellas otras mujeres “puras” casi me habían dejado sin pelotas, pero ella era perfecta en ese aspecto. Me quería, y no hacía remilgos. Y me sentía tan complacido como un títere. Aquello era lo que quería: una mujer que quisiera joder conmigo. Y me la jodía como el mejor. Y creo que ella me despreciaba un poco por hallarme tan complacido con eso y porque a veces le llevaba el desayuno a la cama. Ella no se ocupaba de las cosas, no me preparaba una verdadera comida cuando volvía a casa del trabajo, y si yo decía algo, me atacaba violentamente. Y yo la atacaba a mi vez, con la misma virulencia. Me tiraba una taza y yo le agarraba por el pescuezo y lo exprimía hasta asfixiarla. ¡Esa clase de cosas! Pero me trataba con insolencia. Y se puso de tal forma que nunca me aceptaba cuando yo la quería: nunca. Siempre me rechazaba, brutal como no puedes imaginarte. Y entonces, cuando ella acababa de rechazarme, y yo no quería, ella venía con arrullos de tórtola, y me conseguía. Y yo iba siempre. Pero cuando la tenía, ella jamás se corría a la vez que yo. ¡Jamás! Simplemente esperaba. Si yo me retenía por más tiempo. Y cuando llegaba a correrme y había terminado por fin, entonces empezaba ella por su cuenta, y yo tenía que detenerme dentro de ella hasta que ella se provocaba su propia corrida, retorciéndose y gritando, aferrándose más y más a sí misma ahí abajo, y entonces se corría como en un auténtico éxtasis. Y luego decía: “¡Fue delicioso!” Poco a poco fui asqueándome de aquello: y ella se ponía peor. Iba poniéndose cada vez más y más ruda para correrse, y medio me destrozaba ahí abajo, como si fuera un pico haciéndome pedazos. Por Dios, se piensa que una mujer es tan delicada ahí abajo, como un higo. Pero te aseguro que las viejas bataclanas tienen picos entre las piernas, y con eso te destrozan hasta dejarte impedido. ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡todo yo! ¡Desgarrando y gritando! Se habla del egoísmo de los hombres, pero dudo que pueda siquiera compararse con el picoteo enceguecido de una mujer, en cuanto se ha metido en eso. ¡Como una vieja pelandusca! Y ella no podía evitarlo. Yo se lo decía, le decía cuánto detestaba aquello. Y ella llegó hasta a intentarlo. Trataba de quedarse quieta y dejarme a dedicarme al asunto. Lo intentaba. Pero sin resultados. Mi dedicación no la suscitaba sentimientos. Tenía que hacerse la cosa por su cuenta, molerse su propio café. Y era algo que la asaltaba como una especie de necesidad delirante, tenía que dejarse por aquello, y desgarrar, desgarrar, desgarrar, como si careciera de toda sensación que no estuviese en la punta de su toda sensación que no estuviese en la punta de su pico, en el mismísimo extremo exterior de la punta, que se restregaba y desgarraba. Así solían ser las viejas rameras, según decían los hombres. Era una forma rastrera de testarudez la que tenía, una especie delirante de testarudez: como la de una mujer que bebe. El caso es que al final no podía soportarlo. Dormíamos separados. Fue ella misma la que empezó a hacerlo, cuando quería desembarazarse de mí en sus accesos, cuando decía que yo la mandoneaba. Fue ella la que empezó con lo de tener su propio cuarto. Pero llegó un momento en el que yo no la dejaba venir a mi habitación. Me negué.
 »Yo odiaba aquello. Y ella me odiaba a mí. ¡Dios mío, cómo llegó a odiarme antes de que naciera esa chica! A menudo pienso que la concibió de puro odio. En cualquier caso, después del nacimiento de la niña la dejé sola. Y luego vino la guerra, y me enrolé. Y no volví hasta saber que estaba con ese tipo de Stack Gate. 

D.H. Lawrence

domingo, 9 de octubre de 2011

Hasta pronto, amigo mío...

Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto, 
querido mío, te llevo en el corazón. 
La separación predestinada 
promete un nuevo encuentro.
Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras, 
no te entristezcas ni frunzas el ceño. 
En esta vida el morir no es nuevo 
y el vivir, por supuesto, no lo es.

Serguéi Yesenin

jueves, 6 de octubre de 2011

¿Dónde estás, hogar lejano...?

¿Dónde estás, dónde estás, hogar lejano
tras la nieve cobijado?
Azul, mi azul florecilla
y la arena sin pisadas
¿Dónde estás, dónde estás, hogar lejano?

