viernes, 22 de octubre de 2010
La casa de los muertos
Extendiéndose sobre los costados del cementerio
La casa de los muertos lo encuadraba como un claustro
Dentro de sus vitrinas
Semejantes a las de las tiendas de modas
En lugar de sonreír de pie
Los maniquíes gesticulaban para la eternidad
A los quince o veinte días de haber llegado a Munich
Por primera vez y por azar me adentré
En aquel cementerio casi desierto
Y mis dientes se pusieron a crujir
Ante toda aquella burguesía
Expuesta y vestida lo mejor posible
En espera de su sepultura
De pronto
Con la rapidez de mi memoria
Los ojos se iluminaron de nuevo
De celda en celda encristalada
El cielo se pobló de una Apocalipsis
Vivaz
Y la tierra plana hasta el infinito
Como antes de Galileo
Se cubrió de mil inmóviles mitologías
Un ángel de diamante rompió todas las vitrinas
Y los muertos me rodearon
Con sus semblantes del otro mundo
Pero sus rostros y sus actitudes
Se hicieron en seguida menos fúnebres
El cielo y la tierra perdieron
Su aspecto fantasmagórico
Los muertos se alegraban
De ver entre ellos y la luz sus cuerpos difuntos
Se reían de sus sombra y la miraban
Como si verdaderamente
Aquello hubiera sido su antigua vida
Entonces los conté
Eran cuarenta y nueve hombres
Mujeres y niños
Que a ojos vista se embellecían
Y ahora me miraban
Con tanta cordialidad
Incluso con tanta ternura
Que nos hicimos amigos
Y los invité a un paseo
Lejos de las arcadas de su casa
Y todos enlazados del brazo
Canturreando canciones militares
Sí vuestros pecados están absueltos
Abandonamos el cementerio
Atravesamos la ciudad
Y a menudo nos encontrábamos
Con parientes y amigos que se unían
A la pequeña tropa de los muertos recientes
Todos eran tan alegres
Tan encantadores y estaban en tan buen estado
Que muy astuto había de ser quien hubiera podido
Distinguir a los muertos de los vivos
Más tarde en el campo
Nos diseminamos
Dos soldados de caballería se nos unieron
Y los festejamos
Cortaron unos tallos de viburno
Y de sauco
Y con ellos hicieron unos pitos
Que distribuyeron entre los niños
Después en un baile campestre
Las parejas con las manos en los hombros
Bailaron al agrio son de la cítara
No habían olvidado la danza
Aquellos muertos y aquellas muertas
También se podía beber
Y de cuando en cuando una campana
Anunciaba que un nuevo tonel
Iba a abrirse
Una muerta sentada en un banco
Cerca de un matorral de agracejo
Dejaba que un estudiante
Arrodillado a sus pies
Le hablara de matrimonio
Te esperaré
Diez años veinte años si es preciso
Tu voluntad será la mía
Te esperaré
Toda tu vida
Respondió la muerta
Unos niños
De este mundo o acaso del otro
Cantaban esas rondas
De palabras absurdas y líricas
Que sin duda son los restos
De los más antiguos monumentos poéticos
De la humanidad
El estudiante puso una sortija
En el dedo anular de la joven muerta
Esta es la prenda de mi amor
De nuestros esponsales
Ni el tiempo ni la ausencia
Nos harán olvidar nuestra promesa
Y un día tendremos una hermosa boda
Con ramos de mirto
En nuestros vestidos y en tu cabeza
Un buen sermón en la iglesia
Largos discursos después del banquete
Y música
Música
Nuestros hijos
Dijo la novia
Serán más bellos más bellos todavía
Ay la sortija estaba rota
Que si fueran de plata o de oro
De diamante o esmeralda
Serán más claros más claros todavía
Que los astros del firmamento
Que la luz de la aurora
Que tus miradas amor mío
¡Ay la sortija estaba rota!
