domingo, 27 de mayo de 2012

Asedios Dos


( Novela en proceso, fragmentos)

Desde el ojo, perversa convulsiona la imagen del arquetipo, opuesta al daño y contrapuesto sus deseos, él arranca con violencia el sujetador y bebe del contenido su fragancia. La mujer se desmorona. Caen ambos sobre el embaldosado negro.
Él aprieta sus caderas contra los hombros y con los dientes arranca el pequeño encaje. Enroscada su lengua tarda los agitados movimientos y hace abundante, justo allí, la fluida nariz y la boca sobre los párpados. La pupila intacta sobre el cierre eclair ebulle y agita el movimiento de los peces. Una brisa de mar parpadea, una vez abierto el sexo su fragancia. Entumecidos de vencer el pulso encabritados, nos vamos haciendo cuenca, pedazo de párpado henchido.
Él la toma entre su brazos enclavando especias sobre ese torso que es tan nuestro y somete la delicada forma, mordiendo casi por devorar el bocado delicioso, jugoso el fruto del llanto salado y de brisa descompuesta. La mujer, deja caer su cabeza hacia atrás.
Ella no opone resistencia. Entra, sale la lengua al cántaro, cuando toda ella expande sus pociones de magia. Carnívora recupera fuerzas y como un insecto lo atrapa, vacía contra forma de un manantial que no resiste su hermetismo y es él quien a la vez huye y abatido cae, cuando su bestia arremete con fuerza.
Sobre la mesa, el par de especias perfumadas, frente a la pantalla, la gran madre vigorosa, toda ella replegada de puntas, la mujer se desliza y arranca sus prendas inferiores. Él, lloriquea a pedacitos sangrando boca abajo cuando se erecta de pliegues. Sus dientes blancos brillan hasta aturdir. Su boca lame la sangre a pequeños sorbos y rompe más debajo de la piel.
Frente al cuerpo derrumbado la mujer no contiene su vulgaridad. Enteramente expuesto él cae de rodillas. Ambos lloran. Expandidas sus musculaturas como animales de cualquier especie, abiertos sus tejidos laten y envueltos gimen rozándose las partes.
Esta noche, tan noche, y en este olor húmedo y sin desórdenes, él aja la piel del vestido, aja los últimos pedazos de la tela. Ella no se defiende cuando muchos de esos hombres tiñen sus musculaturas de dorados ungüentos y ellas, muchas a la vez que una, se enjambran en los sonidos de alcoba.
Como amantes jalan agitando sus imágenes furiosas entre los dedos, como si fuesen simple pluma de pájaros. Hasta que finalmente desaparecen los gemidos, el sudor empaña el vidrio y gotas frías resbalan sobre la superficie.
Puedo distinguir sus cuerpos forzados a una estética asfixiante, despojados de particularidades específicas van perdiendo sus condiciones indispensables, sus inigualables materias. Nada más exquisito que verlos pasear en estado de alerta, imaginarlos de varias formas. Extendido, abiertos, zigzagueantes y medio vueltos hacia atrás, escondiendo más de algún secreto entre los pliegues de un vestido que se aprieta o dibujar espuma con las manos. La mayor parte de las veces se pasean en manadas, oscilantes van y vienen por los bordes, zarandeando con orgullo sus grandes plumas. De goces arden simultáneamente entre los enjambres, algunos se revuelcan, otros palpitan su desesperación.
-No hay tiempo. Dicen.

Eugenia Prado Bassi

Sirenas serpientes


Ciertas sirenas serenas
suelen sentarse cerca
siempre sonrientes, sensuales,
sosteniéndose en su sangre sombría,
semicimentadas, semisonrosadas,
sus sombras soleadas
son sólo sellos solapados
sin cerrojos.
Sus sonetos sin sonidos
siembran sus sentidos socorros
salameros, suplicantes, silbadores.
Santas cínicas,
sobrestimadas sinvergüenzas sobadoras.
Sólo surgen en zozobra,
cerniéndose sobre sus cimas
sadomasoquistas
sus santificadas siluetas serpientes.
Sofocan a su silente servidor
sentado sobre su solipsismo
secante, sediento, sedentario;
Siempre,
siempre surcando su semblante solace,
sus sinceros sueños,
salpicados sinsabores, 
su sarcasmo
sacado sin subterfugios
sin certeza, sumisa sin corteza
sobre el soma.

