viernes, 16 de septiembre de 2011

Cabeza de fauno


En el follaje, estuche verde moteado de oro,
en el follaje incierto y florido
de flores espléndidas donde el beso duerme,
vivo y aplastante el exquisito bordado.

Un fauno asustado muestra sus dos ojos
y muerde las flores rojas con sus dientes blancos.
Bruñido y sangriento como un vino añejo,
su labio estalla en risas bajo las ramas.

Y cuando ha huido –como una ardilla–
su risa tiembla todavía en cada hoja,
y se ve espantado por un pinzón real
el Beso de oro del Bosque, que se recoge.

Arthur Rimbaud












jueves, 15 de septiembre de 2011

Carroña exquisita



                                                                                 *
Ojos de muerto en vida
Olor a isla infartada yema a yema
Puente roto entre las lágrimas & el esperma

                                                     *
De ahí/ mi risa
Mis zancadas impalpables
Mi respiración de adivinanza
Mis silencios locos

                                                     *
¿Brota 1 gargajo de la Nada?
¿Nadar como ajolote es 1 absurdo?
¿1 vidrio / 1 pluma congelada?
Pelo a pelo / ¿el coño es Dios o Diosa?

                                                      *
Camino a Santiago
Me remojo en meados de ángeles
Para cruzar todo camello los bisques de agujas
que acercan la Intemperie

                                                       *
Mi rostro entre las patas de la tarde hiede
Perro tambor entre caderas cascabeles

                                                       *
Culo a Culo a la cascada te lo digo:
Salmón que no desova la lumbre de sus sueños
Aspa de gis sin tono no temblor se vuelve

                                                       *
El pánico de ayer no chilla hoy
Como tampoco cualesquier musiquilla de placer
revive el humo amortajado de la noche

                                                       *
1 punta de coral bañada en sangre de horas
((Champiñón quizás))

                                                       *
1 punta de coral / capaz de enloquecer a 1 sirena
:: Manojo de chispas sin nombre ni edad :: .. 

Mario Santiago Papasquiaro

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tosco


Mis padres me protegían de niños que eran toscos
que emitían palabras como piedras y llevaban raídas ropas,
mostrando sus muslos a través de harapos. Corrían por la calle,
escalaban riscos y se desnudaban junto a los arroyos del campo.

Temía a sus músculos de acero más que a tigres,
a sus agitadas manos y a sus rodillas firmes sobre mis brazos.
Temía el grosero señalar con descaro de aquellos niños
que imitaban mi ceceo a mi espalda en la calle.

Eran ágiles y aparecían como perros desde detrás de setos
para ladrar a mi mundo. Lanzaban barro
mientras yo miraba hacia otro lado fingiendo sonreír.
Deseaba perdonarlos ardientemente, pero ellos no sonreían nunca.

 Stephen Spender 
Poemas, Visor, 1981 Traducción de Jorge Ferrer-Vidal

martes, 13 de septiembre de 2011

Corazón a corazón


Por fin heme de pie
He pasado por ello
Alguien pasa también por ello ahora
Como yo
Sin saber dónde va

Yo temblaba
Al fondo del cuarto el muro era negro
Y temblaba también
Cómo pude franquear el umbral de esa puerta

Se podría gritar
                   Nadie oye
Se podría llorar
                           Nadie comprende

Encontré tu sombra en la oscuridad
Era más dulce que tú misma
Otrora
Estaba triste en un rincón

La muerte te ha traído esa tranquilidad
Pero hablas hablas todavía
Querría dejarte
Si solo viniera un poco de aire
Si el exterior nos permitiera aún ver claro
Nos asfixiamos
El techo pesa sobre mi cabeza y me empuja
Dónde ponerme dónde partir

No tengo bastante espacio para caer
Dónde van los pasos que se alejan de mí y que escucho
Allá lejos muy lejos
Estamos solos mi sombra y yo
La noche desciende


Pierre Reverdy

lunes, 12 de septiembre de 2011

Trópico de Cáncer (Fragmento)