Que la lila que acaba de abrirse
Que el tomillo la rosa o un ramo
De alhucema o romero
Cuando los músicos se fueron
Continuamos el paseo
A orillas de un lago
Nos divertimos haciendo que rebotaran
Unos guijarros planos
Sobre el agua que apenas se movía
Unas barcas estaban amarradas
En una cala
Las desatamos
Después que toda la tropa estuvo embarcada
Y algunos muertos empezaron a remar
Con tanto vigor como los vivos
En la proa del barco que yo pilotaba
Un muerto hablaba con una muchacha
Vestida con un traje amarillo
Y un corpiño negro
Con cintas azules y un sombrero gris
Adornado con una sola pluma desrizada
Te quiero
Decía él
Como el palomo quiere a la paloma
Como el insecto nocturno
Quiere a la luz
Demasiado tarde
Contestaba la muchacha
Rehusa rehusa a ese amor prohibido
Estoy casada
Mira brillar el anillo
Me tiemblan las manos
Quisiera morir y lloro
Las barcas habían llegado
A un lugar donde los soldados de caballería
Sabían que un eco respondía desde la orilla
No nos cansábamos de hacer preguntas
Y hubo algunas tan extravagantes
Y respuestas con tanto sentido
Que era como para morir de risa
Y el muerto decía a la mujer viva
Seríamos tan felices juntos
Sobre nosotros el agua se cerrará
Pero tú lloras y tus manos tiemblan
Ninguno volveremos
Regresamos a tierra y fue el retorno
Los enamorados entre sí se amaban
Y por parejas sus hermosas bocas
Iban a distancias desiguales
Los muertos habían elegido a las vivientes
Y los vivos
A las muertas
A veces un enebro
Hacía el efecto de un fantasma
Los niños desgarraban el aire
Silbando con las mejillas huecas
En sus pitos de viburno
O de sauco
Mientras que los militares
Cantaban tirolesas
Respondiéndose como es costumbre
En la montaña
En la ciudad
Nuestra tropa fue disminuyendo poco a poco
Nos decíamos
Hasta la vista
Hasta mañana
Hasta pronto
Muchos entraron en las cervecerías
Algunos nos abandonaron
Delante de una carnicería canina
Para comprar su cena
Pronto me quedé solo con los muertos
Que se iban derechos
Al cementerio
Donde
Bajo las arcadas
Los reconocí
Acostados
Inmóviles
Y bien vestidos
Esperando la sepultura detrás de los cristales
No sospechaban nada
De lo que había sucedido
Pero los vivos conservaban el recuerdo
Era una dicha inesperada
Y tan cierta
Que no temían perderla
Vivían tan noblemente
Que quienes todavía la víspera
Los consideraban sus semejantes
O incluso algo menos
Ahora admiraban
Su poder su riqueza y su genio
Pues nada hay que eleve más
Que haber amado a un muerto o a una muerta
Se hace uno tan duro que se llega
En los ventisqueros de la memoria
A confundirse con el recuerdo
Uno se fortalece para toda la vida
Y no se tiene ya necesidad de nadie.
Versión de Manuel Álvarez Ortega
Guillaume Apollinaire
jueves, 2 de septiembre de 2010
Era él, ese loco, el sublime insensato...
¡Era él, ese loco, el sublime insensato…
Ese Ícaro olvidado que escalaba los cielos,
ese faetón perdido bajo el rayo divino,
el bello Atis herido que Cibeles reanima!
El augur consultaba el flanco de la víctima,
la tierra se embriagaba de esa sangre preciosa…
El cosmos aturdido colgaba de sus ejes,
y el Olimpo un instante vaciló hacia el abismo.
“¡Dime!” gritaba César a Júpiter Ammón,
¿quién es el nuevo dios, que se ha impuesto a la tierra?
¿Y si acaso no es dios es un demonio al menos… ?
Mas se calló por siempre el invocado oráculo;
uno sólo en el mundo explicar tal misterio
podía: -el que entregó el alma a los hijos del limo.
Gerard de Nerval Versión de Aníbal Núñez
miércoles, 1 de septiembre de 2010
El desdichado
Príncipe de Aquitania de la Torre abolida:
Mi única estrella ha muerto, y mi laúd constelado
lleva en sí el negro sol de la Melancolía.
En la Tumba nocturna, Tú que me has consolado,
devuélveme el Pausílipo y el mar de Italia, aquella
flor que tanto gustaba a mi alma desolada,
y la parra de el Pánpano a la Rosa se alía.
¿Soy Amor o soy Febo?… Soy Lusignan o ¿Biron?