 Saco sonrisas ciegas
cerrando salidas.
Sonrisas selenas, salivales,
cifradas sin sembrar.
Siento sangrar los soles,
sin saciar su sufrimiento,
sabiendo suturada su sed.
¿Lo sientes?
¿Lo sientes?
¿Ese silbido incesante
saliendo como seda?

“Somos sumisas, soñadores señoriales.
Sabemos soportar sobrias el sudor.
¿Sufres sabio samaritano?
Síguenos sumergiéndote
suavemente en el sopor”.

¿Cesaría el silencio en su seno?
¿Cicatrizaría la sal
separando su sabor salino
del desabrido suelo
sabiéndose salvada su semilla?
No necesito navegar neciamente,
ni nadar negándome en la nada.
Nimio nido nodular en entraña,
nuez de nácar inconsciente.
No nací en vano,
nací siendo niño
y digo No.
¡Salgan!
(“Si, si, si”)
resuenan silbidos
(“Si, Si, Si”)
surcando mi sien
(“SI, SI , SI”)
sibarita serpenteante

Santiago A veces

Descripción del nuevo mito


Me baso nuevamente en el mito para corresponder al lector y al enemigo de mi clase; me baso en el mito para constituir un elemento dentro del poema en sí mismo. Si el poema es mito, perdura no sólo en el imaginario individual del poeta si no en su misterio mismo dentro de lo colectivo. Si el poema toma el mito y lo reinventa en definitiva lo maltrata en sus tiempos y en la historia; esguinzarlo quizá sea el debido intento en la poesía si ella nace del oficio. Torcerlo sin ignorar la naturaleza particular de cada mito y sus nociones de detener la emoción humana. Y aquí, he querido tomar el mito en su esencia colectiva y personal.
Corría la estación violenta del año 1997 cuando cayó a mis manos, por mera especulación de la naturaleza lectora y de la voracidad de “leerlo todo” –a los veintiún años uno pretende saber más de lo que habla, por cierto- un libro muy breve, en certeza un poema. Su autor no era menos extraño aunque a la par animador de la poesía chilena de mediados de siglo XX. El opúsculo se intitulaba “Poema del Verano” y su iluminado autor (iluminado por la claridad de los versos allí expuestos) era Juan de Luigi, académico y crítico literario de esos tiempos y que sumaba a ese fantasmal oficio, el defecto de la ceguera. Peleas más o peleas menos entre los “grandes” de ese tiempo, entre la canalla literaria chilena, era el “Poema del Verano” un auténtico hallazgo por dos motivos, diametralmente distintos el uno del otro.
El libro, una plaquette en estricto rigor, aparecía prologada por Pablo Neruda. Primera pista del misterio, pues conocido fue el panegirismo “rokhiano” (por Pablo de Rokha) que Juan de Luigi profesó durante años y años, sosteniendo no sin menos conflictos, que el amigo “Piedra” era por lejos, el “mejor y más grande poeta que había parido Chile” y que debía darse por cerrada la tradición poética chilena con el aedo de Licantén.(*) Pero allí, en la primera hoja del “Poema del Verano”, el firmante era Neruda, incluso los imprenteros de aquel brillante tiempo mecanografiaron su autógrafo tal cual. La edición de la obra era de 1970, es decir, dos años después de la desaparición de Pablo de Rokha. El misterio sigue intacto pues datos por aquí y por allá, el “Poema del Verano” es una obra espectral en el ambiente de las letras. No he podido hacerme de la explicación posible a la encrucijada a 10 años de haberlo encontrado. Pero adivino y especulo que Juan de Luigi era un practicante de ese tan famoso deporte nacional chileno denominado “chaqueteo”. Más que ciego, De Luigi veía bajo el agua…