Canta un gallo tras el río. 
Cuida el pastor la majada 
y desde el agua relumbran 
mis tres estrellas lejanas. 
Canta un gallo tras el río.

El tiempo –molino de viento–
deja caer en la aldea 
el péndulo de la luna 
que esparce sobre el centeno
una leve lluvia de horas. 
El tiempo –molino de viento.

Esta lluvia de mil flechas 
giró en las nubes mi hogar, 
cortó la azul florecilla 
y holló la arena dorada. 
Esta lluvia de mil flechas.
 
Serguéi Yesenin

miércoles, 5 de octubre de 2011

Ha llegado ya la tarde...


Ha llegado ya la tarde, brilla
el rocío sobre la ortiga.
Me encuentro junto al camino
apoyándome en un sauce.

La luz grande de la luna 
cae sobre nuestro techo. 
Escucho en la lejanía 
el canto del ruiseñor.

Todo es hermoso y tibio
como el invierno junto al horno. 
Los abedules se duermen 
como cirios enormes.

Más allá del río,
más allá de los linderos, 
toca el guardia soñoliento 
una apagada matraca.

Serguéi Yesenin

martes, 4 de octubre de 2011

VI Plegaria por el imbécil


Dejad que mane de mi corazón de lobo sentimental una oración que varias veces ha subido hasta mis labios durante estos días. ¡Deja que, por lo menos una vez, rece por todos los imbéciles del mundo!
 “Dieu m´a fait un coeur, á moi comme á tous autres, hélas! Il s´est amusé. le Seigneur, á mettre du feu dans la glace”.(Dios me ha dado un corazón como a todos los demás. ¡Ay! El señor se ha divertido poniendo fuego dentro del hielo)
 Me veo obligado a odiar tantas cosas, que en mi pecho se ha formado una desmesurada provisión de amor, y no sé cómo gastarla. ¿Por qué no he de dedicar una buena parte de ella a aquellos que no pueden amarme?
 No hay ninguna ley que prohíba tener piedad de los felices. Y vosotros, imbéciles de mi alma, sois felices, tremendamente felices. Vuestra felicidad es tal que me da miedo y tiemblo por vuestra vida futura, porque no se prometió el cielo a los beatos de la Tierra.
 Se compadece, y con frecuencia, a los ricos, a los reyes y a los enamorados, ¿y nadie debería compadeceros a vosotros, que sois ricos de seguridad, reyes absolutos de la opinión, enamorados sin rival de vosotros mismos? ¿No deberá ningún alma delicada implorar para vosotros una chispa de aquella llama que se agitó sobre las cabezas de los discípulos después de la Resurrección?
 Nuestra edad llevaría un excesivo cargamento de vergüenza por los siglos si nadie rezara por vosotros. No podría vivir tranquilo ni un día más si no saliera de mí, precisamente de mí, un acto de contrición, una pública prueba de afecto. No hagáis caso de las apariencias, dilectos imbéciles. Yo no os desprecio, y ni tan sólo os odio. Me esfuerzo por consideraros como hermanos. Fui como vosotros sois, y tal vez alguno llegará a donde estoy. Estáis muertos para la inteligencia, como yo estoy muerto para la imbecilidad. No debéis vanagloriaros demasiado de ello, como no me vanaglorio yo. La imbecilidad tiene cosas buenas: proporciona la paz con uno mismo y con los demás, y, por añadidura, la paz pública, privada y espiritual. Es un bien en sí misma, un bien universalmente buscado y elogiado, y que puede ocupar el sitio de muchos otros. Pero tampoco os vanagloriéis de no comprender. Os aseguro que también la inteligencia tiene sus cosas buenas, y que entender con lucidez y profundidad, y ver nuevas relaciones entre las ideas, y descubrir los hechos bajo las palabras procura tal alegría que no sé compararla a ninguna otra. Existen, es cierto, los tormentos que acompañan a todo esfuerzo; existe el miedo a las sorpresas impensadas; existen los peligros de las ideas fijas, de los entusiasmos, de los frenesíes… Son cosas que vosotros, venturosos imbéciles, no habéis conocido en vuestra existencia catalogada, y en las que no deseo que caigáis, especialmente si no tenéis sobre los hombros una de aquellas cabezas atlánticas que pueden soportar a un mundo entero.