Mi frente aún enrojece del beso de la Reina;
he soñado en la Gruta donde nada la Sirena…
He, doble vencedor, traspuesto el Aqueronte:
Modulando unas veces en la lira de Orfeo
suspiros de la Santa y, otras, gritos del Hada.
Gerard de Nerval
Versión de Aníbal Núñez
martes, 31 de agosto de 2010
Prendan y apaguen la luz a partir del segundo piso...
un...... * paga esa cuenta
y no dejen la puerta abierta
los malandras causados por el régimen
o degenerados por él
recorren hambrientos y borrachos la calle Passy
donde reina la oscuridad
los del segundo que temen por su seguridad hasta ocho candados
resistirían el asalto y no yo
el licenciado Vidriera
pueden decir que la paranoia es el nódulo
de mi pulmón derecho y la sombra en el izquierdo
sólo quiero que apaguen esa luz que cierren esa puerta
*Espacio en blanco en el original.
Enrique Lihn
domingo, 29 de agosto de 2010
Nocturno
en mucho tiempo a la redonda:
«Víveme, víveme, yo soy inagotable»,
con tu absurda existencia al desnudo:
«has visto tú qué linda soy dímelo chico»
pequeños senos duros rompeolas y el juego de las nalguitas:
«me canso en todo, menos en esto»
Y apruebo lo de mulata canela que te dicen, el relajo
ése de «óyeme, enfermona, tú,
que no somos de palo ni de hierros»
Vaya, como en cada uno de tus condenadas historias
jálate también aquí una conga del carajo.
Enrique Lihn
lunes, 23 de agosto de 2010
Lo haces mientras matas moscas
apostaba a los caballos durante el día.
jodía durante la noche
y bebía en las mañanas.
en el medio escribía música.
al menos es lo que le dije
cuando ella me preguntó,
cuándo es que
escribís?
jueves, 19 de agosto de 2010
La venganza de los malditos
Tom miró a su amigo Max, que estaba en el catre contiguo. Max estaba allí tumbado con los ojos abiertos. ¿Estaría muerto?
-¡Eh, Max!
-¿Hmmm?
-No duermes.
-No puedo. ¿Te has dado cuenta? Hay muchos que roncan rítmicamente. ¿Por qué será?
-No lo sé, Max. Hay un montón de cosas que no sé.
-Yo tampoco, Tom. Supongo que soy un poco tonto.
-¿Lo supones? Si supieras que eres tonto, no lo serías.
Max se sentó en el borde de su catre.
-Tom, ¿Crees que alguna vez saldremos de este jaleo?
-Sólo de una forma…
-¿Sí?
-Sí…, fiambres.
Max lió un cigarrillo, lo encendió.
Max se sentía mal, siempre se sentía mal cuando pensaba en cosas. Lo que había que hacer era no pensar, desconectar.
-Oye, Max- Oyó decir a Tom.
-¿Sí?
-He estado pensando…
-Pensar no es bueno…
-Pero esto no puedo dejar de pensarlo.
-¿Te queda algo de beber?
-No. Lo siento. Pero escuchar…
-Mierda, ¡No quiero escuchar!
Max volvió a tumbarse en su catre. Hablar no servía para nada. Era una pérdida de tiempo.
-Te lo voy a decir de todas formas, Max.
-Está bien, joder, venga…
-¿Ves todos esos tipos? Hay un montón, ¿no? Vagabundos por todas partes.
-Ya, los veo hasta en la sopa…
-Por eso, Max, no hago más que pensar cómo podríamos hacer para utilizar esa mano de obra. Es que se está desaprovechando.
-Nadie quiere a esos vagabundos. ¿Qué puedes hacer tú con ellos?
Tom se sintió ligeramente entusiasmado.
-El hecho de que nadie quiera a esos tipos nos da ventaja.
-¿Tu crees?
-Claro. Mira, en las cárceles no lo quieren porque tendrían que darles alojamiento y comida. Y esos vagabundos no tienen ni un sitio adonde ir ni nada que perder.
-¿Y qué?
-He estado pensando mucho por las noches. Por ejemplo, si pudiéramos juntarlos a todos, como ganado, podríamos hacer que arrasaran ciertas cosas. Dominar temporalmente algunas situaciones…
-Estás loco- dijo Max.