El segundo motivo, que a mi juicio es el más valedero y que se impone por sobre el anterior es el poético. El “Poema del verano” es una obra lírica irrefutable por donde se la mire y se la lea. Una obra conceptual urdida de principio a fin en el hilo de la tradición clásica del poema, es decir, la perfección fuera de la forma, en el espíritu mismo de lo que anima el poema. Desfilan allí los colores del verano, vívidos y deliciosos, purificados por lo tangencial del poder estético del escritor. Juan de Luigi es un poeta sin dubitativos comentarios. Y su ceguera se hace más a la vera del camino si quien se enfrenta al “Poema del Verano” puede tomar la tierra del estío y ponerla en su cara.
Motivo aparte es lo que hago ahora. Si me he referido al “Poema del Verano” como una obra clara y digna del mito es porque el poema que escribo a continuación, no se basa en él, ni pretende perecérsele. Es imposible. Sólo lo hago ya que en lo que a continuación se lee, aparece un elemento de la tradición clásica que ya Juan de Luigi utilizó en la obra nombrada y que es la figura del sátiro, el “Caprípede” (que tiene los pies o las extremidades de cabro). Yo le sumo aquí el “Théos”, dios en griego. Y cito al fauno o al sátiro como elemento benévolo, pero odiado por su aspecto mitad hombre, mitad macho cabrío con los cuernecillos que asoman de su frente, bípedo
pero de caminar raro y deforme, que según los griegos vivía oculto en los bosques silbando su flauta y enamorando con sus notas a las doncellas; estas, al embriagarse de la música, enamorábanse del sátiro ignorando su fealdad y aspecto horroroso. Sátiros famosos en la tradición clásica fueron Sileno quien crió a Dionsysos y por otra parte el sátiro Pan que conquistaba con su
flauta (denominada “siringa”) a las ninfas. Tal es la naturaleza de este poema que debe ser
concebido como un mito torcido. El sátiro que aquí presento sigue llorando cual Orfeo y determina su llanto emancipador de emoción vigilando panóptico su razón, augurando nuevos juegos y libando el vino masivo del delirio. Mi manifestación sincera no es otra, como anuncié, no crear un nuevo mito. Eso es imposible dado los tiempos y plazos que corren, totalmente anti míticos por antonomasia. Y para ti, dadora y creadora del mito, virgen maltrecha y horrenda, amasijo de perdición mía, nuevo elemento que cae por los acantilados de mis ciudades favoritas, para ti, para tu forma y para tu arma que son las edades, vayan estos versos caracterizados en su interior por el látigo desenfrenado de una pasión antigua, de una pasión muerta, de esa que asombra al espíritu errabundo en cada día que pasa… cruel delicia, dulce capullo del que me envuelves.


(*) Según León Felipe, -uno de los máximos exponentes de la poesía hispana-, Pablo de Rokha sería el más grande poeta contemporáneo de habla castellana.
 
Eduardo Leyton
Del "Caronte"

homo sapiens shop / parte 3


Su madre me llama muy acongojada
pensando que su hijo sufre de una intoxicación
o crisis de pánico
Anda a verlo me pide
Era domingo en la noche
cuando están todos los borrachos celebrando
su delirium tremens
Me dirijo a su departamento
Estaba enfermo
recostado en su cama, y junto a otros amigos
alrededor de él
como si fuera un velorio
Le preparo un té
Le doy un par de bendiciones
Inmerso en las tinieblas todos dicen que no beben
Ser un ebrio nunca ha sido fácil
Se requiere de cojones
como diría por ahí un escritor norteamericano
Hay que saber manosear al infierno
Una hora después soy el mismo de siempre
Pateo algunas hojas, un envase de leche
La calle es siempre silenciosa en momentos como este
Y los pájaros entonan una vez más
otro de mis lunes

Matías Lillo