 Pero la voluptuosidad de la inteligencia lo compensa todo. ¡Si supierais cómo somos felices también nosotros mirándoos a los ojos, escuchando vuestros discursos, leyendo vuestros artículos y vuestros libros! (Ya que los imbéciles no son los ignorantes, que no hacen nada y llevan a cabo honestamente su papel en la oficina terrenal. Los imbéciles son el peligroso puente entre el bruto y el genio, y se ocupan de todo, pero con más frecuencia y gusto de “arte y literatura”). Vosotros no tenéis idea de nuestro goce, y cuando lleguéis a envidiárnoslo, ya no seréis imbéciles, ya que vosotros sois felices precisamente porque no conocéis nuestra felicidad, porque no concebís que pueda haber otra felicidad fuera de vuestra satisfacción holgazana, de vuestro sano equilibrio intelectual. No sufrís porque creéis que lo poseéis todo. Estáis tranquilos en vuestra muerte porque no os imagináis que hay un cielo sobre las losas blancas de vuestros cementerios. Cuando escucháis pasos sobre las lápidas o un canto lejano del que no se perciben las palabras, creéis que se trata de gente que, por despecho, no quiere dejaros dormir, y ni tan sólo suponéis que hay otros hombres por encima de vosotros, en medio de la luz del día, que aman las hojas de los árboles, los rayos del sol y de los ojos, y que no os conocen.
 ¿Por qué no he de tener piedad de vuestra suerte? ¿A mí qué me importa si os reís antes que los demás de este amor puro y platónico? Sois necesarios a la Humanidad y a nosotros mismos,  y nos permitimos estaros agradecidos. Sin vosotros no existiría sombra para nuestra luz; no habría punto de referencia para nuestra medida; no habría piedra de toque para nuestra obra, si no estuviera rodeada de vuestra desaprobación, nos parecería insípida y banal como un elogio.
 Tenemos necesidad de vosotros. Sois las víctimas de nuestro placer y el subsuelo de nuestra grandeza. Habéis naufragado para que nosotros pudiéramos emerger; os rebajáis para que podamos subir. Permitidme que rece por vuestra alma, imbéciles convencidos e innumerables.
 Cuando os contemplo sentados a la mesa de un café bien iluminado –vuestras caras tienen necesidad de mucha luz–; cuando os miro por las calles o en los teatros, en las tiendas o en los tranvías, se apodera de mí una ternura grande e invencible y tengo que esforzarme para reprimir la tentación de echaros los brazos al cuello y de besaros las manos. En aquellos momentos mi piedad es realmente infinita y debo esconderla bajo la más brutal dureza para no humillaros más de lo necesario. Cuando pienso en lo que os falta y os faltará durante toda la vida, en las emociones que no sentís, en los aspectos de las cosas que no advertís, en las verdades que no aferráis, en la belleza que se os escapa y en el valor que os falta, yo, que no tengo las lágrimas fáciles, tendría, en serio, ganas de llorar. Yo sé que pasáis por el mundo sin intuirlo en su diversidad y solidez; sin pararos a contemplar aquellas mínimas cosas que son las mayores en el hemisferio de la poesía; sin penetrar ni en el alma de vuestras mujeres ni en las de vuestros compañeros, y ni aun en la vuestra, en vuestra infinitamente pequeña alma. Yo sé que el genio puede pasar junto a vosotros vivo, en carne y hueso, en palabras y espíritu, y que vosotros no lo veis, que no sois capaces de verlo, de acercaros a él, de hablarle, de ir con él, de dejar padre y madre y todo bien despreciable para seguirle al infierno de sus placeres prohibidos. Yo sé que cuatro, cinco, diez ideas os bastan para toda la vida, os sirven para todos los usos cotidianos, para el día y para la noche, para la amante y para el peluquero, para hablar y para escribir, para levantaros por la mañana y para iros a la cama por la noche, y que en vuestro cerebro, sin ventanas por el lado del cielo, no tienen derecho de entrada más que las verdades que han llegado a ser lugares comunes y las ideas que, a fuerza del uso, se han vuelto imbecilidades. Yo sé, y lo sé con matemática certidumbre, que pensáis con el pensamiento de los otros, que veis con los ojos de los otros, que juzgáis con el juicio de los que os son extraños y que vuestras admiraciones y vuestros entusiasmos se dirigen solamente a aquellas cosas que alguno de vosotros selló repetidamente con el sucio sello de la fama más infame.