Pero se incorporó en su cama.
-Sigue…
Tom se rió.
-Bueno, quizás esté loco, pero no puedo dejar de pensar en esa mano de obra desperdiciada. He estado tumbado aquí durante muchas noches soñando con las cosas que podrían hacerse con ella…
Ahora fue Max quién rió.
-¡Cómo qué, por el amor de Dios!
Nadie se inmutó por aquella conversación. Los ronquidos continuaban a su alrededor.
-Bueno, he estado dándole vueltas a la cabeza. Sí, tal vez sea una locura, pero…
-¿Qué?- preguntó Max.
-No te rías. Quizá el vino me haya destruido el cerebro.
-Intentaré no reírme.
Tom dio una calada a su cigarrillo, luego soltó el humo.
-Bueno, mira, yo tengo esta imagen de todos los vagabundos que podamos encontrar, bajando a pie por Broadway, aquí mismo en Los Ángeles, miles de ellos juntos, andando codo a codo…
-Bueno, ¿y…?
-Bueno, son un montón de tipos. Como una especie de venganza de los malditos. Un desfile de desechos. Es Casi como una película. Puedo ver las cámaras, las luces, el director. La Marcha de loa Fracasados. ¡La Resurrección de los Muertos! ¡Increíbles, hombre, increíble!
-Creo- respondió Max- que deberías dejar el oporto y volver al moscatel.
-¿De veras?
-Sí. Vale. Así que tenemos a todos esos vagabundos atravesando Broadway, digamos que al mediodía, ¿y después, qué?
-Bueno, los dirigimos hacia los almacenes más grandes y mejores de la cuidad…
-¿te refieres a Bowarms?
-Sí, Max. Bowarms tiene de todo: los mejores vinos, la ropa más elegante, relojes, radios, televisores; tu pide, que ellos lo tienen…
Justo entonces un viejo que estaba unos catres más allá se incorporó, abrió los ojos como platos y gritó: <<¡DIOS ES UNA NEGRA LESBIANA DE 180 KILOS!>>
Luego se desmoronó en su catre.
-¿Lo llevamos?- preguntó Max.
-Claro. Es uno de los mejores. ¿Qué cárcel lo querría?
-Vale, entramos a Bowards, y entonces, ¿qué?
-Imagínatelo. Será entrar y salir. Seremos demasiados como para que el servicio de seguridad pueda controlar el asunto. Imagínatelo: entras y coges. Cualquier cosa que se te antoje. Quizá hasta tocarle el culo a una dependienta. Cualquier parte de ese sueño que ya no tenemos, entras y lo coges, cualquier cosa, y después nos vamos.
-Tom, puede que vuelen muchas cabezas. No va a ser un picnic en el país de las maravillas…
-No, ¡pero tampoco lo es esta vida que llevamos! Esta forma de consentir que nos entierren, para siempre, sin protestar siquiera…
-Tom, chico, creo que no está bien lo que dices. Pero ¿cómo vamos a hacer para organizar este asunto?
-Bien, primero fijamos una fecha y una hora. Entonces, ¿conocemos a una docena de tipos que puedas reclutar?
-Creo que sí.
-Yo también conozco alrededor de una docena.
-Supón que alguien le da el soplo a los polis.
-No es probable. De todas formas, ¿qué podemos perder?
-Es verdad.
Era mediodía.
Tom y Max iban a la cabeza de todo este grupo. Iban bajando por Broadway, en Los Ángeles. Había más de 50 vagabundos andando alrededor detrás de Tom y Max. Cincuenta vagabundos o más pestañeando asombrados, tambaleándose, no muy seguros de lo que estaba sucediendo. Los ciudadanos corrientes que iban por la calle estaban atónitos. Paraban, se hacían a un lado y observaban. Algunos estaban asustados, otros se reían. A otros les parecía una broma o la filmación de una película. El maquillaje era perfecto: los actores parecían vagabundos. Pero ¿dónde estaban las cámaras?
Tom y Max dirigían la marcha.
-Oye, Max, yo se lo dije solamente a 8. ¿A cuántos avisaste tú?
-A 9, quizás.
-Me pregunto qué demonios habrá pasado.