Ahora todos los esfuerzos se centran en conseguir que Macha se reponga. Fillmore piensa que, si le cura las purgaciones, ella quizá trague. Extraña idea. Así, que le ha comprado un irrigador, una provisión de permanganato, una pera y otras cositas que le recomendó un doctor húngaro, un curandero especialista en abortos que vivía cerca de la Place d´Aligre. Al parecer, su jefe había dejado preñada a una chica de dieciséis años en cierta ocasión y ella le había presentado al húngaro; y después el jefe tuvo un hermoso chancro y volvió a visitar al húngaro. Así es como se conoce a la gente en París: amistades genitourinarias. El caso es que, bajo nuestra estricta supervisión, Macha está cuidándose. Sin embargo, la otra noche estuvimos en un aprieto por un rato. Se metió el supositorio y después no encontraba el cordón para sacarlo. «¡Dios mío!», gritaba. «¿Dónde está el cordón?¡Dios mío!¡No encuentro el cordón!
 «¿Has mirado bajo la cama?», dijo Fillmore.»
 Por fin se calmó. Pero sólo por unos minutos. El siguiente problema fue: «¡Dios mío! Me está saliendo sangre otra vez. Acabo de tener la regla y ahora salen gouttes otra vez. Debe de ser ese champán barato que compras. ¡Dios mío! ¿Quieres que me desangre hasta morir?» Sale en bata y con una toalla entre las piernas, procurando mantener la dignidad, como de costumbre. «Toda mi vida ha sido así», dice. «Soy una neurasténica. Todo el día de acá para allá y de noche vuelvo a estar borracha. Cuando llegué a París, aún era una muchacha inocente. Sólo leía a Villon y a Baudelaire. Pero, como entonces tenía 300.000 francos suizos en el banco, estaba loca por divertirme, pues en Rusia siempre fueron muy estrictos conmigo. Y como entonces estaba aún más guapa que ahora, tenía a todos los hombres rendidos a mis pies.» Al decir eso, se alzó el michelín que se le había acumulado en torno a la cintura. «No vayáis a pensar que tenía esta barriga, cuando llegué aquí… esto es consecuencia de todo el veneno que me han dado a beber… esos horribles apéritifs que chiflan a los franceses… Entonces conocí a mi director de cine, quien quería que hiciese un papel para él. Dijo que yo era la mujer más hermosa del mundo y todas las noches me suplicaba que me acostase con él. Yo era una jovencita virgen y tonta y, por eso, una noche le permití que me violara. Quería ser una gran actriz y no sabía que él estaba lleno de veneno. Así, que me pegó las purgaciones… y ahora quiero devolvérselas. Por su culpa me suicidé en el Sena… ¿Por qué os reís? ¿No os creéis que me suicidé? Puedo enseñaros los periódicos. Algún día os enseñaré los periódicos rusos... escribieron cosas maravillosas de mí… Pero, querido, ya sabes que primero necesito un vestido nuevo. No puedo seducir a ese hombre con estos harapos que llevo. Además, todavía debo a mi modista 12.000 francos…»
 A partir de ese momento, cuenta una larga historia sobre la herencia que está intentando cobrar. Tiene un abogado joven, un francés, bastante tímido, al parecer, que está intentando recuperar su fortuna. De vez en cuando, éste le daba cien francos o cosa así a cuenta. «Es tacaño, como todos los franceses», dice. «Y yo era tan bella, además, que él no podía quitarme los ojos de encima. No cesaba de rogarme que follara con él. Estaba tan harta de oírlo que una noche le dije que sí, sólo para que se callase y para no perder los cien francos que me daba de vez en cuando.» Hizo una pausa por un momento para reírse como una histérica. «¡Huy, Dios mío!», prosiguió. «Lo que le ocurrió fue tan gracioso, que no encuentro palabras para contarlo. Un día me llama por teléfono y dice: “tengo que verte en seguida… es muy importante” Y cuando voy a verlo, me enseña un papel del médico: ¡era gonorrea! ¡Huy, Dios mío! Me eché a reír en sus narices. ¿Cómo iba yo a saber que todavía tenía las purgaciones? “¡Tú querías joderme y la que te he jodido he sido yo!”» Eso lo hizo callar. Así es la vida… no sospechabas nada y después, cuando menos te lo esperabas, ¡paf, paf, paf! Era tan bobo, que volvió a enamorarse de mí. Sólo, que me rogó que me portara bien y no me pasase toda la noche por Montparnasse bebiendo y follando. Dijo que lo estaba volviendo loco. Quería casarse conmigo y entonces su familia se enteró de quién era yo y lo convencieron para que se fuese a Indochina…»
 De esto Macha pasa tan tranquila a hablarnos de una aventura que tuvo con una lesbiana. «¡Huy, Dios mío! Fue muy gracioso, cómo me ligó una noche. Estaba en el “Fétiche” y borracha, como de costumbre. Me llevó de un sitio a otro y me hizo el amor bajo la mesa toda la noche hasta que no pude soportarlo más. Después me llevó a su apartamento y por doscientos francos la dejé que me mamara. Quería que viviera con ella, pero yo no quería tener que dejarla mamarme todas las noches… te debilita demasiado. Además, puedo aseguraros que ya no me gustan las lesbianas tanto como antes. Prefiero acostarme con un hombre, aunque me duela. Cuando me excito mucho, ya no puedo contenerme… tres, cuatro, cinco veces…. ¡como si nada! ¡Paf, paf, paf! Y después me sale sangre y eso es muy malo para mi salud, porque soy propensa a la anemia. Así, que ya veis por qué de vez en cuando debo dejar a una lesbiana mamarme…»

Henry Miller