 Yo sé todo esto –y todavía más cosas, que no digo por dignidad–, ¿y no debería compadeceros sinceramente desde lo más profundo de mi corazón? No creáis que soy malo y que me entrené en el sarcasmo. Os amo porque sois el necesario contrapeso de la minoría, y en mi piedad no hay ningún sobreentendido. Yo os amo, cobardemente, porque tengo miedo de vuestra proximidad. Hay horas en mi vida, tremendas, en que me parece viajar con unos pocos exploradores por en medio de mil tribus salvajes, en el centro de un continente donde el fetiche es toda la filosofía y el canibalismo la última palabra de amor. Pero esta sensación atroz no dura. Sois inofensivos incluso en la crueldad. Vuestros rostros estupefactos no hacen bien: son perpetuos reclamos para la vigilancia, para ese esfuerzo hacia la grandeza que es nuestro único deber. Sois extraños a la poesía –¡qué bien se está!–, y por eso os falta imaginación y no sabéis los secretos de las torturas cerebrales. Vuestras palabras –incluso cuando escarnecen y niegan– son el acompañamiento necesario a nuestro canto de guerra y nos espolean hacia el peligro de la refriega más que las breves órdenes de nuestros capitanes. ¡Nos hacéis tanto bien sin querer! ¡Qué sabor tiene vuestro desprecio! ¡Cómo agita y excita vuestro odio! Despreciadnos y odiadnos cada vez más, con más ímpetu, con más constancia; vuestro reproche es nuestra salvación y vuestra execración el filtro que nos hace más jóvenes. Estamos aquí dispuestos a recibir vuestros golpes; esperamos vuestros escupitajos como aspersiones benditas, e invocamos vuestras heridas como prendas de redención.
 Permitidme, pues, que rece por vosotros, imbéciles preciosos y deseables, por lo menos una vez. Yo no sé cuáles son las palabras que os pueden gustar y las gracias que buscáis, pero alabo y celebro al Señor para que os dé lo que pedís y para que todos vuestros deseos sean escuchados sin dilación.
 Menos uno, sin embargo: que vuestra beata imbecilidad se transforme en afanosa inteligencia. En tal caso, ¿cómo podría envidiaros y complaceros con el mismo latido de mi corazón incoherente? ¿Acaso no os volveríais parecidos a mí y por eso –en un cierto sentido– rivales y adversarios? Tal como ahora sois, me parecéis perfectos, verdadero sostén de la Humanidad que viste y calza e indispensable adorno de las ciudades civilizadas. Si los sabios son la sal de la Tierra, vosotros sois aquello a lo que es necesario salar, y la sal perdería todo su valor sin vuestra insipidez. Continuad, seguid, insistid, obstinaos en la imbecilidad. ¡No traicionéis vuestro destino y nuestra esperanza!
 En este momento estamos perfectamente tranquilos, casi podemos vivir: sabemos perfectamente que miráis y no sabéis leer; que habláis y no decís nada; que escucháis y no entendéis; que gritáis y ningún eco os responde; que camináis y permanecéis siempre en el mismo sitio; que calláis y no consentís; que intentáis matar y resucitáis. Ese espectáculo sería agudamente doloroso si fuerais conscientes de todas esas imposibilidades. Pero vuestra misma imbecilidad –manantial de tantas desdichas– es la que os salva. Estáis seguros y sois petulantes, como nosotros no sabemos ni osamos ser; estáis de tal manera satisfechos de vuestro juicio y de vuestra perspicacia, que no hay un soplo de duda o golpe de desmentida que haga temblar vuestros pies de barro; estáis enraizados en el seno de su hermano, hundidos en el lodo, en la profundidad terrosa, próximos a las galerías de los topos y de las sabias hormigas. Y las tempestades pasan sobre vuestras cabezas sin deshaceros el peinado.
 Y por esto, porque sois tan felices en vuestra infelicidad y porque gozamos tanto al ver vuestra innocua infelicidad, queremos elevar una plegaria para vuestra perpetua conservación. A todos los tontos, memos, estúpidos, ignorantes e imbéciles del Universo, ¡salud e inmortalidad!