-Se lo habrán dicho unos a otros…
Seguían marchando. Era como un sueño enloquecido que no podía detenerse. En la esquina de la Séptima Avenida el semáforo se puso rojo. Tom y Max se pararon y los vagabundos se apiñaron detrás de ellos, esperando. El olor a ropa interior y calcetines sucios, a alcohol y mal aliento, se extendió por el aire. El dirigible de Goodyear volaba en inútiles círculos por encima de sus cabezas. La contaminación, de un gris azulado, se posaba en la calle.
Entonces el semáforo se puso verde. Tom y Max siguieron andando. Los vagabundos los siguieron.
-Aunque fui yo quien imaginó esto- dijo Tom-, no puedo creer que esté pasando de verdad.
-Pués está pasando- dijo Max.
Había unos vagabundos detrás de ellos que algunos aún estaban cruzando la calle cuando el semáforo volvió a ponerse rojo.
Pero siguieron cruzando, deteniendo el tráfico, algunos abrazados a sus botellas de vino o bebiendo de ellas. Iban marchando juntos pero no había ninguna canción para aquella marcha. Sólo el silencio, a no ser por el ruido del arrastre de zapatos viejos sobre el pavimento. Sólo de vez en cuando hablaba alguien.
-Eh, ¿adónde coño vamos?
-¡Dame un trago de eso!
-¡A tomar por el culo!
El sol pegaba fuerte.
-¿Tú crees que debemos continuar con esto?- preguntó Max.
-Me sentiría bastante mal si ahora nos volviéramos- afirmó Tom.
Entonces llegaron frente a Bowarms.
Tom y Max se detuvieron un momento.
Después empujaron juntos las impresionantes puertas de cristal. El montón de vagabundos entró tas ellos en una fila larga y deshilachada. Avanzaban por los elegantes pasillos. Los dependientes los miraban sin comprender del todo.
El departamento de Caballeros estaba en la primera planta.
-Ahora- dijo Tom- tenemos que dar ejemplo.
-Sí- dijo Max vacilante.
-Huy, huy, huy…
Los vagabundos se habían parado y los miraban. Tom dudó un instante, luego se dirigió a un colgador de abrigos, descolgó el primero, un modelo de cuero amarillo con cuello de piel. Tiró al suelo su abrigo viejo y se deslizó dentro del nuevo. Un dependiente, un hmobrecillo pulcro con bigote bien cuidado, se acercó.
-¿Qué desea señor?
-Me gusta éste y me lo quedo. Cárguelo a mi cuenta.
-¿American Express, señor?
-No, China Express.
-Y yo me llevo ésta- dijo Max, metiéndose dentro de una cazadora de piel de lagarto con bolsillos laterales y una capucha bordeada de piel contra las inclemencias del tiempo.
Tom cogió un sombrero de la estantería, un modelo de cosaco, un poco ridículo, pero con cierto encanto.
-Éste le va bien a mi color de piel; me lo llevo.
Aquello puso a los vagabundos en marcha. Avanzaron y comenzaron a ponerse abrigos y sombreros, bufandas, gabardinas, botas, jerséis, guantes, diferentes accesorios.
-¿Al contado o a plazos, señor?- preguntó una voz asustada.
-Cóbraselo a mi agujero del culo, gilipollas.
O en otro mostrador:
-Creo que ésa es su talla, señor.
-¿Lo puedo cambiar dentro de los primeros 14 días si no estoy conforme?
-Claro, señor.
-Pero puede que dentro de 14 días usted esté muerto.
Entonces comenzó a sonar una alarma general. Alguien se había dado cuando de que la tienda estaba siendo invadida. Los clientes, que habían estado observando con desconfianza, se apartaron.
Llegaron tres hombres corriendo, vestidos con unos trajes grises de muy mal corte. Eran hombres voluminosos pero tenían más grasa que músculos. Se abalanzaron sobre los vagabundos para echarles de la tienda. Sólo que había demasiados vagabundos. Y desaparecieron entre aquella muchedumbre. Pero mientras peleaban, maldiciendo y amenazando, uno de los guardias echó mano a la pistola. Hubo un disparo, pero fue un gesto estúpido o inútil, y el tipo se fue rápidamente desarmado.
De pronto, un vagabundo apareció en la parte superior de las escaleras mecánicas. Tenía la pistola. Estaba borracho. Nunca había tenido una pistola. Pero le gustaba. Apuntó y apretó el gatillo. Le dio a un maniquí. La bala le atravesó el cuello. La cabeza cayó al suelo: la muerte de un esquiador de Aspen.
La muerte de ese objeto pareció despertar a los vagabundos. Hubo una ruidosa ovación. Se esparcieron escaleras arriba y por toda la tienda. Gritaban incoherentemente. Por un momento toda la frustración y el fracaso desaparecieron. Les brillaban los ojos y sus movimientos eran rápidos y llenos de seguridad. Era una escena curiosa, rara, desagradable.
Se movían rápidamente de un piso a otro, de una zona a otra. Tom y Max ya no dirigían, eran arrastrados con los demás. Ahora saltaban por encima de los mostradores, rompían cristales. En el mostrador de los cosméticos una jovencita rubia dio un grito a la vez que levantaba los brazos. Eso atrajo la atención fe uno de los vagabundos más jóvenes, que le levantó el vestido y gritó: <<¡HALA!>>
Otro vagabundo se acercó y agarró a la chica. Entonces vino otro corriendo. Pronto hubo un montón alrededor de ella, arrancándole la ropa. Era muy desagradable. Sin embargo, inspiró a otros vagabundos. Empezaron a correr tras las dependientas.
Tom buscó un mostrador que todavía estuviera entero, se subió encima y empezó a gritar.
<<¡NO! ¡ESTO NO! ¡PARAD! ¡NO ERA ESTO A LO QUE ME REFERÍA!>>
Max estaba de pie junto a Tom.
-Ah, mierda- dijo en voz baja.
Los vagabundos no se calmaban. Arrancaban cortinas, volcaban las mesas. Continuaban destrozando los mostradores de cristal. También había un gran griterío.
Algo se rompió con enorme estruendo.
Después se inició un fuego, pero aquellos hombres seguían con el saqueo.
Tom se bajó del mostrador. Todo aquel episodio no había durado más de cinco minutos. Miró a Max.
-¡Vámonos cagando leches!
Otro sueño que se había ido a la mierda, otro perro muerto en la carretera, más pesadillas de miseria.
Tom empezó a correr y Max le siguió. Bajaron por las escaleras mecánicas. Mientras bajaban, la policía subía corriendo por la escalera contigua. Tom y Max seguían llevando sus abrigos nuevos. Si no hubiese sido por sus rostros colorados y sin afeitar, su aspecto habría sido casi respetable. En la primera planta se mezclaron con el gentío. Había policías en las puertas. Dejaban salir a la gente, pero no dejaban entrar a nadie.
Tom había robado un puñado de puros. Le dio uno a Max.
-Toma, enciéndelo. Trata de parecer respetable.
Tom encendió uno para él.
-Ahora vamos a ver si logramos salir de aquí.
-¿Crees que podremos engañarles, Tom?
-No sé. Intenta parecer un corredor de bolsa o un médico…
-¿Qué aspecto tienen?
-Satisfecho y estúpido.
Fueron hacia la salida. No hubo problemas. Fueron conducidos hacia el exterior con otros. Oyeron disparos dentro del edificio. Miraron hacia arriba. Se veían llamas en una de las ventanas superiores. En seguida oyeron acercarse las sirenas de los bomberos.
Giraron hacia el sur y regresaron a los barrios bajos.
Esa noche eran dos vagabundos mejor vestidos de aquella pensión de mala muerte. Max había robado incluso un reloj. Sus manecillas brillaban en la oscuridad. La noche acababa de empezar. Se tumbaron en sus catres mientras comenzaban los ronquidos.
La pensión estaba de nuevo repleta, a pesar de los arrestos en masa de aquella tarde. Siempre había suficientes vagabundos para llenar cualquier vacante.
Tom sacó dos puros, le pasó uno a Max. Los encendieron y fumaron en silencio durante un rato. Pasaron unos minutos, habló Tom.
-Eh, Max…
-¿Si?
-Yo no quería que fuese de esa forma.
-Ya lo sé. No te preocupes.
Los ronquidos iban subiendo gradualmente de volumen. Tom sacó una botella de vino sin abrir de debajo de su almohada. La destapó, echó un trago.