Giovanni Papini
de Virilidad

lunes, 3 de octubre de 2011

En el Hayden-Planetarium [Fragmento]


Un día, así empiezan las bellas historias, me di cuenta que Nueva York no tiene cielo ni, por supuesto, luna. Ni estrellas, a no ser las de Hollywood. Muchas veces quise admirar la luna, por ejemplo, desde los jardines de  Riverside o del Central Park. Inútil. ¿A tanto ha  llegado el “materialismo”  de este pueblo que ha logrado pasarse sin la luna, aunque no sin las influencias lunáticas? Y la explicación es simple: la soberbia iluminación de los rascacielos y los avisos luminosos lo llenan todo y apenas si permiten en el cielo el paso de la sombra del zepelín gris cuya cinta giratoria anuncia una nueva marca de automóvil o una nueva pasta dentífrica. Los aviones se sienten, pero no se ven. La luz se comba y se oculta el cielo y mirar hacia arriba es como fijar la vista en el sol.
Y yo que quería luna. Me era imposible borrar la imagen de la luna chilena sobre las ciudades –terriblemente obscuras, por cierto–  y sobre los campos y llanuras donde las lágrimas celestes siguen siendo el pan nocturno de los románticos y de los otros. Si, yo quería luna. Era una necesidad, una sed, una obsesión. “¿Es que no hay luna en Nueva York?”, interrogué, a1 fin, a Miss Greta Lilenfield, en cuyos ojos hay una buena parte del firmamento. “iOh! the  moon, the moon... No sé. Vaya al Planetarium”. No quedé conforme. Recurrí, entonces, a Mlle. Claire Bouvier. Ella, como buena canadiense y de sangre francesa, algo debía saber de la luna. “iOh!” dijo. “Sigue usted tan fou como cuando llegó. Vaya a1 Planetarium”. Por ese entonces me encontré con el chileno Luis Enrique Délano y, por supuesto, entre grandes recuerdos sobre Chile, le deje caer mi preocupación por la luna neoyorquina. “Anda a New Jersey o a1 Planetarium”, fue su respuesta.
Y tuve que ir a1 Planetarium. Hasta ahí me había resistido a esa idea, porque imaginaba que allí se encontraría con una serie de aparatos técnicos, telescopios, astrolabios, planos celestes, descripciones de los textos de astronomía, etc. Es decir, todo eso que a menudo disminuye el encanto sideral e impide, en verdad, sentir la  proximidad de la “música de las esferas”. Pero yo estaba equivocado.
“Cincuenta céntimos por entrar al cielo”, me dije. “No está mal. En todas partes se paga mucho más por un cielo bastante problemático”. Y empecé a admirar las pinturas murales de Charles R. Knight. Estupendas, llenas de símbolos y mitos y en una de  las cuales el dios Sol cruza el cielo seguido de las diosas estrellas. Más allá están  los Seis Hermanos, que hoy llamamos las Pléyades o las Seis Hermanas, debido, tal vez, a nuestro afán por la verdad biológica. Y luego el Pájaro del Trueno,  a1 que los indios veían surgir del bosque  de la tempestad. Y  no  lejos de ahí la aurora, a cuyo alrededor los hombres danzan corriendo a la noche.
Naturalmente,  me  detengo también delante del gran retrato de  Mr. Charles  Hayden (1870- 1937), el generoso benefactor del Museo de Historia Natural de Nueva York y fundador del Planetarium. Y al instante me enfermo de Chile. ¿Cómo no veré allí, en alguna fundación “no practica”, el retrato de un compatriota  que se haya desprendido de  algunos millones, siquiera para no ser uno mas en el tránsito terrestre? Nunca. Y es lo que me duele. Pero... Yo  ando de visita a1 cielo. Quiero luna, quiero estrellas, quiero cometas, y no pensamientos infelices. No es, todavía, la hora del “show”, y la espero junto a las vitrinas donde funciona la mecánica celeste fantásticamente acondicionada por electricidad. Allí están, en función permanente, las fases de la luna, con su pie1 llena de cicatrices y viruelas; el recorrido de las estrellas y planetas; la vida, pasión y muerte de los cometas; el reino del sol, el de “la mirada terrible”; el nacimiento de las tempestades; la fuga errante de los meteoros; el proceso de los eclipses. Y, naturalmente, los astrolabios, los telescopios, los compases, los relojes de sol, la mecánica toda de que se sirve la astronomía para recordarle a1 hombre que es un pobre objeto en el vacío sin fin.
Y se abren las  puertas  mágicas para  entrar  a1 cielo. Y me deslizo entre un centenar de personas que, como yo, quieren olvidar la miseria terrestre y vivir un poco de eternidad en el único cielo posible.
Un anfiteatro, y en el centro un gran aparato proyector. Los asientos cómodos, demasiado cómodos para un viaje de esa naturaleza. De pronto resuena la música: un leve coro de Bach, un pasaporte para el cielo. De pronto vuelve la vista todo el mundo: ha entrado el profesor, un joven astrónomo de mirada vaga y lejana, a causa, sin duda, de una existencia habituada a los secretos caminos siderales. (…)

Rosamel del Valle