-¿Max?
-¿Si?
-¿Un trago?
-Claro.
Tom pasó la botella. Max echó un trago y se la devolvió.
-Gracias.
Tom deslizó la botella debajo de su almohada.
Era moscatel.
Charles Bukowski
martes, 10 de agosto de 2010
Puertas para no pasar
Todo iba de un lado a otro. Los árboles habían entrado en la casa a dormir.
Mañana habrá un ojo en mi mano derecha. En mi izquierda, dirán, una lágrima.
Y diré: no eres sino lo que veré cuando despierte. Oh, como se desencadenan las cosas.
¿Recuerdas? Si llovía, era que tú regabas la higuera para la danza del tiempo.
Si había sol, era que sonaban las campanas del alba por la muerte de Rimbaud.
Si estaba nublado, era que pasaba Gerardo de Nerval junto al Angel de la Melancolía.
Si todo era blanco, era que MaIlarmé escribía arrodillado sobre el césped,
Si caía la nieve, era que Edgar Poe se paseaba de noche por las calles de Baltimore.
Si todo estaba lleno de perfumes, era que Baudelaire destapaba el frasco de las flores del mal.
Si el viento estremecía el jardín. era que William Blake estaba espiado por los ángeles.
Si el olor a azufre venía del jardín, era que Lucifer llegaba de visita a la casa de Swedenborg.
Si las charcas se movían, era que Lautréamont las alumbraba con su lámpara.
Si cantaban los coros de la noche, era que Novalis soñaba en su noche sin sueño.
Si todo era silencio, era que Holderlin hablaba con el zapatero en la bohardilla.
Si los gendarmes dispersaban a la multitud en la plaza, era que Shakespeare llegaba a la ciudad.
Si el trueno pasaba por detrás de las torres, era que Edouard Young mostraba su libro al Eterno.
Si la luna se enredaba en las lilas, era Leopardi que abría una puerta.
Si pasaba una mujer, era que Dante guardaba una corona en el séptimo cuarto de los ángeles.
Si el ciego tocaba la ocarinc en Ia Catedral, era Milton cortando una flor en el Paraíso.
Si los cisnes morían al borde de la fuente, era Rubén Darío en busca de la cítara.
Si hacían ruido los telares. era Verhaeren de vuelta del paseo por los suburbios.
Si había un desfile de banderas enlazadae, era Walt Whitman en una calle de Brooklyn.
Y si la noche caía de pronto junto a tu sueño, ¿recuerdas? era que la muerte cantaba afuera en el árbol de mañana.
sábado, 7 de agosto de 2010
Yo hubiera deseado verme entrar enfurecida...
del Café Boscán y pistola en mano buscar entre las mesas su rostro ladeado hacia otro rostro.
Hablaba palabras húmedas, enmohecidas. Hubiera pegado a su frente
el cañón de la pistola y, tan sublime como siempre fue, aún me daría
las gracias por haberle proporcionado el frescor del hierro en los
últimos momentos de su vida. Los gavilanes de medianoche
se levantaron, sobrecogidos, de las mesas. En mitad del fox se oyó un disparo y al
encenderse las luces me vieron a mí,
besando la sangre que cruzaba el rostro de la sombra. Tenía un sabor agridulce y al
despertar de mi sueño lo contaba.
Porque aunque pensé muchas veces en hacerlo, yo nunca iba a dejarme sufrir tanto. Por eso
cada noche, al acostarme,
me concentraba en el suceso para soñarlo. Al despertar, por la mañana, me pesaba
en los labios la sangre espesa de la sombra.
Ana María Moix
jueves, 22 de julio de 2010
Héctor Barreto. Pasajero del sueño.
Fue por esto que una noche recibimos con total asombro la confesión de nuestro "héroe griego", Héctor Barreto, de que había decidido participar en la política y se había inscrito en la Juventud Socialista. ¿Cómo era posible —exclamamos— que "El pasajero del sueño", que "Jasón", hubiera hecho esto? ¿En qué quedaba ahora su búsqueda desesperada en las calles nocturnas del viejo Santiago, en la montaña, en nuestras mágicas cumbres, de la "Ciudad de los Césares", del "Vellocino de oro"?... Lo estoy viendo, como si fuera ayer, con su rostro moreno y sus ojos profundos, golpeándose la frente (en un gesto muy suyo) y respondernos: "Lo hice porque me producen dolor los niños pobres descalzos bajo la lluvia"...
Esos eran los años de la Revolución Española, del "Winnipeg", de la gran tensión política planetaria previa a la Segunda Guerra Mundial y, en Chile, las juventudes políticas uniformadas también combatían en las calles. Y fue así cómo una noche Barreto murió asesinado. A nosotros, sus hermanos, sus amigos entrañables, nos afectó más allá del alma, en las entrañas del mismo ser. Los soñadores, los reclusos, debimos también salir a las calles a luchar por un cambio a fondo en la sociedad chilena. Guillermo Atías, Irizarri y Julio Molina entraron al socialismo. Yo empecé a escribir en periódicos de izquierda. Barreto se había hecho muy amigo de Raúl Ampuero; yo también, hasta su muerte.
El funeral de Barreto fue algo enorme, cuadras y cuadras; todos los escritores chilenos, de cualquier generación (Huidobro, de Rokha, Neruda, nuestro amigo Sánchez Latorre); todos los políticos (Schnake, Ricardo Latcham, Julio Barrenechea y Marmaduque Grove, como líder de ese homenaje). Ahí conocí a Blanca Luz Brum, quien iba a mi lado y, al ver mis ojos húmedos, me dijo: "Ánimo, camarada", tomando mi mano y apretándola. En el cementerio, junto a la bella tumba, hecha por el escultor Banderas, con la mascarilla del rostro de Barreto muerto, que él mismo le sacara y que me había regalado esa mañana (aún la conservo, habiendo viajado conmigo por todo el mundo). Y allí quedó, entonces, su réplica (mirando al cielo, a través de los párpados cerrados, durante todas las estaciones, bajo el sol y la lluvia) hasta ahora, cuando desconocidos la han roto a golpes de martillo. Don Marmaduque terminó su discurso de aquél día diciendo: "¡No pasarán...!". Sin embargo, han pasado... ¡tantas cosas!.
Con jóvenes amigos vamos a reparar la tumba en el Cementerio General, de modo que el rostro de Héctor Barreto pueda seguir contemplando más allá del cielo, más allá de las estrellas, su Grecia inmortal, su monte Olimpo y el Templo de Delfos, donde tal vez él fuera un hierofante, hace muchos siglos ya.
Revista de Libros de El Mercurio. Viernes 26 de agosto de 2005.
Miguel Serrano
martes, 20 de julio de 2010
A los enmudecidos
junto a los negros muros, se levantan los árboles deformes
y a través de la máscara de plata se asoma el genio del mal;
la luz con látigos que atraen ahuyenta pétrea noche.
Oh, el hundido repique de las campanas del crepúsculo.
Ramera que entre escalofríos alumbra una criatura
muerta. La ira de Dios con rabia azota la frente de los poseídos,
epidemia purpúrea, hambre que rompe verdes ojos.
Ah, la odiosa carcajada del oro.
Pero una humanidad más silenciosa sangra en oscura cueva
forjando con metales duros el rostro redentor.
Versión de Helmut Pfeiffer
Georg Trakl
El último espejo
llega fatalmente al Último Espejo
donde una mujer abrazada a tu esqueleto nos muestra
cara a cara el infierno de los ojos sellados
de los ojos cerrados para siempre como en una máscara
de muerta representando en el más allá el teatro último:
así miré yo a los ojos que borraron mi alma
así he mirado yo un día que no existe en el Último Espejo.
"Teoría" 1973
Leopoldo María Panero.
lunes, 19 de julio de 2010
Recital Poético Revista Literaria EscarniO [14-Julio-2010]
Recital Poético y lanzamiento EscarniO N°8
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Presentación Claudia Hernández
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Primera lectura.
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Grupo de Teatro experimental: El grupo de Teatro experimental de la Universidad de La Serena, dirigido por la actriz, y directora Claudia Hernández López, nos presentarán una declamación de los poemas : “A los enmudecidos” de George Trakl, “El último espejo” de Leopoldo Maria Panero, “Angeles” de Alejandra Basualto. –
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Segunda lectura.
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